Jean-Baptiste Del Amo:»Soñé con esa casa durante treinta años; escribir esta novela me ha liberado del embrujo.»

"El terror es la manera en la que perdemos la inocencia y nos confrontamos a la violencia del mundo."

Jean-Baptiste Del Amo no es solo un cineasta y escritor premiado con el Goncourt; es un cirujano de la memoria. En su última novela, La noche devastada, nos traslada a la Francia de los años 90, a esa periferia de chalets idénticos y jardines cuidados donde, aparentemente, nunca pasa nada. Sin embargo, bajo esa capa de normalidad y canciones de Nirvana, Andrea construye un mecanismo de relojería que mezcla el retrato generacional con el horror más puro. La crítica lo ha bautizado como el «Stephen King francés», pero su terror es distinto: es orgánico, nace de las entrañas y de la pérdida irremediable de la inocencia.

Esa misma pérdida de la inocencia es la que nos revela que hay lugares que no parecen peligrosos hasta que quien decide entrar lo convierte en ello. En la periferia, entre el tedio adolescente, la música, las motos y las primeras grietas de la vida adulta, surge una atracción difícil de explicar hacia aquello que debería permanecer cerrado. No es solo una cuestión de curiosidad, sino de una pulsión más profunda: la de enfrentarse a lo desconocido cuando aún no se tienen las herramientas para comprenderlo. En este punto exacto, donde el despertar vital se cruza con una amenaza que lo desborda todo, se sitúa La noche devastada, de Jean-Baptiste.

P: Vamos a adentrarnos en esta especie de película de miedo en la que has reunido a una serie de adolescentes y en la que mezclas música, cultura, edad y la necesidad de saber hasta que surge algo. ¿Por qué empiezas esta novela de esta manera?

R: Mi primera idea, mi primer deseo, fue lograr decir algo de los años de mi adolescencia, que son los años 80 y 90. Estamos hablando de un territorio cultural atravesado por distintas influencias: la música, el cine, la literatura. Cuando vemos restituido el ambiente de una época, creo que es muy importante movilizar estas referencias culturales porque esto da un color al texto; es como que planta una atmósfera. Yo sabía que quería escribir una novela sobre los años 90, hacer este retrato de mi generación. También fue uno de mis primeros deseos el representar un territorio, que es el del barrio. No existe la traducción directa del lotissement francés; en español sería «barrio», pero son estas calles que describo en el libro, que es el territorio en el cual yo he crecido.

P: Aquí en España diríamos «periferia». En esa periferia parece un entorno en principio anodino, pero en realidad hay mucha tensión latente que termina por desbordarse. ¿Ese desbordamiento sería diferente si lo hubieras situado en el centro de la ciudad?

R: Sí, porque en el imaginario general francés tenemos estas zonas, estas periferias de las urbanizaciones, que son zonas «sin historia». Hay muy poquitas novelas francesas que sucedan en estos barrios residenciales. Me daba la sensación de que solamente son espacios que tienen cierta historia, no mucha, a través de la cual yo sabía que sí podía decir algunas cosas profundas sobre lo que habían sido los años 90 en estos lugares; sobre cómo lo vivieron los adolescentes en la provincia. Lo que también me interesaba es que el cine estadounidense, especialmente el de género y de terror, muchas veces utilizaba esta urbanización como un territorio político para decir cosas sobre la forma estadounidense de vivir (American Way of Life), denunciar ciertas violencias. Quería utilizar los códigos del cine y de las novelas de horror estadounidenses para trasponerlo al barrio residencial francés.

P: La música es muy importante en esta novela, especialmente Nirvana. ¿Qué representa para los personajes más allá de esa referencia generacional?

R: Pertenezco a una generación que había pensado mucho que no teníamos una historia común. Los años 90 aparentemente eran años en los cuales sucedían muchas cosas —como la amenaza de la epidemia del SIDA— pero ya estábamos hablando de unos años de cierta tranquilidad. No vivimos sucesos que realmente nos hicieran dar el sentimiento de pertenecer a un grupo. Crecimos con esta especie de sensación de estar atravesando los años en los cuales no sucedía absolutamente nada. En realidad, muchos lectores de mi generación me escriben después de haber leído La noche devastada y me dicen que se han dado cuenta de que sí comparten una historia común. Esta historia común es la de la cultura de estos años, en particular de la música. También habla de algo ciertamente impalpable, que es la experiencia de la melancolía, la sensación del aburrimiento y la imposibilidad de soñar con otras cosas. Creo que la música de Nirvana encarna perfectamente esto: ese sentimiento de estar muchas veces encerrado en tu vida sin poder soñar con otras cosas y, al mismo tiempo, es una forma de aspiración, de sueño potencial. Recuerdo que cuando los escuchaba de adolescente yo sentía muy fuerte esa melancolía fumando en la ventana de mi habitación y pensando en lo que el futuro nos reservaba.

P: Imagino que cuando vuelves a escuchar esa música ahora mismo te llevará a esos momentos, porque la música siempre te lleva al lugar de ciertos recuerdos.

R: Sí, la música tiene esta capacidad de abrir un espacio en el tiempo. Muchas veces escuchar una canción, o incluso solo un par de notas, te lleva exactamente al adolescente que fuiste y a la emoción que sentiste en ese momento. La sientes de adulto, pero es una transposición de lo que tenías cuando eras adolescente y vivías estos instantes.

P: Hablabas de la música y del aburrimiento. Yo creo que el aburrimiento de estos adolescentes es precisamente el detonante de aquello que va a ocurrir.

R: El aburrimiento es algo muy propio de nuestra generación porque era una generación sin móviles, sin redes sociales, sin internet. En esta zona residencial no había grandes cosas para hacer. Conocíamos ya la experiencia del aburrimiento y todo el rato hacía falta buscar soluciones para divertirse. Esto pasaba por la lectura, el cine y por las tonterías que podíamos hacer en torno al barrio para entretenernos. Para los personajes de la novela, esto es lo que les lleva, por una parte, a esta casa abandonada.

P: Más allá de la curiosidad, yo creo que estos personajes buscan realmente enfrentarse a ese miedo porque necesitan sentir algo más fuerte, romper esa burbuja de aburrimiento.

R: Creo que ese deseo de enfrentarse a sus propios miedos está muy vinculado a todos los adolescentes. Cuando crecemos y nos convertimos en adultos, lo hacemos necesariamente enfrentándonos a nuestros propios miedos. Estos adolescentes se quieren enfrentar a sus miedos, pero también a sus propios deseos. Los dos están muy vinculados en la construcción de la identidad. Tenemos la necesidad de saber qué nos da miedo y necesitamos saber qué deseamos. Este territorio que se abre dentro de la casa abandonada va a ofrecerles una respuesta y una confrontación a estos deseos y a estos miedos.

P: El grupo como tal tiene un peso central en la novela, pero no hay jerarquías. Es grupo en el significado total de la palabra, aunque siempre hay alguno que destaca más que otro por personalidad.

R: En este pequeño grupito de cinco amigos, efectivamente, no tenemos jerarquías; es una relación muy fraternal y muy igualitaria. Pero después, en el espacio del instituto, sí hay una jerarquía. Por ejemplo, estos dos gemelos, los Cazala, necesariamente son superiores por su belleza. Creo que en la infancia y en la adolescencia hay cierta forma de jerarquía que muchas veces puede ser muy violenta. Lo vemos también a través del personaje de Mehdi, que es acosado por otros dos chicos. La violencia puede existir de una forma muy abrupta en las relaciones sociales, pero en este grupo de cinco amigos esto se queda como un territorio muy protector para todos ellos.

P: ¿Qué papel juega la masculinidad dentro del grupo?

R: Es una temática interesante y compleja porque cada personaje, en particular los masculinos, se enfrentan a su relación de cara a la masculinidad de maneras distintas. Tenemos también la cuestión de la figura del padre y del padrastro, que juega un papel importante sobre la manera en la que los chicos representan luego la autoridad paternal. Para un personaje como Max, por ejemplo, su relación con la masculinidad está condicionada por el descubrimiento de la atracción por los hombres. Este tema de la representación de la masculinidad, de cómo nos construimos y nos transformamos en hombres desde que somos niños, atraviesa todo el libro en filigrana.

P: Hay un momento clave en la novela que es justamente el umbral. Es el umbral físico antes de entrar en esa casa, pero creo que tiene un significado mucho más psicológico: entrar hacia algo que se desconoce.

R: Es algo que explico un poco en el postfacio al final del libro. Esta casa yo misma la conocí de cierta manera, porque en este barrio donde yo crecí había una casa abandonada que fascinaba a los niños y adolescentes. Siempre la habíamos conocido abandonada, con las ventanas cerradas, y siempre nos habíamos hecho la pregunta de a dónde se había ido la familia que había vivido ahí. Un día decidimos entrar. Creo que lo prohibido, cuando eres adolescente, es evidentemente la invitación más grande a franquear esa prohibición.

P: Una vez que pasamos ese umbral, se produce algo de lo que no hay vuelta atrás. El miedo deja de ser juego y se convierte en una experiencia que sabes que te va a cambiar la vida.

R: Yo sabía que quería escribir un libro de terror que hiciese un homenaje a la literatura y al cine de terror de los años 90, pero no quería utilizar el horror de manera gratuita. Los libros de terror que más me han tocado son aquellos que utilizan el género para decir algo de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra humanidad. Era muy importante estructurar la novela con esta larga apertura, que es como una especie de análisis sociológico de la adolescencia de esa época, y después de un momento cruzamos la puerta de la casa. Ahí sabemos que el terror puede existir y que viene a encarnar la manera en la cual nos transformamos en adultos, la manera en la que perdemos nuestra inocencia donde nos confrontamos a la violencia del mundo.

P: Digamos que la historia avanza más como un descenso progresivo que como una caída total.

R: Es muy importante aquí la construcción de la novela. Sé muy bien que la mayoría de mis lectores en Francia no son forzadamente lectores de terror. Yo quería asumir el hecho de que iba a escribir una novela de terror, por esto tenemos esta primera escena que es abiertamente horrible y después este tiempo de exposición en el cual descubrimos a los personajes y su vida cotidiana. Intenté que, poquito a poco, lo fantástico y el horror contaminaran la estructura de la novela, la vida de los adolescentes y el imaginario del lector. Cuando al final el lector llega a este momento de la novela en la cual ya estamos en el terror puro, ya es demasiado tarde. Ya estás atrapado por el cuello, te está cogiendo directamente del jersey y quieres terminar el libro para saber qué pasa.

P: ¿Qué papel juega el deseo o cómo dialoga con el cuerpo y el miedo dentro de esa experiencia?

R: El cuerpo es un tema que está muy presente en todas mis novelas y especialmente en la manera en la cual nuestra identidad se compone en función del cuerpo que habitamos. En función de las experiencias que nos atraviesan —el deseo, la sexualidad, la enfermedad, la muerte, el tiempo— me gusta hacer aprender a mis personajes a través de sus experiencias físicas. También pienso que el libro puede ser una experiencia física y sensorial: vamos a sentir olores y sensaciones corporales. Para hablar de los años 90 y de la adolescencia donde descubres quién eres y cómo te compone tu deseo e identidad sexual, era muy importante utilizar el cuerpo como metáfora. También es interesante porque el cine de terror de los años 90 utilizó mucho el horror corporal (body horror). Los años 90 fueron atravesados por la epidemia del SIDA y el cine de terror era un espacio de representación de este miedo vinculado a la enfermedad. En La noche devastada utilizo el cuerpo como representación posible de todos los deseos y de todos los miedos que atravesaron mi adolescencia.

P: Yo diría que en tu novela el espacio no alberga fantasmas, sino que los produce.

R: Cuando pensé en escribir sobre una casa encantada, sabía que entraba en una mitología enorme. Me parecía muy interesante ver de qué manera yo podía revisitar esta mitología de una forma contemporánea y distinta. El universo que va a abrirse para estos adolescentes en el interior de la casa pudiese ser algo muy orgánico también y un espacio de proyección potencial de los fantasmas de estos adolescentes. Lo que es interesante para mí es esta realidad alternativa que se construye a medida que los adolescentes la alimentan con sus propios deseos, sueños, fantasías, arrepentimientos y miedos, y de qué manera esto va a contaminar poquito a poco la realidad.

P: Cuando entraste en esta casa real, ¿qué sentiste?

R: Fue una experiencia a la vez muy común y fascinante. De adolescente no era capaz de saber exactamente por qué yo había estado fascinado por esta casa. Al entrar, descubrimos un interior que se había quedado intacto, como totalmente anclado a los años 70. Como en la primera visita a la casa del libro, descubrimos que la mesa había sido puesta para el desayuno, que las camas de los niños en las habitaciones estaban deshechas como si se acabasen de levantar, todavía tenían las zapatillas en la entrada y los cepillos de dientes en el baño. Era como si la familia hubiera desaparecido. Y encontramos también, como en el libro, cassettes de audio que cogimos, robamos y escuchamos. En esos cassettes una mujer se había grabado hablando por teléfono y ella contaba la angustia que estaba pasando, el estrés, la situación financiera imposible en la cual su marido les había metido y la violencia de este hombre. Para nosotros fue un momento en el cual entendimos que, en este barrio que era un espacio protector para nosotros, la amenaza podía existir; que había algo que podía no funcionar o funcionar mal. Estas imágenes de familia casi ideal no eran fieles a la realidad. Soñé con esta casa durante casi 30 años. Por eso el sueño tiene una función muy importante en la escritura de esta novela, porque es eso lo que me ha llevado a escribir este libro. Y desde que yo he escrito La noche devastada, he dejado de soñar con la casa. Yo también había estado embrujado por ella.

P: ¿No supiste nada más de esa familia?

R: Mucho más tarde supe lo que había sucedido, justo después de la publicación de la novela. Recuerdo que cuando escuchábamos estos cassettes de audio yo se los di a mi madre y le dije: «Oye, mira, hemos entrado a la casa, hemos encontrado a los Ernst», un poco como la madre de Max en la novela. Ella sintió miedo de que me hubiesen acusado. Cuando salió el libro, volví a hablar de esto con mi madre y ella me dijo que lo que recordaba es que el hombre básicamente lo que había hecho es que había tenido problemas, no había podido pagar la casa y que en esos años, para intentar huir de las deudas y de los bancos, era preferible desaparecer, dejar todo detrás de ti e irte.

P: Concluyo dos cosas: que necesitabas escribir esta historia precisamente por esos sueños recurrentes y, por otro lado, que hay un componente de justicia social al mostrar la periferia, el barrio y la adolescencia de los años 90.

R: Tuve la sensación con este libro de escribir mi obra más íntima y personal. Aunque sea un libro fantástico, digo la mayoría de cosas verídicas de lo que fueron los años de mi adolescencia. Todos los miedos y deseos que los personajes enfrentan en esta casa son en realidad los míos. Me gusta la idea de que el lector se pregunte qué encontraría él en esta casa si fuese parte de este grupo. Quería lograr decir algo de lo que fue este entorno social, esta clase popular y media francesa aparentemente sin historia. Intenté hablar de algo difícil de nombrar, que es una especie de melancolía y añoranza de estos años 90 que sentíamos sin ser capaces de nombrarla. No es una denuncia per se, sino una forma de afecto hacia los adolescentes que fuimos y por los cuales siento mucha afección en retrospectiva porque sé cuáles eran nuestros sueños y cuáles nuestras decepciones. Los personajes de esta novela son los que más he amado de todos mis libros porque siento que los he conocido de verdad y son una parte de mí.

P: Sin olvidar ese paso siempre metafórico de entrar en la casa adolescente y de alguna forma madurar, llegar a la edad adulta.

R: Sí, como todos los libros sobre la adolescencia, son libros sobre la transición a la edad adulta y sobre la pérdida de una forma de inocencia. No me gusta mucho hablar de «inocencia» para los niños porque creo que no necesariamente lo son, pero cuando se es niño se tiene una capacidad de maravilla y de relación mágica con el mundo. Es algo que perdemos cuando crecemos y nos transformamos en adultos «razonables». Hablar a día de hoy de la adolescencia y de este momento de pasar al momento adulto también es una forma de hablar de nuestro mundo actual y de lo que atravesamos de manera colectiva. Nuestra humanidad ahora está en un momento de cambio que ya no es de maravillarse; es momento de confrontarse con la violencia y la pérdida de la esperanza. Esta narrativa es una manera de hablar de la pérdida de nuestra inocencia colectiva.