Hoy pasa por nuestro espacio Cherry Chic, el seudónimo literario de Lorena, una escritora malagueña que se ha consolidado como una de las voces más leídas y queridas de la narrativa romántica contemporánea en España.
Con un estilo fresco y una conexión única con sus lectores, la autora regresa a las librerías con Giulia, el amor y un puñado de lavanda. Una novela ambientada en el pueblo ficticio de Valdelila que aborda el regreso a las raíces, el duelo familiar, los miedos al compromiso y las distintas formas de entender la maternidad y la familia. Hablamos con ella sobre el peso de las expectativas, la presión social sobre las mujeres y la necesidad de frenar el ritmo en un mundo hiperproductivo.
P.– Solamente la portada con esta lavanda y esa casa al fondo es maravillosa. No sé si está proyectada en algo físico, en algo real.
R.–Está proyectada en la idea que yo tenía de Casa Lavanda, que es uno de los escenarios donde se desarrolla la novela. Y tengo que decir que desde que me la enseñaron me enamoré. Era tal y como habitaba en mi imaginación.
P.– La novela transcurre en un pueblo que parece suspendido entre la memoria y el presente. ¿Qué te atrae literalmente de esos lugares donde el tiempo parece avanzar de otra manera?
R.– Pienso que en los pueblos… Bueno, yo es que soy de pueblo, entonces soy muy defensora de los pueblos. Yo creo que en los pueblos todo es mucho más bonito, más calmado. La vida se vive de otra forma, no tan apresurada. Y eso es precisamente lo que hace que Giulia vuelva a Valdelila. El hacerlo ficticio al final era porque siempre es una forma de condensar todo lo que yo necesito que el pueblo tenga sin tener que faltar a la verdad.
P.– Valdelila está lleno de recuerdos, pero también diría que lleno de conflictos. ¿Hasta qué punto los lugares condicionan a las personas que los habitan?
R.– Pienso que los condicionan mucho, sobre todo cuando esos lugares están relacionados con la infancia. En el caso de Giulia, ella vuelve al lugar en el que pasaba todos los veranos de niña y al que dejó de ir después de que sus abuelos faltaran y murieran. Entonces, volver no es solo entrar en un pueblo, es entrar en el pueblo que la colmó de felicidad durante los años más vitales de la vida de una persona, como son los de la niñez y adolescencia. Entonces, pienso que cuando los lugares son así, sí que condicionan muchísimo.
P.– Decíamos al principio, la flor de la lavanda estaba presente de forma constante en la novela. No sé qué representa para ti este aroma que asocias sin duda a la memoria y la familia.
R.– Totalmente. En este caso, yo en todos mis libros intento poner un detalle personal y aquí era la lavanda. Vivo en una casa con jardines, tenemos campos, mi familia tiene campos y tenemos mucha lavanda plantada en jardines. Y de hecho, en la comunión de mi hija, yo regalé lavanda en saquitos.
P.– Qué bonito.
R.– Disecada por nosotros. Entonces, siempre tuve muy claro que quería hacer algo con la lavanda como protagonista, porque en mi caso está muy relacionado con la familia y con todo lo que he querido exteriorizar en la novela.
P.– Bien, tenemos la idea de que la idea de futuro, la idea de progreso siempre es ir hacia otro lugar, pero casi nunca lo asociamos a regresar, porque regresar a veces es como una derrota. ¿No es el caso o sí?

R.– Al principio sí que se puede ver así, porque pienso que efectivamente, como tú has dicho, en muchísimas ocasiones volver a un lugar al que ya no pensabas puede tener un poco la idea de fracaso. Pero al final, yo lo que quiero dar es la reflexión de que no siempre es así, y que en muchos casos, además, es todo lo contrario: es sanar y es darte cuenta de que realmente donde más feliz has sido y puedes volver a ser es ahí.
P.– La novela contrapone una vida aparentemente apasionante en Los Ángeles con Valdelila. No sé si seguimos confundiendo el éxito, yo diría, con velocidad.
R.– Sí, con la hiperproductividad, con estar haciendo cosas constantemente. Si no tienes todas las horas del día ocupadas, no estás siendo una persona exitosa. Volver a Valdelila, en el caso de Giulia, es todo lo contrario: es parar el tiempo, desactivar alarmas y vivir un poco a favor de lo que dé. O sea, me voy a levantar y voy a ver qué toca hoy sin tener una agenda, sin tener planes, sin tener alarmas. Eso pienso que al final es un privilegio que estamos perdiendo.
P.– Incluso te diría que teniendo quizá ahora las expectativas cumplidas, somos menos felices, pero quizá porque aunque se cumplen, siempre queremos más.
R.– Sí, porque nos damos cuenta de que da igual la cantidad de cosas que quieras hacer en un día, siempre la lista de pendientes, en mi caso por ejemplo, es eterna. Y, llegas a la cama pensando más en lo que te ha faltado por hacer que en todo lo que has hecho. Y al final creo que eso es un problema de base como sociedad.
P.– Y tenemos también más dificultad en saber lo que queremos.
R.– Sí, o sea, al final hay tantas opciones y tantas aspiraciones… que está muy bien, pero muchas veces estamos más pendientes de las metas que queremos alcanzar, que son muchas y muy difíciles, que de disfrutar del proceso. Esto es una cosa que yo me he propuesto desde hace un tiempo: el aprender a disfrutar de todo el proceso y no sólo de la meta que yo me pongo.
P.– Vamos con alguno de los personajes. Giulia y Fiorella, representan maneras muy distintas de enfrentarse a la vida. No sé si querías que hubiera dos diálogos femeninos pero de enfoques distintos.
R.– Totalmente. En ellas, además, trato el tema de la maternidad, que es una cosa de la que yo quería hablar en este libro, y cómo la enfrenta cada persona dependiendo de sus circunstancias, no sólo actuales sino de pasado y de los condicionantes que tienes pues con tus padres, con la forma en que has sido criada, los valores, etcétera. Y cómo todo eso va construyendo el adulto que toma equis decisiones más o menos controvertidas.
P.– Por lo tanto, las mujeres seguimos soportando una presión especial.
R.– Sin duda, sobre todo en cuanto a maternidad. En cuanto a esta idea… yo lo hablo mucho con mis amigas o con mi marido, esta idea de superwoman al final no ha sido más que un «tienes que hacer muchísimo más sin quejarte y encima viéndolo como una gran oportunidad». Tienes que ser madre, tienes que ser exitosa en tu trabajo, tienes que hacer deporte, tienes que comer sano, tienes que hacer todo y todo lo tienes que hacer bien. Y al final, eso explota de alguna manera; no en todas las mujeres, pero en muchas sí que está llegando a unos puntos preocupantes.
P.– Por lo tanto, la conciliación es un engaño, la idea de que es posible.
R.– La conciliación es muy difícil. Yo tengo niñas pequeñas y lo que veo como un engaño es que te digan que se puede hacer. O sea, concilia renunciando a cosas, siempre. Yo tengo la idea, y esta idea la tengo junto con todas mis amigas, de que cuando estoy con mis hijas siento que no estoy siendo productiva en mi trabajo. Cuando estoy siendo productiva en mi trabajo, como ahora, siento que no estoy siendo una buena madre porque me las he dejado equis días en casa. Entonces, al final siempre sientes que estás faltando a algo.
P.–En tu novela se percibe muy bien esa brecha entre lo que una mujer desea y lo que los demás esperan de ella. ¿Es imposible encontrar un equilibrio o terminamos siempre sacrificando nuestros propios deseos para cumplir con las expectativas ajenas?.
R.– Exacto, y es muy difícil, sobre todo cuando viene impuesto. En el caso de Fiorella, por una familia muy estricta que no le permite ser ella, y al final eso estalla, y lo hace de la peor manera posible, llevándose por delante a más personas que no tendrían por qué sufrir esas consecuencias. Pero pienso que es importante de verdad dejar de hacer ver que una persona es muy mala madre por decir que no quería ser madre, ¿sabes?, por ejemplo. O decir… o sea, hay que entenderlo, evidentemente entendiendo también el daño que puede ocasionar con ciertas actitudes. Pero tenemos que entender que a muchas mujeres se las ha obligado prácticamente a ejercer la maternidad cuando no estaban listas.

P.– Vamos con León, ¿qué querías? ¿Cómo querías perfilar este personaje?
R.– Bueno, León es… yo estoy completamente enamorada de él. No soy nada objetiva con él. Es un personaje con muchas capas, principalmente. Es el típico personaje masculino y protagonista torturado por su pasado, ¿no?, y gruñón, serio, cerrado emocionalmente en apariencia. Porque luego al final se descubre que bueno, que no todo es como se ve al principio. Es un personaje muy introvertido, de tener pensamientos muy profundos y sin embargo no exteriorizar más de dos frases seguidas. Que a mí son los que más me enamoran porque es como los que tienes que rascar más para llegar hasta ellos.
P.– León se refugia en la rutina, todo es muy rutinario. Entonces, donde hay rutina no hay sorpresa, hay seguridad. Sin embargo, Giulia es un poco el polo opuesto, que es el caos, el caos absoluto.
R.–Ella se ha acostumbrado a vivir en la anarquía más absoluta. Es como que no sabe nada, no sabe su futuro, no sabe lo que quiere hacer en el presente. Prácticamente se levanta cada día sin saber qué va a darle el día. León necesita saber qué va a darle los días de los próximos seis meses, como mínimo. Es como que necesita tenerlo todo para que eso le dé calma, precisamente porque ha sentido en el pasado que todo se le iba de las manos.
P.– Vamos con alguno de los temas: el amor y los vínculos. ¿Qué querías mostrar con esta relación entre Giulia y León ?
R.– Pues al principio, la verdad es que la relación es muy divertida, para mí es muy divertida, porque empieza un poco casi sin que ninguno de los dos quiera, de ahí el fake dating, que es este cliché al que se ven obligados, entre comillas, a entrar. Pero sí que pienso que es muy curioso cómo ella empieza siendo la alocada, la extrovertida, la que parece que no tiene preocupaciones ni problemas, y él es todo lo contrario; y a medida que avanzan en la relación se van dando cuenta de que ni uno es tan así ni el otro tampoco. Es decir, que al final pienso que se complementan muy bien, precisamente porque sin saberlo se aportan lo que el otro necesita.
P.– Por lo tanto, te interesa mucho más que el romanticismo, cómo se acercan.
R.– Sí.
P.– Bien. ¿Crees que hoy somos menos comprometidos o menos conscientes de lo que eso implica?
R.– Yo pienso que la gente tiene mucho miedo de soltar el control, precisamente por esto: porque queremos ser todos personas independientes, tener el control de nuestra vida, de nuestra carrera, de nuestras emociones, y al final delegar todo eso en una persona sin saber si esa persona lo va a cuidar es que es un acto de fe muy grande. Entonces, sí que pienso que, sobre todo en las generaciones jóvenes, lo que veo es mucho miedo a soltar el control y a confiar hasta el punto de permitir que la otra persona pueda hacerte daño, porque igual que puede quererte, puede hacer daño.
P.– Por lo tanto, creo que para estas generaciones es mayor el compromiso, o se ve más fácil convivir con alguien que enamorarse.
R.– Sí, totalmente.
P.– Antes era al revés.
R.– Sí, pero al final las emociones son mucho más complejas que la convivencia. La convivencia ya se sabe que hay rifirrafe, que hay… das el carpetazo y te vas con otro compañero o compañera. En las emociones es mucho más complicado. O sea, cuando tú tomas la decisión de entregarte a esa persona, estás renunciando a una parte de ti. O sea, hay una parte de ti que esa persona va a tener que cuidar, y si no la cuida, las consecuencias pueden ser muy desastrosas. Entonces, pienso que antes había más compromiso en cuanto a lo emocional que ahora, pero porque quizá también antes mucha gente buscaba una relación seria y estable y no tenía tanto miedo.
P.– ¿Hay personas refugio, o buscamos personas refugio cada vez más?
R.– Hay personas refugio, yo estoy convencida. Yo tengo personas refugio, por suerte, y creo que todos los que tenemos la fortuna de disfrutarlo lo podemos corroborar. Sin embargo, también creo que es responsabilidad un poquito de cada uno ser el refugio para la gente que queremos e intentar estar ahí para ellos también, y que no sea todo centralizado en nosotros y en lo que nosotros necesitamos, sino pensar también: «quiero a esta persona y esta persona necesita esto de mí».
P.– Vamos con Giuliano. Ocupa un lugar fundamental en la historia. Es un niño que a través de él no podías abordar, lógicamente, cosas de adultos. ¿Qué hace en esta lavanda?
R.– A mí me encanta Giuliano. Estoy completamente fascinada con él. Sobre todo porque Giuliano es un niño que al principio del libro, cuando habla, es prácticamente un adulto. Es decir, por las circunstancias de vida que le han tocado, Giuliano, cuando empieza a aparecer en el libro, te da la sensación de ser un adulto en miniatura, mientras que Giulia, que es quien tiene que cuidarlo, parece una niña encerrada en un cuerpo de una mujer de veinticinco años. Y luego, conforme avanza la novela, Giuliano se va permitiendo ser niño y Giulia se va permitiendo ser adulta. Y creo que este progreso es muy bonito de ver y de leer en el libro.
P.– Un progreso cuyo origen quizás sea porque ese niño no ha tenido la infancia que necesita.
R.– Por supuesto. O sea, al final es también una reflexión en el libro. Hay una reflexión muy grande de que nosotros como padres somos los grandes referentes de nuestros hijos. Como nosotros eduquemos a nuestro hijo… hay una parte de su carácter que ya viene, que viene con ellos y con su personalidad, pero hay otra que se va a componer y se va a estructurar en base a cómo nosotros los criemos, el amor que les demos, la seguridad y la autoestima. Entonces, Giuliano al principio es un niño completamente amparado en un muro que él mismo ha levantado. Él no lo sabe, evidentemente, es un niño muy pequeño, pero es un niño que ya ha levantado a su corta edad un muro para que nadie pueda llegar y hacerle daño, ¿no? Y eso te parte el corazón, la verdad.
P.– A lo largo de la novela aparecen distintas formas de familia. ¿qué es familia para ti?
R.– Para mí, familia es la gente que está porque quiere. O sea, no necesariamente… Para mí, la familia no la hacen necesariamente los lazos de sangre, y precisamente llevo muchos años escribiendo acerca de esto. La familia más importante es la que tú eliges y no siempre la que te toca. A veces, yo lo he dicho siempre, una de mis tías favoritas no tiene ni un gramo de sangre mía ni yo de ella, y para mí es mi tía y va a ser mi tía siempre. Entonces, al final, familia es la que tú eliges, y luego está la familia que te toca con la que tienes que lidiar, evidentemente. Pero pienso que hay que hablarle al mundo a través de los libros de todos los tipos de familia y no solo de la que se compone de mamá, papá, abuelo, abuela. La familia es mucho más grande y compleja que eso.
P.–Vamos con las heridas, porque decíamos al principio que la portada invita a entrar en esa casa, ¿no? Con esa abuela, esos olores, esa familia… Pero bueno, también hay heridas que no solemos afrontar y que no sé si terminan afectándonos, y también lo relacionamos con el lugar. Qué importante es, limpiarlas o convivir con ellas.
R.– Sí, y aceptarlo. Pienso que al final, en el caso de Giulia, salió de Casa Lavanda y de Valdelila, no volvió porque sus abuelos murieron y ese lugar… y ella incluso cuenta que su propio padre no vuelve porque los recuerdos le asfixian. Pero es importante también volver y aprender de alguna forma, que esto es una cosa que pienso que se hace en los duelos. Primero viene todo el dolor y luego de alguna forma todas las partes que tocó la persona que ya no está vuelven a ser bonitas. Pero para eso tienes que quedarte, tienes que vivirla, tienes que mirarlas con otro prisma, y eso es lo que Giulia necesita: como reabrir esa herida para que pueda sanar de verdad.

P.– Si hubiera una única mentira sobre el amor, el éxito o la felicidad que esta novela intenta desmontar, ¿cuál sería?
R.– Yo pienso que aquí lo que más intento desmontar es la idea de que para ser feliz tienes que salir y tienes que huir buscando siempre algo más. Eso es lo que más quiero demostrar: que para ser feliz muchas veces solo tienes que aprender a quedarte en un lugar y dejarte querer.
P.– Y volver.
R.– Y volver si llega el caso.
P.– ¿Cuál fue el origen de esta novela, Cherry?
R.– Pues yo tenía muchísimas ganas de hablar primero de la lavanda y luego de la maternidad desde un punto de vista diferente. Es decir, yo soy madre de dos niñas, pero hay muchas maternidades: la maternidad biológica, la maternidad como adoptante… hay muchas. Y quería hablar de otras realidades, que es una cosa que a mí me mueve mucho. Yo siempre quiero que el hilo principal sea la historia romántica, pero no olvidarme de hablar de temas importantes. Entonces, quería hablar de la maternidad cuando viene inesperadamente, tanto pariendo como sin parir. Y estoy muy contenta con el resultado, la verdad.
P.– ¿Por qué Un puñado de lavanda y no Un campo de lavanda?
R.– Se me hacía muy poético, la verdad. No tiene mucha… No podía ser que tuviera una connotación dentro de eso, se me hacía muy poético. Salió… es una frase que dice León en un momento dado, y en el momento en que la escribí pensé que era perfecta y que ya tenía el título.
