Juan Gómez Bárcena no escribe novelas para ofrecer respuestas sencillas. En En abril o nunca se adentra en uno de los territorios más difíciles de la experiencia humana: el instante en que el duelo, la culpa y el trauma alteran para siempre la forma de mirar el mundo. A través de Daniel, un padre incapaz de dejar atrás el momento que cambió su vida, el escritor reflexiona sobre la necesidad de convertir el dolor en lenguaje, la tentación de regresar una y otra vez al pasado y la búsqueda de sentido cuando la realidad deja de tenerlo. Conversamos con él sobre memoria, paternidad, masculinidad, amor, inteligencia artificial y la extraña manera en que las heridas terminan formando parte de nuestra identidad.
La repetición como punto de partida de la novela
P. Abres esta novela, En abril o nunca, con la relación entre Daniel y su hija Teresa como eje de la historia. ¿Qué te interesaba explorar de la experiencia de ser padre desde el punto de vista emocional?
R. Me interesaba, sobre todo, qué sucede cuando se crea una relación muy intensa, una relación de amor absoluto, de apego, basada además en el futuro, como es la relación que tienes con un hijo. Crías y cuidas a esa persona pensando también en quien acabará siendo y, de repente, ocurre algo que supone una quiebra de esa esperanza y de ese futuro.
Eso era lo que quería explorar: las consecuencias del duelo y del trauma. En ese sentido, me parecía que la relación entre un padre y una hija funcionaba muy bien. Así fueron surgiendo poco a poco los personajes de Daniel y Teresa y esa relación entre ambos. Además, Daniel es un padre divorciado, lo que crea un vínculo muy particular con su hija, porque ella es, al mismo tiempo, aquello que lo une a una persona con la que ya no mantiene una buena relación y el centro de su propia vida.
P. Teresa vive entre dos ciudades y, precisamente por eso, celebra dos veces su cumpleaños. ¿Qué papel juega esa estructura familiar fragmentada en la construcción emocional del relato?
R. La idea de celebrar el cumpleaños dos veces es algo que he visto en hijos de amigos y familiares. Me interesaba porque juega con la idea de la repetición, que va a ser muy importante en el libro. También aparece a través de la ciudad de Benidorm, que parece una repetición de Nueva York, de Londres o de tantos otros lugares construidos como una especie de simulacro para los turistas.
Al fin y al cabo, la novela gira alrededor de un padre que intenta repetir un momento crítico de su vida para enmendarlo. Busca, como hacemos cuando sufrimos un trauma, revisitar una y otra vez ese instante para averiguar qué debería haber hecho, intentando resolver ese nudo que quedó pendiente.
Por eso empezar con esa repetición permanente, con ese cumpleaños celebrado una y otra vez, en una casa y en otra, era una forma de apuntar simbólicamente hacia ese juego de repeticiones que recorrerá el resto de la novela.
Cuando el trauma deja de poder contarse
P. Ese trauma modifica también la percepción de la realidad. ¿Te interesaba mostrar cómo una experiencia así altera la forma en que miramos el mundo?
R. Sí. Creo que es inevitable que, cuando uno sufre un trauma, la propia realidad cambie a causa de él.
Sobre todo, creo que el trauma es la incapacidad de digerir el pasado. Para continuar hacia adelante necesitamos digerir lo que hemos vivido. No sé si entenderlo del todo, pero al menos darle una explicación, sea o no la verdadera. Cuando uno vive una trayectoria vital sana, siente que el pasado está colocado en algún lugar, que es capaz de entenderse, de perdonarse y de construir un relato coherente sobre por qué está donde está y no en otro sitio.
Cuando aparece un trauma, esa lógica se rompe. Dejas de poder verbalizar lo sucedido, de ponerle palabras a la experiencia, de perdonarte determinadas cosas. Me interesaba precisamente qué ocurre cuando la realidad pierde su sentido porque ha sucedido algo que te impide seguir digiriendo el pasado y, por tanto, continuar viviendo.
P. Para poder seguir adelante, ¿lo primero es vencer esa sensación de culpa? Porque, si no, parece muy difícil salir de ahí.
R. Yo diría que casi lo primero es poder contarte a ti mismo lo sucedido. En ese momento todavía no te has perdonado, pero me parece que no puede existir un auténtico perdón mientras no haya una narración de lo ocurrido.
Me parece que el trauma llega, fundamentalmente, cuando todavía hay una ausencia de lenguaje, cuando has sido incapaz de verbalizar lo sucedido. Una vez eres capaz de iluminarlo, de reflejarlo y describirlo con palabras, yo ya no lo llamaría trauma. Sigue siendo una herida, algo que queda por resolver, pero en ese momento ya estás estableciendo una diferencia clara entre el pasado y el presente.
Eso es precisamente lo que no puede hacer alguien que vive atrapado en un trauma. Estoy pensando en los veteranos de la guerra de Vietnam, en esas escenas que vemos en las que suena un petardo y, de repente, vuelven a estar allí. Vuelven porque todavía no han conseguido convertir esa experiencia en pasado, no han conseguido convertirla en lenguaje.
Creo que, una vez la convertimos en lenguaje, puede empezar el verdadero proceso: necesito perdonarme, necesito contarme esto de una manera que le dé un sentido a lo sucedido.
P. ¿Qué ocurre con ese duelo que se guarda en silencio, que permanece invisible para quienes nos rodean y, casi, también para uno mismo?
R. Creo que ese duelo muchas veces esconde una incapacidad de expresión emocional. Cuando no eres capaz de hablarlo con los demás, significa que tampoco eres capaz de hablarlo del todo contigo mismo.
En ese sentido, puede ser muy sanador hablar con otros, ya sea un terapeuta o un amigo, porque, en el momento en que lo convertimos en un diálogo, también me lo estoy contando a mí mismo. Me parece que esa es una de las razones por las que necesitamos hablar con los demás. Aprendemos de ellos, pero también nos contamos a nosotros mismos a través de los otros.
Y creo que, en ese contarse, hay un comprenderse y un perdonarse.
Mi personaje, Daniel, es un hombre que no ha podido hacer ese proceso y la novela es un rodeo muy retorcido para intentar llegar a esa forma de comprensión
Volver al pasado para intentar cambiar lo irremediable
P. ¿Qué te atrae de esa fantasía de volver una y otra vez al pasado para intentar corregir algo que ya ocurrió?
R. Es algo curioso porque refleja una locura que todos hemos vivido: hacer una y otra vez lo mismo con la esperanza de que el resultado sea diferente.
Sucede mucho en el amor. Uno repite determinados conflictos, inicia una nueva relación y vuelve a romperse de la misma manera. Entonces te preguntas: «¿Qué hay en mí que me lleva a esa compulsión?».
Freud analizó mucho esta cuestión en Más allá del principio del placer y siempre me ha interesado esa idea: qué tenemos dentro que nos hace regresar a los lugares que nos duelen.
Creo que existe una cierta compulsión hacia la destrucción, muchas veces hacia uno mismo, que nos lleva a perseverar en lo dañado. También hay una especie de pensamiento mágico: creer que, si vuelvo a pensarlo lo suficiente, quizá el hecho desaparezca o, al menos, cobre un sentido.
Por supuesto, eso no sucede, pero es lo que nos mantiene encadenados una y otra vez al hecho traumático.
P. Acabas de decir algo muy interesante: volvemos una y otra vez al mismo lugar, repetimos una y otra vez el mismo error. Quizá regresamos porque, inconscientemente, es un lugar que reconocemos.
R. Sí, creo que es así. Muchas veces, por ejemplo, las relaciones dañinas reproducen un entorno conocido. Quizá estamos repitiendo el tipo de amor que recibimos en nuestra familia, aunque fuera un amor nocivo. Sin embargo, nos cuesta salir de ahí porque es lo que conocemos.
Es nuestro hogar. Puede ser un hogar doloroso, incluso un hogar abyecto, pero sigue siendo un hogar.
Y creo que, al fin y al cabo, el trauma también nos lleva a una tentación muy peligrosa: creer que nosotros somos nuestro trauma. Acaba formando una parte tan importante de nuestra identidad que parece imposible contarnos sin contar también esa herida.
Entonces, ¿cómo no volver al trauma si sentimos que el trauma somos nosotros?
Creo que ahí hay mucho de engaño. Es una historia que nos contamos. El trauma puede ser completamente accidental, no tiene por qué definir quién eres. Pero, aun así, inevitablemente regresamos a ese lugar.
P. ¿Cómo influye la escritura en ese intento de comprender las emociones y, en definitiva, la vida?
R. Creo que, cuando escribes desde un lugar más emocional, existe un margen mucho mayor para la improvisación, la intuición y la libertad. Al menos esa ha sido mi experiencia.
Este es un libro que he escrito más desde la emoción que otros anteriores, que eran más cerebrales, más apoyados en la documentación y el análisis.
Por supuesto, también he analizado este libro, pero creo que lo he hecho mientras lo escribía o incluso después de haberlo terminado. En otros libros existía una voluntad más clara de comprender algo humano, de formular determinadas tesis sobre el mundo.
En este caso, esas tesis han ido apareciendo como conclusiones de mi propio viaje, de intentar entender a mi personaje, que supongo que también es una manera de entenderme a mí mismo.
Al fin y al cabo, volviendo a lo que decíamos antes, uno siempre regresa a lugares que conoce. Yo creo que los escritores escribimos sobre aquello que conocemos. Ese conocimiento puede tomar la forma de una novela de ciencia ficción o de una novela histórica, pero siempre hay algo en el fondo que reconocemos como propio.
P. ¿Tu viaje como escritor ha coincidido con el resultado al que has llegado?
R. No, nunca lo es, y eso me gusta mucho. Creo que, si llega el momento en que escribir un libro consiste en llegar no ya a un lugar conocido, sino a un lugar previsto, dejaría de escribir.
Una de las cosas que más me fascinan de la escritura es que siempre es inesperada. Supongo que muchas profesiones también lo son, pero hay otras en las que uno sabe perfectamente qué puede esperar o en las que el acierto consiste en decir unas cosas concretas y no otras. Eso no me interesa.
Me interesa llevarme la contraria a mí mismo, que un libro pueda negar al anterior. Ese conflicto, de alguna manera, me alimenta mucho.
La dificultad de poner nombre a las emociones
P. En la novela también aparecen la masculinidad, la amistad y la madurez. Tradicionalmente se ha dicho que los hombres se relacionan emocionalmente de otra manera. ¿Te interesaba explorar esa dificultad para expresar lo que sienten?
R. Por supuesto, hablamos siempre en términos generales. Hay hombres que se relacionan de muchas maneras distintas, igual que hay mujeres que también lo hacen. Pero la imagen de la masculinidad que se nos ha transmitido sí creo que está asociada a una cierta parquedad en la comunicación.
Y lo peligroso no es solo que uno sea parco al comunicarse con los demás, sino que también lo sea consigo mismo.
Cuando uno no está acostumbrado a describir sus emociones, también le cuesta más identificarlas. Y cuando identificas peor las emociones no significa que sientas menos, sino que eres más torpe a la hora de lidiar con ellas y con sus consecuencias.
Las emociones siguen estando ahí, pero quizá no están en la epidermis, quizá no puedes verlas y terminan convirtiéndose en un misterio incluso para ti mismo.
Creo que esa imagen tradicional de la masculinidad conduce a una cierta introversión y a una dificultad para verbalizar el dolor o las emociones. Y esa puede ser una de las cuestiones que expliquen la llamada crisis de la mediana edad.
Llega un momento en el que necesitas nuevos interlocutores para hablar de cosas que te ocurren y que ni siquiera eres capaz de identificar. Pero no has cultivado ese tipo de amistades y tampoco esa relación contigo mismo.
Entonces, ¿cómo vas a describir lo que te pasa si careces del lenguaje y también de los oídos que necesitas?
P. Hablamos mucho de amistades tóxicas. ¿No crees que, a veces, metemos demasiadas cosas en el mismo cajón y simplificamos vínculos que son mucho más complejos?
R. Sí. Sin estar del todo en desacuerdo con el concepto de tóxico, porque creo que hay cosas que realmente lo son, igual que lo son determinadas sustancias, sí estoy bastante en contra del modo en que se ha venido utilizando esa palabra.
Veo a mi alrededor que todo el mundo parece estar rodeado de personas tóxicas, lo que me hace pensar si, en realidad, no seremos todos la persona tóxica de alguien. Probablemente sí.
Creo que, más que personas tóxicas, existen vínculos que pueden llegar a serlo. Y un vínculo siempre es cosa de dos. Las responsabilidades quizá no estén repartidas al cincuenta por ciento, pero inevitablemente intervienen dos personas.
Alguien puede mantener relaciones completamente sanas con unas personas y, sin embargo, resultar nocivo en la relación con otra.
Además, muchas veces llamamos tóxico a todo aquello que no nos llena como nos gustaría. Y creo que no hay nada más tóxico —por utilizar esa palabra que tanto detesto— que pensar que todos los sinsabores de mi vida proceden siempre de los demás.
Si todos hacemos ese diagnóstico, nunca construiremos relaciones verdaderamente sanas.
Creo que uno tiene que asumir que también contribuye a la falta de salud de una relación; preguntarse si está buscando donde no debería, si realmente está siendo tan sano para los demás como cree o si, quizá, está recibiendo parte de lo que también está dando.
Son preguntas que nos hacemos mucho menos y me parecería importante empezar a hacérnoslas.
Amar de nuevo cuando el pasado sigue presente
P. El amor en la madurez también ocupa un lugar importante en la novela.
R. Sí. Me interesa eso que puede suceder cuando uno vuelve a enamorarse a los cuarenta y tres años, que es la edad del personaje. Se da una paradoja muy interesante: por un lado, el amor es una repetición de otra repetición. Ya te has enamorado varias veces, ya has fracasado varias veces, ya has vivido relaciones que han funcionado o no. Al final, todas han terminado fracasando, porque, si no, no estarías donde estás.
Y, al mismo tiempo, vuelves a sentir un sentimiento genuino y auténtico, aunque eres consciente de que estás viviendo un rito que ya conoces.
En el caso de Daniel, además, existe un segundo plano, porque él está repitiendo literalmente muchas cosas con el deseo de regresar al pasado. Hay un intento compulsivo de volver a ser quien era antes del accidente.
Me parecía interesante explorar qué ocurre cuando aparece un nuevo amor y nos ofrece algo desconocido, algo verdaderamente nuevo. Y puede que no estemos preparados para llegar a ese lugar.
Mi personaje no lo está por razones muy concretas relacionadas con el trauma, pero creo que a todos nos puede ocurrir. Como decíamos antes, lo nuevo nunca es un lugar conocido y, precisamente por eso, puede asustarnos.
A veces preferimos fracasar de la manera que ya conocemos porque hay algo extrañamente consolador en fracasar siempre del mismo modo.

La necesidad de encontrar sentido
P. Otro de los planteamientos de la novela es esa búsqueda de respuestas —o simplemente de un sentido— a través de las redes sociales o de internet. Cuando ya no tenemos la capacidad, la necesidad o somos incapaces de contarnos lo que nos ocurre, como decías antes, acabamos buscando respuestas en ese limbo.
R. Sí. Creo que, en parte, es una reacción a la falta de fe. El pensamiento religioso está en crisis y muchas veces necesitamos algo que nos proporcione un sentido. Ese sentido lo estamos encontrando, en ocasiones, en determinadas formas de autoayuda o en teorías conspirativas que suelen compartir una misma convicción: la idea de que debemos desconfiar de todo lo que nos rodea.
Vivimos en un tiempo de incertidumbre y de desconfianza hacia las instituciones y hacia los discursos comunitarios. Creo que hay mucha gente dispuesta a creer cualquier locura si esa locura va en contra del poder establecido.
Y ahí se produce una paradoja. A menudo se plantea que no debemos ser un borrego adocenado por el poder. Pero, para mí, no hay nada más adocenado que sentirse obligado a creer siempre lo contrario de lo que dice ese poder.
A lo mejor, en ocasiones, el poder está diciendo la verdad y, sin embargo, tú te ves obligado a creer algo que no tiene ningún sentido.
En la novela juego precisamente con esos nuevos predicadores que aparecen en determinados foros, con esos lugares donde se produce una degradación absoluta del pensamiento racional. Pero, al mismo tiempo, reflejan algo muy verdadero: un hambre de sentido, una sed de trascendencia y una profunda falta de significado.
Eso era lo que quería mostrar.
P. Y, muchas veces, también son el lugar al que acuden las personas desesperadas.
R. Exactamente. Son lugares a los que llegan personas desesperadas.
La inteligencia artificial y el futuro de la creación
P. ¿Qué te parece la inteligencia artificial en el mundo del escritor?
R. Yo la uso. No para escribir, porque la inteligencia artificial escribe bastante mal, pero sí para obtener información de un modo absolutamente inédito.
Muchas veces le pido bibliografía sobre determinados temas, le planteo ideas para una novela o le pregunto: «¿Qué te parecería esto?». Y me responde con ideas. Muchas son muy malas, algunas son muy brillantes.
Para mí, ChatGPT es como tener un amigo muy culto, pero un poquito loco, al que puedes preguntarle cosas y que, de vez en cuando, dice una tontería. Entonces tienes que saber decir: «Aquí mi amigo ha perdido la cabeza, no voy a seguir por este camino».
Pero, realmente, aporta ideas muy interesantes.
Yo lo utilizo todos los días. Siempre le hago varias preguntas: sobre bibliografía, consejos… A veces busco una cita. Le digo: «Alguien ha formulado una teoría parecida a esta», le explico la idea y me responde: «Pues mira, este autor va por una línea similar». Después voy, lo leo y pienso: «Pues sí».
No creo, en absoluto, que esto vaya a ser el fin del arte.
Además, la inteligencia artificial es justamente lo contrario del arte. La inteligencia artificial reproduce patrones. El arte, en cambio, consiste precisamente en cuestionar la existencia de esos patrones.
Seguir un patrón puede ser muchas cosas, pero artístico no.
¿Cambiaríamos realmente nuestro pasado?
P. Para terminar, planteas una pregunta en la novela: si pudieras volver al pasado, ¿qué cambiarías? Pues yo te hago esa misma pregunta.
R. Lo curioso es que suelo pensar más en esa pregunta desde un punto de vista colectivo.
Muchas veces me hago preguntas casi filosóficas. Por ejemplo, si pudiera volver a la Segunda Guerra Púnica, ¿sería capaz, dando el consejo adecuado, de cambiar el destino de algo?
Sin embargo, he pensado mucho menos en qué cambiaría de mi propia vida. Quizá porque, aunque soy una persona muy culposa y me arrepiento mucho de las cosas que acabo de hacer, en general no me arrepiento tanto de las que hice hace mucho tiempo.
Tengo la sensación de que las cosas se van colocando y de que, con mis errores, mis defectos y también mis aciertos, soy el resultado de todo ello, incluidas mis malas decisiones.
Así que creo que estoy bastante contento con el lugar en el que estoy. Y me parece que cuestionar algo del pasado o cambiarlo supondría arriesgarse a convertirse en otra persona.
Quizá no soy la mejor versión de mí mismo, pero no estoy mal con quien he llegado a ser.
P. Lo que ocurre es que volver al pasado podría ser un acto de liberación… o también de confusión, de conflicto.
R. Sí, desde luego. Además, creo mucho en la teoría del caos, en la idea de que cualquier pequeño acontecimiento cambiaría por completo toda nuestra vida.
Dejar de decir una sola frase que pronunciaste en 1987 significa, necesariamente, ser otra persona hoy. No creo en esas correcciones que tienen un resultado neutro. Cualquier cambio produciría transformaciones enormes respecto a lo que terminó sucediendo.
Y, en ese sentido, creo que lo más terrible y, al mismo tiempo, lo más bello de la vida humana es que solo tenemos una vida.
Me gusta mucho esa idea de Kundera de que somos el borrador de un cuadro que nunca llegará a pintarse. Creo que hay algo muy hermoso en vivir desde ese borrador.
Si pudiera volver infinitas veces para probar distintas versiones de mi vida, entraríamos en una especie de combinatoria infinita. Este Juan tendría más dinero, aquel habría tomado otra decisión…
Pero creo que, al final, no tocaría nada.
P. En En abril o nunca el deseo de volver al pasado nace de la culpa y del intento de corregir un instante que ya no tiene remedio. ¿Crees que esa necesidad de rehacer lo ocurrido forma parte de nuestra manera de convivir con la culpa?
R. Sí, inevitablemente. Pero lo que sucede es que uno también es su propio complejo de culpa. Y, en cierto modo, creo que, si no sintiera culpa por una cosa, la sentiría por otra.
También es verdad que no me he enfrentado a una situación como la de Daniel. Creo que, ahí sí, desandaría mi vida si pudiera.
Pero, en general, diría que me voy a quedar donde estoy. Es como en el blackjack: cuando ya estás en veinte, piensas: «¿Puede salir un as?». Sí, puede salir, pero, por si acaso, me planto.
Cinco ideas de la entrevista
- Juan Gómez Bárcena explora en En abril o nunca cómo la culpa puede convertir un recuerdo en una prisión de la que resulta imposible escapar.
- El autor reflexiona sobre el trauma como la incapacidad de transformar el pasado en un relato que permita seguir viviendo.
- La novela plantea una pregunta universal: qué haríamos si pudiéramos regresar al instante que cambió nuestra vida para siempre.
- Durante la conversación también analiza el auge de las teorías conspirativas, la necesidad humana de encontrar sentido y el papel de la inteligencia artificial en la creación literaria.
- Una entrevista sobre la memoria, el perdón, la amistad, el amor y la imposibilidad de reescribir el pasado.
Encontrarás…
- El origen de En abril o nunca y la historia de Daniel.
- Qué relación existe entre culpa, memoria y trauma.
- Por qué el autor cree que narrar el dolor es el primer paso para comprenderlo.
- Una reflexión sobre las teorías conspirativas y la necesidad de encontrar sentido.
- Su visión de la inteligencia artificial y del futuro de la literatura.
Ideal para…
- Lectores de literatura contemporánea española.
- Quienes disfrutan de novelas psicológicas y de personajes complejos.
- Personas interesadas en la memoria, el duelo y la culpa.
- Seguidores de Juan Gómez Bárcena.
- Clubes de lectura y amantes de las entrevistas literarias.
