Gonzalo Giner: “Volver a El sanador de caballos es un reto enorme: la novela que me dio el gran empujón y más de 70 ediciones”

“El campo es la materia prima más noble para construir personajes: abnegación, sacrificio y dureza que veo cada día"

“Hay escritores que te cuentan una historia y hay escritores que te cambian la forma de mirar lo que tienes delante. Gonzalo Giner pertenece a estos últimos”.

Con esa frase, Rosa Sánchez de la Vega presentó a Gonzalo Giner en el Museo Pérez Comendador de Hervás, en un encuentro concebido más como un diálogo abierto que como una presentación al uso. La sesión la abrió la directora del centro agradeciendo a los asistentes su participación en este «maravilloso vuelo» cultural que el museo impulsa con cada actividad.

Antes de entrar en materia, el propio autor quiso detenerse para hablar de Rosa, conocida en el sector como “Rosa Pasapágina”. Lo hizo con una admiración sincera, asegurando que es la mejor entrevistadora de España, opinión que comparten la mayoría de los mejores autores, porque no se queda en la superficie; atraviesa las novelas y construye preguntas que llegan al centro mismo de cada historia.

Gonzalo Giner posee una doble mirada: la de quien ha aprendido a observar, interpretar y cuidar en el mundo animal, y la del novelista que sabe leer el alma humana. En él conviven estas dos facetas que se alimentan mutuamente: la del veterinario, que ha aprendido a interpretar el silencio, y la del escritor, capaz de encontrar humanidad donde otros solo ven instinto. Esa capacidad es lo que le permite entender el mundo de una forma distinta y trasladarlo a sus libros.

De ese equilibrio nace su obra: relatos donde lo histórico y el rigor documental se funden con lo emocional, llevándonos desde la veterinaria medieval hasta escenarios como el Congo en tramas que son un auténtico «grito ambiental». Como confesó el propio autor, aunque escribir es un placer que le llena, la historia solo se redondea y cobra vida cuando se encuentra con la emoción de quienes la leen.

Y con este punto de partida comenzamos la charla.

P.— Gonzalo, te hemos presentado como ese binomio inseparable de escritor y veterinario. Sé que lo segundo fue una vocación temprana, pero ¿en qué momento se cruza la literatura en tu camino y qué te lleva a sentir la necesidad de escribir novela para explicar la historia?

R.—De pequeño, tuve una gran escuela en mis padres; ellos eran grandes lectores y nos enseñaron a todos mis hermanos qué leer para que nos apasionara la lectura. 

Cuando tenía catorce años, ser escritor no estaba en mis planes: dudaba entre ser bombero, arquitecto o piloto de caza de bombarderos. Todo cambió un verano en Llanes cuando cayó en mis manos Todas las criaturas grandes y pequeñas, de James Herriot. Aquel libro sobre un veterinario rural fue un despertar; decidí que yo quería ser eso.

Es curioso, porque un libro me empujó hacia la profesión que ahora mismo es la más bonita y la que más amo en el mundo, más que escribir. Por tanto, yo no quise ser escritor. Fui escritor porque fui lector, o sigo siendo lector, y porque en un momento determinado de mi vida, con 38 años, tuve un problema a nivel empresarial. Estaba en una empresa muy grande, hubo un conflicto, tuve que echar a mucha gente y eso me llevó a varias decisiones.

Una fue abandonar esa empresa, lo cual hice. Poco después pensé que necesitaba en mi cabeza otros mundos para no estar tan agobiado con la realidad que tenía que asumir, que eran los despidos y todo lo que implicaban.

Ahí surgió la primera novela, que fue casi más una terapia que otra cosa. No pretendía publicarla. Pero sucedieron cosas y al final se publicó, y eso arrancó lo que es ahora una carrera editorial.

No dejo de ser veterinario. Sigo trabajando como veterinario todos los días porque es una profesión fascinante. El contacto con el animal es enorme, y eso me ayuda a alimentar muchos personajes de mis novelas.

P.— Pasas gran parte del año recorriendo kilómetros para visitar ganaderías. ¿Es cierto que tus personajes te acompañan en el asiento del copiloto mientras conduces?

R.— Sí, viajan conmigo de copilotos, pero también en los asientos de atrás y hasta en el maletero. Me acompañan en un doble sentido: primero porque la construcción de mis novelas la hago, en gran medida, en el coche. Trabajo mucho en las zonas de Ávila y Segovia, y esos kilómetros son una joya para mí.

Pero, además, es que en el campo te encuentras la materia prima más noble y fascinante para construir personajes. Muchos de los protagonistas de mis libros son ganaderos de carne y hueso que trato a diario; a veces los retrato ahí y espero a ver si se descubren ellos mismos en las páginas.

En el campo es donde ves de cerca la abnegación, el espíritu de sacrificio y la dureza de esas vidas complicadas que ponen mucho esfuerzo para conseguir muy poco. Todo eso que veo cada día es lo que alimenta las personalidades que luego aparecen en mis novelas.

P.— El veterinario observa lo que el animal no puede decir. ¿Sientes que esa costumbre de escuchar el silencio de tus pacientes te ha dado una ventaja a la hora de escribir gestos o verdades calladas de tus propios personajes humanos?

R.— No se me había ocurrido, pero sí que se produce. En mi trabajo, ahora ya no trabajo como clínico. Durante una época corta de mi vida lo hice, pero cuando empezó a aparecer el mundo de las letras me di cuenta de que no podía hacer clínica, porque si estoy aquí hablando con ustedes no puedo atender una llamada de un parto urgente. Y si no puedo estar, tiene que ir otro veterinario, y eso puede ser complicado a la hora de mantener clientes. Así que cambié la actividad y ahora me dedico a la nutrición, soy nutricionista de animales, en este caso de rumiantes.

Pero una de las cosas que más me fascinan en mi trabajo diario es interpretar el comportamiento de los animales, intentar entenderlos, intentar conseguir ese contacto, esa comunicación con ellos. Llevo muchos años haciéndolo, y me doy cuenta de que incluso animales que pueden parecer menos evolucionados, como un perro o un gato, o incluso una vaca —que sorprendentemente también “me dice cosas”— transmiten más de lo que parece.

Me fijo mucho en eso. Y creo que esa capacidad de intuir, de descifrar, de adivinar lo que está pasando, luego la traslado también a los personajes, que en el silencio acaban transmitiendo emociones que a veces no se ven.

P.— Eres experto nutricionista y eso te lleva mucho tiempo, igual que documentar y escribir tus novelas. ¿Cómo se gestiona el salto mental de estar calculando una ración de proteína para un rebaño por la mañana y estar diseccionando la ambición humana frente a un folio en blanco de madrugada?

R.— Efectivamente, yo escribo pronto. Me levanto a las cuatro y media o cinco de la mañana y me pongo a escribir hasta las siete; después, me voy a trabajar. Eso sí, a las diez de la noche estoy frito en el sillón.

No me cuesta tanto esfuerzo que mi cabeza dé el cambio de estar trabajando en algo muy técnico a meterme, de pronto, en la batalla de las Navas de Tolosa e imaginarme cómo las tropas del Miramamolín y los arqueros turcos preparaban las flechas para disparar a los reyes cristianos. 

No sé muy bien por qué, pero no me cuesta tanto. Posiblemente porque en ese tránsito entre el trabajo y mi casa está el coche. El coche para mí es muy importante: ahí es donde le doy la vuelta a la cabeza, encuentro soluciones a problemas que surgen en la trama y me imagino lo que voy a escribir al día siguiente, y es divertidísimo.

P.— Se dice que los escritores siempre intentan desenterrar el mismo hueso en cada libro. Mirando tu trayectoria desde la distancia, ¿cuál es el hilo que conecta a un albéitar del siglo XIII con un activista en el Congo o un millonario que busca el ADN de un caballo histórico?

R.— El hilo conductor es la necesidad de tener una pasión por una idea. Siempre digo que lo más complicado no es escribir una novela de 650 u 800 páginas; eso es una barbaridad, como construir una pirámide, pero lo verdaderamente difícil es tener una buena idea. 

En la génesis de esa idea está la respuesta a tu pregunta. Al final tiene que haber una pequeña semilla que de pronto explota dentro de mí y me dice que ahí hay una historia que contar, ya sea en el Congo, con Pedro II de Aragón o con unos caballos andaluces en las marismas del Guadalquivir.

P.— Hablemos de El sanador de caballos. En esta novela, Diego es un pionero de la albaitería en un mundo que aún creía en milagros y supersticiones. ¿Hasta qué punto el albéitar medieval fue el verdadero puente científico entre el avanzado conocimiento árabe y la cruda necesidad de supervivencia de los reinos cristianos?

R.— En los reinos cristianos de la Edad Media —fundamentalmente en Castilla, León y Portugal— a los veterinarios se les llamaba albeitares. En la Corona de Aragón o Valencia eran los menescales. Gracias a la influencia del saber que vino a través de Al-Ándalus, la albaitería enriqueció tanto su contenido que se igualó al saber médico humano. Eso no sucedió en el resto de Europa; ni en los países nórdicos ni en Inglaterra tuvieron tanta ciencia médica veterinaria como aquí.

¿Y por qué era tan importante? Porque los caballos eran las armas de guerra más críticas en una época de reconquistas, batallas y razias. El albéitar era, fundamentalmente, un especialista en caballos; eran los animales a los que se dedicaba todo el esfuerzo, la medicación y las primeras cirugías. La albaitería en España fue la entrada del saber médico gracias a Al-Ándalus. De hecho, «albéitar» viene del árabe albaitar, que significa el sanador de las bestias.

Eran personajes importantísimos porque los caballos tenían que ir a la guerra preparados. Por ejemplo, aunque parezca increíble, antes de una batalla se les practicaba una sangría a todos. Se creía aún en la teoría de los cuatro humores y se pensaba que, al quitarles sangre, el animal regeneraba sangre nueva que le daría más fuerza y vitalidad para el combate. Imaginad lo que suponía eso en una batalla como las Navas de Tolosa, donde el bando cristiano contaba con unos 8.000 caballos y el musulmán con unos 12.000 o 13.000. Fue una labor ingente de albeitares y menescales trabajando antes de la batalla para realizar esas sangrías.

P.— Con El jinete del silencio, te metes en la piel de un chico autista y en la relación que establece con un caballo, una conexión casi mágica y una forma de comunicación que, además, en la actualidad se estudia y se aprovecha.

R.— En esta novela explico un poco cómo surgió la idea, esa semilla que antes comentaba, de algo que de pronto sientes que tienes que contar. Yo estaba presentando unas novelas de caballos en Córdoba, en un evento llamado Córdoba Ecuestre, un encuentro cultural donde se habla de todo lo relacionado con el mundo del caballo: criadores, veterinaria, literatura…

En aquella presentación había una responsable de centros de equinoterapia en Andalucía que dio una charla muy impactante, con imágenes de niños con problemas de movilidad, psicomotricidad o autismo que trabajaban con caballos. Al mismo tiempo, yo tenía otra idea: crear una raza de caballos, como si el proceso creativo fuese construir una especie.

En ese momento se unieron las dos cosas. Pensé que toda creación necesita un creador, y que ese creador suele ser alguien con sensibilidad artística. Me pregunté por qué no hacer protagonista a una persona que, desde fuera, parece extremadamente frágil en lo social, como ocurre en algunos casos de autismo, pero que pudiera ser clave en la creación de algo de enorme belleza. Para mí ha sido el personaje más emocionante de todos los que he escrito.

Es un personaje difícil, porque prácticamente no habla en la novela. En los últimos capítulos me permití una licencia porque me daba pena no dejarle expresar algo. Todo lo que sabemos de él llega a través del narrador o de los personajes que lo rodean. Se llama Yago, y descubre quién es a través de los caballos: ellos le abren el mundo de la belleza, también el de su propia belleza interior.

P.— ¿Dirías que en esta novela se plantean formas de inteligencia o sensibilidad que la sociedad no siempre sabe reconocer?

R.— Sí, claro. Aquí no hablamos de un problema, sino de personas diferentes, con capacidades muy especiales. Para construir el personaje me ayudé de un libro de Temple Grandin, una catedrática con un grado de autismo profundo que ha escrito ensayos en los que explica el autismo desde dentro, desde su propia forma de pensar.

A partir de esa lectura se me abrieron muchas ventanas. Estuve a punto de conocerla en un congreso en Toledo, pero no llegué a tiempo.

Ella, por ejemplo, trabaja asesorando grandes mataderos en Estados Unidos para diseñar instalaciones que tengan en cuenta cómo perciben el entorno los animales. Observa cómo reaccionan los terneros y ajusta detalles del espacio que a otros les pasan desapercibidos.

Esto conecta con algo importante: los autistas suelen tener un pensamiento más visual que verbal. Y en eso hay una coincidencia con los animales. Ellos también funcionan mucho a través de imágenes y de una memoria visual muy precisa.

Los animales perciben todos los detalles, por una cuestión de supervivencia. Un depredador necesita no perder nada cuando caza, y una presa necesita detectar cualquier mínimo cambio para sobrevivir. Por eso, cuando llegas a casa, un perro puede notar tu estado de ánimo aunque no hayas dicho una palabra: percibe el olor, la mirada, los cambios mínimos que a nosotros se nos escapan.

En esta novela, esa forma de percepción es clave: a través de ese pensamiento visual, el protagonista es capaz de crear algo extraordinario, incluso una nueva raza de caballos.

P.— Con La bruma verde ganas el premio Fernando Lara. Es una novela que respira una indignación muy real; parece que necesitabas salir de la narrativa histórica para recordarnos que el desastre ambiental de hoy es nuestra mayor cuenta pendiente.

R.— Fue otra provocación. Todo surgió en el Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid, donde presento los Premios de Bienestar Animal. Allí conocí a una colega que trabaja en el Congo recuperando crías de chimpancés que quedan abandonadas porque han matado a las madres para comerciar con su carne. Estos animales tienen una dependencia brutal y necesitan casi cinco años de contacto íntimo con la madre antes de desenvolverse solos.

Ella trabajó con la mismísima Jane Goodall —la gran primatóloga—, quien le asignó un chimpancé pequeñito para que estuviera las veinticuatro horas con él durante cinco años. Tras rehabilitarlo, lo mandó a la selva. Tiempo después, ella regresó sola y, de pronto, empezó a escuchar ruidos y gritos: era una orden de ataque del líder de un grupo de siete u ocho chimpancés grandes. Uno se le lanzó, le mordió la cabeza y la tumbó. Cuando ya pensaba que se moría, otro de ellos dio la orden de atacar al que la estaba agrediendo: era su «ahijado», el que ella había criado.

 A mí eso me lo contó y todavía se me ponen los pelos de punta. Supe que ahí había una historia espectacular para contar lo que ocurre en el Congo: la recuperación de animales y la deforestación.

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P.— En la novela hay una reivindicación muy clara sobre lo que está ocurriendo en esos bosques.

R.— Sí. Cuando empecé a escribir la novela, hacia 2018 o 2019, vi un dato de la deforestación en Brasil y el Congo: en un solo año había desaparecido bosque en una extensión comparable a las provincias de Cáceres, Badajoz y Ciudad Real juntas. ¡Las tres más grandes de España en un solo año! Me pareció una cosa tan horrorosamente indignante que quise sensibilizar sobre el tema, aunque la novela no sea un alegato ecologista.

Pero, además, siempre tiene que haber un alma que me atrape. Así nació Bineka, una niña de la selva. La idea surgió de una foto en blanco y negro que encontré buscando inspiración de una niña de unos trece o quince años; se notaba que tenía los ojos claros y yo me inventé lo del color esmeralda. Decidí que llevaría la selva entera en su mirada y ese personaje es el que cautiva y arranca la historia.

P.— Nos vamos a La sombra de los sueños. Ahí rescatas la figura de Saladino y exploras la posibilidad de desafiar al tiempo; intentas recuperar la épica del pasado tentando a la ciencia para que haga milagros.

R.— La sombra de los sueños es una novela actual, aunque tiene un trocito de novela histórica dentro, que es la referencia a Saladino. 

Saladino es de esos personajes que me fascinan desde que empecé a leer sobre las cruzadas de Jerusalén. Hubo ocho cruzadas y, aunque no siempre se conoce, los musulmanes ganaron cuatro, nosotros tres y una quedó en tablas. Nosotros tenemos la lógica de toda la literatura de nuestro bando, los europeos, pero yo quería saber qué pasaba en el otro lado: quiénes eran sus líderes y cómo eran.

Saladino fue quien consiguió recuperar Jerusalén tras la conquista de los cruzados. Fue un gran líder y un gran caballero musulmán, muy bien considerado incluso por los bandos cristianos. Era un enemigo, pero un gran caballero. Tanto es así que reyes como Ricardo Corazón de León, que peleó contra él, lo admiraban.

Hay un detalle concreto en la novela: en un enfrentamiento, Ricardo fue herido por una flecha en un costado y le entró una fiebre horrible. Saladino, al enterarse, le mandó a sus médicos, le regaló uno de sus mejores caballos porque habían matado al suyo y le envió hielo desde los neveros de Jerusalén para bajarle la fiebre. Imaginaos el personaje: tenía gestos como este y luego cortaba cuellos; era ambivalente. 

En la novela hay un personaje actual obsesionado con él que quiere recuperar su legado y su caballo, y ahí empieza a pisar la ciencia de forma complicada.

P.— ¿En qué estás trabajando ahora?

R.— Ahora estoy trabajando en un gran reto: la continuación de El sanador de caballos. Es difícil porque es la novela que me dio el gran empujón, con millones de lectores en muchas partes del mundo y más de 70 u 80 ediciones. Tenía ganas de atravesar el final de esa historia, que termina con la batalla de las Navas de Tolosa. 

Fue muy curioso que entre 1212 y 1214, cada año hubo una batalla de las más grandes del Medievo de forma consecutiva: las Navas de Tolosa en España, la batalla de Muret, donde muere Pedro II de Aragón, y en 1214 la batalla de Bouvines, en Francia.

Para esta novela me he documentado sobre cuánto valía un caballo de guerra en el siglo XIII. Su valor estaba entre 1.500 y 3.000 sueldos. Para que os hagáis una idea: con 1.500 sueldos te podías comprar una casa solariega excepcionalmente buena aquí, en Hervás. Un caballo valía lo mismo que una casa, no que un piso. Eran valiosísimos. 

También investigué cómo se comunicaban para ir a la guerra sin correos. En la Corona de Aragón existían los «trotarios» y aquí los «correos». Yo pensaba que iban a caballo, pero iban a pie. No se podían permitir caballos para eso. A caballo no haces 500 kilómetros al día; puedes hacer 30, 40 o 50 porque vas al paso, no vas todo el rato galopando.

Además, las batallas no eran gratis. En las Navas de Tolosa, quien financió la guerra fue el arzobispo Ximénez de Rada y Alfonso VIII de Castilla, que empeñó diez años enteros de las rentas de toda Castilla para poder pagar a los caballeros, a los peones, la comida de los hombres y la de los caballos. Todo eso costaba una fortuna y alguien tenía que pagarlo.

P.—(asistente) De entre todos tus libros, ¿cuál es el que más te ha marcado personalmente y cómo ha sido ese camino de idas y venidas hasta consolidarte como escritor?

R.— El jinete del silencio ha sido, sin duda, la novela en la que más me he dejado todo. La he disfrutado y la he sufrido a partes iguales; he llegado a llorar escribiéndola porque es pura emoción. Es una historia dura porque como os decía hace un rato, el protagonista es un niño autista en el siglo XVI. Hoy sabemos lo que es el autismo, pero en aquella época la palabra no existía. A quienes tenían esa deficiencia en la comunicación se les trataba como locos, idiotas o endemoniados.

Cada uno de mis libros tiene un «apellido». El sanador de caballos fue la novela revelación, la que me dio a conocer masivamente. Pero mi primera obra, La cuarta alianza, fue la novela sorpresa. Para mí fue una terapia y nadie creía que me harían caso en una gran editorial, pero Plaza&Janés me llamó para publicarla como su gran apuesta.

Sin embargo, este mundo es una montaña rusa y pronto pasé del cielo al infierno. A las dos semanas de salir mi primer libro, un crítico en la revista Qué Leer me puso de vuelta y media; decía que mi novela era de acción y aventuras y que a él le gustaba algo más intimista, al estilo de Javier Marías. Aquello me dejó deprimido. Después vino mi segunda novela, El secreto de la logia, que fue un auténtico fracaso de ventas. Fue una cura de humildad estupenda: me bajaron de golpe de donde me habían subido.

El tercer «palo» me lo llevé en mi primer Sant Jordi en Barcelona. En el cóctel previo, mi editora me presentó a Antonio Gala. Cuando él supo que yo era veterinario, me soltó con toda su buena intención: «¿Pero tú estás loco? ¿Un veterinario escribiendo novelas? ¿Por qué no te dedicas a lo tuyo?». Salí de allí pensando que mi carrera editorial se terminaba.

Poco después, de camino a la Feria del Libro de Madrid —donde entonces no venía nadie a que le firmase nada—, recordé que yo me hice veterinario gracias a un libro. Pensé: «Nadie ha contado nunca la historia de un veterinario en la Edad Media». Le comenté la idea a mi editora, advirtiéndole que si no acertábamos con la siguiente, mi carrera llegaba a su meta. Ella se quedó pensativa y me dijo: «Gonzalo, tenemos un novelón». Ella tuvo la visión de ver que ahí había una historia potente, y así fue como nació todo.

P.—(asistente) Tras el éxito de tus anteriores obras, en Las ventanas del cielo pones el foco en los maestros vidrieros. ¿Cómo surge el interés por un oficio tan específico y cómo lograste documentar detalles técnicos tan precisos, como el proceso de creación del vidrio soplado?

R.— Las ventanas del cielo recoge la historia de los artistas que creaban las vidrieras de las catedrales góticas. Hoy no concebimos una catedral sin sus vidrieras; sería un espacio mucho más pobre. La idea nació de una coincidencia: visitando a mi hija de Erasmus en Milán, estuvimos en el Duomo a la hora en la que baja el sol. El efecto óptico del gran rosetón proyectando luz y colores hacia el pasillo central y el altar es brutal. Pensé que se había escrito mucho sobre catedrales, pero no sobre quiénes hacían las vidrieras.

Para esta novela tuve la suerte de conocer a Luis, un maestro vidriero de León que desgraciadamente murió en la pandemia. Él me recibió en su taller, en una casa preciosa del siglo XVII, y me explicó cómo construían las vidrieras medievales. Yo intento ser muy riguroso y estudio muchos libros técnicos, pero a veces te encuentras con problemas que los libros no resuelven.

Un punto clave de la novela es la Cartuja de Miraflores, en Burgos, donde la reina Isabel de Castilla quiso poner las mejores vidrieras del momento, que venían de Flandes. Allí habían desarrollado una técnica para hacer planchas de vidrio muy grandes que permitían pintar escenas con mucho matiz, como si fueran cuadros, a diferencia de las vidrieras antiguas donde el plomo era el que dibujaba las formas.

Mi duda técnica era: ¿cómo conseguían planchas de vidrio tan grandes mediante el soplado? Yo leía que hacían una especie de botella que luego cortaban y aplanaban, pero no entendía cómo lograban ese tamaño soplando a pulmón con una vara de un metro y medio que pesa muchísimo. Se lo pregunté a Luis y él me dio la solución más sencilla y lógica: «No soplas en horizontal; te subes a una escalera y soplas hacia abajo para que la gravedad te ayude a estirar el vidrio». Son esos detalles los que, aunque pasen desapercibidos para el lector, a mí me gusta cuidar al máximo para que la novela sea veraz.

P.—asistente ¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Eres de los autores que improvisan sobre la marcha o necesitas tener toda la estructura y el final cerrados antes de empezar?

R.— Ahora sí que tengo siempre los finales. Necesito tener la novela muy clara en mi cabeza antes de empezar: las tramas, las subtramas, los personajes y sus conflictos. Pensarlo es lo que más tiempo me lleva. Como soy de ciencias, me gusta dibujarlo y estructurarlo todo en esquemas.

Llegué a este método por una mala experiencia con mi primera novela, La cuarta alianza. En aquel entonces escribí lo que me salió, sin planificar. Cuando mi editora, me dijo que iba a ser la «novela revelación» de Plaza&Janés, también me advirtió que había muchos errores de concepto y que el final no le gustaba nada. Tuve que cambiarlo en apenas tres días bajo una angustia horrible. Lo pasé tan mal que me prometí que nunca más escribiría sin saber cómo termina una historia.

Para la novela que estoy escribiendo ahora, mi esquema y documentación previa ocupan unas cuarenta páginas. Es un dossier donde anoto todo para no tener que volver a los libros constantemente. Es cierto que, a partir de la página 200 o 300, a veces dejo de fijarme tanto en el esquema y la historia se dispara, especialmente gracias a los personajes secundarios.

P.— En ese proceso de documentación, ¿sueles encontrar detalles reales que cambien el rumbo de lo que tenías pensado escribir?

R.—Para mí es vital tener el esquema muy claro; en la novela que escribo ahora, mi dossier tiene más de cuarenta páginas porque necesito saber cómo termina la historia antes de empezar. Sin embargo, durante la documentación aparecen «joyas inesperadas». La novela nueva, la continuación de El sanador de caballos, comienza con la batalla de Muret en 1213, donde muere Pedro II. Su hijo es Jaime I el Conquistador, un personajazo histórico cuya historia es apabullante.

Se produce un paralelismo porque Jaime se queda huérfano de padre y madre el mismo año, cuando solo tiene cinco años, y lo hacen rey a los seis. Luego hay otro personaje de no ficción, que me lo invento yo, que también pierde a sus padres. Mientras este niño de ficción sigue su curso, al pequeño Jaime sus propios tíos carnales y su tío abuelo intentan matarlo de varias maneras porque no están de acuerdo con que sea rey. Por eso, termina protegido por el Papa Inocencio III y recluido en el castillo templario de Monzón, donde vive con los templarios desde los seis hasta los diez años.

Buscando al jefe de los templarios de ese castillo, vi un nombre que aparece: Poncio Menescal. Como antes se decía que los menescales eran los veterinarios, supe que era un veterinario templario. He estudiado su historia y fue un hombre muy importante con episodios documentados a lo largo de los años. Estuvo en una encomienda en la zona de la Provenza, en Richerenches, especializada en la cría de caballos para los cruzados en Tierra Santa. Como no hay nada más sobre su labor técnica, ahí es donde yo me lo invento, uniendo la veterinaria con la historia de estos dos niños en la novela.

P.— Una de tus grandes bazas es lo que yo llamo «la justicia de los secundarios». Das vida a quienes realmente construyeron el mundo pero fueron borrados de las crónicas oficiales; gente de a pie con nombres y apellidos que en tus novelas tienen un peso fundamental. ¿Es una decisión consciente este enfoque?

R.— Sí, me gusta mucho darle un peso importante a los secundarios. Aunque ahora estoy escribiendo sobre la vida de un rey, que es alguien importante, me interesa mucho más la vida de personas anodinas y pequeñas. Me atraen esos personajes que no tenían ninguna trascendencia ni eran nobles en la época medieval, pero que luego desempeñan un papel importantísimo y consiguen metas insólitas.

Hago esto porque la construcción de un héroe que sale desde abajo es mucho más bonita. A todos nos gusta ver cómo alguien sin medios ni recursos es capaz de superarse a sí mismo y crecer. Mis héroes reales son como mis ganaderos: gente que no sale en las noticias ni tiene poder, que solo tiene facturas que pagar y el objetivo de sobrevivir un mes más. Esos son los héroes que a mí me interesan.

Por eso escribo sobre una niña de una aldea del Congo o sobre Yago, un niño que nace por casualidad y al que creen muerto hasta que un caballo lo salva reanimándolo a lametones. Son gente anónima y pequeñita que, a lo largo de la novela, crece hasta alcanzar sus sueños. Al final, ellos son los que hacen las grandes historias.

Este segundo encuentro literario en el Museo Pérez Comendador no solo fue una lección sobre el oficio de escribir, sino el escenario donde Gonzalo Giner desveló las claves de su próximo gran proyecto: la continuación de El sanador de caballos. El autor cerró la velada compartiendo la potencia de una trama que arranca en la batalla de Muret de 1213 con la muerte de Pedro II, dejando tras de sí una historia de orfandad por partida doble.

Lo más potente de este nuevo relato es el paralelismo entre la realidad y la ficción: por un lado, la figura apabullante de un Jaime I el Conquistador que, tras perder a sus padres con solo cinco años, sobrevive a los intentos de asesinato de sus propios tíos refugiado en el castillo de Monzón. Por otro, un nuevo personaje de ficción creado por Giner que comparte esa misma pérdida y soledad. En medio de ambos emerge la «joya inesperada» de su documentación: Poncio Menescal, un comendador templario real cuyo apellido revela su oficio de veterinario y cuya estancia en la Provenza, criando caballos para las Cruzadas, permite al autor unir ciencia, épica y emoción.

Con este anuncio, Gonzalo Giner puso el punto final a una tarde en Hervás que no se sintió como una charla, sino como un viaje compartido. En el Museo Pérez Comendador quedó flotando una idea que define su literatura: la de una escritura que no se explica, sino que se padece y se disfruta, naciendo de lo vivido y de esa observación minuciosa de quien sabe que la historia real se escribe con el pulso de lo humano y lo físico.

Sus novelas no son solo rigor y papel; son la capacidad de hacernos sentir lo que ya no está, logrando que lo lejano nos roce la piel con una naturalidad asombrosa. En sus historias lo que de verdad cuenta no es el qué, sino el cómo nos atraviesa mientras sucede. Por eso, Gonzalo no se queda en la superficie; se atreve con lo que no se ve pero se percibe, buscando esa fuerza de quien no escribe solo para narrar, sino para que sus palabras se queden a vivir con nosotros.