Hay familias que transmiten apellidos y otras que heredan silencios. Historias que empiezan mucho antes de que nazcan quienes las viven y que terminan convirtiéndose en una forma de mirar el mundo. En Nazarena, Karina Sainz Borgo parte de una memoria familiar marcada por la oralidad del Caribe, los presagios y las leyendas para construir una novela donde ocho hermanas cargan con el peso de un linaje que parece condenado a repetirse. Entre la exuberancia de un paisaje capaz de fascinar y de devorar al mismo tiempo, la autora explora cómo la violencia, la locura, el duelo y los afectos atraviesan los cuerpos y pasan de una generación a otra.
Desde que irrumpió con La hija de la española, Karina Sainz Borgo se ha consolidado como una de las voces más personales de la narrativa en español. Periodista de formación y venezolana afincada en España desde hace dos décadas, su literatura ha encontrado en el desarraigo, la memoria y los territorios donde la realidad roza lo inquietante algunos de sus grandes temas. Con Nazarena vuelve a ellos desde una historia profundamente íntima que hunde sus raíces en su propia genealogía sin renunciar nunca a la ficción.
Hablamos con ella sobre la herencia familiar, la violencia como paisaje, el cuerpo, la extranjería, la escritura y la literatura como el único lugar donde, como ella misma dice, todavía es posible desobedecer.
P. En Nazarena entramos en una casa donde conviven ocho hermanas marcadas por la pérdida y los presagios. El silencio pesa tanto como la sangre y el pasado se filtra en cada gesto. Es una novela que deja una huella muy profunda. ¿Cómo nace esta historia?
R. Antes que nada, muchas gracias. La experiencia lectora de Nazarena es algo que agradezco profundamente. Siempre digo que, teniendo para leer a Faulkner, a Javier Marías o a tantos autores extraordinarios, que alguien decida dedicar su tiempo a un libro contemporáneo ya es un regalo.
Nazarena es una historia que lleva mucho tiempo en mi cabeza. Su germen está en mi propia familia. Yo nací y crecí en el Caribe, y esa impronta familiar está atravesada por una oralidad llena de presagios, leyendas y mitos.
La historia real es la de tres italianos que llegaron a Venezuela a finales del siglo XIX y se casaron con tres hermanas. Esas mujeres, que eran mis tatarabuelas, tenían además una particularidad: eran negras como la noche. Así me lo contaba mi madre cuando yo era pequeña.
Siempre conviví con esas historias. Eran ocho hermanas que ya habían aparecido de alguna manera en La hija española y en Las mujeres que barren los patios. Sentía que tenía ahí un gran material que todavía no había trabajado. En esa historia estaban la locura, la desafección y la herencia.
Como no tenía un permiso oficial para entrar en la historia de mi familia, decidí cambiar los nombres y convertirlo todo en ficción. Me siento mucho más cómoda así. La Araíra no existe; es una cirugía del paisaje. Lo que realmente quería contar era la historia del final de un linaje, que es la historia de mi familia, pero también podría ser la de cualquier otra. Para mí, eso la convierte en una herramienta política.
La novela también me permitió desarrollar cosas que ya venía explorando en La hija española, El tercer país o La isla del doctor Schubert: dar rienda suelta a la enajenación, a la locura, a la psicosis y a la depresión, pero abordadas desde esa oralidad y esa dimensión espectral con las que crecí.
Y, por supuesto, el libro tiene mucho de nostalgia, entendida en el mejor sentido de la palabra. Es una exhumación de mis recuerdos. Yo crecí junto a una plantación de caña, al lado de la Hacienda Santa Teresa, la hacienda de ron más antigua de Venezuela. Todo ese paisaje, esa memoria y esas sensaciones emergen en la novela dentro de una estructura claramente trágica.
P. Tus novelas nacen siempre de una gran intensidad emocional. ¿Escribes para comprender esa violencia que arrastras o para mantenerla bajo control?
R. Creo que todos tenemos experiencias que nos marcan profundamente. En mi caso, sigo trabajando con un tema que todavía no tengo resuelto: la tierra. Ese es, en el fondo, el asunto que atraviesa mi escritura.
Escribir sobre ello es una manera de convivir con una angustia, con una inquietud y con una ansiedad que necesitan encontrar una forma. La escritura me permite moldearlas, ponerlas en orden y hacer algo con ellas.
Después de más de veinte años escribiendo sobre los mismos temas, siento que ahora empiezo a poder asumirlos y representarlos simbólicamente. Y cuando logras representarlos de esa manera, puedes hacer algo con ellos. No necesariamente resolverlos ni transformarlos en algo bueno o malo, pero sí aprender a convivir con ellos.
P. ¿Qué te exige la literatura que no te exige la vida?
R. Yo lo formularía al revés: ¿qué me ofrece la literatura que no me ofrece la vida? La literatura, o la expresión escrita y simbólica, me permite hacer cosas que en la vida real no puedo hacer. No puedo hablarle a la gente gritando, levantarme, tirar una mesa y salir corriendo. Hay una esfera de lo irracional que en la literatura sí tiene cabida.
Estos días estaba leyendo Tres noches en Ítaca, de Alberto Conejero. Supuestamente habla de unas hijas que van a enterrar a su madre en Ítaca, pero en realidad está hablando de muchas otras cosas. Creo que esa es la gran capacidad de la literatura.
La vida me exige mucha racionalidad. Me exige comportarme bien, ser civilizada, pagar impuestos, obedecer. En cambio, en la literatura siempre puedo desobedecer. Y eso me encanta.
P. Al principio hablábamos de esas ocho hermanas marcadas por las pérdidas, los presagios y el silencio. Eso es lo que las une. ¿Qué es lo que las separa?
R. Precisamente aquello mismo que las reúne. El afecto que las mantiene unidas dentro de esa casa es también lo que las trastorna.
Están inspiradas en ocho hermanas que existieron realmente. Todas viven en un mundo que no las acepta y en el que ocupar un espacio implica ejercer o recibir una determinada violencia.
Hay una madre ausente que, en realidad, es una madre profundamente deprimida. Ha tenido ocho hijas, además de dos pérdidas y dos abortos. Es una mujer que ya no es dueña ni siquiera de sus emociones ni de su voluntad.
Después está Porcia, la hermana mayor, que ejerce el poder y la contención sobre el resto. Me interesaba mucho construir ese personaje porque la novela está llena de guiños a Shakespeare. Me interesaba explorar la naturaleza depredadora de los afectos. Por eso el libro se abre con una cita de El rey Lear: «Hijas, más que tigres, ¿qué habéis hecho?».
La novela vuelve constantemente al origen del linaje. A ellas las separa exactamente aquello que las une: los afectos y la relación con esa casa.
P. ¿Qué te interesa más de la genealogía: la continuidad de la sangre o las deformaciones que produce el paso del tiempo?
R. Me interesa la mengua. Está mal dicho, pero me encanta esa palabra. Me interesa aquello que falta, lo que se va deshaciendo, lo que se pierde.
Cuando estudié las grandes sagas familiares para escribir esta novela descubrí que todas cuentan un proceso de deterioro. Los Buddenbrook, Los Forsyte, El gatopardo, Los Malavoglia, incluso Cien años de soledad, que probablemente sea mi referente cultural y lingüístico más cercano para esta novela. Todas hablan de un linaje que va a peor.
No es tanto lo que heredas como aquello de lo que eres desposeído. O lo que no eres capaz de defender. O aquello que no consigues transmitir.
En La hija de la española comenzaba con un poema de Borges que siempre me ha impresionado: «Me legaron valor. No fui valiente». Ese remordimiento me interesa mucho.
En El tercer país trabajaba la necesidad de poder enterrar a los muertos y honrar aquello que hemos recibido. En Nazarena, en cambio, el linaje está completamente impedido, amputado para recibir esa grandeza que debería ser capaz de transmitir.
P. ¿Crees que toda familia acaba creando su propia mitología para justificar aquello que no puede reparar?
R. Claramente. Creo que dentro de las familias existen determinados simulacros.
En la familia en la que yo crecí había una auténtica mitificación de las mujeres fuertes, de las mujeres que no lloraban, que no abrazaban a sus hijos ni a sus nietos. También existía una fascinación por la criatura extraordinaria, casi monstruosa.
Mi abuela, por ejemplo, nunca me dio un abrazo. La consigna era resistir.
Entiendo que aquello fue un mecanismo de adaptación que probablemente funcionó en un determinado momento histórico y social. Pero no estoy segura de que esa mitología le haya servido a mi generación.
Por eso siempre cuestiono ese discurso sobre la llamada «generación de cristal». Ni somos tan débiles como a veces se dice, ni aquella dureza era tan deseable como parecía.
Terminamos construyendo unos modelos imposibles de imitar y, en determinados contextos, lo femenino acaba convirtiéndose en un arma de doble filo.
P. La locura en Nazarena aparece casi como una herencia material.
R. Nazarena está inspirada en una mujer real que perdió a una hija y nunca consiguió asumir esa pérdida. Vivía atrapada en conductas obsesivas y compulsivas: barría constantemente, se limpiaba las manos sin parar… Era alguien que se iba abandonando poco a poco porque nunca pudo sanar ese dolor.
Si observas a todas las hermanas en conjunto, ves que están heredando y transmitiendo culpas, castigos y traumas que, en lugar de resolverse, terminan convirtiéndose en una patología.
En las familias existe esa idea de que la locura también se hereda. «Te tocaba ser la loca». Hay una parte de leyenda, por supuesto, pero también una parte cultural y educativa.
Me interesa trabajar ese territorio porque creo que forma parte de la condición humana. A medida que yo iba avanzando en mi propio proceso personal y encontraba otras herramientas para comprenderlo, veía que estaba perfectamente representado en el teatro.
Casi todas las tragedias, desde la Grecia clásica hasta el siglo XX, hablan de esa imposibilidad de escapar del destino. Hay algo de eso en Nazarena.
P. En la novela la violencia no irrumpe de repente; está presente desde la primera página. ¿Qué te permite narrativamente esa violencia permanente?
R. Esa es una muy buena pregunta.
Hay una sensación de la que me cuesta desprenderme: la violencia forma parte de mi imaginario estético. Y es completamente contradictorio, porque simbólicamente transmito un mensaje muy distinto del que escribo.
Probablemente tenga que ver con el lugar donde crecí. Me cuesta mucho sustraerme a la violencia simbólica e incluso estética del paisaje en el que nací.
Siempre digo que crecí en un sitio donde hasta las flores son peligrosas. No metas la mano en una flor porque puede salir un alacrán, un insecto o cualquier animal que te pique. Siempre puede ocurrir algo.
Es una sensación de falta absoluta de control. Incluso el paisaje parece una alucinación.
Hace poco me hacía gracia leer que, con la bajada de temperaturas en Florida, las iguanas caían congeladas de los árboles. Cualquiera podría pensar que eso pertenece al realismo mágico, pero hay lugares del mundo donde ocurren cosas aparentemente inexplicables que forman parte de la realidad cotidiana.
Eso es algo que ya venía trabajando en mis novelas anteriores. En El tercer país aparecían peces que vuelan, y realmente existen peces voladores. También hay serpientes que planean. Son fenómenos naturales que suceden en territorios exuberantes.
Pero esa exuberancia siempre convive con la amenaza. Es un paisaje tan fascinante como capaz de devorarte. Creo que esa sensación está muy arraigada en mí y, sinceramente, no quiero abandonarla.
P. ¿No has pensado en utilizar la escritura precisamente para desprenderte de esa violencia con la que has convivido?
R. Es que no puedo manejarla de otra manera. Está ahí. Empiezo a jugar con ella y empiezo a obtener resultados.
En Nazarena hay muchos episodios de violencia entre las hermanas, pero también hay una violencia que no controla nadie. Pienso, por ejemplo, en el momento en que arde el campo de caña. Es un paisaje bellísimo y, al mismo tiempo, un infierno.
También están los animales, que tienen una presencia constante en la novela. Hay escenas de depredación entre ellos, pero también del ser humano matando animales. Creo que quienes vivimos en ciudades, más protegidos, hemos perdido parte del contacto con esa realidad, con la vida en sus respiraciones, en sus desgarros y en sus olores.
Todo eso está en Nazarena. Lo único que hago es subirle el volumen hasta un punto en el que el lector tenga que reaccionar y preguntarse: «¿Pero qué es esto?».
Respeto muchísimo a quienes hablan de realismo mágico. Incluso se lo agradezco. Pero creo que uno puede llegar a estar tan estimulado por la realidad que termina aturdiéndose.
P. ¿Te interesa el cuerpo como el lugar donde se inscriben la historia, la memoria y el trauma?
R. No puedo eludir el cuerpo como jaula, como espacio de transformación, como el lugar donde habita lo monstruoso.
Al final, el cuerpo es donde más fácilmente se hacen visibles determinadas presiones culturales y familiares: una determinada forma física, un determinado color de piel, una determinada manera de encajar.
En el caso de Nazarena, ella vive castigándose físicamente de manera constante. Se queman las manos, su sexualidad está completamente atravesada por la imagen monstruosa que tiene de sí misma.
Creo que, en mi caso, eso tiene mucho que ver con el entorno cultural en el que crecí. Viví en una de las sociedades donde más se exaltaba una determinada idea de belleza canónica y de sensualidad.
El arquetipo de la Miss, de la Señorita Caracas, de Miss Venezuela, siempre me ha parecido una especie de hidra a la que nunca puedes cortarle la cabeza porque siempre reaparece, siempre vuelve de la forma más aterradora posible.
Esa obligación permanente de responder a un ideal de belleza acaba convirtiéndose en la creación de un demonio. Produce exactamente el efecto contrario.
P. El erotismo y la muerte aparecen constantemente entrelazados en la novela. Es algo que resulta muy natural y, al mismo tiempo, profundamente inquietante.
R. En Nazarena hay un trabajo muy consciente sobre el erotismo y el sexo.
En La hija de la española prácticamente no existía. En El tercer país trabajé mucho más la relación entre el cuerpo y la muerte. Y La isla del doctor Schubert fue el laboratorio previo donde empecé a explorar cómo construir un erotismo que escapara de los tópicos.
Aquí el erotismo es desesperado. Muy oscuro. Está directamente relacionado con la pulsión de muerte. Cuanto mayor es la pulsión de muerte, mayor es también la pulsión de vida.
Recuerdo que uno de mis editores internacionales me dijo un día: «Karina, en tus libros no nace nadie». Y pensé que era preocupante.
Por eso, en Nazarena, todo acaba convirtiéndose en un enorme paritorio. Pare todo el mundo: las mujeres, las yeguas, los animales… La idea del nacimiento está muy presente.
P. La extranjería está muy presente en tu obra. ¿Crees que mirar desde fuera vuelve la mirada más libre o más severa?
R. Creo que la vuelve más descreída.
Cuando dejas de sentirte parte orgánica de un lugar, desarrollas menos apego. Eso te permite observar con más frialdad e incluso con una cierta enajenación.
Yo me siento muy cómoda en esa posición. A veces puede parecer cinismo, pero no lo es.
Me gusta encontrarme incómoda en los lugares. Me gusta no pertenecer del todo. Como sé que nunca voy a formar parte completamente de ningún sitio, puedo entrar y salir de ellos con mucha más libertad. Esa distancia, para mí, también es una forma de mirar.
P. Dices que te gusta estar incómoda. Me llama la atención. ¿Por qué buscas esa sensación de no terminar de pertenecer a ningún sitio?
R. Porque uno se acostumbra a todo. Eso lo tengo clarísimo.
Yo me acostumbré a vivir así porque, en el espacio en el que crecí, nunca terminé de encajar. Tampoco en la clase social de la que provenía. Era una clase media ascendente y, de alguna manera, no pertenecía del todo ni a un sitio ni al otro.
Además, se esperaba de mí una vida muy distinta. Yo quería hacer periodismo, salir a la calle, meterme donde nadie me llamaba. Quizá esperaban que estudiara Publicidad o que trabajara en algo donde mi aspecto tuviera más importancia, pero a mí lo que me gustaba era el periodismo.
También estaban las propias reglas de mi casa. «Una mujer no anda sola». Pues claro que quería andar sola. Quería ir donde hiciera falta y hacer los reportajes que quisiera hacer.
Todo ese tiempo sintiéndome observada, percibida como un bicho raro, hizo que terminara acostumbrándome.
Y cuando llegué a España me ocurrió algo parecido. Compartimos idioma y muchas referencias culturales, pero seguía siendo demasiado tropical para el espacio español. Quizá, si hubiera vivido más al sur o en Canarias, habría sido diferente, pero siempre existía un pequeño desajuste.
Con el tiempo aprendí a convivir con esa sensación de desentonar.
P. Y, sin embargo, dices que eres cobarde.
R. Sí. Siempre he pensado que me habría encantado vivir una experiencia lingüística completamente distinta, escribir en otro idioma.
Cuando habitas otra sociedad estás obligado a pensar en otra lengua y eso cambia profundamente tu relación con el lenguaje.
Todavía puedo hacerlo, desde luego.
P. ¿Qué parte de ti todavía no has conseguido llevar a la escritura?
R. Creo que he trabajado muchas cosas, pero quizá todavía no he conseguido escribir sobre la tranquilidad o sobre la felicidad.
Eso no lo he trabajado.
Tengo una amiga que siempre me dice: «Karina, ¿tiene que ser todo tan lóbrego?». Y yo le respondo que no puedo evitarlo.
Siempre termino rehuyendo la felicidad. En las cosas que escribo siempre tiene que suceder algo malo.
P. ¿Qué miedo aparece cada vez que empiezas una novela?
R. El de no terminarla. El de abandonarla.
Lo más probable cuando uno empieza cualquier proyecto es no continuarlo. También puede ocurrir que empieces a construir una casa y se te caiga encima porque no eres capaz de sostenerla.
Con las novelas ocurre exactamente eso. El gran desafío siempre es terminarlas.
Además, todas acaban desbordándose de una manera u otra.
Hace poco le decía a una persona: «¿A partir de qué libro un autor puede decir que realmente es autor?».
Yo todavía no lo siento así. Tengo cuatro novelas, cinco libros, pero no creo haber recorrido el suficiente camino como para pensar que domino esto.
Es un ejercicio que disfruto muchísimo y, en parte, un juego. Pero es un juego que tiene que salir bien. Si no, no dejaría de ser un querido diario.
P. Hay quien publica un primer libro y ya se siente escritor.
R. Yo lo celebro y lo aplaudo, pero también creo que ahí existe un riesgo muy grande.
Puedes terminar alimentando una cierta complacencia. Aunque tampoco pasa nada.
Como dice Ray Loriga, una novela mala se cierra y ya está. En cambio, una casa mal construida se te cae encima y te mata.
P. Afortunadamente, no encarcelan a nadie por escribir mal. Ahora que hablas de libros, ¿te inquieta la fugacidad con la que aparecen y desaparecen?
R. Esa es la pregunta del millón.
Hace veinte años no teníamos esta misma percepción. Todo se ha acelerado. Ahora se publican muchos más libros y, por tanto, pasan mucho más deprisa.
También hay muchísimo más ruido. Pero, precisamente por eso, si un libro o un autor consigue permanecer en medio de todo ese ruido es porque realmente tiene algo importante.
Probablemente hace treinta años era más sencillo que un escritor llegara a ser conocido. Pero también creo que el momento actual es mucho más interesante porque todas las reglas se han doblado.
Hoy un autor puede surgir de la nada. Antes eso era mucho más difícil. Pienso, por ejemplo, en José Donoso dentro del boom latinoamericano. Aquel fenómeno estaba completamente capitalizado por figuras como Borges, García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Donoso era un autor enorme, pero no ocupaba ese mismo espacio.
Me pregunto cómo leeríamos hoy El obsceno pájaro de la noche. O pienso también en Clarice Lispector. Durante mucho tiempo no la leímos simplemente por una cuestión de idioma.
Ahora se traduce mucho más y las obras circulan con mayor facilidad. En realidad estamos mejor. Lo que ocurre es que tenemos menos tiempo.
P. También hay un volumen inmenso de publicaciones.
R. Claro. Para resistir el aluvión de novedades tienes que ser realmente muy bueno o conseguir llamar muchísimo la atención.
Y eso tiene un problema, porque metafóricamente es como preguntarse cuál será la próxima barbaridad que puedes hacer para destacar.
Pero eso ya no ocurre solo en la literatura. Lo vemos en la política, en la forma de vender, en nuestra relación con nosotros mismos.
P. ¿Las redes sociales también forman parte de ese ruido?
R. Absolutamente. No tengo ningún problema en reconocer que estoy completamente enganchada a las redes sociales.
Estoy continuamente mirando qué aparece, qué puedo descubrir, con quién puedo entrar en contacto. Al mismo tiempo me estoy proyectando constantemente.
Me falta silencio.
Hay autores mucho más serios que no tienen redes sociales, pero a mí me parecen un lugar muy interesante. Creo que ahí puedo encontrar muchas cosas.
P. Pero hasta el punto de sentirte enganchada.
R. Sí, completamente.
No paso un día sin mirar las redes.
Si el teléfono está delante de mí, termino cogiéndolo. Tengo una relación compulsiva y ansiosa con él.
De hecho, cuanto más tiempo paso en las redes, menos fumo. He sustituido una ansiedad por otra.
P. ¿Y eso te parece sano?
R. No, claramente no.
Antes esa necesidad de tener siempre algo entre las manos la resolvía escribiendo. Llevaba una libreta Moleskine a todas partes y apuntaba cualquier cosa.
Ahora utilizo el bloc de notas del móvil, pero el problema es que, en cuanto lo abres, aparece una notificación, una ventana o cualquier otra distracción.
Estoy leyendo algo y enseguida pienso: «Voy a compartir esto».
Hay demasiado ruido y ese ruido interfiere en nuestra forma de habitar el mundo.
Para escribir he tenido que sacar el teléfono de la habitación y dejar de verlo.
Además, esa acumulación permanente genera una enorme sensación de insatisfacción. Es como entrar en una librería con ochocientos libros delante y no saber cuál elegir.
P. Ese exceso también está cambiando la forma en la que descubrimos los libros.
R. Totalmente.
Lo comentaba hace poco. Yo trabajo en un suplemento cultural y cada vez tengo más la sensación de que el lector con el que estábamos acostumbrados a hablar hace tiempo que encontró otros lugares.
Ahora están los recomendadores y los prescriptores de libros en redes sociales.
Es una reflexión que quienes seguimos haciendo prensa cultural, de una manera más tradicional, deberíamos plantearnos seriamente: si realmente seguimos llegando a los lectores.
Tengo la sensación de que estamos asistiendo más al final de un ciclo que al comienzo de otro.
P. ¿Qué Karina vemos en las redes sociales?
R. Buena pregunta.
Intento comunicar que escribo, que hago cosas relacionadas con la escritura… pero también se me va bastante la cabeza.
Me fascinan todas las cosas mostrencas. Es casi un rasgo infantil.
Quienes me conocen se ríen porque siempre digo «dale garrita» cuando veo un koala.
Me encantan los koalas porque son tiernos y, al mismo tiempo, horrorosos.
Me ocurre igual con todo aquello que pertenece al territorio de lo aparentemente dulce, alegre o adorable, pero que esconde una parte oscura. Eso me fascina.
P. ¿Qué sería de Karina Sainz si un día escribiera una novela sin oscuridad?
R. Me costaría muchísimo.
Hubo una época en la que me propusieron escribir un relato cada quince días. Una semana publicaba Elvira Navarro y la siguiente yo.
Y, sin darme cuenta, lo que me salía era humor. Un humor negrísimo.
La catástrofe me divierte. Probablemente forma parte de mi manera de mirar el mundo.
P. Nazarena. Karina Sainz, ha sido un placer. Aunque escribas desde la oscuridad o, quizá precisamente por eso, un placer acompañarte en ese territorio.
R. Muchísimas gracias. Ha sido un verdadero placer.
Cinco ideas que deja la entrevista
- La escritura le permite explorar simbólicamente aquello que todavía no ha conseguido resolver en su propia vida.
- En Nazarena, la violencia, la locura y la herencia familiar forman parte de una misma genealogía emocional.
- El cuerpo es el escenario donde se manifiestan la memoria, los traumas y las presiones culturales.
- La sobreabundancia de libros y el ruido de las redes han transformado la forma de descubrir y leer literatura.
- La oscuridad no es un recurso estético, sino la manera en la que comprende y representa el mundo.
Encontrarás en esta entrevista…
- El origen real de Nazarena y la historia familiar que inspiró la novela.
- La relación entre violencia, memoria y escritura.
- El peso del cuerpo, la belleza y la identidad en su literatura.
- Una reflexión sobre las redes sociales, la sobreinformación y el futuro de los libros.
- La importancia de la incomodidad y de la extranjería en su forma de mirar el mundo.
Ideal para…
Una entrevista imprescindible para quienes disfrutan de la literatura latinoamericana contemporánea, las grandes sagas familiares y las novelas que exploran la memoria, el trauma, la identidad y la violencia desde una mirada profundamente literaria.
PREGUNTA PARA LOS LECTORES
¿Crees que heredamos únicamente una historia familiar o también los silencios, los miedos y las heridas de quienes nos precedieron?
