Daniel Ramírez»En el Congreso veo una hemiplejia: unos rehúyen la memoria de ETA y otros la del franquismo.»

"Un asesinato dura un segundo, pero inocula el veneno de la serpiente en tres generaciones."

Daniel Ramírez García-Mina es periodista y redactor jefe en El Español, con una trayectoria vinculada a la información política y presencia habitual en espacios radiofónicos.

Con Los días que no existieron (2026) da el salto a la ficción sin alejarse del todo de ese universo. Su primera novela plantea un thriller protagonizado por Julia, una periodista que investiga a un antiguo nazi oculto en España mientras intenta esclarecer el asesinato de su abuelo a manos de ETA. A partir de esta doble línea, la historia entrelaza investigación y memoria personal en un relato marcado por el suspense.

La obra aborda la memoria histórica, el trauma heredado y las huellas de la violencia política, explorando las zonas morales ambiguas que deja el pasado y la forma en que este sigue condicionando, de manera persistente, la vida de las generaciones posteriores.

P.— Comencemos por el título, Los días que no existieron. Sugiere una investigación que conecta la memoria histórica con la herida íntima. ¿Qué buscaba explorar con este punto de partida?

R.— Los días que no existieron es un acierto, sobre todo de mis editores. El título funciona como una metáfora de todo lo que le sucede a la protagonista, Julia. Es una novela contemporánea que transcurre en el presente, pero cuya trama —vertiginosa, llena de suspense, misterio e incluso violencia— está directamente relacionada con hechos del pasado. Representa la idea de cómo aquello que parece no haber existido puede, sin embargo, condicionar toda una vida con el paso del tiempo.

La novela es un thriller en sentido clásico: la historia de Julia, una reportera que persigue a un antiguo nazi refugiado en Madrid con una identidad falsa. En ese proceso, va encontrando razones y motivos para atreverse, por fin, a intentar resolver también el asesinato de su abuelo a manos de ETA, cuando ella era una niña. Esos son los dos motores de la novela: la búsqueda del nazi y las conversaciones que mantiene con él, por un lado; y, por otro, la investigación sobre los asesinos de su abuelo mediante la infiltración en ese entorno, sin que ellos sepan quién es ella.

P.— Julia es un personaje complejo que habita una frontera ambivalente: es la profesional que investiga con rigor y, al mismo tiempo, la víctima que arrastra el trauma. ¿Cómo ha gestionado esa tensión entre la distancia periodística y el desgarro personal?

R.— Sí, yo creo que ahí uno de los puntos más interesantes de la novela es eso que tú deslizas: la diferencia de Julia al asomarse a la violencia del nazismo, que para ella es casi una fascinación literaria. Como nosotros mismos, cualquiera de nosotros se asoma a las películas o a las novelas sobre el nazismo con esa distancia que nos permite estar fascinados e incluso disfrutando, en el sentido literario, de la absorción de la trama. Y en cambio, lo otro lo llevamos en la sangre; es la herida que nos desgarra. Por eso, cuando esas dos violencias resuenan en la novela, no tiene nada que ver cómo ella persigue al nazi —con la frialdad y la distancia que es capaz de mantener con el entrevistado e incluso cruzando determinados límites éticos y morales para conseguir cosas periodísticamente hablando— con el momento en que consigue empezar a adentrarse en el mundo de ETA y empieza a acercarse a los asesinos de su abuelo. A ella le cuesta muchísimo más porque es un asesinato que está en su propia historia y que le condiciona en el día a día.

P.— ¿Es posible narrar el terrorismo sin que el relato quede atrapado entre la memoria y la venganza?

R.— Es uno de los difíciles equilibrios de la novela, porque Julia se mueve todo el tiempo en la duda que atenaza a todas las víctimas: ¿hay que pasar página o no?, ¿cómo hay que afrontarlo?, ¿hay que perdonar o no hay que perdonar? Creo que en la novela, tanto en el personaje de Julia como en el de su padre —el hijo del hombre asesinado— o el de su madre —que asiste como testigo en primera persona—, en todos los personajes está esa duda, ese dilema tan grande y tan doloroso.

Yo he intentado, sobre todo, que en la novela estuvieran todas las maneras de acercarse a esto para que no fuera una novela moral. Si se te cuela una sola gota de moralidad en la novela, el thriller se cae, porque para que funcione cada personaje tiene que tener su propio código ético y moral, ir evolucionando a lo largo de la historia y jugar con esa provocación de las dudas éticas. He intentado marcar mucha distancia con eso.

P.— Presentas dos perfiles de victimario muy distintos: uno arrepentido y otro impune. ¿Sugiere que la reparación real requiere algo más que el castigo legal?

R.— Claro, porque no todos los asesinos son iguales; y no lo digo en términos jurídicos ni de culpabilidad, sino porque no hay dos seres humanos iguales. Por poner ejemplos extremos, Hitler no era igual que Goebbels, ni Goebbels igual que Himmler o Göring; cada villano tiene su propia profundidad, su propio código ético y moral, su propia familia y sus propias perversiones.

Cuando vi la película La infiltrada y entrevisté después para el periódico a la directora, me interesó mucho hablar con ella de cómo había dibujado a dos terroristas muy distintos conviviendo en un piso; eso se ve cuando están en el piso y para mí eso me gustó mucho. Yo quería intentar explorar esa complejidad en los asesinos. Los dos etarras implicados en el asesinato del abuelo de Julia creo que son muy diferentes y, aunque luego nos van a ir sorprendiendo por los giros que hacen uno y otro, esa complejidad para mí era importante porque, paradójicamente, hace que parezca más de verdad. Cuando el personaje es plano, se ve que es todo impostado. Luego el reto también era que, aunque hemos utilizado varias veces la palabra complejidad, yo tenía claro que quería escribir un thriller y no podía parecer un ensayo ni que tuviera grandes dosis de filosofía, sino que la trama avanzara y el libro pudiera «beberse». Me interesaba que en cada capítulo hubiera cierta dosis de misterio, que fuera como una pieza musical con su arranque, su punto álgido y que la trama discurriera con muchísima velocidad.

P.— Llama la atención el contraste generacional en la obra. Mientras Julia busca respuestas, su padre parece refugiado en el silencio. ¿Querías explorar cómo varía la contención emocional según la generación?

R.— Sí, se ve que no tiene nada que ver —y esto lo hemos visto también mucho con la Guerra Civil y el franquismo— cómo se acerca al pasado nuestra generación en comparación a cómo se acercaban nuestros padres o nuestros abuelos. Eso está en la novela también: esa diferencia generacional entre cómo nos acercamos a los sucesos relacionados con la violencia política. No tiene nada que ver la mirada de Julia con la de su padre. Y eso que, en este caso, lo interesante era que cuando hablamos de la Guerra Civil no tiene nada que ver porque nosotros no lo hemos vivido, pero en el caso de Julia y de su padre sí lo han vivido los dos. Julia descubre los mejores olores del mundo, de los barquillos del mar, la sal en la piel… y lo descubre de la mano de su abuelo, hasta que de repente se lo arrebatan y lo matan por escribir en un periódico lo que piensa.

Al padre de Julia le arrebatan a su «aita». Los dos lo han vivido con miradas distintas: una como niña y otro como adulto que ha formado su propia familia. Con el franquismo y con la guerra esas generaciones que habían convivido ya se nos han acabado, pero con Julia y con su padre lo podía hacer.

P.— El bombardeo de Guernica aparece como un símbolo que conecta el horror del siglo XX. ¿Cómo llegó a este episodio?

R.— Es una pregunta muy interesante con una respuesta muy fortuita. Yo empiezo a escribir esta novela porque una fuente pone en mis manos unos papeles sobre una red nazi oculta en España y me dice que no quiere que haga un reportaje. Entonces digo: «voy a escribir una novela».

Mientras la escribo, hay otra circunstancia: mi abuelo me cuenta algo que no había contado ni a mi madre ni al resto de sus hijos, y es que él había sido extorsionado por ETA. Esto me provoca una revisitación de los recuerdos un tanto catártica, porque tengo que entender que el abuelo feliz que se tiraba en una alfombra como esta a jugar con sus nietos era también un hombre atemorizado que salía todos los días a una distinta casa.

Sobre el tema de Guernica: al principio no quería incluirlo porque me parecía un cliché y creía difícil aportar algo distinto. Pero en la investigación previa para que mis personajes fueran verosímiles, me empiezo a entrevistar con hijos de nazis. Una de las personas con las que converso me cuenta que su padre fue uno de los pilotos que bombardeó Guernica. Fue tan fascinante la charla con esta mujer, los datos que me dio y la mirada honesta de la niña que crece y de repente se entera de que su padre perpetró uno de los mayores bombardeos del siglo XX, que la realidad me empujó a incluirlo. No fue por connotaciones icónicas, sino porque la realidad me llevó por ese camino.

Luego lo completé con una entrevista previa a una víctima del bombardeo; así tenía las dos perspectivas: la del cielo desde donde caían las bombas y la de la superficie a donde llegaban.

P.— Debe de ser estremecedor asomarse a la psique de alguien que descubre que su padre, un hombre cariñoso, fue un ejecutor sanguinario. ¿Qué percibió en esa hija del piloto?

R.— Ella sabía que su identidad no iba a ser revelada, y eso le permitió hablar con total libertad. Es importante aclarar que mi personaje Gustav Hafner, ese viejo alemán misterioso con crímenes de lesa humanidad a sus espaldas, no es una traslación literal del padre de esta mujer. Yo no convierto a su padre en un personaje de la novela, aunque evidentemente su testimonio me sugiere muchas posibilidades narrativas y me abre caminos para la ficción.

Para ella fue una experiencia difícil. Está terminando de leer la novela ahora y me envió un mensaje diciendo que tiene sensaciones muy encontradas, que ya me contará con más calma. En cualquier caso, yo vi a una mujer muy sincera, con mucho dolor y también con incredulidad ante la idea de descubrir que el padre cariñoso que la crió en un entorno aparentemente normal pudiera haber sido, al mismo tiempo, un bombardero sanguinario.

Ese contraste es algo que a mí, tanto en la literatura como en el cine documental, siempre me ha resultado especialmente interesante: esa coexistencia de luces y sombras, cómo personas implicadas en crímenes atroces pueden, al mismo tiempo, desempeñar roles afectivos en su vida privada. Es una convivencia interna compleja, difícil de asimilar, y supongo que para ella no ha sido sencillo enfrentarse a la lectura de la novela.

P.— Requiere un esfuerzo de humanidad plantearse el dolor de los hijos de los verdugos. ¿Los considera también víctimas colaterales?

R.— Sí, requiere mucha humanidad pensarlo, porque llegué a la conclusión de que ella también es una víctima colateral del bombardeo. Está condicionada y dañada por ese hecho para el resto de su vida. Es «hija del bombardeo de Guernica» y eso es una losa con la que tiene que ser muy difícil convivir: cada vez que conoce a una persona, cada vez que ve una película sobre esto o cada vez que va al Museo Reina Sofía y se topa de bruces con el cuadro. Tiene que ser muy complicado también para ella.

P.— ¿Cree que seguimos entendiendo Guernica como memoria viva o se ha convertido en una imagen institucionalizada que ya no nos afecta?

R.— Es difícil responder hasta qué punto el Guernica se ha convertido simplemente en un cuadro o si realmente es memoria de España. Enlaza con un tema que siempre me ha interesado mucho como periodista y ciudadano: la concienciación de las nuevas generaciones y hasta qué punto son conscientes de lo que sucedió. Se van dando pequeños pasos, aunque supongo que queda mucho camino por hacer, pero tenemos que aprovechar ese cuadro maravilloso y lo atractivo literariamente de ese episodio tan duro para poder trasladarlo a las nuevas generaciones.

P.— La figura de Hafner resulta perturbadora por su cultura y su falta de arrepentimiento. ¿Buscaba ese contraste con la moral democrática de Julia?

R.— Cuando construía el personaje pensaba en cómo había sido el final de la mayoría de jerarcas nazis. Cómo Goebbels concibe que no puede haber nada fuera del Tercer Reich y se suicida con su mujer tras asesinar a sus hijos; cómo Hitler se suicida porque el mundo ya no tiene sentido sin el Reich; o cómo los enjuiciados en Nuremberg no mostraron un ápice de arrepentimiento. Estaba todo en la frase de Goebbels: «si ganamos la guerra seremos los grandes estadistas y si la perdemos seremos los mayores criminales de la historia». Incluso Himmler ironizaba diciendo que no entendía por qué se gastaban tanto dinero en ahorcarlos.

Yo creé en Hafner un personaje lo más difícil posible de desmontar para el lector, aun teniendo una ideología violenta e inhumana. Lo interesante era crear a un hombre que, por ser muy mayor, es culto, tiene lecturas y ha vivido mucho, siendo discursivamente superior a Julia. Para ella es difícil discutir con él porque tiene delante a un testigo de los hechos. Julia cuenta con la moral de haber crecido en una sociedad en paz y en democracia, con los principios de la vida y la muerte encardinados desde niña. Ese equilibrio era muy interesante: el desafío de convertir a Hafner en un hombre que pudiera poner a Julia —y por tanto a los lectores— contra las cuerdas con las grandes preguntas sobre la banalización del mal. Hafner diría que no está oculto, sino integrado.

P.— Esa «integración» sugiere una convivencia incómoda con el pasado. ¿Cree que las instituciones gestionan la memoria con cierta «hemiplejia» política?

R.— Yo creo que la sociedad, y soy optimista, camina muy por delante de la política. Cuando voy al Congreso cada semana veo una hemiplejia según la cual el bloque del gobierno y los nacionalismos rehúyen la memoria de ETA; unos por convicción y otros por tacticismo. Todos condenan a ETA, pero se evita hablar de ello con las nuevas generaciones. Y en cambio, con la irrupción fuerte de Vox, hacen lo mismo con el franquismo: dicen que somos unos «pesados» con el tema. Es una visión muy hemipléjica que no se corresponde con la gran mayoría social. En nuestros trabajos o familias lo normal es conmoverse ante el dolor humano, provenga de donde venga.

Lo normal es que te parezca bien recordar que hubo una guerra y 40 años de dictadura, igual que recordar que en España te podían pegar un tiro en la nuca por decir lo que pensabas. El problema es que quienes tienen la capacidad legislativa son las instituciones. El error es que cuando gobiernan unos se hace memoria de unos y cuando gobiernan otros, de los otros, cuando tendría que ser combinable. Los chavales tienen que ir al Valle de los Caídos para ver lo que fue una dictadura nacionalcatólica, pero también tienen que ir al Centro Memorial de Víctimas de Vitoria a meterse en la réplica del zulo de Ortega Lara para ver lo que fue el horror de ETA. Es una cuestión de sentido común.

P.— Respecto a la presencia de antiguos nazis en España, ¿qué le interesaba de esa supervivencia silenciosa y desacomplejada?

R.— Es un asunto que me parece fascinante desde adolescente: cómo se integraban con normalidad, formaban empresas y eran muy bien acogidos. Nazistas en España ha habido en muchas partes; por un lado estaba la «ruta de las ratas» hacia Sudamérica, pero por otro estaban los que se quedaron. Todavía hoy es un tema que colea: hace poco leí que en Valencia iban a quitar un escudo de la tumba de un jerarca nazi. Lo que sucede en la novela es muy verosímil. En este punto soy más pesimista: el modelo de descargo de conciencia no es lo más frecuente en quien ha asesinado por violencia política. Eran gente que se integraba amparada por el régimen y crecía en ese territorio que va de la impunidad a la ambigüedad. No es que hicieran un descargo de conciencia, simplemente vivían tranquilos y, conforme pasaron los años, de manera mucho más desacomplejada.

P.— ¿Eligió que Julia fuera periodista para volcar sus propios métodos y dilemas profesionales?

R.— Tenía dos opciones: necesitaba a alguien persistente y valiente para que la investigación fuera verosímil. Tenía que ser periodista o policía. Elegí reportera porque las novelas funcionan cuando el escritor trata algo que conoce. Si hubiera hecho de Julia una policía, habría tenido que dedicar años a ver cómo es la vida en una comisaría. Todo eso ya lo tenía hecho en el mundo del periodismo. Me permitió centrarme en lo verdaderamente potente: la investigación de la condición humana y las conversaciones con asesinos y víctimas, saliendo del cliché de que el investigador siempre tiene que ser policía.

P.— La novela transita por una zona donde la justicia parece insuficiente. ¿Sigue habiendo dudas tras este proceso de escritura?

R.— He intentado hacerlo de una manera no conclusiva. Escribiendo la novela me han surgido más dudas que certezas; nunca sabes cómo vas a reaccionar hasta que te pasa algo así. En el caso de mi abuelo soy un afortunado porque no cedió al chantaje y no lo mataron, pero muchos otros murieron. No sé cómo habría escrito la novela de haber sido mi abuelo asesinado; toda esa duda está en la creación de los personajes.

P.— El asesinato de un abuelo condiciona generaciones. ¿Cómo vio ese impacto en los testimonios que investigó?

R.— Me habría condicionado muchísimo. El otro día vi el documental Los nietos del silencio, donde unos estudiantes de la Universidad de Navarra pusieron una cámara para que los nietos de víctimas de ETA hablaran. Me interesó mucho porque normalmente, cuando escribimos sobre esto, vamos a los testimonios de quienes lo vivieron. Julia, aunque era una niña, vivió el asesinato de su abuelo.

Pero en ese documental aparecen nietos que ni siquiera habían nacido cuando mataron a sus abuelos y acaban llorando ante la cámara. Es la prueba ineludible de que un asesinato dura un segundo, pero condiciona toda una vida; es como si el asesinato de ETA inoculara el veneno de la serpiente en dos o tres generaciones. Ese veneno viaja a través de una abuela que entró en depresión o de padres que dejaron de hablarse por tener miradas distintas sobre el trauma. Si a mí me hubiera pasado, la novela habría sido distinta seguro.

P.— ¿Siente que esta obra es el punto de confluencia de todas sus obsesiones personales y profesionales?

R.— A veces tienes la sensación de que ha sido un punto de llegada donde han confluido muchas de mis obsesiones desde que incubé el amor por la lectura: lo policíaco, el suspense, los papeles viejos, los nazis, el terrorismo, las librerías de viejo… Quería escribir algo donde pudiera volcar todo lo recorrido para disfrutar de lo vivido y utilizar cosas que a veces experimentas sin saber si servirán para algo.

Al escribir te das cuenta de que leer siempre sirve de algo. A mí todo lo que veo me supone una curiosidad casi obsesiva, desde un papel viejo hasta una historia que me cuentan, y al final todo eso ha confluido aquí. Investigué cosas ex profeso —como las charlas con hijos de nazis o con ciudadanos que sobrevivieron a la ocupación en sus países— para entender de la forma más microscópica posible cómo era aquello. El ensayo cuenta la historia, pero la novela pone el microscopio a los personajes. Otras muchas cosas ya venían dentro de mí de manera natural. Se escribe mucho mejor con dudas que con certezas; por lo menos la literatura.

El periodismo es el camino contrario, ahí buscas certezas para hechos ciertos. La novela me ha alumbrado muchas dudas y ese territorio me parece fascinante. Lo más bonito que me han dicho los lectores es que se preguntaban todo el tiempo qué habrían hecho ellos de haber nacido en la Alemania de los años 30 o en la Euskadi de 1970. Provocar preguntas es mucho más interesante que dar certezas.