La vida cotidiana nos arrastra entre urgencias y tareas que parecen no tener fin, hasta el punto de que lo trivial y lo importante terminan confundiéndose. ¿Cómo recuperar la capacidad de reflexionar y vivir con conciencia de lo que realmente importa? Juan Tallón aborda estas preguntas en Mil cosas, un retrato lúcido y punzante de la vida moderna.
Tallón lleva años escribiendo sobre lo que sucede cuando algo altera el orden aparentemente normal de las cosas. Periodista y novelista, autor de Rewind, Obra maestra o El mejor del mundo, ha hecho de esa mirada atenta a lo inesperado una de las señas de identidad de su literatura. Esta vez, sin embargo, no hace falta que ocurra nada extraordinario.
Basta mirar un día cualquiera. Trabajar, contestar mensajes, consultar el móvil, correr de un sitio a otro, intentar llegar a todo y descubrir que, mientras atendemos lo urgente, quizá estamos dejando atrás lo importante. Mil cosas nace precisamente de esa contradicción: una vida llena hasta los bordes en la que cada vez parece quedar menos espacio para vivirla.
P. En Mil cosas, el tiempo parece devorado. ¿Crees que hemos perdido la capacidad de vivir a un ritmo humano?
R. Creo que hemos perdido el control sobre el tiempo. El tiempo no nos pertenece. Nos quejamos continuamente de que no tenemos tiempo para hacer, fundamentalmente, aquello que nos gusta, lo que nos proporciona placer y bienestar, porque estamos haciendo continuamente cosas que nos desagradan o que son absolutamente imprescindibles para llegar a final de mes.
Cuando no tienes el control sobre tu tiempo, es como si, en algún sentido, tampoco tuvieses el control sobre tu vida.
Cuando perdemos el control sobre nuestro propio tiempo
P. Si no eres tú quien controla tu tiempo y tu vida, ¿quién lo está haciendo?
R. Es complicado señalar con el dedo. Quizá habría que señalar con muchos dedos y tampoco estaríamos seguros de acertar. Lo que está claro es que estamos absolutamente alienados, yendo de un lado a otro y haciendo continuamente cosas que no son las que deseamos.
P. Vivimos completamente conectados, hiperconectados incluso, y, sin embargo, cada vez estamos más agotados. ¿Nos sobra ruido o nos falta silencio?
R. Estamos más conectados que nunca, más rodeados que nunca y, curiosamente, más aislados y confundidos que nunca. Nunca hemos tenido tanta información y, sin embargo, nunca hemos estado menos seguros de las cosas.
El hecho de estar permanentemente conectados, mirando nuestros teléfonos, nos ha sacado un poco de la realidad. Todo nos resulta algo ajeno. Creo que el estilo de vida en el que hemos entrado nos ha deshumanizado un poco.
¿Y si progresar consistiera precisamente en detenernos?
P. Resulta paradójico que llamemos progreso a una forma de vida que cada vez nos permite detenernos menos.
R. Es complicado saber qué es el progreso, si realmente consiste en ir hacia delante y a gran velocidad o si, más bien, progresar sería detenernos, bajarnos de esta noria en la que estamos instalados.
Creo que el ser humano, prácticamente desde que apareció en la Tierra, ha estado intentando hacer cada vez más cosas y hacerlas cada vez más rápido. En las últimas décadas, obviamente, la velocidad de la vida se ha multiplicado de una forma que nos tiene como pollos sin cabeza.
Si te asomas a la ventana y ves caminar a la gente, todo el mundo va más rápido hacia un sitio donde, además, no va a poder detenerse demasiado tiempo porque tiene que ir a otro. Estamos viviendo en la pura acción. Cada vez es más complicado cruzarnos de brazos, sentarnos y no hacer nada.
P. Además, todo parece pensado para que nos sintamos mal si hacemos precisamente eso.
R. El modelo de vida nos obliga a hacer cosas, producir, consumir… Cualquier cosa menos quedarse quieto y, a lo mejor, pasmado, creando una especie de hilo de pensamiento.
Ya no podemos tener hilos de pensamiento porque nuestra capacidad para atenderlos está destrozada. Solo podemos concentrarnos durante muy poco tiempo en una cosa y después saltar a otra, y a otra. Si paramos, es como si muriésemos.
«Estamos libremente secuestrados»
P. ¿Podríamos ponerle nombre a quien trata de distraernos de lo esencial?
R. Probablemente. Creo que tiene mucho que ver con la irrupción de la tecnología en nuestras vidas. A través de las redes sociales se ha creado un estilo de consumo que nos mantiene permanentemente mirando una pantalla, casi siempre nuestro teléfono. Estamos libremente secuestrados.
P. El teléfono llegó con la promesa de hacernos la vida más fácil. ¿En qué momento terminó ocurriendo lo contrario?
R. El teléfono iba a significar una vida mucho más sencilla. Nos iba a hacer la vida más fácil y nos iba a liberar. Y, en realidad, lo que ha pasado es que la vida se ha complejizado muchísimo y nosotros estamos esclavizados por el teléfono móvil.
La polarización no empieza ni termina en la política
P. ¿Qué responsabilidad tienen la política y los medios de comunicación en la pérdida del pensamiento crítico? En una sociedad tan polarizada, quizá cada vez resulte más fácil limitarse a ocupar un extremo u otro.
R. No sé si la política y los medios de comunicación son elementos aislados. Creo que es una cuestión del conjunto de la sociedad. La sociedad se ha polarizado, la política aprovecha esa circunstancia y los medios de comunicación se posicionan en esa circunstancia. Todo el mundo está sacando provecho de ello.
«Manténgame informado, pero no demasiado informado»
P. ¿Cómo filtras la información para no dejarte arrastrar por una avalancha de noticias y opiniones?
R. Intento no estar permanentemente atento a todas las cosas que pasan. Siempre recuerdo una escena de una novela de John le Carré en la que uno de los jefes del servicio de información británico le dice a un subordinado: «Manténgame informado, pero no demasiado informado».
Creo que esa es una buena actitud para no convertirte en esclavo de la sobreinformación.
¿Qué es lo más importante para mí? Leer y escribir. Y, por supuesto, mantenerme vivo y hacer unas pocas cosas. No demasiadas cosas cada día. Todo lo demás adquiere un papel secundario.
Vivo, además, en una ciudad que me permite llevar un ritmo razonable. Creo que he escrito una novela como Mil cosas, sobre esta vida estresada y alienante que llevamos, porque estoy siendo más bien testigo de ella que víctima o protagonista.
Estar a mil cosas hasta perder de vista lo importante
P. El título remite directamente a una expresión que utilizamos constantemente: «Estoy a mil cosas». Casi como decir: no puedo con la mil una.
R. Sí. Es estar a mil cosas, tener casi simultáneamente mil cosas en la cabeza y tratar de gestionarlas sin creer que es imposible.
Toda esa presión, todo lo que sale a nuestro paso y todo lo que hay que gestionar a la velocidad a la que tenemos que hacerlo, creo que nos confunde e impide que estemos atentos a lo que realmente es importante.
Como todo arrecia sobre nosotros, tenemos la sensación de que, precisamente porque arrecia, debe de ser urgente o importante resolverlo. Y eso genera una gran confusión.
P. Todo parece exigir que lo resolvamos en el minuto siguiente.
R. Exactamente. Y en esas condiciones es muy fácil perder de vista lo que realmente era importante. Creo que este estilo de vida en el que estamos instalados implica una pérdida total del sentido de la importancia.
El miedo se ha instalado también en nuestra relación con el trabajo
P. El miedo a no llegar a lo que se nos pide, a fracasar o a perder el trabajo, ¿se ha convertido en una herramienta eficaz de control social?
R. Sí, sin duda. Creo que el trabajo, además, se ha convertido en un factor de tensión permanente. Nos relacionamos con él muchas veces a través del miedo, del temor. El primer temor es perder el trabajo.
P. ¿Incluso por encima de la salud?
R. Sí, porque pensamos que la salud, mientras no tengamos un problema serio, no es algo que nos preocupe. Nos preocupamos cuando el problema ya está encima.
Tenemos miedo a perder el trabajo porque, si lo piensas, la pérdida del trabajo antes o después va a acabar afectando a la salud. Pero también tenemos miedo a estancarnos en el trabajo, a tener una vida precaria, a empobrecernos porque el coste de la vida no para de crecer y los sueldos no pueden seguir ese ritmo de crecimiento.
Tenemos miedo a quienes están por encima de nosotros en el trabajo, miedo a nuestros iguales, a los conflictos, miedo a que el trabajo no se acabe cuando finaliza la jornada laboral. El trabajo se va volviendo cada vez más ancho. Te persigue durante muchas más horas de las que crees.
Es imposible ya desconectar del trabajo porque llevas contigo una herramienta que permite que el trabajo irrumpa en tu vida privada en cualquier momento.
«No puedo seguir así, pero tengo que seguir porque no tengo alternativa»
P. Quizá ese miedo sea precisamente el que nos hace seguir adelante, aunque veamos aumentar la precariedad y las diferencias sociales.
R. En realidad, aunque nos demos cuenta de que este estilo de vida nos va a conducir a algún tipo de desastre personal o social, en general no estamos en condiciones de detenernos y decir: «No, así no quiero vivir. Voy a hacerlo de otra manera».
La gente no puede darse casi el lujo de reflexionar sobre el sentido de su vida e intervenir para vivir de otra manera. No podemos. Tenemos que seguir recibiendo ingresos mensuales.
La salida no puede ser únicamente individual
P. Entonces, si sabemos que este modelo de vida nos está llevando a un lugar que no queremos, ¿qué podemos hacer para cambiarlo?
R. Pensar que un novelista que se dedica a la ficción, como yo, puede tener una respuesta a esa pregunta no me parece realista. En cualquier caso, creo que no existe una salida individual a este conflicto existencial en el que estamos instalados.
Individualmente se pueden hacer algunas cosas para vivir de otra manera, pero tendría que producirse una gran acción colectiva. Creo que solo las administraciones públicas podrían dar una respuesta. Ahora bien, hasta qué punto tienen capacidad para intervenir en un modelo de mercado y de vida que es precisamente el que nos ha empujado hasta aquí, francamente, se me escapa.
La literatura puede colocarnos delante de aquello que no queremos mirar
P. La literatura siempre ha sido también una forma de rebelión: quizá no puedas cambiar lo que sucede, pero sí puedes contarlo.
R. Creo que eso es lo que he hecho con Mil cosas: ponernos delante un espejo y mostrar cómo estamos viviendo. No sé hacia dónde vamos ni cuáles van a ser las consecuencias, pero estamos viviendo así y este modelo genera, en la ficción, escenarios como el que yo propongo.
Mi propósito era llevar al lector a ese lugar incómodo en el que sienta la necesidad de decirse: «Podría ser yo». No sé si los novelistas podemos hacer mucho más.
«Estamos perdiendo la capacidad de empatía»
P. Vivimos también en una época en la que vemos las guerras prácticamente en directo. ¿Cómo conseguimos mantener la empatía ante una exposición constante a imágenes que puede terminar provocando una especie de anestesia emocional?
R. Creo que estamos perdiendo la capacidad de empatía porque cada vez somos menos capaces de ponernos en el lugar del otro.
Pero eso no debe ser un impedimento para intentarlo cada día, ejercer la ternura, abandonar toda crueldad y pensar que hay gente que lo está pasando peor que nosotros.
¿Y si también nos hemos equivocado al definir el éxito?
P. ¿Cómo ha cambiado nuestra idea del éxito y qué precio pagamos por sostenerla?
R. No sé si la idea del éxito ha sido alguna vez acertada o si el éxito no es, más bien, una confusión. Desde hace mucho tiempo se nos transmite que tiene que ver, por una parte, con la popularidad y, por otra, con una idea de triunfo rutilante.
P. Y que el éxito de uno implica necesariamente el fracaso de otros.
R. Exactamente. Puedes llegar a pensar que no basta con triunfar, sino que además tiene que haber derrotados.
Yo solo puedo decir que el éxito, en mi trabajo, tiene que ver con la oportunidad de vivir de lo que me gusta hacer, hacerlo al ritmo que yo decido y desde el lugar que libremente elijo ocupar.
P. ¿Y lo has conseguido?
R. Sí. Vivo de la escritura en una ciudad pequeña que me permite llevar un estilo de vida cómodo. Podría decir que para mí eso es el éxito.
No lo entiendo en términos literarios, como vender más o vender menos, porque ya me he visto en las dos circunstancias: he vendido muy poco y también he vendido más, y el placer siempre ha sido el mismo. No tanto el de la venta como el del proceso creativo, que me proporciona una grandísima felicidad.
P. Entonces, tu éxito es tu forma de vida.
R. Sí. Mi éxito es mi estilo de vida.
Cuando descansar empieza a parecer un acto de rebeldía
P. ¿Buscar placer, descanso o sosiego puede considerarse hoy un acto de rebeldía?
R. Sí, pero porque hemos llegado a ese punto ridículo en el que la rebeldía puede consistir en algo que antes se daba por natural.
Piensa que ya estamos pagando dinero para que nos guarden el teléfono y podamos leer durante una hora sin tocarlo. Porque nosotros solos ya no somos capaces. Fíjate hasta qué extremo ridículo hemos llegado.
P. Pero está ocurriendo. ¿Es ansiedad, un nuevo vicio, una dependencia?
R. Es una dependencia absoluta y, además, afecta a un porcentaje altísimo de la población.

«Sin los teléfonos móviles leeríamos más, pero sobre todo leeríamos mejor»
P. Ahora que hablas de porcentajes, y en contra de lo que muchas veces se dice, los jóvenes leen cada vez más.
R. ¿Por qué dices «en contra de lo que se dice»?
P. Porque creo que se transmite la imagen de una juventud absolutamente rendida a la tecnología y al teléfono móvil, inmersa además en una etapa especialmente narcisista: nos hacemos fotografías, compartimos constantemente nuestra privacidad… Parece que ya no queda tiempo para leer.
R. Es cierto que los teléfonos móviles, seamos jóvenes o un poco más adultos, nos roban tiempo de lectura. Si los datos dicen que estamos leyendo más, estaremos leyendo más. Pero sin esa dependencia de la tecnología no solo leeríamos más, sino que leeríamos mejor.
P. ¿Mejor?
R. Sí, leeríamos concentrados. Creo que eso es precisamente lo que ha desaparecido: la capacidad de permanecer concentrados durante un tiempo razonable en una sola cosa.
Si no ha desaparecido por completo, está seriamente amenazada por los teléfonos móviles. Ocurre en gente de mi generación y, de ahí para abajo, creo que todavía más.
La atención se ha convertido en distracción
P. No somos capaces de estar a una cosa. Estamos, precisamente, a mil cosas.
R. No somos capaces de estar a una cosa porque no nos lo permite el modelo de vida en el que estamos instalados. Y tampoco somos capaces porque ese modelo, al que llevamos tiempo sometidos, nos ha retirado la sabiduría y las habilidades necesarias para mantener la concentración.
Todo tiene que llegarnos troceado, serializado. Los libros son cada vez más cortos, van perdiendo páginas paulatinamente; las canciones duran menos; las series han ido ganando la batalla a las películas… Todo tiene que dividirse en cuantas más partes, mejor.
Ya ni siquiera somos capaces de construir hilos de pensamiento. La gente no se queda pasmada con una idea en la cabeza porque, para empezar, ya no nos dejan pasmarnos. Todo reclama nuestra atención continuamente.
Esas mil cosas levantan la voz, vociferan hacia nosotros: «Mírame, préstame atención». Y tú te rindes y se la prestas. Pero son tantas las cosas que reclaman nuestra atención que esa atención, en realidad, se convierte en distracción.
El humor como una forma de devolver las cosas a su verdadera dimensión
P. ¿Puede el humor ser una herramienta de resistencia o, al menos, ayudarnos a sobrellevar esa desesperanza?
R. Creo que el humor es un filtro a través del cual algunas personas miran el mundo. Ojalá todos tuviésemos sentido del humor. Nos ayuda a recuperar cierto sentido de la importancia, a ponderar y a restar gravedad a cosas que quizá no la tienen.
El humor es una suavización de la vida, una cuerda a la que puedes agarrarte para no hundirte. Es un factor de esperanza. Mientras haya humor significa que no está todo perdido.
Los libros también forman parte de una industria
P. Estamos en una librería. ¿Qué opinas de esos libros que solemos definir como «comerciales»?
R. Creo que un autor tiene derecho a escribir el libro que le dé la gana y un lector tiene la capacidad de decidir qué quiere leer y qué literatura le interesa.
El libro forma parte de una industria y, a estas alturas, no podemos ser tan ingenuos como para desconocer qué implica una industria, quién está detrás de ella y qué la sostiene. Dicho esto, quizá no tenga mucho más que añadir.
«Aunque mis novelas no traten sobre mí, están impregnadas de ideas que yo tengo»
P. Como periodista y escritor, ¿qué parte de ti depositas en una novela como Mil cosas que no puedes depositar cuando escribes una noticia?
R. Por literatura entiendo un territorio muy amplio que, en mi caso, está impregnado de ficción. La ficción tiene unas reglas menos estrictas que el periodismo, obviamente.
Creo que no existe un escritor que no ponga una parte de sí mismo en aquello que escribe, incluso cuando lo que escribe no trata sobre él. Todos los conflictos, los personajes y las tramas de las novelas están levantados o sostenidos por elementos que el escritor toma de su propia vida o de la vida de los demás. Los conoce porque se los han contado o, simplemente, porque observa y después los utiliza.
Aunque mis novelas no traten sobre mí, están impregnadas de ideas que yo tengo, de acciones en las que yo mismo he incurrido. Estoy destilado o diluido en las cosas que escribo.
Solo una pequeña parte de mí, porque soy un escritor que utiliza muchísimo la ficción, que tira mucho de la imaginación y bastante menos de lo que podríamos considerar literatura del yo.
«Yo estaba a mil cosas y estaba desesperado»
P. ¿Hubo algún momento de tu vida en el que dijeras: «Estoy a mil cosas, tengo que parar»?
R. Sí. Durante mis últimos años en una redacción estaba a mil cosas y estaba desesperado. No tenía tiempo para leer, no tenía tiempo para escribir, pero tampoco tenía una alternativa. Solo me quedaba seguir viviendo así de mal.
Entonces alguien me ofreció una oportunidad, no dudé y la aproveché. Esa fue mi forma de salir: un golpe de suerte.
No todo el mundo tiene un golpe de suerte. Yo lo tuve. Es cierto que, cuando aparece, también supone una apuesta. Ante una oportunidad tienes que valorar si va a merecer la pena a largo plazo o si únicamente va a resolver una situación puntual de desesperación.
P. En tu caso, se abrió una puerta.
R. Sí. Se abrió la puerta y salté en movimiento.
P. Y no has vuelto a aquella forma de vida.
R. No he vuelto a tener una vida estresada. He tenido trabajo, pero eso es distinto. Estar atareado no es lo mismo que estar desesperado, alienado, estresado o angustiado.
«La ambición no es mala en sí misma; otra cosa es cuando se convierte en codicia»
P. Esos adjetivos que acabas de utilizar —alienado, estresado, angustiado—, ¿están ligados a la ambición?
R. A veces sí, pero no necesariamente. Hay gente que tiene que conformarse con ganar 800 euros al mes. Si por ambición entendemos querer ganar 1.000 o 1.200, de acuerdo, pero la ambición no es mala en sí misma.
Otra cosa sucede cuando la ambición se convierte en codicia, porque la codicia implica aprovecharse de la situación de desventaja de los demás. En ese momento, la ambición se te ha ido de las manos y se ha convertido en otra cosa.
Elegir una vida en la que todavía quede tiempo para no hacer nada
P. Me llama la atención la calma con la que hablas. Imagino que tiene mucho que ver con la forma de vida que has elegido. Cuando vivimos acelerados hablamos deprisa y muchas veces ni siquiera pensamos suficientemente lo que vamos a decir.
R. Creo que cuando no estás seguro de lo que dices o de lo que vas a decir también tienes que hablar un poco más despacio.
Pero sí, yo vivo muy bien en Ourense. Vivo tranquilo. No es la ciudad en la que nací, tampoco aquella en la que fui al colegio o al instituto ni donde estudié en la universidad. Llegué a Ourense cuando tenía treinta y tantos años.
Mis círculos de amistad de cada una de aquellas etapas estaban en otros lugares. En Ourense también tengo amigos, por supuesto, pero cuando vives en la ciudad de toda tu vida todo el mundo puede llamarte, invitarte a cenar, proponerte un plan… A mí, en Ourense, casi nadie me molesta. Mis amigos están dispersos por otros sitios.
P. En el sentido de que tienes pocas distracciones.
R. Exactamente. «Molestar» en ese sentido. Tengo muy pocas distracciones.
P. Y puedes elegir las que te gustan.
R. Claro. Puedo dedicar mucho tiempo a leer, escribir, reescribir e incluso no hacer nada algunos días.
«Mi vocación siempre ha sido la de novelista»
P. Aunque sigues viviendo también del periodismo.
R. Sí, pero soy colaborador. Tengo una sección dos días a la semana y una columna en Prensa Ibérica. Todo es muy llevadero y está enfocado hacia lo principal, que para mí es la literatura.
Mi vocación siempre ha sido la de novelista. Lo que ocurrió es que me di cuenta de que iba a ser difícil sostenerme así e improvisé una segunda vocación, la de periodista. Pero, en realidad, solo había una: la escritura.
CINCO IDEAS
1. Hemos perdido el control sobre nuestro tiempo.
Tallón plantea que cuando dejamos de decidir qué hacemos con nuestro tiempo también perdemos, en cierta medida, el control sobre nuestra propia vida.
2. El móvil prometía liberarnos y ha terminado esclavizándonos.
La conexión permanente nos mantiene pendientes de una pantalla y dificulta el silencio, la concentración y hasta la posibilidad de no hacer nada.
3. Estar ocupados no significa atender lo importante.
Una de las ideas centrales de Mil cosas: cuando todo parece urgente, dejamos de saber qué merece realmente nuestra atención.
4. El trabajo se ha extendido mucho más allá de la jornada laboral.
El miedo a perderlo, la precariedad y la imposibilidad de desconectar convierten el trabajo en una fuente permanente de tensión.
5. El éxito puede consistir simplemente en elegir cómo quieres vivir.
Tallón rechaza medirlo únicamente en ventas o reconocimiento: para él, poder escribir a su ritmo y vivir como ha elegido es ya una forma de éxito.
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Lectores interesados en cómo vivimos hoy, en nuestra relación con el trabajo y la tecnología y en una literatura capaz de convertir los problemas cotidianos en preguntas mucho más profundas.
PREGUNTA FINAL AL LECTOR
¿Cuántas de las «mil cosas» que ocupan cada día nuestro tiempo son realmente importantes?
