Con El último caso de Unamuno, el escritor y profesor Luis García Jambrina vuelve a la figura de Miguel de Unamuno para situarlo en los últimos meses de 1936, en una Salamanca convertida en centro político y simbólico del nuevo régimen surgido tras el estallido de la Guerra Civil.
La novela se integra en el proyecto narrativo que el autor ha dedicado en los últimos años al intelectual bilbaíno, al que ha retratado en distintas etapas de su vida a través de la ficción histórica y la intriga literaria. En esta ocasión, Jambrina aborda su final desde una doble perspectiva biográfica y política, explorando la memoria, el poder y las versiones enfrentadas sobre su muerte en uno de los momentos más tensos de la historia española.
“En los últimos meses de la Guerra Civil, Salamanca se transforma en un espacio dominado por el poder militar y la propaganda. La ciudad, convertida en sede política y simbólica del nuevo régimen, vive entre detenciones, silencios fiscales y versiones oficiales que se aceptan sin réplica. En ese ambiente de miedo, contenido y violencia latente, la muerte deja de ser un hecho privado y pasa a formar parte del engranaje del poder. Comprender lo ocurrido, distinguir entre verdad y relato, se vuelve casi imposible.”
P.– Tu novela aborda los últimos años de Unamuno. ¿Cómo influye en la escritura saber que el tiempo narrativo está al límite?
R.– La novela tiene una estructura de novela negra. Comienza con una muerte sospechosa, oscura y misteriosa, aunque aparentemente repentina y natural. Ese arranque condiciona toda la trama. Además, hay un segundo caso que se entremezcla con la muerte de Unamuno; funcionan como contrapuntos hasta que todo converge al final. El tiempo está marcado y delimitado: todo avanza hacia la resolución de la muerte de Unamuno y del otro caso, con una doble línea temporal fundamental para la novela.
P.– Hablemos de Daniel Carbajo. ¿Quién es y cuál es su papel en la historia?
R.– El caso que investiga Unamuno lo quise presentar de manera que él fuera tanto objeto como sujeto de investigación. No es un caso real, pero se inspira en hechos poco conocidos de la época. Por ejemplo, la colaboración de la Universidad de Salamanca con los sublevados, especialmente con Franco cuando se establece allí como jefe del Estado. Algunos catedráticos de Derecho tenían la misión de legitimar el golpe, deslegitimar la República y sentar las bases de un nuevo Estado. En este contexto, el caso que Unamuno investiga involucra a un catedrático ya jubilado, obligado a realizar esta tarea sin estar conforme con ella.
P.– Dices que Unamuno deja de ser solo investigador y se convierte en objeto de investigación. ¿Crees que sus encuentros con Franco representan la tensión entre pensamiento y poder?
R.– Sí, y es un aspecto fundamental en la vida de Unamuno. Siempre estuvo enfrentado a todo poder dogmático o autoritario. Defendía a los desfavorecidos y cuestionaba a los poderosos, tanto en la política como en la universidad o la sociedad, y también frente a la jerarquía eclesiástica. En ese encuentro histórico con Franco, Unamuno acudió con la intención de mediar por amigos y conocidos encarcelados y con riesgo de ser fusilados. El encuentro tiene un valor simbólico: refleja su biografía y la tensión entre pensamiento y poder.

P.– ¿Cómo se desarrolla ese encuentro entre Unamuno y Franco en la novela?
R.– Es un duelo verbal. Franco era astuto y sabía manejar la situación. Comienzan hablando de la preocupación de Unamuno por salvar a esas personas, pero la conversación se extiende a otros temas. El encuentro simboliza la confrontación entre ideas y autoridad, un tema central de la novela.
P.– Es una escenificación del enfrentamiento entre el pensamiento y el poder.
R.– Para Unamuno, el pensamiento tenía que ser algo vivo, algo crítico. Por eso huía de las ideologías: siempre acaban en dogmas y se alejan de la realidad y de la verdad. El pensamiento debe cuestionarlo todo, incluso a sí mismo. Eso se refleja claramente en su encuentro con Franco.
P.– ¿Hasta qué punto era consciente Unamuno del peligro que corría en esos meses?
R.– Creo que era consciente. Lo que ocurre es que a veces se dejaba llevar por un impulso que podríamos llamar quijotesco, en el sentido más noble y positivo de la palabra. Unamuno siempre se identificó con Don Quijote e hizo muchas “quijotadas”; la más grande fue la del 12 de octubre, enfrentándose no solo con William Stray, sino con todos los militares y falangistas presentes en la sala.
P.– ¿Cómo quieres mostrar a Unamuno en esos momentos de la novela?
R.– Lo muestro como un héroe, un héroe antiheroico hasta el final. No es el típico héroe: duda, siente miedo y es plenamente consciente de los riesgos. No le preocupaba su propia vida, ya tenía 72 años, pero sí le preocupaban sus hijos que vivían con él: dos hijas, Felisa y María; un hijo, Rafael; y un nieto de siete años. Si no, se habría escapado para contar lo que sabía, porque el mundo intelectual y cultural conocía a Unamuno y él quería mostrar lo que sucedía en Salamanca durante la retaguardia. Así que sí, era consciente, y las cartas que escribió reflejan ese conocimiento del peligro.
P.– Hablando de la muerte, ¿aparece más como un final biográfico o como un episodio político?
R.– Las dos cosas. No se puede separar una de la otra. Tiene dimensión biográfica: es el final de su vida física. Pero también es un acontecimiento político de primer orden, que simboliza la guerra civil en ese momento. Además, tiene una doble dimensión: la muerte física y la muerte simbólica. Los militares, y sobre todo la Falange, intentaron secuestrar su figura, su legado y tergiversarlo todo. Por eso es importante investigar estos hechos, y la literatura permite explorar más allá de lo que puede un historiador, que siempre tiene limitaciones.
P.– Eso es lo bueno de la novela histórica: primero es novela, lo demás es el adjetivo.
R.– Exacto. Es histórico, sí, pero no somos historiadores. Lo veo como algo positivo: la novela permite mostrar la historia de una manera más profunda que un ensayo en muchos casos.

P.– Vamos con Salamanca, la ciudad que aparece casi como un personaje más. ¿Qué querías mostrar de sus primeros meses durante la Guerra Civil?
R.– Generalmente en mis novelas, y especialmente en las que involucran a un niño, el espacio es muy importante. No hablo de escenario como telón de fondo: el lugar debe ser protagonista, igual que Unamuno o Teresa Maragall. Salamanca es un binomio inseparable con Unamuno. Durante esos meses, era muy cosmopolita: llena de militares, soldados italianos y alemanes, legaciones diplomáticas, espías, prostitutas, y mucho más. La ciudad se transforma de templo del saber en un espacio al servicio del poder y de la guerra.
P.– ¿Qué importancia tenía mostrar esa retaguardia?
R.– Es un momento fascinante, lleno de tensiones y claroscuros, con bombardeos y violencia cotidiana. La guerra se vive desde la retaguardia, no solo en el frente.
P.– ¿Te interesaba más explorar la violencia cotidiana y burocrática que el enfrentamiento físico?
R.– Sí, la guerra es compleja. Claro que están las batallas y trincheras, pero primero se cocina en el cuartel general y luego en ciudades de retaguardia como Salamanca. Ahí está el corazón de la guerra: Franco tomando decisiones, el aparato de prensa y propaganda, Millán Astray, Jiménez Caballero, el modelo de José Goebbels como referente. También hay detenciones, ejecuciones, fusilamientos y bombardeos. Explorar la guerra desde ese lugar ofrece una visión más completa y compleja de lo que realmente ocurre.
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P.– Teresa Maragall asume un papel central en la segunda línea temporal. ¿Qué te permite que sea ella, narrativamente, quien lleve la investigación?
R.– Sería la investigadora ideal. Alguien con la valentía necesaria para investigar la muerte sospechosa de una persona en medio de una guerra donde muere tanta gente a diario, en una ciudad ocupada por militares y falangistas. Solo podía hacerlo ella, porque era valiente y tenía una fuerte motivación. Ya lo hemos visto en la primera novela y lo veremos en las siguientes. Me parecía fascinante que fuera ella la que asistiera al entierro de Unamuno, percibiera que había algo detrás y comenzara a investigar.
P.– Viene bajo la capa de corresponsal de prensa francesa, ¿verdad?
R.– Exacto. Eso le permite entrevistarse con distintas personas y abordar la muerte de Unamuno, algo que interesaba mucho en Francia y en todo el mundo. Conforme investiga, rememora su pasado común con él. Hay toda una subtrama amorosa: un amor imposible, pero intenso. Teresa también representa una parte del pasado de Unamuno, su etapa anarquista. En esta novela, Teresa tiene más de sesenta años, y me pareció una forma muy interesante y emotiva de cerrar todo el proceso. Manuel Rivera también investiga, pero se ocupa más de los familiares o conocidos en Salamanca; el peso principal de la investigación recae en Teresa.
P.– Aunque la novela esté ambientada en 1936, ¿cómo dialoga con el presente?
R.– Para mí, la novela histórica es un diálogo con el presente. Nos permite ver cómo muchas cosas actuales tienen raíces en el pasado y cómo ciertos errores se repiten. Cambian las tecnologías y el progreso, pero el ser humano sigue cometiendo errores similares. Explorar el pasado permite entender mejor el presente. En la primera novela, por ejemplo, tratamos temas como la España vacía, que tienen origen a finales del XIX o comienzos del XX. Y Unamuno es perfecto para este diálogo, porque muchos de sus artículos podrían leerse hoy como si hablaran de nuestro tiempo.

P.– ¿También es una manera de hacer justicia?
R.– Sí. Una intención de esta novela es hacer justicia a Unamuno. La versión oficial dice que murió de forma natural, repentinamente, en su casa. Pero algunos consideran que fue víctima del franquismo y de los sublevados. Hacer justicia significa mostrarlo como realmente fue: un héroe antiheroico, un Quijote en el mejor sentido. Eso habría sido importante para él. Su último acto de vida, su muerte, debía reflejar su legado y su memoria, y en la novela trato de reconstruir eso simbólicamente.
P.– ¿Qué hay después de Unamuno para ti, en términos de escritura?
R.– Seguir con Unamuno, pero no de manera intensa. Tratarlo requiere tiempo, porque tiene mucho peso. Voy a alternar estas novelas con otros proyectos, siempre en una línea que conecta con esta serie. Desde el principio concebí esta obra como cinco novelas que abarcan momentos importantes de su vida y de la historia de España en el primer tercio del siglo XX. Ya hay tres novelas pendientes: una en la época de la Primera Guerra Mundial, con la actividad de Unamuno atacando a Alemania y acontecimientos en Salamanca relacionados con las minas de wolframio; otra en su destierro en Fuerteventura, un momento importante de identificación con la isla; y otra durante la Revolución de 1934, donde Teresa vuelve a aparecer de alguna manera.
