Laura Portas, periodista y escritora gallega, nos invita a sumergirnos en El Palacio del Agua, su última novela ambientada en el histórico balneario de Mondariz. Con un estilo que combina historia, memoria y emoción, Portas reconstruye un mundo de lujo, secretos y relaciones humanas que reflejan también nuestra propia vida.
Entre la bruma de Galicia y el murmullo de sus ríos, el balneario se convierte en un escenario donde los deseos, las apariencias y los secretos fluyen como sus aguas, y donde cada personaje revela un poco más de lo que somos.
P.—¿Cómo surge la idea de escribir una novela ambientada en el histórico balneario de Mondariz?
R.— Como gallega, yo conocía Mondariz por sus aguas, pero me llamó mucho la atención comprobar que no había nada ambientado allí que rindiera homenaje a su historia real. Como periodista empecé a investigar y, en ese proceso de documentación, descubrí detalles muy curiosos: tenía moneda propia, existían ejemplares de la temporada… Entonces me di cuenta de que reunía muchos ingredientes para contar una buena historia.
Además, está la peculiaridad del agua, que conecta con mi primera novela, El baile de las mareas. El agua aparece como un simbolismo para canalizar las emociones y me pareció una coincidencia muy bonita ligar las dos historias de esta manera.
P.—En la novela el balneario adquiere casi vida propia. ¿Buscabas convertirlo en algo más que un escenario?
R.— Sí, porque a medida que iba descubriendo su historia a través de los propios documentos me sorprendía toda la información que había allí. También estaban esos huéspedes ilustres y el contraste entre la Galicia rural que había fuera del balneario y el ambiente que se vivía dentro. Me parecía un escenario muy rico, que daba mucho juego para crear tensiones y relaciones entre los personajes. Además, era una buena oportunidad para recuperar el esplendor que tuvo.

P.—A comienzos del siglo XX fue un punto de encuentro de grandes figuras. ¿Qué personajes pasaban por allí?
R.— Hablamos de figuras como Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Rockefeller o el propio Primo de Rivera. Era una élite muy ilustre y poderosa que ayuda a entender el lujo y el nivel que había allí entonces.
P.—¿Qué se va a encontrar el lector en El palacio del agua?
R.— Yo diría que es una radiografía de la vida misma, porque hay misterio, amor, amistad, traiciones, secretos, relaciones familiares y también muchas apariencias.
Me gusta compararlo con una especie de antecedente de las redes sociales. Antes eran los círculos sociales y hoy son las redes, pero en realidad no estamos tan lejos de lo que ocurría en 1920. Muchas personas acudían a tomar las aguas, aunque en el fondo esa era solo la excusa. Lo importante era estar allí y, sobre todo, ser visto.
Cuando regresaban a la capital querían tener una historia que contar. Estar allí daba cierto estatus. Quizá en tu casa vivías con mucha más humildad, pero ese acercamiento, ese compartir y ese formar parte de ese ambiente te otorgaba una posición social distinta, al menos durante un tiempo.
También me llamó mucho la atención descubrir que gran parte de ese círculo social que viajaba desde Madrid lo hacía cuando el rey abandonaba la corte, porque sabían que era el momento ideal para rentabilizar su visita.
P.—¿Cuándo visitaste por primera vez el histórico balneario de Mondariz y qué impresión te causó?
R.—Conocí Mondariz en agosto de 2024, cuando estaba empezando a documentarme para esta historia. Es un lugar muy pequeño, apenas 2,5 kilómetros cuadrados, porque está Mondariz y Mondariz Balneario, que es independiente.
Cuando me planté delante del gran hotel, me sentí pequeña ante toda esa arquitectura y riqueza que parece seguir respirando. Fue una primera visita de reconocimiento; quería sentir el espacio, imaginar la historia, ver cómo se vivía allí. Más tarde regresé y me alojé en el balneario, porque necesitaba vivir la experiencia desde dentro, sentirme un huésped y comprender mejor la vida cotidiana de aquel lugar.
P.—¿Qué tipo de personajes visitaban en tu novela?
R.— Traté de describir lo que había entonces con rigor histórico, pero adaptando nombres y detalles por respeto a las figuras reales. Por eso, por ejemplo, hay una Amalia en lugar de Emilia y un Benedicto en lugar de Benito. Mi intención era reflejar la realidad sin apropiarme de las voces de quienes existieron.
Así aparecen personajes como Bruna da Sousa, la llamada “reina gitana de Portugal”, que efectivamente fue huésped de Tassiua, y luego los típicos políticos, literatos o comerciantes de la época. Cada personaje representa un rango social distinto: el político, el literato, el ilustre, el social, el comerciante con sus contactos que le dan poder.
Todo estaba concentrado allí, y muchos personajes ocultaban sus sentimientos bajo la apariencia. Si algo predominaba entonces, y predomina hoy, es la importancia de las apariencias.
P.—¿Qué apariencia te ha llamado más la atención o te ha sorprendido bajo un personaje?
R.— Hay un personaje que me gusta especialmente: la marquesa Inés de Olivares. Es muy prepotente y altiva, y para mí trabajar los personajes desde la psicología es clave. Cuanto más aparenta, más vulnerable es por dentro.
Ese conflicto, esa tensión entre la fortaleza exterior y la fragilidad interior, era lo que quería relatar. Esas luces y sombras que todos los humanos tenemos y que, cuanto más oscuras parecen, más intentamos disimular con una fachada de fuerza, son las que hacen que los personajes resulten complejos y humanos.

P.—¿Juegas con el agua?
R.— Sí, porque me gustó mucho descubrir este simbolismo para canalizar las emociones de los personajes, para arrastrarlos hacia un lado y que se dejaran llevar por esa corriente. Me dio mucho juego. El agua es casi un personaje más, porque ayuda a conducir toda la historia. Un personaje con vida.
P.—Hablábamos de la apariencia, ¿qué crees que nos enseña la historia o que has mostrado tú con alguno de los personajes?
R.— Nos muestra que todos somos iguales. En el fondo, todos tenemos sentimientos, miedos, anhelos y vivimos la vida con la misma intensidad. Es cierto que cada uno tenía circunstancias diferentes, pero todos compartían ese motor interno, esa manera de enfrentarse a la vida. Si dejamos a un lado las apariencias, es como quitarles la máscara: todos somos iguales en esencia.
P.—Háblame del contraste entre la Galicia rural y el balneario.
R.— Me llamó mucho la atención cómo, en un lugar tan pequeño, podían convivir formas de vida tan diferentes. Al documentarme y hablar con personas que conocían la historia, descubrí que muchos necesitaban realmente esas aguas por problemas digestivos, de piel, o por enfermedades que antes no tenían tratamiento, como la falta de insulina. Para muchas personas, acudir al balneario era su última esperanza.
Al mismo tiempo, había gente que llegaba con sus propios bártulos, intentando gastar lo mínimo porque debían pagarse el tratamiento. Todo estaba pensado al detalle para que sobrevivieran con lo justo. Incluso existía un pequeño porcentaje de enfermos de caridad a quienes estaban obligados a dar las aguas, con una cartilla que demostraba su patología.
Me sorprendió mucho esa diferencia: dos mundos tan distintos conviviendo en la misma cola para tomar las aguas. Ese contraste es algo que traté de retratar con rigor y sensibilidad, porque la Galicia rural sostenía todo aquel lujo. El trabajo de unos pocos servía para sostener la comodidad y el estatus de otros. Pero, como decía antes, al final todos somos iguales.
P.—¿Tú crees en el poder curativo de las aguas?
R.— Sí, creo que tienen un efecto real, sobre todo en contextos históricos, cuando no había muchos tratamientos médicos disponibles. Antes funcionaban mejor para ciertas dolencias: problemas de piel, enfermedades respiratorias o articulares, incluso algunos asmáticos conocidos me contaron que el agua les ayudó mucho. Para casos como la diabetes, dependía de cada situación, pero muchas personas sí notaban alivio o beneficio.
No sé si siempre es cuestión de fe o de necesidad, pero lo cierto es que, cuando estamos desesperados, buscamos cualquier recurso que pueda mejorar nuestra salud. Desde la antigüedad, se ha creído que el agua tenía un poder sanador: para la piel, los huesos, los músculos… incluso hay testimonios de personas que realmente notaban mejoría. Y más allá de lo físico, creo que también tiene un efecto emocional: el agua da calma, fuerza y una sensación de renovación que influye en cómo nos enfrentamos a nuestros problemas.
P.—El triángulo amoroso, ¿va más allá del romance?
R.— Sí. Quería retratar el amor desde otra perspectiva. En El baile de las mareas era un amor muy diferente, y no quería repetirlo. Me interesa mostrar un aprendizaje emocional a través de los personajes, un crecimiento que vaya más allá de la historia romántica.
El triángulo amoroso me permitió explorar el conflicto vital de Candela. No es solo un conflicto amoroso, es un conflicto existencial: ella aprende a escucharse, a reconocer lo que realmente necesita, a comprenderse a sí misma. Ese proceso la transforma. Me interesaba reflejar cómo los sentimientos pueden condicionar nuestra vida diaria y cómo aprendemos a convivir con ellos. De esta forma, el triángulo se convierte en una lección de vida más que en un simple romance evidente.
P.—De alguna forma querías que el lector se cuestionara también esa situación.
R.— Exactamente. Creo que todos, en algún momento, tenemos dudas, y qué mejor manera de reflejarlo que a través de una protagonista atrapada entre dos polos opuestos, que necesita a ambos. No ha sido fácil evitar los clichés: tuve que equilibrar mucho a los personajes para que la marea de uno no arrastrara a los otros y, al mismo tiempo, mantener la personalidad de los tres bien marcada. Ese equilibrio fue fundamental para que el conflicto tuviera profundidad y credibilidad.
P.—Has dicho “marea”. Tienes el agua muy metida en la piel.
R.— Sí. Como gallega, el agua me representa mucho. En El baile de las mareas, el mar era protagonista, y ahora el agua tiene un papel central en la historia. Representa emoción, simbolismo y movimiento; es un motor que conduce la narrativa y los sentimientos de los personajes. Puede aportar muchas cosas: la corriente, la fuerza, la calma, incluso el peligro. Para mí, el agua es un personaje más, con vida propia, que acompaña y guía a quienes habitan el Palacio del Agua.
P.—¿Qué has descubierto de ti misma?
R.— He descubierto una faceta que desconocía: la de escribir. Nunca pensé que podría crear una historia de esta magnitud.
P.—¿Pero al escribir El Palacio del Agua te has descubierto como escritora?
R.— Sí. Con El baile de las mareas fue más un experimento: “voy a probar a ver qué sale”. Lo disfruté mucho, pero escribía sobre todo para ordenar mis pensamientos. Con esta segunda novela, sin embargo, soy muy exigente conmigo misma y necesitaba superar lo primero.
Al trabajar en el balneario descubrí que tenía más capacidad de la que pensaba. Aquí entran muchas voces: la de Candela, la de los ilustres, todas las crónicas del gran hotel… y cada una requiere un registro distinto. Me di cuenta de que era capaz de manejar todos esos cambios narrativos y de construir algo más complejo de lo que había imaginado.
P.—Al incluir referencias históricas también haces memoria histórica. Al ser un lugar tan emblemático de Galicia, ¿era algo intencionado y qué esperas de quienes todavía viven allí?
R.— Sí, era completamente intencionado. Quería mostrar la fuerza de la palabra y cómo puede generar conciencia. Como periodista, soy muy consciente del impacto que tiene contar una historia, y con esta novela no solo quería rendir homenaje a un lugar, sino también recuperar su patrimonio histórico y cultural.
Me di cuenta de que gran parte de la historia de Mondariz Balneario estaba olvidada, y mi intención era devolverle visibilidad. Ojalá que, al leer la novela, quienes viven allí descubran el valor de su propia tierra tal como lo hice yo, con pasión, y que esto sirva para reavivar el interés y la conciencia sobre la riqueza histórica y cultural que muchas veces se pierde en el día a día.
P.—Querías devolver parte de la riqueza gallega.
R.— Sí. Es sorprendente ver cómo, en un lugar tan pequeño de la Galicia profunda —porque Mondariz está en un valle—, llegó gente tan importante. Y no eran viajes fáciles: carruajes, trayectos largos, casi sin trenes.
P.—Es igual que llegaban a La Toja, ¿no?
R.— Sí, aunque eso fue después. Lo que me llama la atención es cómo es posible que un lugar así no haya tenido novelas ambientadas allí. La historia es potente y merece ser contada; espero que esta novela ayude a recuperarla.
P.—Pardo Bazán es un referente, pero también aparecen personajes reales que convivían con la rutina y las dificultades del balneario. ¿Cómo influyó este contraste en tu relato?
R.— Es un mundo impresionante. En un espacio tan pequeño podía convivir gente tan diferente, con vidas y emociones tan distintas. Eso me llamó mucho la atención y quise trabajar la ambientación con rigor, para darle al lugar el protagonismo que considero que tiene. El Palacio del Agua es mucho más que un escenario: es un personaje por sí mismo.
