Detrás del mito de la «edad oscura», los castillos lejanos y la ignorancia generalizada, existió un medievo real, humano y sorprendentemente complejo que la historia oficial suele pasar por alto. A esa realidad nos traslada el historiador y divulgador Mikel Herrán en su libro Sobrevivir al medievo.
Lejos de los grandes nombres y las batallas épicas, Herrán propone en su obra un viaje antropológico en el que cruza la frontera del tiempo con la mirada del siglo XXI. Su objetivo es derribar los prejuicios que la modernidad ha construido sobre el pasado y rescatar las estrategias de supervivencia cotidiana de la gente común: desde los códigos de higiene rural hasta las redes comunitarias que sostenían a los más vulnerables. Una obra que desmonta los tópicos más arraigados y nos invita a mirar el presente a través de un espejo que demuestra que el progreso no es tan lineal como nos gusta creer.
P.-¿Por qué decides caminar por el medievo desde la perspectiva del siglo XXI?
R.- Lo que me atrajo son los tópicos que tenemos sobre la Edad Media. Viajar en el tiempo es un recurso muy manido que empezó Mark Twain con Un Yankee en la corte del Rey Arturo, donde el protagonista viaja al pasado y se escandaliza porque todo está sucio o lo queman por brujo. Esa idea ha llegado al cine actual; de hecho, mientras escribía el libro se estrenó una película española con esa misma premisa. Mi idea era plantear cómo sería ese viaje si ocurriese de verdad: qué escandalizaría realmente a una persona del siglo XXI y qué cosas le harían ver que el pasado no es como pensaba. Quería usar ese recurso de la ficción para aportar un estudio histórico y presentar una Edad Media mucho más rigurosa.
P.- ¿Por qué nos ha sido históricamente útil ese contrapunto negativo de la modernidad?
R.- El término «Edad Media» surge en la Edad Moderna y el Renacimiento. Los artistas recuperaban los valores estéticos de la antigua Roma y consideraban esos mil años intermedios como una época de pérdida, atraso e ignorancia. Justo en esos siglos se empieza a forjar el «mito del progreso». Hoy pensamos que cualquier tiempo pasado fue peor, pero históricamente la concepción habitual era la contraria: que en el pasado vivían los grandes héroes y nosotros éramos los mediocres. Construir una Edad Media tenebrosa sirve como relato optimista para ver lo lejos que hemos llegado, legitimar la modernidad y justificar que cualquier innovación es mejor. Obviamente, este relato también se ha usado para camuflar brutalidades y conquistas bajo la excusa de llevar el avance de la civilización.
P.- Nos conviene imaginarnos que el pasado fue inferior. No digo mejor ni peor, sino inferior.
R.- Claro, porque si el pasado es inferior, toda nuestra obra actual queda justificada y no hace falta mirar atrás. Pero la historia no es lineal, fluctúa. Hay cosas que empeoraron en la Edad Moderna: el estatus de muchas mujeres fue a peor, las horas de trabajo aumentaron respecto al medievo, y las grandes cazas de brujas —que la gente asocia con la Edad Media— son en realidad un fenómeno de la Edad Moderna, que es cuando la represión aumenta. Dependiendo de en qué te fijes, la sociedad mejora en unas cosas y empeora en otras.
P.- ¿Hasta qué punto esa mirada contemporánea ayuda a entender el pasado y dónde empieza a deformarlo?
R.- En historia solemos decir que cualquier historia es historia contemporánea, porque siempre miramos con los ojos del presente. Intentamos despojarnos de los sesgos, pero las fuentes históricas solo responden a las preguntas que nosotros les formulamos desde nuestro tiempo. Si ahora encontramos a mujeres en las fuentes no es porque antes no estuvieran, sino porque antes no se buscaban; los investigadores de hace ochenta años asumían que esos temas no interesaban. Al meterme yo como personaje en el libro hago guiños y referencias pop actuales porque creo que es importante. La historia que hacemos hoy está coloreada por nuestro tiempo y será distinta a la de dentro de veinte años. Ahora, por ejemplo, se investiga mucho la historia de las discapacidades, un tema que hace una década no interesaba. Vamos ampliando el espectro para entender a la gente que tradicionalmente hemos obviado.

P.- Existe la idea de que en el medievo la persona con una discapacidad física o mental era aislada o abandonada. ¿Fue así realmente?
R.- Hay de todo. Por los registros de los hospitales sabemos que el cuidado quedaba muy a cargo de la familia. Es verdad que para la gente con movilidad reducida no había sillas de ruedas y usaban unos apoyadores de madera en las manos para arrastrarse. Pero la arqueología también demuestra que había cuidados: tenemos restos óseos de personas con síndrome de Down que llegaron a una edad avanzada porque su comunidad las protegió. Incluso con los leprosos, a los que imaginamos totalmente marginados y bajo un tabú, encontramos registros de leproserías donde ellos mismos decían que vivían tranquilos, trabajaban en el hospital y bajaban a la playa; adaptaban sus vidas con la normalidad que se les permitía. No quiero decir que su vida fuera mejor que ahora, pero no se eliminaba o expulsaba a alguien por el hecho de presentar una debilidad.
P.- La Edad Media se recuerda siempre oscura y sucia, pero también tenían sus propios códigos de limpieza.
R.- Dependía mucho de la zona. En las ciudades había una cultura de baños públicos muy fuerte; estaban muy cuidados y eran una fuente de ingresos notable, lo que demuestra que la gente los usaba. Al no haber agua corriente en las casas las pautas eran distintas, pero existían. Encontramos kits de aseo personal con peines y cucharillas para limpiar la cera de los oídos. Hacia el final de la Edad Media la cultura de los baños públicos decae por motivos morales e higiénicos, pero sabemos que incluso en el campo la gente fabricaba su propio jabón en casa para lavar la ropa y asearse con un cubo y un paño húmedo. No era una ducha moderna, pero era un aseo.
P.- ¿Ese aseo respondía también a una necesidad cultural o religiosa de mantenerse limpio?
R.- En la cultura musulmana o judía la higiene tenía además un componente ritual y religioso a través de las abluciones para presentarse ante lo divino. Cada grupo tenía sus métodos según la tecnología disponible.
P.- Por lo tanto, son elementos que cambian por completo la idea preconcebida que tenemos de la época.
R.- Claro. Si viajáramos allí nos impactaría el olor, porque usaban jabones sin aromatizar y muchos perfumes o aceites de hierbas para estar presentables. Al baño público se iba una o dos veces por semana, ya que los días se dividían para separar a hombres, mujeres, cristianos y musulmanes. En el día a día se lavaban con paños. Nos resultaría chocante, pero existía una gran preocupación por la higiene y por cómo te percibía el resto de la sociedad.
P.- ¿Por qué cuesta tanto imaginar la Edad Media como un periodo de adaptación y avance tecnológico en lugar de una ruptura total?
R.- Existe la idea de que la antigua Roma era avanzadísima y que después se perdió todo el conocimiento. Esto viene de la mala interpretación del término historiográfico «edad oscura», que hoy ya no se usa. En realidad, ese concepto se refería solo a los siglos VII, VIII y IX por la escasez de registros escritos en Europa. Gran parte de lo que sabemos de la antigüedad clásica se salvó gracias al trabajo de los monjes copistas en los monasterios. El conocimiento escrito era carísimo en Europa porque se usaba pergamino en lugar de papiro, por lo que los libros se trataban casi como obras de arte ornamentadas. Mientras tanto, las bibliotecas de Bagdad o Egipto tenían miles de volúmenes más porque les era más fácil producir. Aún así, en Europa hubo un esfuerzo enorme por traducir y copiar a Aristóteles o Platón a través del mundo islámico. Además, en el medievo se desarrollaron tecnologías agrarias, industriales, textiles y arquitectónicas que en Roma ni se imaginaban, como los arbotantes de la arquitectura gótica o las vidrieras. Se valora que se perdiera la receta del cemento romano, pero se ignora todo lo que se inventó después.
P.- La oralidad fue clave para mantener esa cultura, aunque con el riesgo de no quedar por escrito y deformarse.
R.- Ese es el gran problema para aproximarnos a la vida de la mayoría de la población medieval. No dejaron registros escritos, sino materiales: sus huesos, sus casas y sus objetos. A través de lo material es muy difícil acceder a las mentalidades o a cómo pensaban. Los únicos registros escritos de ideología que conservamos pertenecen a las clases dominantes (nobles y alto clero), que reflejan una visión del mundo que probablemente no compartía el resto de la población.
P.- ¿Qué nos enseña el contacto con el mundo islámico y bizantino sobre la circulación de ese conocimiento?
R.- En los últimos siglos se ha insistido mucho en el concepto del «choque de civilizaciones» (cristianismo contra islam), pero en la península ibérica lo que hubo fue un contacto e intercambio constante. No era una convivencia pacífica, había momentos de gran tensión y violencia, pero coexistían y aprendían el uno del otro. Había matemáticos cristianos que viajaban a Córdoba para entrevistarse con sabios musulmanes y aprender álgebra —que es un término árabe—. Hubo un trasvase cultural en la vestimenta y en la gastronomía: si en España comemos huevos fritos es por la influencia de Al-Ándalus. En el mundo cristiano se freía con manteca de cerdo, algo que no se podía usar allí. Conservamos recetarios de filósofos árabes elogiando los huevos fritos en aceite. El conocimiento y la vida cotidiana son fruto de ese intercambio continuo.

P.- La peregrinación mezclaba fe, economía y necesidad. ¿Por qué es importante no reducirla a una sola motivación?
R.- A la Iglesia medieval le interesaba transmitir que los peregrinos viajaban movidos únicamente por motivos puros y espirituales, pero en cualquier acto humano se cruzan muchas circunstancias. Si reducimos la peregrinación a la religión, pensaríamos que era una sociedad de fanáticos, y no es así. Había devoción, porque en esa época no existía una separación clara entre lo sagrado y lo profano, pero también había motivaciones materiales. Existían los llamados «falsos peregrinos», que eran mercaderes que se hacían pasar por viajeros sagrados para hacer contrabando y evitar pagar las tasas de aduana y los peajes. También había delincuentes condenados por sus crímenes a los que se les daba a elegir entre ser azotados en la plaza pública o peregrinar a Santiago, y elegían el Camino. Entender esta variedad nos demuestra que no era una sociedad simple, sino un escenario con múltiples facetas y personas que pensaban de forma parecida a nosotros.
P.- En los caminos y las posadas también existía esa tensión entre la supervivencia y la moral.
R.- La gran afluencia generó toda una logística de albergues y hospitales. En aquella época, un hospital era una casa de hospedaje gestionada por la Iglesia donde los peregrinos tenían prioridad absoluta; si un habitante local se ponía enfermo en una zona del Camino, a menudo no le atendían porque las plazas estaban ocupadas por los viajeros.
P.- Pero ante la falta de plazas, muchos tenían que optar por el alojamiento privado.
R.- Claro, existía el equivalente medieval a un Airbnb. Fueros como el de Atapuerca regulaban que los campesinos pudieran dar hospedaje en sus casas privadas a los peregrinos durante una o dos noches. Y luego estaban las posadas comerciales, que tenían una fama terrible. Las leyendas del Camino hablan de taberneros que robaban a los peregrinos y de taberneras que los seducían; algunos cronistas las describían directamente como burdeles. Había de todo. De hecho, conservamos la guía de un viajero que al llegar a la zona vascona recopiló vocabulario útil en euskera: cómo pedir pan, vino o queso, y también cómo decir «moza, ¿quieres dormir conmigo esta noche?». El peregrino que buscaba una experiencia mística iba a los hospitales de la Iglesia, donde le obligaban a rezar, y el que no, terminaba en estas posadas que eran vistas como antros de perversión.
P.- ¿Qué aspectos de nuestra sociedad actual se entienden mejor desde la perspectiva de la experiencia medieval?
R.- Yo he aprendido a valorar mucho lo comunitario. En el medievo no había Seguridad Social ni sistemas estatales de protección. Si alguien llegado a la vejez no tenía hijos, se encomendaba a un vecino: este le cuidaba y a cambio recibía la casa en herencia. Los enfermos que no tenían familia eran atendidos por las cofradías de las ciudades. Hoy en día tenemos un acceso continuo a la información, pero ya no nos informamos hablando con el vecino; las relaciones han cambiado, sobre todo en las grandes urbes. Aunque los mecanismos estatales actuales son indispensables y hay que protegerlos, no deberíamos renunciar a los vínculos de barrio y vecindario que mantienen viva la idea de lo común.
P.- ¿Qué cambia en la comprensión del medievo cuando dejamos de ver a Al-Ándalus, los reinos cristianos y Sefarad como tres mundos totalmente separados?
R.- Nos ayuda a entender que el pasado era mucho más permeable. Existe la idea de que eran tres departamentos estancos y que, al expulsar a los judíos y a los moriscos, el territorio se purgó de esos elementos. Pero cultural y socialmente hemos heredado muchísimo de ellos: en el lenguaje, en la gastronomía y en la astronomía. En Al-Ándalus, muchos cristianos se arabizaron adoptando la lengua y las costumbres sin renunciar a su religión. Hay un testimonio de un viajero franco que se extrañó al visitar al obispo de Córdoba porque este no comía cerdo y estaba circuncidado, de forma similar a los coptos en Egipto.

P.- Esas costumbres no siguen las pautas habituales de un católico de la época.
R.- Por supuesto, porque compartiendo la misma religión las pautas culturales cambian. Y pasaba igual al otro lado de la frontera: los musulmanes adoptaban prendas del vestido cristiano, los cristianos iban a comprar a carnicerías musulmanas y hay registros de obispos que contrataban a músicos musulmanes o judíos para cantar en la misa de Navidad. Incluso en Córdoba los propios musulmanes celebraban la Navidad. Estos intersticios demuestran que las culturas no son bloques cerrados. La identidad de una persona la define el barrio donde crece y la gente de la que se rodea; ver el medievo así nos devuelve un pasado mucho más diverso y real.
