Pedro Simón: “Lo único que queda es seguir bailando hasta que nos apaguen los altavoces.”

“Vivir es convertir la mierda en abono.”

«Luisa abre los ojos en el suelo y el mundo sigue, pero ya no le pertenece del mismo modo. Muy cerca, Andrés sostiene el día con una ternura callada, como si todavía fuera posible retrasar lo inevitable. Y entre ambos, apenas unos metros bastan para que la vida se incline sin llegar a romperse, obligándolos a habitar un lugar distinto del que conocían…»

Pedro Simón es periodista y escritor, y una de las voces más reconocibles de la narrativa española actual. Su obra se ha construido alrededor de lo cotidiano, las relaciones familiares y la fragilidad de la vida diaria, con una atención constante a las emociones discretas y a los vínculos que sostienen —o desgastan— a las personas. En novelas como Los ingratos, Los incomprendidos o Los siguientes, ha ido trazando un universo narrativo centrado en el cuidado, la pérdida y el paso del tiempo.

Su escritura se caracteriza por una mezcla de contención y carga emocional, con especial atención a los detalles y a los gestos mínimos que revelan lo importante. En Lo inesperado, su última novela, ese mismo mundo se desplaza hacia la irrupción del azar y los giros vitales que alteran lo que parecía estable, manteniendo siempre el foco en cómo se sobrevive emocionalmente cuando lo previsto deja de sostenerse.

P.– Lo inesperado es una historia que duele, pero también es muy bella. ¿Qué lugar ocupa este sentimiento en la novela?

R.– No creo que el dolor nos haga mejores, pero sí que abre posibilidades emocionales, ventanas que descubren cosas de nosotros que ni conocíamos, relacionadas con la desnudez, la intemperie y con atreverte a saber que estás en un alféizar. Eso es lo único bueno del dolor. Todo lo demás me parece una mierda.

P.– Lo inesperado arranca con una escena muy dura protagonizada por Vera. ¿Buscabas que el lector entrara desde el primer momento en ese lugar sin protección donde la vida irrumpe de golpe?

R.– Me interesa que los libros nos den a luz, que nos alumbren. Hay mucho de embarazo en la escritura y, de alguna manera, empezar fuerte. El libro comienza con una sacudida, pero está contada a través de una niña, como un filtro para que eso nos abrase menos. Los niños en la gestión de los traumas son muy deslumbrantes porque gestionan todo esto mucho mejor, al menos en casos como la muerte de un abuelo. Vera es la versión nuestra sin estropear, porque es una niña, y por eso quería empezar con su voz. La primera voz de la novela es la de un niño y hay otra voz intercalada, la de Lucas, que va apareciendo también.

P.– En la novela planteas que la memoria llega antes que el significado y que el daño empieza ahí. Vera está creando memoria antes de poder entender lo que ocurre. ¿Te interesaba explorar ese desfase?

R.– No sabría muy bien qué contestar a eso. Sí creo que somos un montón de espejos rotos, como decía Borges, y eso tiene que ver con la memoria. Cuando hacemos inventario de lo inesperado, tendemos a pensar en lo malo, como si en la corchera del baño solo tuviéramos fotos de momentos negativos. Yo quería contar que la memoria también debería tener que ver con lo bueno, porque cada día nos pasan muchas más cosas inesperadas buenas que malas. Lo que ocurre es que pasamos por ahí sin reparar en una cerveza fría, en lo que te has reído con un amigo, en un niño que te conmueve o en una página de un libro que te ha fascinado. Lo damos por hecho y no somos conscientes. Como decía Jesús Montiel: tener delante un milagro y no verlo ocurre a diario. Esos son los milagros. Y creo que de eso habla Lo inesperado.

P.– Tengo una pregunta que me interpela, Pedro. Cuando alguien crece con la certeza de que todo puede romperse en cualquier momento, ¿qué tipo de adultez se construye desde ahí?

R.– Creo que, por delante de la tristeza y del enfado, está la sensación de miedo. Cuando te ha pasado algo, crees que algo malo puede volver a ocurrir. Tendemos a pensar que las cosas malas les pasan a otros, pero cuando te atraviesa, cambia. Es un aprendizaje muy duro que te pase algo así de pequeño, una herida de ese tipo. Los niños lo gestionan bien porque tienen más recorrido para deglutirlo, pero también te hace crecer de golpe. El miedo es un mal lugar. Hay un motor deslumbrante, que es el amor, y un motor paralizante, que es el miedo. Vivimos en épocas de mucho miedo.

P.– Vamos con otro personaje. Andrés pierde la función que organizaba su vida, el sentido de su día a día: cuidar. ¿Qué pasa cuando eso desaparece y tienes que rehacerte?

R.– Claro, y además hay un rol que te asigna la sociedad. Tu hoja de ruta es cumplir ese papel y tú eres eso: igual que una viuda debe comportarse como una viuda, un jubilado como un jubilado o un recién casado como un recién casado. Hay momentos en la vida en que uno se rebela contra esos papeles o se ve obligado a cambiarlos, a veces por azar, por una sacudida que te deja con la agenda vacía. Hay que saber manejarse ahí. Cuando tienes una pasión, estás a salvo. Puede ser cuidar a tu mujer; si eso desaparece, tienes que buscar otra, porque solo vuelves a estar a salvo con otra pasión. La novela habla también de esa rebelión contra los roles. En este caso, el de un hombre cuidador que, en una escena que a mí me conmovió mucho y que conocí, se desnuda, desnuda a su mujer y la ayuda a asearse en la ducha. Lo he vivido y me parece una forma de querer muy bonita. Con el tiempo, el amor no tiene que ser algo tórrido ni una escena de intensidad; puede ser quitarle a alguien un pelo del hombro. Esas formas de querer me conmueven, me siguen diciendo cosas.

P.– ¿Tiene que ver también con cómo miramos y cómo nos relacionamos en lo cotidiano, incluso en gestos muy simples, esa falta de conexión que a veces se produce?

R.– Eso es. Me lo contaba una amiga mía, médica rural en pueblos de Zamora. Me decía que, cuando atendía a un paciente, le miraba a los ojos, no como muchas veces ocurre, que se está mirando la pantalla mientras el otro habla. Y también intentaba romper esa barrera no llevando bata. Me parece que esas tres cosas —no ponerte la coraza, conectar y no escribir mientras el otro se comunica contigo— son muy ejemplares. Se llama Cristina, es una médica estupenda, muy joven, médico de familia en un pueblo de Zamora, Santibáñez de Vidriales.

P.– Hablas de una especie de presión social constante, de tener que encajar en lo que se espera de ti. ¿Es una forma de violencia silenciosa que te impide ser uno mismo?

R.– Sí, y esto me lleva a hablar del qué dirán. Siempre hablamos del qué dirán como algo ligado al medio rural o a otras épocas, como si fuera algo de los pueblos en los años 70. Pero yo veo mucho más pendiente del qué dirán a chavales de 16, 17, 18 años por un like, un dedo para arriba o para abajo, por si te han dejado en leído, que a gente de 70 y tantos, que está de vuelta de todo, desambicionada, y que, con perdón, se la trae floja lo que piensen de ellos. Ahí veo a gente más libérrima, más rebelde, más punky, más ejemplar. Creo que esos dos mundos están en la novela: Andrés, un sexagenario largo, y Luisa, también sexagenaria, que decide amar de nuevo.

P.– En ese contexto, Luisa decide amar otra vez, incluso cuando “no toca”. ¿Qué representa amar en ese momento de la vida?

R.– Creo que lo contrario de la muerte no es la vida, sino la pasión. Si tienes una pasión, estás a salvo. Conocemos a gente que está muerta en vida, que respira, camina, duerme, pero que no tiene ninguna pasión. En cambio, cuando alguien es apasionado, tiene una vida al cubo. La pasión puede ser leer, escribir, hacer un programa de radio, tejer, pintar al óleo… Están cayendo bombas en la ciudad, pero tienes tu búnker. ¿Cuántas veces nos han salvado los libros de nosotros mismos? La pasión también puede ser el otro, los otros, o incluso algo inesperado, como ese euromillón que creías que no te iba a tocar y te toca cuando ya no juegas. Las pasiones nos salvan y nos redimen. Como en el poema de Cocteau: mi casa se estaba quemando y solo podía salvar una cosa; decidí salvar el fuego. Ahora no tengo casa donde vivir, pero el fuego vive en mí.

P.– “Salvar el fuego” frente a “salvar la casa”. ¿Qué significa esa oposición en la novela?

R.– Salvar la casa es salvar lo establecido, el qué dirán, tu hoja de ruta, el papel que te han dado sin salirte de ahí. Pero salvar el fuego es decir: ahí os quedáis. Es salvar lo que te quema, lo que te hipnotiza, lo que te calienta, lo que te transforma. Creo que este libro habla, de alguna manera, de salvar el fuego.

P.– Lucas no solo observa, también interpreta lo que los adultos no dicen. Un niño detecta la compasión, la diferencia, las miradas. ¿Cuándo deja de sentirse uno “uno más” y empieza a construirse desde esa grieta?

R.– Como decía Leonard Cohen, siempre tiene que haber una grieta para que entre la luz. Creo que crecemos a estirones. Cuando ves llorar a tu padre o a tu madre sin que haya pasado una tragedia evidente, eso te genera miedo, pero te hace crecer de golpe. Entrar en casa, ver a tu madre llorando y preguntar si alguien ha muerto, y que te digan que no, pero ver que está llorando, es un escalofrío grande. Creo que las cosas malas también nos hacen crecer. Eso le pasa a Lucas. Tiene una voz luminosa al principio, pero a medida que avanza la novela va madurando. Vivir es expresar lo que te pasa. Una vez una persona que se quedó tetrapléjica esquiando me dijo que vivir es convertir la mierda en abono. Y Lucas aprende precisamente eso: que vivir también es saber gestionar lo que te golpea.

P.– Dices que hay una generación “sándwich”: gente que todavía está en proceso de ser hijo y ya es padre. ¿Qué tensión define esa etapa?

R.– Es la generación sándwich, los que están en el medio siempre. El verbo clave ahí es desambicionar. En la edad adulta nos pasamos la vida ambicionando: reconocimiento, éxito, amor, cosas, una casa en la playa, otro coche… y eso es como llevar una mochila llena de piedras. Pero es muy interesante ver cómo los mayores van desambicionando, cómo sueltan peso. Y también cómo se relacionan con sus nietos, que aún no han empezado a ambicionar. Por eso hay una conexión tan bonita entre un abuelo de 70 y un nieto de 5: uno desambiciona y el otro todavía no ha empezado. En medio está la generación sándwich, el padre o la madre, esa “tostada quemada” como dice Lola, que no llega a nada porque está en medio de todo.

P.– «Desambicionar” como una forma de liberación. Pero, ¿cómo se distingue eso de renunciar a la pasión por algo? ¿Dónde está el límite?

R.– La palabra ambicionar la relaciono más con el éxito, con lo material. Si ambicionar tiene que ver con el éxito, desambicionar tiene que ver con las pasiones. Porque el motor es la pasión, no el éxito ni lo material, sino lo espiritual.

P.– Planteas que lo inesperado simplemente ocurre, sin un sentido previo. ¿Te interesa desmontar la idea de que las cosas tienen una justicia o un significado detrás?

R.– Yo creo en el azar. No creo que las cosas ocurran porque haya un dios que te vaya a juzgar o condenar. No creo en el karma ni en un destino. Solo creo en el azar. El paso del tiempo me acerca a la muerte y, como no soy creyente, creo que lo único que existe es el vacío. Eso hace que mi forma de ver la vida sea distinta a la de alguien con fe, que la mira con más serenidad o esperanza. Pero esto no se elige. A partir de ahí, todo lo que sucede tiene que ver con la casualidad. Creemos que nunca nos va a caer una maceta en la cabeza, pero a veces cae. Y entonces uno se pregunta por qué, pero también podría preguntarse por qué no. Con los años hay más cosas malas que gestionar, pero también más posibilidades de cosas buenas, incluso de que te toque el euromillón aunque no juegues.

P.– Si no hay control real sobre lo que ocurre, ¿qué queda? ¿Cómo se decide vivir entonces lo que te toca?

R.– Hay un “sálvese quien pueda” muy alimentado por esta gerontocracia líquida. Creo que el fin del mundo empieza cuando nos asomamos al móvil en vez de a la ventana cada mañana. Y conviene revisarlo. Debemos solemnizar más el nosotros y menos el yo, ese ensimismamiento constante, esa mirada al ombligo. Eso me parece una mala mandanga, como diría mi abuela. En cambio, solemnizar el nosotros tiene que ver con la empatía, con la capacidad de ponerte en el lugar del otro, con la lectura, con la democracia, con el progreso civilizatorio. Todo parece conspirar para que olvidemos eso. Y quizá una de las últimas defensas que quedan sea la lectura. Leer y conocer, que es lo mismo.

P.– Cuando alguien sigue hablando con quien ya no está, repite gestos o habita espacios que antes compartía, ¿eso es resistencia o incapacidad de soltar?

R.– Tengo un amigo poeta, Santiago Gómez Valverde, que tiene un verso maravilloso: “hoy me duele la mirada que ocupa el espacio de ausencia”. Qué bonito, ¿verdad? Creo que lo que no está sigue estando muy presente, pero conviene dejarlo ir, incluso empujarlo, porque si no esa presencia, que tenía que ver con el amor, puede convertirse en un pacto. Y los fantasmas no son buenos, ni siquiera esos más amables que imaginamos, tan blancos y tan sensibles. Creo que la vida está ahí fuera, no en la memoria. La memoria funciona como un trampantojo bastante neurótico.

P.– ¿Te interesaba más mostrar la continuidad de la vida o la dificultad de sostenerla cuando todo cambia?

R.– Las dos cosas. La novela no solo habla de saber estar, sino también de aprender a quedarse. Como siempre, hay gente mayor haciendo cosas muy grandes. Yo he tenido siempre a gente mayor alrededor que ha hecho cosas muy grandes. Sin ir más lejos, mi abuela Isabel, que no pudo estudiar, pero me enseñó a amar los libros. Creo que escribo novelas por ella, que era la única clienta del bibliobús en San Marcial del Vino. Iba con su cadera maltrecha al bibliobús.

P.– ¿Qué libros leía?

R.–Leía las Selecciones del Reader’s Digest, del Círculo de Lectores, grandes autores rusos, libros con olor a humedad, junto a la chimenea, mientras hervía una olla al fuego. Es una imagen que puedes ver perfectamente. Por eso la gente joven siempre me parece tan inspirada, porque pienso en mi abuela.

P.– ¿Escribes el pasado desde el presente?

R.– Sí, es probable. Ya lo he comentado alguna vez. Me pesa mucho el “trastero”, que es como un cementerio de instantes, cosas que ya no puedes volver a hacer. A veces el pasado funciona como las cadenas de un fantasma, que te cuesta moverte. Esta novela también habla de eso: de saber perder, de dejar de hacer cosas que antes podías hacer, pero también de encontrar la pepita de oro cuando creías que ya no te iba a tocar.

P.– Cuando tienes que aceptar que ya no puedes hacer ciertas cosas, pero sigues luchando por las que sí, sin quedarte “aparcado”, ya sea tras una pérdida o después de haber vivido volcado en cuidar a alguien, ¿ese proceso depende del paso del tiempo, de la asimilación interna o de ambos?

R.– Yo creo que necesitas valentía, necesitas rebeldía y necesitas un entorno sano, ¿no? Pero sí que creo que si hay una frase que es cierta, una frase común que es cierta, es la de que el tiempo lo cura todo. Y si no lo cura todo, lo cura casi todo. Cura el 95 % del asunto. Y lo que te dice el tiempo es que volverás a ser feliz. Lo que te dice el tiempo es que te volverás a tomar el gin-tonic sin culpa. Celebrarás cada día y dirás “qué agustito estoy aquí”, a pesar de que vengas del infierno. Yo esto lo he vivido con gente delante que ha tenido todo tipo de adicciones, con gente que ha perdido a sus hijos, con procesos dolorosísimos, con violencias sexuales, con gente que ha vivido en la calle y ahora está en otro lugar. Esto que muchas veces se nos olvida: la capacidad de salir adelante. La necesidad de salir. No hay otra más que seguir viviendo.

P.– En ese intercambio constante cuando alguien te cuenta su vida, ¿qué es lo que tú crees que realmente ocurre? Porque aunque no seamos conscientes, siempre hay algo que se da y algo que se recibe.

R.– Yo no sé lo que doy. Yo sé lo que recibo. Creo que la gente agradece que la escuchen. Casi siempre lo que hacemos son monólogos a dos voces. Uno cuenta algo, el otro lo enlaza con lo suyo, y así seguimos. No es realmente conversación, es compartir monólogos. Por eso la gente agradece muchísimo cuando alguien se sienta y escucha de verdad. Agradece cuando hay un reportero que funciona casi como un psicólogo, que se interesa de verdad. Y después, cuando te han escuchado así, tú también quieres saber más del otro. Esto pasa siempre cuando alguien te escucha de forma auténtica. Es profundamente humano, pero ahora vivimos en otra era.

P.– Para terminar, ¿por qué Lo inesperado?

R.– Estuve a punto de titularla Los inesperados, en plural, pero me gustaba más Lo inesperado. Hay varios acontecimientos inesperados en la novela, bastantes de hecho. Lo inesperado, lo imprevisto, lo casual, lo que no está en la hoja de ruta. Pero también como oportunidad. Quiero que el lector se quede con eso: que lo inesperado no sea solo una crisis, sino también una oportunidad.

P.– Es como qué queda después del cierre.

R.– Claro. Lo único que queda es seguir bailando hasta que nos apaguen los altavoces. Es lo que hacíamos de niños: seguir bailando.