Ricardo Menéndez Salmón: “Europa enfrenta grandes problemas de definición.”

“Venecia recoge el fantasma de lo que fuimos, una entidad compacta y plural.

Ricardo Hernández Salmón vuelve con Arca, una novela que despliega un mundo propio, lleno de peripecias, capas de significado y personajes que dialogan con el pasado y el presente. Al igual que en sus obras anteriores, como El sistema o El instante de peligro, combina géneros diversos —novela negra, histórica y gótica— para explorar la condición humana, la memoria y la ética. En Arca, la arquitectura, los espacios y los fantasmas se entrelazan con la vida de los personajes, creando un universo autónomo con sus propias leyes y códigos, un lugar donde cada detalle invita a múltiples lecturas y resonancias.

P. — Me han llamado la atención los elementos de esta novela, especialmente el protagonista. ¿En qué momento decidiste cómo sería y cómo lo ibas a construir?

R. — La novela me ha llevado seis años de escritura y, como puedes imaginar, tuvo sus idas y venidas, momentos de duda y decisiones que luego tuve que deshacer. Sin embargo, el protagonista lo hice mío relativamente pronto. No solo porque sea un narrador testigo, sino también un narrador protagonista, y porque quería dotarle de una singularidad que sirviera para algo central en la novela: permitirnos recorrer todo el arco del tiempo. Su don nos conecta con el pasado, su voz con el presente y, en un momento de la novela, también parece anticipar el futuro.

P. — Ese don surge a través del tacto, aunque podría haber sido a través de otro sentido. ¿Por qué elegiste el tacto específicamente?

R. — Elegí el tacto porque me fascinan las manos. Incluso dediqué un libro, en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Asturias, a la relación entre pintura y mano, mostrando cómo las manos tienen una relevancia especial en la obra artística. Además, el tacto nos conecta primero con lo que no somos nosotros y también con nosotros mismos. Tocarnos es afirmarnos, y tocar a otros es una forma de sentirnos vivos. Por eso consideré que la mano como herramienta principal no era negociable.

P. — ¿Buscabas escribir una novela de atmósfera, de ideas o de indagación moral?

R.Arca es, sin duda, una novela de ideas. Todo lo que escribo lo es, y cuando uno escribe sobre ideas, inevitablemente construye un discurso ético a través de los protagonistas, que se convierten en vehículos de esas ideas. En esta novela he trabajado con distintos géneros: el negro, con elementos de pesquisa; la novela gótica; lo distópico. Incluso hay momentos en que parece una novela de detectives o histórica. Todos estos elementos están al servicio de la reflexión central, que integra esas otras novelas dentro de la peripecia que construye la historia.

P. — Has elegido Venecia como escenario. ¿Qué te llevó a decidirte por esta ciudad?

R. — La decisión fue muy meditada, pero se impuso desde el principio. Tengo una relación intensa con Venecia desde hace quince años, y la conozco muy bien. Me parecía el epítome de lo que quería contar: una ciudad densamente cargada de historia, que fue la capital de Europa en su momento y la puerta de Oriente en Occidente. San Marco, por ejemplo, no es un santo occidental; es traído por los venecianos en sus expediciones. Venecia es una ciudad deslumbrante, un milagro de la ingeniería, pero también frágil y en trance de desaparecer. Esa tensión entre lo irrepetible y lo efímero la convirtió en el escenario ideal de la novela.

P. — Dentro de esa ciudad, el palacio que escoges funciona como un archivo. ¿Por qué te interesaba esa idea?

R. — Siempre quise escribir sobre una casa como recipiente de experiencias humanas. Vivimos en casas y muchas de las partes más importantes de nuestras vidas transcurren en ellas. El Palazzo de Venecia, construido en el siglo XVI y adaptado a la peripecia que invento, me permitía convertirlo en un archivo de la condición humana. La palabra misma, “archivo”, sugiere almacenar experiencias, y allí se conjugan la historia, la memoria y la vida de los personajes.

P. — ¿Qué relación existe, aprovechando lo que estamos hablando, entre la arquitectura, la memoria y el destino?

R. — La idea de destino en la novela se maneja a varios niveles: a nivel individual, de los habitantes de ese espacio y también de la colectividad. Está relacionada con lo que podemos esperar como colectivo según lo que hagamos o seamos capaces de hacer con la memoria acumulada en los espacios que hemos construido, habitado o concebido. En la novela hay un momento que se abre casi a la idea de profecía, aunque sabemos que cualquier escritor que intente ser profeta corre riesgos. Todo esto sirve para proyectar hacia el futuro la peripecia de los personajes.

P. — Me llama mucho la atención la forma en que introduces el diálogo con los fantasmas. ¿Qué te atrae de ese territorio literario?

R. — Me interesa la literatura que es muy realista y cuidadosa al describir los lugares donde suceden los hechos, pero que de pronto introduce un elemento que no se puede interpretar racionalmente. El fantasma de Antonia, esa pervivencia de lo que hizo transfigurado en su propia efigie, me daba un juego fantástico y rendía homenaje a los fantasmas de la literatura clásica, como los de Henry James. Son inconmensurables, pero tienen un peso y una gravedad que los hace a veces más reales que las presencias físicas. Además, el fantasma siempre promete una historia: uno no se convierte en fantasma sin una deuda o culpa que lo ata, y que nos obliga a lidiar con ello.

P. — Hemos leído o creído que el fantasma está presente porque no ha terminado su trabajo o porque falta algo. ¿Crees que puede ser realmente así?

R. — Sí, creo que la literatura dialoga mucho con los fantasmas. La palabra “exorcismo” le cuadra bien, no en el sentido de la niña exorcista, sino de liberar aquello que quedó sin resolver. Por ejemplo, en narrativa familiar, cuando hablamos de nuestros padres o ancestros, establecemos un diálogo con las huellas que nos dejaron, a veces para cerrar heridas, a veces solo para comprender. En mi libro sobre la enfermedad y fallecimiento de mi padre, dialogué con su fantasma. No es que ahora descanse del todo, pero pude establecer un diálogo que me permitió avanzar.

 En Arca, Antonia pide ser escuchada. La novela es difícil de agotar en sus lecturas, lo cual es una virtud: se puede leer desde muchos ángulos y rincones, y admite distintos tipos de interpretación. Una de ellas es hacia dónde camina la sensibilidad, la imaginación y los valores del autor. Yo, como escritor europeo, quería establecer un diálogo de tú a tú con lo que me ha conformado como individuo. Además, vivimos un momento de parteaguas en Europa, que tiene problemas de definición, en parte porque dialoga con su propio fantasma: el de lo que fuimos y la pesadilla de lo que podemos convertirnos en un lugar sin capacidad de intervención en órdenes importantes de la realidad, algo que se refleja en ciudades como Venecia.

P. — ¿Ha modificado escribir Arca tu forma de escribir con el tiempo?

R. — Sí, esta novela me ha regalado muchísima madurez. Es algo de lo que he hablado con mi editora, Elena, a lo largo del largo proceso de redacción, porque hemos tenido ocasión de analizar con intensidad la “cocina” de la escritura de este libro. Nunca me había sentido tan consciente de los puntos fuertes y débiles como escritor como durante la creación de Arca.

Además, escribir esta novela ha sido gozoso. La he disfrutado muchísimo, algo que no siempre me sucede. Dos momentos fueron especialmente gratificantes: la concepción del libro y su arquitectura, y el momento de la corrección, cuando puedo ver realmente el esqueleto de la obra. La escritura, que a veces resulta fatigosa o tediosa, aquí fue muy feliz, quizá porque Arca está llena de peripecias y acontecimientos. Sobre todo, me ha dado una sensación de autopercepción y madurez como novelista. Lo que más me satisface es haber creado un mundo dentro del mundo: autónomo, con sus propios códigos y leyes. Me gusta llamarlo un “objeto literario no identificado”.

P. — ¿Cómo crees que será recibido por los lectores?

R. — Esa es la pregunta del millón. Durante la escritura no pienso en quién estará al otro lado. El único hecho es que, desde que la novela llega a las librerías, deja de ser mía y pasa a ser de los lectores. Cómo será recibida es siempre enigmático; no tengo la menor idea. Tampoco tengo una preferencia sobre cómo debería leerse: cada sensibilidad o inteligencia encontrará su propio camino.

Creo que Arca es distinta a todo lo que he escrito, por su tamaño, su ambición y su continente, pero al mismo tiempo es muy coherente con mi obra. Un lector que conozca mis libros anteriores no encontrará aquí nada completamente nuevo, pero sí una decantación singular de lo que ya he explorado.

P. — ¿Qué representa el título Arca?

R. — La palabra fue meditada desde el principio. Soy muy obsesivo con los títulos; a veces solo tengo el título antes de cualquier otra idea. Arca tiene una resonancia asombrosa a nivel visual y simbólico. No es necesario que el lector sea sagaz: el arca está presente en múltiples capas de la novela. Si piensa en Venecia o en un palacio, encontrará un arca.

P. — ¿Dirías que la novela habla más de supervivencia o de un nuevo comienzo?

R. — Quiero pensar que sí. No creo que Arca ni yo seamos objetos o sujetos apocalípticos. Más bien pienso en sucesivas reencarnaciones, como mudanzas de piel, sin ánimo místico. La novela propone un reinicio al final, con un tiempo que no es lineal, sino a veces cíclico, donde las cosas, las personas y las épocas se reencuentran a sí mismas.

Me resulta problemática la idea de progreso como línea recta. Por ejemplo, en el arte vemos movimientos en elipsis: Picasso dialoga con arte precolombino o egipcio. Lo mismo ocurre en la relación con el pasado: nada desaparece del todo, y nos reencontramos con momentos históricos, ideas o sentimientos que trascienden nuestro presente. En la novela hay otras líneas de evolución que se arrastran y se cruzan, reforzando esta reflexión.

P.— También hay una pregunta urgente: ¿qué significa ser humano hoy? 

R.—Estamos al borde de una redefinición de nuestra especie. Cada vez somos más hackeados por nosotros mismos, cada vez somos menos biología y más tecnología. Todo esto nos obligará, si no lo está haciendo ya, a reconsiderar lo que significa ser humanos.