Manuel Jabois: «En el silencio caben muchísimas versiones alternativas porque no conoces la versión verdadera.

En esta entrevista conversamos con Manuel Jabois, una de las voces más reconocidas del periodismo y la narrativa española contemporánea. Tras consolidar una destacada trayectoria como columnista y cronista, Jabois ha desarrollado también una sólida carrera literaria caracterizada por su capacidad para explorar las complejidades de las relaciones humanas, la memoria, la culpa y las contradicciones de la vida cotidiana.

La conversación gira en torno a su novela La víspera, una obra que combina intriga familiar, humor incómodo y una profunda reflexión sobre los silencios que atraviesan a las familias. A través de personajes marcados por el pasado, los secretos y la necesidad de aparentar normalidad, el autor construye una historia donde lo que no se dice tiene tanto peso como las palabras pronunciadas. Durante la entrevista, Jabois comparte detalles sobre su proceso creativo, la construcción de los personajes, el papel de la culpa, la fama, la verdad y el silencio, así como algunas de las ideas que inspiraron esta novela.

P: Abrir ese libro, empezar la primera página y saber perfectamente esa imagen que tú describes de ese conejo y de todo lo que encierra. ¿Por qué arrancas por ahí?

R: Me pareció divertido. Aunque suene un poco creepy, que se dice ahora, o grimoso en castellano. Me pareció divertida una imagen en concreto, que es la imagen de esa mujer tratando de que el móvil no se le bloquee. Los móviles, cuando los tienes así iluminados, luego se oscurecen un poco y la pantalla desaparece. La tía está entregada a las instrucciones de un tutorial de cómo se viscera un conejo y entonces está mirando la pantalla, y con los deditos llenos de sangre está así, tal cual.

Esa imagen de repente me sedujo mucho, lo suficiente como para escribir alrededor de ella algo. Luego aparecen unas reflexiones que yo le leo originalmente a Mariano Sigman, el neurocientífico, que habla acerca de cuando dice que el ciego que recupera la vista tiene que seguir palpando las cosas para saber si son esferas o no. Bueno, a partir de ahí hago la reflexión en torno a Amalia y de repente echo a andar una historia de la forma más espontánea y genuina posible. Es la forma improvisada con la que yo trabajo. Y cuando me quiero dar cuenta, ya estoy metido dentro, ya no puedo salir y ya tengo que contar algo más grande que una escena; algo más grande que lo que a lo mejor podría ser un post de Instagram o un post de cualquier blog o lo que sea. Me doy cuenta de que puede haber algo más de más enjundia, por así decirlo.

P: ¿Escribes de forma improvisada?

R: Sí, absolutamente. A veces hay una imagen que escribo, a veces escribo por escribir. Hay un momento en la novela en que Mon, el hermano de Chami, el hijo pequeño de Amalia, se va a Vigo. Y lo tengo medio abandonado ahí en Vigo hasta que digo: ¿qué está haciendo este pavo en Vigo? Entonces me pongo a escribir lo que está haciendo en Vigo. Pero no es así para la novela, sino para mí, para saber qué está pasando en Vigo. Y resulta que se había enamorado de una vidente y andaba por ahí con sus preocupaciones, que tampoco quiero revelar para no hacer spoiler, pero de repente digo: «Oye, pues sí, puede estar en la novela este chico».

Carma, mi editora, era una gran defensora de Mon, estaba dándome la brasa y le decía: «Déjame en paz ya con Mon». Es que me decía tienes a Mon abandonado, Mon puede tener sentido. Y efectivamente, Mon encerraba un sentido muy decisivo y fundamental en la novela. La figura de Mon y su relación con la culpa, todo eso tiene mucha importancia para la historia. Una vez más ella tenía razón, una vez más yo tuve que escribir para saber si tenía razón o no y, con lo escrito, pues lo metí dentro de la novela.

P: Ya que has hablado de Mon, alteramos el orden. Digamos que es un personaje que no encaja en el sistema, en las expectativas familiares.

R: Sí, está muy bien eso. Está muy bien visto porque efectivamente es un chico como tantos que no ha encontrado su sitio. No lo ha encontrado y entonces de alguna forma deambula. Chami vuelve de la gloria, que es su carrera como futbolista de éxito profesional, internacional de hecho. Y Mon vuelve del alcoholismo, es un exalcohólico. Entonces son dos viajes de vuelta paralelos, pero muy diferentes.

P: Fíjate que Chami, no sé si te interesaba más la decadencia en sí misma o la incapacidad de poder asumir que su tiempo ya pasó.

R: No, la incapacidad. La decadencia no la veo. Es un chico pues que era… la decadencia no la veo. Es un chico que ha llenado estadios y que ahora no lo reconoce una chavalita de veintitantos con la que él tampoco tendría por qué estar. Pero todas esas crisis de los cincuenta de repente te llevan a lugares insospechados y quieres gustar y quieres seducir.

Yo creo que hay mucho de eso también en la gente que ha triunfado, cuyo tiempo ha pasado —porque el tiempo siempre pasa para todos— y de repente intenta sustituir aquello por otras cosas. De repente quieres saber si eres capaz todavía de seducir a una chavala. De repente quieres saber si eres capaz de ir a la televisión y brillar con luz propia. De repente quieres saber si este te reconoce y de qué te recuerda. De repente estás pendiente de las redes sociales porque te están devolviendo en dopamina lo que tenías antes con el balón. Y bueno, pues ahora tocan los likes, pues tocan los likes. Antes tocaban las Champions.

En fin, es un hombre buscando una brújula que no aparece por ninguna parte porque es muy complicado que aparezca. Yo creo que el futbolista profesional, los atletas profesionales, saben que a partir de los veintimuchos o treinta y pocos ya no van a poder hacer lo que mejor saben hacer y van a vivir el resto de su vida lidiando con la nostalgia de un tiempo dorado que pasó y en el que sobresalían. Creo que el trabajo de los futbolistas no es solo estar dentro del campo, sino pensar qué van a hacer después de los 32. Es que eres un crío, parece que tu tiempo pasó, pero tu tiempo no pasó, tu tiempo puede empezar de nuevo.

Y tenemos ejemplos, incluso dentro del mundo del fútbol, en Pep Guardiola, que están cosechando más éxitos que como futbolistas, y era difícil. O sea, puede ser que todo eso ya sea para una mínima selección de elegidos, y otros que triunfan en los negocios y otros que hacen otras cosas, pero nunca va a ser lo mismo que marcar un gol. Es otra historia. El entrenador que levanta Champions y que revoluciona el fútbol y que hace no sé qué, es fantástico y tiene una vida muy excitante y es maravilloso y su leyenda crece, pero él ya no ha empujado el balón a puerta. No ha chutado, no se han levantado cien mil almas en el estadio y millones fuera porque él se haya encargado de pegarle al balón y de hacer un regate maravilloso y de conseguir lo que conseguían cuando estaban en el campo. Y esa emoción ya no va a volver nunca.

P: ¿Te gusta el fútbol?

R: Sí me gusta, más el Real Madrid, la verdad. Pero el fútbol me interesa mucho literariamente. Mucho, narrativamente me interesa muchísimo. El tipo que se dirige al punto de penalti y toda su vida va a cambiar si mete gol o no, y el portero que la va a parar. O sea, los penaltis de la final de un Mundial, los penaltis de la final de Champions… yo siempre digo lo mismo: yo voy hacia el balón y en medio del camino me desmayo. O sea, si empiezo a pensar que está España entera y medio planeta delante de la televisión, no lo llevo allí. Me cojo, me finjo una lesión y digo que venga otro. A mí me merecen mucho respeto.

Yo sé que a veces, cada vez menos porque son prejuicios estúpidos, hay como un mundo cultural e intelectual que no es que le sea indiferente el fútbol —que perfectamente conozco a muchísima gente a la que le es indiferente, como a mí me son indiferentes muchísimos deportes—, sino que desprecia abiertamente el fútbol; que si ganan dinero, que si no sé qué. A mí me interesa muchísimo y psicológicamente es una cosa tremenda. Esos pases que se dan cuando empiezan los primeros compases del partido, un partido grande e importante, tener a tanta gente pendiente, saber que durante un momento te va a insultar todo Dios y al momento te va a halagar todo Dios… yo creo que hay poca ayuda de salud mental ahí. Sé que hay muchos futbolistas que han sido muy sinceros y muy honestos y que han confesado sus males. Andrés Iniesta, creo que Andrés seguro, pero creo que el otro era Jesús Navas que también había tenido como algún problema. En fin, hay gente que tiene que lidiar con una presión terrible y hay gente que tiene que lidiar con historias muy chungas de salud mental y al mismo tiempo tienen que salir al campo delante de muchísima gente a jugar al fútbol y a que la responsabilidad caiga sobre sus hombros, sobre su cabeza, sobre sus botas. No sé.

A mí me divirtió mucho escribir el personaje de Chami. No hablo de fútbol en la novela, no sale absolutamente nada. No quiero confundir al lector porque no es una novela de fútbol. Es un tipo que era famoso, era muy importante y bueno, pues empieza a dejar de serlo, ya lo está dejando de ser.

P: Sí, creo que hay algo trágico en alguien que no sabe existir si no se siente observado.

R: Sí, pero es que también depende de la observación que se le haya prestado. Acostumbrarte al éxito es muy fácil, mantenerlo imposible. Acostumbrarte es fácil y piensas que es para siempre. Y bueno, el futbolista sabe que el éxito en el campo no es para siempre, pero la atención piensa que puede ser para siempre. Por eso a veces hay como una altísima necesidad de caso y de atención y se hacen verdaderos disparates para estar en el disparadero.

Pero esto no es exclusivo de los futbolistas, esto es de columnistas de periódico, periodistas, tertulianos, políticos, por supuesto, y cualquier profesión que tenga notoriedad pública. En cuanto la atención baja, en cuanto tu nivel de fama desciende, hay que liarla aún más grande, hay que montarla, hay que decir cualquier barbaridad porque el nivel está muy alto. Estamos en una serie de cosas que nos tiene a un ritmo de pelotón, entonces hay que ir mucho más lejos para conseguir ser el tío más odiado del día, probablemente en redes sociales, pero consiguiendo un nivel de fama de la hostia. Es la paradoja. Has subido, pues no sé, veinte mil seguidores. Es la paradoja; se ha hecho famoso, bueno, a un precio complicado, pero ahí está.

P: La historia atraviesa lo no dicho. ¿Dirías que el silencio es protección o una forma de violencia?

R: No, el silencio puede ser cualquier cosa. El silencio puede ser una forma de violencia, por supuesto, pero el silencio en esta historia es protección. Una protección carísima, amoral, profundamente desapacible, pero es protección, sí. En el silencio caben muchísimas mentiras, más que mentiras, fabulaciones. En el silencio caben muchas versiones alternativas porque no conoces la versión verdadera. En la mentira ya no cabe nada, la mentira es la mentira y ya está. No tienes que edificarla, construirla, darle de comer y mantenerla. Tienes que implicar a mucha más gente. La mentira genera unas dinámicas terriblemente cansadas para el mentiroso.

P: De hecho, la familia sobrevive porque no se hace preguntas.

R: Sí, y así no se miente también.

P: Quizá la verdad llega demasiado tarde.

R: No, la verdad no les llega. Al lector le llega. Al lector le llega, pero a la familia no le llega. Y probablemente no le llegue nunca. Y a lo mejor hay familias con esa bomba lapa adosada en los bajos del coche y sigue habiéndolas. No lo sé, no conozco a ninguna en concreto, pero a veces el precio del silencio es altísimo.

Amalia está marcada por un episodio de violencia, no quiero decir más. Sí, se dice en la sinopsis, pero de alguna manera prefiero no revelarlo. Entonces, lo que te decía, hay un episodio de violencia en la familia que nunca se nombra del todo. Volvemos otra vez al secreto, al secreto familiar.

P: Ese encierro que hay dentro y algo que está ocurriendo en el exterior que se cuenta. No sé si quieres hacer precisamente ese contraste: hay algo muy importante que está ocurriendo fuera, muy serio, más lo que está ocurriendo en el interior.

R: Sí, sí, constantemente. Constantemente. De hecho, se ve en la novela lo que está pasando en la casa que tiene el televisor y lo que está pasando fuera de la casa, que es lo que está mostrando el televisor. Desde la primera línea, cuando digo que pegó un par de disparos muerta de risa pensando que la pistola era de juguete, hasta el final hay una línea muy concreta de violencia contada por el narrador con bastante humor y con unos personajes a veces un poco disparatados que arrastran heridas bastante luminosas, pero que al mismo tiempo los convierten en seres compasivos. En seres a los que quieres proteger de sí mismos.

Esa es la expresión, menos Amalia, que es un meteorito que está perdido en el espacio y que en cualquier momento puede impactar en un planeta y puede hacer desaparecer la civilización de ese planeta. Amalia es una mujer con unas carencias emocionales fortísimas: incapacidad para llorar, incapacidad para sentir pena, incapacidad para sentir lástima, culpa; incapacidad también o dificultades extremas para querer. Quiere a su hijo, quiere lo que su hijo le ha dado, que ha sido respetabilidad en el pueblo porque ha triunfado. Pero ella lo que quiere es dar una apariencia de una familia fuerte, unida y feliz. Y hace todo lo posible para que eso ocurra, hasta cosas absolutamente dolorosas.

Ella piensa en algún momento de su vida que a lo mejor es momento de dejar que la quieran tanto, porque ella sabe lo que es el bien por imitación, no porque le salga de dentro. Esa es otra cuestión muy interesante: cuando nos ayuda alguien, ¿nos importa que salga de sí mismo de una forma genuina o lo está haciendo porque está bien visto? Bueno, pues Amalia, ante su incapacidad para tener emociones, hace las cosas, pero las hace y la gente la quiere porque actúa como una muy buena persona. No sabemos por qué razón, o si lo sospechamos, pero es una buena persona. Aparte, ellos ponen la televisión para saber lo que está pasando fuera, cuando todo el mundo fuera quiere saber lo que está pasando dentro. Eso es lo curioso.

P: La culpa se transmite, ¿o no? El encierro de no decir la verdad dentro de la familia frente al exterior… A mí me ha dado esa sensación en la novela.

R: Sí, está constantemente presente. Yo creo que la frase más definitiva quizás de la novela es cuando Mon se acerca a la cama o a la habitación donde está Chami y dice: «De esto tampoco vamos a hablar». Porque no han hablado nunca de nada, ni siquiera del gigantesco elefante que está agrietando las paredes de la casa.

P: Tienes frases increíbles, como la de la pistola de juguete y que la única forma de saber si la pistola es de imitación o de verdad es en un momento decisivo. Es como una paradoja, una metáfora con respecto a la novela.

R: Puede ser. Mira, te voy a contar un secreto: ha habido cosas involuntarias que funcionan muy bien en la novela, pero que yo no había pensado en ellas de antemano. Mon, por ejemplo, tiene una relación muy compleja con la culpa. De repente se va de allí porque, claro, ha pasado algo en el pueblo, él no sabe qué ha pasado exactamente, pero empieza a sospechar que algo también está pasando en su casa y se pira. Pero es que su huida, a sus espaldas, lo convierte en sospechoso. O sea, él se hubiera muerto si se entera de que el investigador está preguntando por él. Ya con la relación que tiene con la culpa, eso lo hubiera matado.

Entonces, hay diferentes equilibrios internos en la novela que funcionan muy bien narrativamente, pero no han sido deliberados. No los he pensado, han salido, te lo juro. Como cuando de repente das veinte toques con la raqueta usando el canto y el golpe que continúa ha sido por pura suerte. Esa paradoja sí funciona muy bien y además empuja y mueve mucho a la acción de los personajes.

P: ¿Tú crees que nos mentimos para solucionar o para poder convivir?

R: Pues yo creo que más para aprender a convivir o más para convivir. Más que para sobrevivir. Para sobrevivir también se puede mentir, desde luego; para sobrevivir se puede hacer lo que sea. Pero creo que está más cercano a la idea de la convivencia en comunidad, a esa cosita, a ese artefacto misterioso que llamamos mentiras piadosas y otras mentiras terribles con las que pretendes ayudar al que tienes al lado.

P: El humor lo nombrabas ahora. Es, diría yo, incómodo, a veces agresivo. No sé si como una defensa o como una implicación.

R: He pretendido que haya un humor que no hay en ninguna otra novela mía anterior. Y espero seguir escribiendo con ese humor y espero implicarme más con ese humor, porque además me ha salvado muchas veces. A veces no me apetecía mucho ponerme a escribir, estaba la historia un poco atascada, se me ocurría algo divertido y me iba a tope con ello y ya empezaba y ya me reía. Porque esto es una cosa un poco miserable que tengo que reconocer: yo me río escribiendo cosas que me hacen gracia y las he escrito yo. Eso es un poco onanista, pero es verdad, me río. Entonces me escuchan a veces riéndome en la habitación, en el estudio, y me dicen: «Dime que no te estás leyendo a ti mismo y te estás riendo con tus ocurrencias». Y yo digo: «Sí, sí, me estoy riendo de estas escenas». Y además es horrible lo que estoy escribiendo, es un sarcasmo.

P: Empezabas con La víspera, el título es La víspera. ¿Te interesa justo el momento de aquello que todavía no ha pasado, más que lo que va a pasar? Porque la víspera siempre suena a algo que va a ocurrir que nos va a descolocar.

R: Sí, pero hoy estamos en víspera de mañana. Estamos siempre en la víspera de algo. La víspera es el territorio del novelista, del fabulador, del que puede crear, porque como no sabemos qué va a ocurrir, puedes plantearte todos los escenarios del mundo. Si es la víspera de tu boda puedes pensar —y lo hacemos todos— si va a salir bien o va a salir mal, si este va a hablar con el otro, si va a haber una pelea, cómo organizar las mesas, si te vas a divertir o si te vas a reír. Piensas de todo. Y la víspera del cumpleaños de Amalia, igual. Y la víspera de un partido de baloncesto, igual. La víspera de la final de Roland Garros, igual. Todo puede pasar. Cualquier escenario: va a haber tres sets, va a haber cinco sets, va a haber una lesión, a este le va a fallar la derecha, lo que sea. Entonces ahí existe la capacidad de fabular y puedes plantearte todos los escenarios que quieras.

Cuando estamos viviendo algo, cuando ya es el día de la fiesta, cuando ya estás celebrando la final de Roland Garros o tu boda, ya están pasando las cosas. Están pasando y punto. Entonces ahí sale el periodista, que tiene que dar cuenta de lo que está ocurriendo. Ya se acabó el momento de la fabulación, ya no puedes inventarte nada o sugerirlo; tu imaginación no puede sugerir nada porque es lo que está ocurriendo en ese momento y ya está. Está muy bien que ocurra así, en eso consiste el tiempo, pasa y punto. Pero el presente y el pasado puede ser un territorio para el que lo quiera utilizar, pero si quieres contarlo, tienes que contarlo de acuerdo con los hechos. Si quieres plantearte el futuro, tienes que plantearlo de acuerdo a tu imaginación, a las posibilidades que tú puedas entender que ocurran o simplemente a la pura fabulación. Y entonces en esta víspera ocurre todo.

Ayer tuve una presentación y decía que generalmente lo mejor de la fiesta siempre es la víspera, del mismo modo que lo mejor de la novela es el momento antes de publicarla, de escribirla. Cuando todo es posible. De repente te pones a escribir pensando que tienes la voz narrativa de Dostoievski y luego te das cuenta de que no. Pero claro, con todo por hacer, cualquier cosa es posible. Son imágenes que tienen mucha potencia.

P: Para terminar, dices que improvisas a la hora de escribir, que todo surge de una idea. Imagino que tampoco perfilas un personaje determinado, sino que va creciendo. ¿Y al final, cuando escribes, sacas alguna conclusión, por ejemplo, con respecto a la familia o si es bueno el silencio?

R: No, yo no soy… a mí no me hacen mejor persona los libros que he escrito. No, tampoco aprendo nada. Ya no aprendo nada de la vida escribiendo. Aprendo a escribir mejor, aprendo a llegar. Creo que cada libro que escribo, yo noto que avanzo, o por lo menos esa es mi sensación. Tengo más armas literarias, tengo una profundidad que no tenía al principio, tengo la capacidad de condensar en menos palabras cosas para las que antes necesitaba más páginas. No sé, yo por lo menos eso sí lo noto.

Luego hay un proceso en el cual yo disfruto. Lo paso mal cuando vulnero plazos, cuando no avanzo, cuando la historia se para y estoy cuatro meses sin abrir el Word y me digo: «¿Qué, tienes que empezar otra vez de nuevo?». Esas cosas son las que paso fatal. Pero me gusta, me llena y da sentido a mis días y da sentido a mi carrera, porque me ha gustado plantearlo siempre como una carrera profesional, ya que soy sobre todo periodista. Pero construyes un cierto universo, unos ciertos personajes, y sobre todo recibes mucho calor de la gente. Eso es fantástico: llenar una presentación de gente, ir a la Feria del Libro y tener una firma. Hay días que hay menos gente, hay días que puede no haber nadie, hay días que hay mucha. Esas cosas están muy bien, además te hacen poner los pies en la tierra. Que la gente te comente esas reacciones, esos comentarios: «este personaje me ha gustado, esto me ha gustado más». Esas cosas están muy bien, son adictivas.

Y entonces, cuando no publicas libro, cuando no publicas columna y cuando no entras en la radio, no hay dopamina, como le pasa a Chami. No tienes likes. Salgo a la calle y digo: cojones, qué pasa en la vida y en el mundo si no está circulando algo. Claro, pero eso te lo produce el trabajo, entonces eso es muy curioso y también muy peligroso. A mí, gracias a Dios, yo siempre lo he dicho: yo llego a Madrid con 33 años. Yo empiezo a escribir en El Mundo un poquito antes, pero empiezo a escribir de forma continuada allá en Madrid y no he parado de escribir desde entonces, luego en El País, y hablar en Onda Cero, y hablar en la SER… es decir, a tener una repercusión ya de mayorcito.

Yo tengo quince años en el Diario de Pontevedra que son los que a mí me salvan la vida y me hacen poner los pies en la tierra. Yo no empecé con veinte años a trabajar en El País, yo no hice el máster de El País, yo no fui la firma de El Mundo con 23 años y yo no publiqué un novelón a los 22 ni nada de eso. Ojalá haberlo hecho, claro, todo el mundo quiere y ojalá haber tenido el talento como para poder hacer ese tipo de cosas y escribir a esas edades, como escribieron autores que yo admiro que eran súper precoces, pero no ocurrió. Pero eso me dio una perspectiva muy poderosa a la hora de escribir en medios y a la hora de acoger el calor de los lectores. Sé que están ahí, porque antes tampoco estaban, y está muy bien. He escrito en un periódico local quince años, he trabajado muchísimo, he escrito muchas páginas, he montado páginas, he hecho carpintería de redacción, en fin, con horarios muy exigentes y con los sueldos que se pagan en los periódicos locales. Y estaba bien porque era un punto privilegiado.

He conocido durante esos años a gente que escribe mejor que yo, a gente que tiene más capacidad de trabajo que yo y más disciplina que yo, y no ha tenido tanta suerte ni ha estado a lo mejor en el momento adecuado como para poder publicar en los periódicos en los que yo luego he publicado. No ha tenido acceso a la repercusión a la que yo he tenido, pero escriben, de verdad, mejor que yo. El primero de todos, el chico del que hablo es mi amigo, el que escribe la frasecita que le pongo siempre en el epígrafe de mis novelas; tiene una brillantez y una genialidad a la hora de estructurar pensamientos y de pronunciar frases y párrafos absolutamente fantástica. Es verdad que tiene otra profesión, no se dedica a esto, pero yo lo he conocido.

Entonces yo sé qué parte de mí hay de suerte. Hay por supuesto trabajo, hay una cierta manera de ver las cosas que me ha procurado un cierto talento para escribir, pero la suerte ha estado ahí. Publicaba un blog y en el blog me empezó a leer Elvira Lindo, me empezó a leer más gente que me empezó a promocionar y a fomentar, y David Trueba me empujó directamente a El Mundo. Tuve la suerte de que me oyese o me leyese David a mí y no a un tipo de Castellón o a un tipo de no sé dónde que escribe mejor que yo o que ve las cosas de una forma muy original. Como no pudo ayudar a ese, me ayudó a mí. Hay mucho de suerte, hay que saber siempre que lo tuyo no es una cuestión solo de tu trabajo y tu figura, sino de que has tenido suerte. Y la suerte además ha tenido siempre que ver con la gente que te ha rodeado, con los demás. Tú no eres nadie por ti mismo, no eres nadie solo. Eso de «yo me quedo en mi casa solo y voy a levantar mi vida solo»… tú solo haces una mierda, nadie ha hecho solo una mierda. Siempre has tenido que tener gente alrededor que te ha ayudado y gente generosa que te ha prestado su apoyo.

P: ¿Eres más de silencios o de verdades?

R: Depende de la situación. Te voy a decir algo de la verdad: a mí la verdad me deja muy tranquilo. Es muy abrupta a veces, es muy dramática a veces, pero hostia, duermes, tío. Si mientes, estás pensando: «mañana tengo que seguir viviendo, mañana tengo que hablar con no sé quién para que respalde mi versión, mañana tengo que acordarme de que dije que no fui a trabajar porque iba al médico y entonces tengo que inventarme algo del médico». Es un poco cansado, ¿sabes? En cambio, si la verdad es muy jodida, a lo mejor guardas silencio.

Mantener una mentira es difícil y yo es que soy muy despistado; hay que tener mucha memoria para mentir y yo soy muy distraído. Entonces yo una mentira piadosa, absurda, de estas de «¿me conoces?, ¿te acuerdas de mí?» y dices «sí», automáticamente ya me salgo de ahí y me arrepiento. Porque luego la otra persona empieza a hablar y tú ya tienes que empezar a surfear de mala manera pensando: «¿en qué momento la cagué?». A lo mejor a él no le ofende que le digas que no te acuerdas, yo lo entiendo. A mí me ha pasado con gente, pero yo también ya percibo quiénes me pueden recordar y quiénes no. Si en un concierto le tiré unas risas a un artista de la hostia —no lo voy a decir—, y luego voy y le digo «¿te acuerdas de mí?», pues claro que me va a decir que no. Pero si es alguien en una firma de libros en la feria hace poco, pues seguramente me acuerde; si es de hace mucho, luego ya no, y es normal.

Pero a veces, por compromiso, dices que sí automáticamente. Y después, claro, tengo que empezar a respaldar mi «sí» y estás todo el rato buscando el porqué. Te dicen: «¿bueno, te acuerdas que te había contado una historia de mi padre?» y tú «claro, tu padre, cómo no, cómo sigue tu padre?». Bueno, estoy exagerando, pero cuento una historia que a veces nos pasa a todos. Lo primero que te sale por educación es decir que sí a cualquiera, a una compañera de clase que de repente te ve y te dice «¿te acuerdas de mí?». Es violento decirle: «mira, no, de ti no me acuerdo, no has dejado ninguna huella».