Mayte Magdalena: «No podemos educar a las nuevas generaciones en una burbuja de cristal; hay que forjar una fortaleza mental»

«Mi padre cruzó los Pirineos rumbo al exilio con solo siete años y los pies envueltos en trapos»

Tras el éxito de su debut con Zapatos de lluvia, Mayte Magdalena regresa a las librerías con Vientos de ira (NdeNovela). En esta ocasión, la escritora y docente cambia de registro para indagar en la memoria de su propia línea paterna y retratar los años más crudos de la posguerra española y el exilio francés. Lejos de los grandes acontecimientos bélicos, la novela pone el foco en la población anónima que se quedó sin margen para el desaliento: las redes de estraperlo, la sororidad entre mujeres que sostenían los hogares y el desamparo de quienes cruzaron los Pirineos. Una conversación sobre las cicatrices del pasado, los traumas heredados y las alarmantes similitudes con los refugiados de nuestro presente.

P.– En tu anterior novela profundizabas en la figura de tu madre y en esta te centras en la de tu padre, aunque con ciertas diferencias. ¿Cómo se articulan ambos enfoques al inicio de esta nueva obra?

R.– Existe una diferencia entre el deseo de reconciliarse con una figura familiar en un momento difícil de la vida —como ocurrió con mi abuela y mi madre en la anterior novela— y el hecho de consolidar el gusto por la escritura. Escribir la primera novela tuvo un fuerte efecto de catarsis.

Respecto a mi padre, él era una persona que solía contar sus vivencias de forma anecdótica, casi como un chascarrillo. Cuando eres niña, no eres consciente de que tu padre fue un niño que lo pasó mal y que pasó hambre; en sus relatos, todo parecía una aventura. Sin embargo, cuando sufrió una enfermedad grave y tuvimos que pasar mucho tiempo en el hospital, empezó a hablar de otra manera. Me descubrió a ese niño que, con solo siete años, cruzó los Pirineos junto a sus padres rumbo al exilio. Me contaba cómo llevaba los pies envueltos en trapos y en todos los calcetines que su madre pudo encontrar por la casa para que no se le mojaran. Fue una experiencia durísima que ningún niño debería vivir.

P.– Aprovechando esta mención a la infancia, ¿cómo valoras la situación que viven actualmente muchos niños en distintos puntos del mundo debido a los conflictos?

R.– Me parece una auténtica barbaridad. Mi padre transmitía sus recuerdos como una enseñanza. Durante el proceso de escritura intenté ponerme en los zapatos de aquellos personajes y me preguntaba constantemente cómo es posible seguir adelante después de algo así. Al documentarse y escuchar los testimonios de los refugiados actuales, se comprueba que las historias son idénticas. No hemos aprendido nada. Esos niños sufren exactamente lo mismo; hoy no cruzan los Pirineos, pero atraviesan otras montañas, mares y terrenos en las mismas condiciones.

P.– Tu novela no se enfoca en los años de la guerra, sino en la posguerra. ¿Por qué decidiste centrar la atención en lo que vino después?

R.– Decidí centrarme ahí porque la posguerra representa una realidad que, en muchos aspectos, fue más cruda. Al documentarme para Zapatos de Lluvia, comprendí que la posguerra fue otra guerra centrada en la supervivencia. Estaba marcada por la humillación, el hambre, las enfermedades y la miseria. Todo lo que soplaba en ese periodo eran vientos hostiles, de ahí el título de la novela. Era un entorno extremadamente difícil para salir adelante.

P.– La lucha era distinta, se convirtió en una batalla por la cotidianidad.

R.– Efectivamente. En situaciones así sale a la luz el lado más instintivo del ser humano. Cuando las necesidades básicas están cubiertas, las personas actúan de una manera; pero cuando falta el alimento, el frío y las enfermedades acechan, aflora el instinto animal para poder subsistir.

P.– Las mujeres sostienen gran parte del relato. ¿Qué querías reivindicar de estas figuras que vivieron a la sombra y de las que no se habla lo suficiente?

R.– A estas mujeres no se les ha otorgado el lugar que merecen en nuestra memoria histórica para reflexionar sobre el papel tan crucial que desempeñaron. Al terminar el conflicto se enfrentaron a escenarios muy diversos. Muchas se quedaron solas porque sus maridos no regresaron, viéndose obligadas a sacar adelante a la familia por sí mismas. En otros casos, los hombres regresaron mutilados o profundamente afectados a nivel psicológico, por lo que ellas debían asumir el peso del hogar y, además, el cuidado de sus esposos. Incluso en las situaciones más estables, el peso de la supervivencia diaria recaía por completo sobre la madre.

Ninguna de ellas tenía margen para el desaliento. No podían permitirse el lujo de venirse abajo porque tenían una prole detrás que dependía de ellas para no morir de hambre. Además, debían soportar pérdidas desgarradoras, ya que muchos niños fallecían debido a enfermedades de la época como la difteria, y aun así debían seguir caminando. Fue una generación fortísima y hoy estamos aquí gracias a su resistencia.

P.– Paola es precisamente uno de los personajes que encarna este perfil de mujer.

R.– Sí, Paola representa a ese tipo de mujer de la posguerra. Tanto en Zapatos de Lluvia como en Vientos de Ira, su figura está construida a partir de los retazos de muchas mujeres reales con las que he convivido. Cada una tenía su propia historia, pero todas compartían un denominador común: una capacidad de resistencia y una resiliencia asombrosas.

En ambas novelas quise plasmar el concepto de la sororidad. Ese apoyo mutuo que más tarde se vio en los barrios de Madrid nacio verdaderamente en la posguerra. Cuando una mujer tenía que recurrir al estraperlo para traer algo de comida, le pedía a su vecina que cuidara de sus hijos por si la detenían. Se ayudaban mutuamente, compartían información sobre dónde conseguir alimentos o se enseñaban trucos de cocina, como la famosa receta de la tortilla de patatas sin huevo y sin patata.

P.– Otro personaje fundamental es Manuel. ¿Qué nos puedes contar sobre él y el viaje que emprendió hacia el exilio?

R.– Manuel es uno de los pocos personajes de la novela que es absolutamente ficticio. A través de él quise plasmar el choque entre la teoría idealista y la cruda realidad. Manuel es un hombre con una sólida formación intelectual y filosófica que sufre un golpe demoledor al cruzar la frontera. Al llegar a Francia, el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad, se encuentra con la sorpresa de ser recluido en un campo de concentración. Experimenta una profunda decepción institucional y personal a cada paso que da, hasta que comprende que debe reaccionar si no quiere dejarse morir. Es un personaje complejo que siente la necesidad vital de narrar lo que ha ocurrido y exteriorizar su dolor. Además, posee una tremenda lealtad emocional: es fiel a sus principios políticos, pero también es inquebrantable en su amor por Paola a pesar de la distancia y las adversidades.

P.– ¿Buscabas reflejar más la resistencia emocional que la fortaleza física?

R.– Sí, porque estoy convencida de que la resistencia emocional es el motor de la resistencia física. Si logras mantener la mente enfocada en la esperanza y en la convicción de que la situación pasará, es mucho más probable que el cuerpo responda. Si te rindes psicológicamente, el cuerpo se derrumba inmediatamente detrás. La verdadera fuerza reside en la mente.

P.– El amor se alza también como una fuerza primordial en la novela, como vemos en la relación de Sonsoles y Pablo.

R.– Sin duda, porque el amor es lo que mueve el mundo. El personaje de Sonsoles presenta una evolución muy interesante. Es una mujer educada bajo los estrictos cánones de su época, pero cuando la situación límite lo requiere, es capaz de rebelarse y romper con las normas establecidas. Pablo y ella comparten un amor maduro que se mantiene firme contra viento y marraya. Cuando llegan a Madrid y miran atrás, reconocen que han pasado por penalidades espantosas, pero valoran por encima de todo haber permanecido unidos.

En medio de tanta miseria el amor surge de múltiples formas y se vuelve imprescindible. Se manifiesta como lealtad, como la que demuestran Felipe y Petra hacia la familia de Paola; o el amor maternal de la propia Paola, que es capaz de cualquier sacrificio por sus hijos. No hablo únicamente de amor romántico, sino del afecto en general. En la novela se explora mucho el contraste entre la familia de sangre y la familia elegida. Paola tiene a los suyos muy lejos y no puede apoyarse en ellos, así que se aferra a las personas que tiene cerca, quienes acaban conformando esa familia adoptiva que la acompaña de manera incondicional.

P.– En el trasfondo de la obra también se percibe un dualismo muy marcado entre el entorno rural y el urbano. En aquellos años la brecha entre el campo y la ciudad debía de ser enorme.

R.– La diferencia era abismal. En los pueblos, a pesar de las dificultades, en la mayoría de las casas siempre había un puchero al fuego con algo que echarse a la boca. Mi madre, que nació en Madrid, me contaba que no vio un plátano hasta los dieciséis años, pero en el pueblo nunca pasó el hambre extrema que sí se padeció en la capital, donde las cartillas de racionamiento provocaron una miseria espantosa.

Por otra parte, la naturaleza de los rencores era distinta. En las localidades pequeñas los odios eran vecinales, entre personas que se conocían de toda la vida. Desgraciadamente, muchos utilizaron rencillas del pasado o envidias para delatar a otros y provocar su encarcelamiento. Existía un juego muy sucio de delación para medrar o para salvar la propia piel a costa de los demás.

P.– ¿Qué te aporta rescatar los detalles de la vida cotidiana que los libros oficiales de historia suelen pasar por alto?

R.– Para mí es fundamental. Cuando escribo me sumerjo tanto en la piel de los personajes que llego a llorar con ellos. Por otro lado, la labor de documentación directa me ayudó muchísimo. Tuve la oportunidad de conversar con personas muy ancianas, principalmente mujeres, que me abrieron sus recuerdos. Me contaban detalles cotidianos fascinantes, como las peripecias que hacían para burlar los controles con el estraperlo llevando apenas unos cuantos huevos escondidos, o cómo descosían minuciosamente los jerseys viejos para lavar la lana y tejer una prenda nueva para el hermano menor.

Esos testimonios me aportaron los elementos necesarios para construir una cotidianidad tangible. Me contaban, por ejemplo, que pasaban tanto frío que no dudaban en desmantelar un mueble o una silla para alimentar la lumbre, quedándose a veces con una única silla para la persona más anciana de la casa. Esas pequeñas vivencias te permiten recrear fielmente cómo intentaban que sus hijos no enfermaran en una época sin acceso a médicos ni medicinas, recurriendo a los remedios caseros que la vecina de enfrente les recomendaba para bajar la fiebre. Así era el día a día.

P.– ¿La escritura de estas novelas te ha servido para reconstruir el pasado familiar o más bien para reconciliarte con él desde otra perspectiva?

R.– Lo que realmente me ha aportado es la maravillosa sensación de mantener a mi familia cerca. Pienso que a menudo no somos conscientes del verdadero valor de nuestra historia hasta que nos topamos de frente con la realidad de los hechos. A través de estos libros he tenido a mis padres constantemente presentes en mis pensamientos.

Mi madre es siempre mi primera lectora y, además, es sumamente crítica; coge el lápiz y enseguida se pone a subrayar y a corregir. Ella misma me confiesa que a través de mis páginas está conociendo mejor a su propia madre. Lograr ese vínculo emocional y familiar es la mayor recompensa de este proceso.

P.– ¿Consideras que la sociedad actual sigue sin comprender el verdadero drama que implica tener que abandonarlo todo para empezar desde cero, a pesar de que lo vemos a diario en los medios?

R.– Sí, lamentablemente se cumple lo que advertía Bertolt Brecht: mientras el problema no llame a nuestra propia puerta, tendemos a mirar hacia otro lado. Vemos las tragedias ajenas como algo lejano y solo nos alarmamos cuando nos afecta directamente. Nos hemos vuelto una sociedad muy individualista. No podemos educar a las nuevas generaciones en una burbuja de cristal; es necesario forjar una fortaleza mental que nos permita afrontar las dificultades inherentes a la vida y, sobre todo, desarrollar la empatía para ponernos en el lugar del otro.

Antes existía una solidaridad de barrio muy hermosa que se ha ido perdiendo. Mi madre recordaba cómo se compartía un plato de comida con el vecino si se sabía que no tenía qué cenar. Hoy en día nos falta recuperar esa mirada colectiva.

P.– ¿Qué grandes lecciones te dejó tu primera novela que hayas podido aplicar en esta segunda, o qué errores decidiste no repetir?

R.– En realidad no pude aplicar el aprendizaje de la primera en esta porque Vientos de Ira ya estaba completamente escrita. Muchas gente se sorprende y me pregunta cómo he sido capaz de lanzar una novela de seiscientas páginas en tan solo un año, pero la realidad es que me llevó cuatro años de trabajo continuado. Escribí una historia detrás de la otra.

En aquel entonces no tenía ninguna expectativa de publicar ni de realizar esta entrevista; escribía por el puro placer de hacerlo. Tenía los personajes muy perfilados desde hacía años porque la escritura siempre ha sido mi gran pasión. El proceso posterior consistió en pulir el texto, realizar correcciones y eliminar ciertas subtramas o descripciones que, aunque a mí me servían como referencia interna para entender a los personajes, no aportaban dinamismo a la trama principal. El tiempo en la literatura es muy relativo; compaginar la escritura con la vida laboral te obliga a arañar momentos de soledad. Ahora que estoy jubilada disfruto de una libertad total, pero lo valioso no es el tiempo empleado, sino el rigor de la documentación y la honestidad de la historia.

P.– Tras haber buceado tan a fondo en las memorias de tu línea materna y paterna, ¿sientes que has cerrado un ciclo o albergas la sensación de que aún te queda alguna historia familiar por relatar?

R.– Siento con total certeza que he cerrado una etapa. He plasmado todo lo que necesitaba transmitir y he contado la historia exactamente como quería hacerlo. No han quedado cabos sueltos ni asignaturas pendientes; el relato ha quedado redondo y estoy muy satisfecha con el resultado.

P.– Una vez que la obra se publica, se inicia un diálogo con los lectores. A menudo ellos descubren matices, metáforas o interpretaciones en las que el propio autor no había reparado debido a la cercanía con el texto. ¿Te ha ayudado este intercambio a analizar el pasado o el presente desde una nueva óptica?

R.– Sí, por supuesto, el proceso de compartir la novela siempre se traduce en un aprendizaje continuo. Al contrastar datos e intercambiar impresiones con el público descubres matices nuevos. Durante la fase de documentación me topé con un detalle curioso: mi padre siempre aseguraba haber estado con su madre en un campo de concentración en Francia, pero los registros históricos oficiales indicaban que en los campos franceses se separaba estrictamente a los hombres de las mujeres y los niños.

Investigando más a fondo, descubrí testimonios que explicaban que, ante la avalancha masiva de exiliados españoles, las autoridades francesas se vieron completamente desbordadas al principio y hacinaron a miles de familias unidas en polideportivos, naves y refugios improvisados antes de trasladarlos a los campos definitivos. Ese hallazgo me permitió validar la memoria de mi padre y comprender que su recuerdo correspondía a esos primeros días de caos.

Este viaje literario me ha enseñado a valorar la inmensa gravedad que supuso la fractura de tantas vidas. Miles de familias quedaron destrozadas para siempre, ya fuera por los fallecimientos en el frente, por el exilio forzoso o por la dolorosa decisión de tener que dejar a los hijos atrás para salvarles la vida. Escribir te enseña, fundamentalmente, a identificar aquello que nunca debería repetirse.

P.– Una lección de vida imprescindible, a pesar del dolor que conlleva remover el pasado.

R.– Es un aprendizaje profundo. Aquella generación arrastró traumas psicológicos muy severos que, aunque intentaron ocultar mostrando una entereza admirable para no transmitir amargura a sus hijos, permanecieron latentes. Mi padre, en la etapa final de su vida y a causa de su enfermedad, regresaba constantemente a los recuerdos de su infancia. Cuando llegó al exilio siendo un niño no dominaba el idioma, y al regresar años después se encontró con barreras lingüísticas y culturales idénticas. Es inevitable preguntarse qué culpa tenían aquellos niños que se vieron forzados a cruzar los Pirineos entre la nieve. Sufrieron las consecuencias de una guerra que no era suya. Nos corresponde a nosotros mantener viva la memoria para aprender a proteger a la infancia frente a la intolerancia.