Susana Vidal: «La lectura en la tabaquería generaba miedo a los poderes; una comunidad que empieza a pensar junta era peligrosa.»

«Alguien que deja su país al final tiene una lucha interna entre el país que dejas y en el que estás viviendo.»

Un viaje que empieza huyendo del calor de Madrid y termina entre el aroma a tabaco, mafias y revoluciones de La Habana de principios del siglo XX. Así es como Susana Vidal empezó a tejer El lector de la tabaquería (Grijalbo), su primera novela. A través de la historia de Ramón, un joven que abandona Asturias dejando atrás un amor imposible y un futuro roto, la autora madrileña rescata un oficio real, tan fascinante como peligroso: el de los hombres que prestaban su voz en las fábricas para educar a los obreros y, de paso, hacer temblar a los poderosos. Una historia descarnada sobre el desarraigo, el peso de la identidad y esas raíces que, por mucho que cruces el océano, siempre te terminan alcanzando.

P.- Desconocía por completo la exitencia del lector de tabaquería, que leía a los trabajadores mientras estos hacían su labor.

R.- Es un rol que yo tampoco conocía, lo descubrí de manera casual. Cuando se me metió en la cabeza la idea de la emigración asturiana, empecé a investigar y di con un señor cubano muy majo que me abrió las puertas digitales. Teníamos videollamadas y pronunció esta palabra por primera vez. Cuando lo escuché, el puzzle de ideas que tenía se unió alrededor de esta figura. Me pareció preciosa, literaria y, además, todo lo que hacía por los trabajadores les daba conocimiento y les abría las puertas a un mundo. La mayoría eran personas que no sabían leer ni escribir, y de repente tener un compañero que les leía grandes novelas o incluso artículos de periódico les daba innovación. Era una figura a principios del siglo XX un poco controvertida porque generaba miedo a los poderes; una comunidad que empieza a pensar junta es peligrosa.

P.- ¿Cómo se elegían esas lecturas?

R.- Era de manera bastante casual, no había un patrón por lo que yo investigué. Se leían las novelas de la época y artículos de periódico, que eso también les interesaba para estar al tanto de lo que pasaba. En el libro yo he jugado con una novela muy bonita de Dumas, porque también leían a grandes novelistas decimonónicos.

P.- ¿Tú crees que a los que estaban escuchando les interesaba más lo que se leía o lo que esa lectura producía en ellos? Aunque hubiera que tener mucho cuidado porque la lectura mueve masas, no sé qué despertaba más interés.

R.- Yo creo que ambas, pero la novela refleja más lo que despertaba en los trabajadores. Me parecía más bonito jugar con las emociones porque el trabajo en esas tabaqueras era duro y pasaban muchas horas. Hay alguna escena en la que le dicen al protagonista que gracias a él viajan, que él les da alas. Me parecía más bonito jugar con esa vertiente.

P.- La novela nace de un cruce entre Asturias y La Habana. ¿Qué imagen concreta te abrió esta puerta narrativa? No sé si la partida o la llegada.

R.- La partida al principio. Me compré una casa pequeña en Asturias para huir del calor de Madrid y fue ahí donde surgió la idea al hablar con las personas del pueblo. Me contaban muchísimas historias de sus tatarabuelos o bisabuelos: migrantes asturianos, gallegos, catalanes… Empezó en la partida y luego quise jugar con Asturias y La Habana casi como si fueran un personaje. En el libro se habla mucho del clima y de los olores para transportar al lector y jugar con estos dos mundos que eran tan diferentes.

P.- Ramón, uno de los personajes, abandona un amor y una vida en Asturias. ¿Te interesaba más la decisión de irse o la de romper de forma irreversible, porque marcharse a Cuba era romper con todo lo que tenía?

R.- Lo que quería era reflejar la historia del emigrante no desde un punto de vista épico, como muchas veces contamos hazañas, sino intentar meterme en la piel del protagonista; cómo sufrió y todos los obstáculos por los que pasa este pobre hombre. A través de él, aparte de que hay una historia de amor, quería hacer un poquito de denuncia sobre cómo eran las diferencias de clases en aquella época, que era bastante obvio que existían. Quería contar las historias de los migrantes más desde el punto de vista emocional: cómo vivían ellos el desarraigo.

P.- ¿Ese desarraigo tú crees que no se cura nunca del todo, sobre todo en historias como estas?

R.- Creo que alguien que emigra siempre va a sufrir el desarraigo. Además, intenté tocar estos temas de desarraigo y de identidad porque alguien que deja su país —y yo lo tengo muy cerca porque mi marido no es español— al final tiene una lucha interna entre el país que dejas y en el que estás viviendo. Es difícil el tema de la identidad, de dónde es uno y quién eres. En el libro juego con una frase que le dice su padre: «las raíces te alcanzan». Independientemente de que uno lleve muchos años en otro país, creo que al final hay un tema de raíz que te tira y te mueve. Yo creo que siempre.

P.- Entre Clara y Ramón hay claras diferencias sociales. ¿Hasta qué punto tu novela dialoga con decisiones personales y hasta qué punto con estructuras propias de la clase social?

R.- Lo utilicé porque, aunque el tema de dos jóvenes de diferentes clases sociales que se enamoran pueda sonar a cliché, a mí me sirvió mucho como hilo emocional. Es el motor para este personaje joven. Además de lo que pasó en España en aquella época —que he intentado contarlo, cómo perdió las colonias y sufrió esa decadencia y esa sensación triste—, en Ramón el tema de la clase social influye mucho. Él es una persona muy inteligente y se da cuenta de las cartas que le han tocado al haber nacido en una familia humilde, y ese es su motor. Mucha gente me pregunta si es una novela muy de amor. Yo creo que no; sí que hay amor, porque en la vida hay amor y tiene que haberlo, y eso le mueve a él y es uno de los factores determinantes para dejar su país. Pero no creo que sea el centro. Para mí el centro es la cultura: lo que te aporta el conocimiento y la formación cuando él llega a ser lector de tabaquería.

P.- ¿Qué dirías que pesa más en esta historia: el amor o la imposibilidad de sostenerlo durante el tiempo?

R.- La imposibilidad de sostenerlo; quise tratarlo de manera real. Siempre oyes en literatura hablar del tema de la «verdad». Yo, como autora novel, cuando lo oía decía: «¿pero esto qué es, a qué se refiere?». Cuando empecé a escribir me di cuenta de que tenía que hablar de este amor de manera real. Es irreal que dos jóvenes se separen por un océano a esas edades y que eso se mantenga en el tiempo; es complicado. Quise reflejar eso. Hablar de amor cuando ellos se conocen siendo tan jóvenes me resultó bastante difícil para no sonar ñoña pero tampoco fría. Intentar tener un buen balance a nivel de sentimientos me costó escribir y reescribir; había que volver otra vez a esa edad para recuperar el tono.

P.- También te interesaba que ninguno de los dos personajes tuviera un control real sobre su destino.

R.- Me interesaba parcialmente. Al principio del libro jugué con un epígrafe de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, que dice algo así como que tu determinación será la que defina tu destino. Yo creo más en esto y quise reflejarlo con Ramón: una persona luchadora, con mucha determinación. Quizá como hoy en día el tema de la meritocracia es tan complicado, quise que en el libro fuera una persona que va consiguiendo las cosas y sorteando obstáculos por su trabajo, por su tesón y por su honestidad, que es un valor que por desgracia hoy en día se está perdiendo. Quise reflejar cosas en las que yo creo y dialogué con estos epígrafes de escritores decimonónicos como un juego. También utilicé un poco la estructura del folletín; no es que sea un melodrama, pero jugué con eso.

P.- ¿Qué Cuba querías mostrar?

R.- Lo primero que quería mostrar era el contraste entre lo que una persona que deja su país tiene en la cabeza y lo que se encuentra. En aquella época La Habana era una ciudad cosmopolita, mucho más avanzada que la ciudad o el pueblo que deja Ramón. Él llega a una Habana complicada, llena de intriga y con mucho misterio, pero también magnética. Hablo por ejemplo del barrio de San Isidro, que por aquel entonces era un barrio donde había muchas mafias. Quería reflejar sobre todo ese contraste.

P.- ¿Dirías que era una Habana convulsa y contradictoria?

R.- Totalmente. Era una Habana convulsa donde por un lado había oportunidades para los trabajadores para empezar de cero, pero por otro lado te podía atrapar una Habana más negra y más oscura.

P.- ¿Cómo se construye un personaje que trabaja dentro de una estructura laboral tan dura sin reducirlo a una condición de víctima o de superviviente?

R.- Es difícil porque puedes caer en el maniqueísmo de hacerlo muy víctima. Al final es una persona que, como dije al principio, va sorteando obstáculos y superando adversidades, y con eso en algún momento la balanza puede ir hacia un lado o hacia el otro.

P.- ¿Qué te interesaba del mundo del tabaco como símbolo económico, social y cultural?

R.- Al margen de lo económico, lo que quería reflejar era primero la artesanía. El cómo se trata la hoja me parecía un proceso evocador. A veces lo comparo con el trabajo de escribir, porque es como vas puliendo; es de los pocos oficios que quedan hoy en día que siguen siendo tan artesanales. Me atraían mucho todas sus funciones: la despalilladora, el que sube los cujes (que eran las barras para secar las hojas)… Jugué con las metáforas del tabaco y del mar. Y luego, a través de esa industria, también quise poner de relieve las injusticias sociales. Pinar del Río es una zona donde están las mejores vegas de tabaco del mundo, y el pobre veguero, que es el señor que tiene esas tierras, muchas veces no vivía en buenas condiciones. Es una industria en la que casi siempre ganan los fuertes. A Pinar del Río la llamaban «la cenicienta» por esa contradicción: estaba llena de campos que daban mucho dinero, pero la gente que trabajaba allí, incluso los propietarios, eran muy pobres. Me pareció una manera de contar cómo se vivía y mostrar esas diferencias.

P.- La novela trabaja mucho esa distancia temporal entre lo vivido y lo recordado. ¿Qué cambia en un personaje cuando empieza a recordar desde lejos?

R.- Eso me interesaba mucho. El protagonista tiene un arco de transformación grande; deja su pueblo cuando es adolescente y luego le vemos en la madurez. Ahí intenté dialogar con un epígrafe de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que viene a decir que cuando llegas a la madurez es cuando tienes muchos remordimientos y te das cuenta de cómo eres tú mismo. Quise que ese epígrafe dialogara con el Ramón maduro que empieza a plantearse preguntas de todo lo que ha vivido y de las decisiones que ha tomado. Creo que es como la vida misma: cuando uno va madurando es cuando te das cuenta de cómo eres, si has cometido errores o no, y te haces preguntas sobre ti mismo.

P.- Preguntas como, después de escribir esta historia, ¿qué permanece? ¿Los personajes, la época o una idea diferente a la que tenías?

R.- Cuando terminé la novela me quedé con un sentimiento un poco agridulce, la verdad. Como es mi primera novela, estuve dos años muy intensos entre la búsqueda de documentación y la escritura. Por un lado estás feliz porque es mucho trabajo y dices: «por fin lo he cerrado, paso página». Pero por otro lado te queda un pozo dentro porque has estado con ellos mucho tiempo. Creo que el escritor tiene que tener un punto de obsesión para no abandonar la historia porque requiere mucha energía. En mi caso, yo estuve muy obsesionada; mi familia, los pobres, estaban hartos de mí porque siempre hablaba del libro. Hacía cosas cotidianas como hacer la compra o ir con los perros, pero la cabeza siempre estaba allí. Cuando eso ya no está, es una sensación extraña, te quedas como huérfano. Lo que más he echado de menos es a los personajes. Creo que es una novela de personajes y hay bastante diálogo. Quería ambientarla bien porque es una novela histórica y buscaba que el lector viajara conmigo y con ellos, pero sobre todo con sus sentimientos. Si al cerrar el libro el lector se queda con la parte más emocional, yo estoy feliz.

P.- Eso es lo que te queda, ¿pero qué te llevó a dar el paso? Porque es tu primer libro. ¿En qué momento dijiste «voy a escribir un libro»?

R.- Yo empecé con unos cursos de escritura creativa como hobby. Empecé con microrrelatos y se me daba fatal; me di cuenta de que eso no era lo mío y que prefería algo con más espacio. Así empecé poco a poco porque esta idea me obsesionó. Siempre pensé que para ser escritor tenías que estar dotado de una varita mágica, o eso que siempre se dice de que te bajaran las musas. Pero cuando empecé los cursos me di cuenta de que tenía mucho de oficio, mucho de trabajo y de tesón. Quizá el miedo de decir «no voy a ser capaz» uno siempre lo tiene, pero los cursos, más que conocimiento técnico, lo que hicieron fue quitarme el miedo y hacerme ver que por lo menos podía intentarlo.