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Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Estrella Alonso: «Solo cuando cruzamos la verja entendemos lo que había al otro lado.»

Estrella Alonso: Memoria, identidad, silencios familiares y memoria histórica en una conversación sobre todo aquello que sigue viviendo dentro de las familias.

Madrid se despliega como un laberinto de luces y sombras y, en sus calles, Begoña aprende que crecer no consiste solo en avanzar, sino también en mirar hacia atrás con los ojos abiertos. Cada silencio familiar pesa como una losa; cada recuerdo incompleto duele y fascina a la vez y la memoria se convierte en un territorio que hay que atravesar con cuidado. Entre fantasmas que regresan y verdades que permanecen ocultas, narrar acaba siendo una forma de existir: decidir qué historia merece ser contada y qué parte de uno mismo puede sostenerse en pie.

Con La verja roja, Estrella Alonso debuta en la novela tras una trayectoria ligada al teatro, la escritura y la divulgación literaria. En su primera ficción convierte la búsqueda de los orígenes en una reflexión sobre la memoria, los silencios familiares y las historias que heredamos sin haberlas vivido. Hablamos con ella sobre identidad, la responsabilidad de contar la vida de los demás y la necesidad de mirar al pasado para comprender quiénes somos.

«Callar también fue una forma de sobrevivir.»

P. Si hay un elemento que atraviesa toda La verja roja, es el silencio familiar. Y, sin embargo, la novela plantea que no siempre nace de la cobardía, sino que a veces es una forma de supervivencia.

R. Sí, creo que ese es uno de los grandes ejes de la novela. Y no siempre el silencio nace de la cobardía; muchas veces es una forma de supervivencia.

Eso lo dice muy bien la tía Marisol. Begoña tiene dos abuelas —en realidad, una abuela y una tía abuela—, pero como siempre van juntas, para ella son simplemente las abuelas. En un momento de la novela dice que «el pasado unos se lo inventan para fardar y otros para tirar para adelante». Creo que con el silencio ocurre exactamente lo mismo. Hay momentos en los que callar es la única herramienta que tiene una persona para conseguir levantarse cada día.

«Nadie puede construir su identidad sobre un vacío.»

P. Begoña siente que no puede tocar el suelo mientras no conozca su historia. ¿Hasta qué punto necesitamos conocer nuestro pasado para saber quiénes somos?

R. Creo que eso no solo le ocurre a Begoña, sino a todos. Por eso es tan importante hacer un trabajo de memoria, tanto de la nuestra, de nuestras raíces, como de la memoria colectiva. Si no conocemos lo que ha pasado, es muy difícil saber quiénes somos.

Eso es precisamente lo que le sucede a ella. No consigue encontrarse porque le falta una parte de su historia. Necesitamos un relato familiar para construir nuestra propia identidad. Sin él es muy difícil hacerlo.

Y no hablo solo de la familia. También necesitamos un relato colectivo, porque no vivimos en una burbuja con nuestros apellidos; formamos parte de una historia mucho más amplia.


«Lo más difícil no es encontrar respuestas; es no saber qué preguntas hacer.»

P. ¿Crees que las nuevas generaciones están reclamando un pasado que, en muchos casos, sus mayores nunca estuvieron preparados para contar?

R. Creo que hay tantas formas de afrontar el pasado como abuelas y abuelos existen. En la novela, las abuelas de Begoña no quieren hablar. Las mías, en cambio, siempre han disfrutado contando historias y por eso les doy las gracias al final del libro.

Sé que hay muchas familias que sienten esa necesidad de transmitir un legado que no sea solo material, sino también hecho de recuerdos. El problema aparece cuando ni siquiera podemos imaginar que hay algo que desconocemos. Si no sabes lo que ignoras, tampoco puedes preguntarlo.

A veces sientes que falta algo, sospechas que hay un vacío o simplemente te preguntas por qué una persona es como es, pero no sabes qué pregunta hacer para llegar a esa respuesta.


«Hablar podía significar no volver a ver a tus hijos.»

P. Sin embargo, muchas personas de esa generación aprendieron que callar era la única manera de seguir adelante.

R. Claro. Vivieron con un miedo enorme a las represalias. Muchas familias no podían contar nada porque, en cualquier momento, podían aparecer unos policías de paisano en su casa y llevarse a alguien.

Mis abuelas todavía hoy me dicen que no me signifique. Y ese consejo nace de una experiencia muy concreta. Ellas vivieron una época en la que expresar determinadas ideas podía significar no volver a ver a tus hijos. Ese era el nivel de miedo con el que aprendieron a vivir.

«Los fantasmas familiares solo desaparecen cuando alguien se atreve a nombrarlos.»

P. La madre de Begoña no aparece como un consuelo, sino como el síntoma de un duelo que nunca llegó a cerrarse. ¿Te interesaba explorar esa forma de ausencia?

R. Me alegra mucho que se lea así, porque esa era precisamente la intención. La madre de Begoña es un fantasma en el sentido más literal, uno de esos fantasmas familiares que no conseguimos dejar atrás. Y, como ocurre en las historias de fantasmas, permanece porque hay algo que todavía no se ha resuelto. Hasta que ese fantasma no se vaya, Begoña no podrá avanzar ni aterrizar.


«Crecer también consiste en aceptar que no todas las respuestas son extraordinarias.»

P. Da la sensación de que la novela plantea que crecer también consiste en aceptar que no todas las despedidas pueden completarse.

R. Sí. Hay algo que a mí me tranquiliza y me ayuda a hacer las paces con la realidad, y es descubrir que las respuestas no siempre son esa fórmula dorada, ese gran secreto de telenovela o de novela de aventuras. A veces la gente ha tenido vidas más sencillas o simplemente más tristes, y también está bien aceptarlo.

Eso es lo que le ocurre a Begoña con su abuela y con su familia. Ella busca una explicación quizá mucho más truculenta. Lo mismo sucede con la historia de Eleuterio. Piensa que va a encontrarse una aventura de pistoleros y, en realidad, descubre la vida de un hombre que pasó muchas penurias y mucho tiempo en la cárcel.


«Contar la vida de otro también es una responsabilidad.»

P. Ya que mencionas a Eleuterio, ¿cómo llegas a un personaje que acaba convirtiéndose también en un debate sobre la ética de contar la vida de los demás?

R. La historia de Eleuterio siempre me ha fascinado. Me parece una representación muy real de cómo construimos personajes a partir de personas y utilizamos sus historias para aquello que nos interesa contar.

Antes de escribir la novela hice una obra de teatro que fue su germen y que hablaba precisamente de Eleuterio. Al principio la planteé como una historia de aventuras, con muchos efectos, hasta que poco a poco me di cuenta de que estaba siendo casi tan sensacionalista como el propio caso. Entonces cambié el enfoque y empecé a hacerme preguntas sobre la ética de contar las historias de otros.

Pero, además, Eleuterio me parece fascinante por su capacidad de resistencia. Hoy es un hombre muy mayor que vive tranquilamente en su casa, pero nunca dejó que las adversidades, por enormes que fueran, lo derrotaran. Nunca se rindió.

Y hay un detalle que me encanta. Descubrí que Eleuterio viene del griego y significa «hombre libre». Cuando lo vi pensé: esto no puede ser casualidad.


«Ni santo ni bandido: solo un superviviente.»

P. Me contabas antes de empezar que has podido hablar con él. ¿Sabe que has escrito esta novela?

R. Sí. Le he dicho que quiero mandársela. Hace un par de días se lo comenté, así que todavía estoy esperando respuesta.

Ya habíamos hablado cuando hice la obra de teatro. Al principio no le gustó demasiado, pero después le envié el texto y seguimos escribiéndonos. Yo le decía que, en la novela, intentaba no convertirlo en un santo, aunque a veces se me fuera un poco hacia «San Eleuterio». Y él me respondió que ni santo ni bandido, que simplemente era un superviviente. A partir de ahí la relación fue mucho más cercana. Incluso me dijo que lo tuteara y me llama «cielito».

«Contar una historia también obliga a preguntarse desde dónde se cuenta.»

P. En el fondo, el libro deja una pregunta muy poderosa: ¿quién tiene derecho a contar la vida de otra persona?

R. No sé si es un dilema nuevo o si siempre ha estado ahí, pero sí creo que es importante preguntarse desde dónde se cuentan las historias.

Me divertí mucho escribiendo las escenas del grupo de teatro de la Complutense porque recogen debates que yo misma he vivido. Uno de ellos tiene que ver con el privilegio: hasta qué punto podemos aprovechar nuestra posición para contar la historia de otras personas.

Yo creo que precisamente ese privilegio también puede ser una plataforma, siempre que se haga siendo conscientes y trabajando con esas personas o con esas comunidades. Imagínate que quisiera escribir una novela sobre mujeres trans. Yo no soy una mujer trans, pero puedo trabajar con ellas, escucharlas y dejar que me digan qué estoy viendo y qué no. Igual que pregunto a mis amigas sevillanas si un recorrido por determinadas calles tiene sentido, también puedes apoyarte en quienes conocen esa realidad.

Porque, si tuvieras que haber vivido todo lo que escribes, sería imposible escribir la mayoría de las historias.

Al final, la diferencia está en cómo se cuentan y desde dónde se cuentan. La honestidad, la crueldad, la malicia o el interés acaban viéndose en la obra. A quien actúa de mala fe le da igual que esa persona se llame Eleuterio, Zutano o como sea.


«Madrid también puede ser una ciudad donde aprender quién eres.»

P. Begoña llega a Madrid con la promesa de una nueva vida. A través de ella también nos muestras una ciudad inmensa vista desde los ojos de alguien que todavía está buscando su lugar.

R. Sí. Quería contar cómo es vivir en una ciudad tan grande cuando tú todavía te sientes pequeña. Begoña, además, dice varias veces que se siente un ratón. Yo soy de Madrid y me gusta mucho retratar la ciudad intentando ser muy precisa con lo que estoy viendo.


«Narrar también es una forma de sobrevivir.»

P. Da la sensación de que Begoña termina comprendiendo que, si nadie le cuenta su historia, tendrá que inventársela. En ese sentido, narrar también es una forma de sobrevivir.

R. Sí, es exactamente lo que hace con los trocitos de historia que le cuentan sus abuelas. Y creo que eso no solo ocurre en la novela, sino también en la vida.

Recuerdo que una vez les pregunté a mis abuelas cómo habían sido las Navidades de su infancia. Yo me imaginaba que me iban a contar una historia llena de aventuras, como un libro de David Sedaris, y la entrevista duró tres minutos.

—¿Teníais regalos?

—No.

—¿Qué comíais?

—Lo que había.

Y ahí se acabó todo. Entonces eres tú quien empieza a fantasear: el frío de Ávila, la nieve, cómo sería aquella casa… Si no, no tienes recorrido.


«Las palabras también pueden condenar a una persona para siempre.»

P. A propósito de Eleuterio, en la novela reflexionas mucho sobre el peso de las etiquetas. ¿Hasta qué punto las palabras con las que una sociedad nombra a alguien terminan construyendo un personaje?

R. Completamente. El propio Eleuterio lo dice muchas veces. Hay un documental de Carlos Moro que me parece de lo mejor que se ha hecho sobre él, en el que explica que «el Lute» no es él. Ese nombre apareció cuando se fugó por primera vez y empezó a ocupar titulares. Él dice: «A mí mi madre me parió Eleuterio Sánchez».

Pero, cuando una persona empieza a ser nombrada de otra manera, esa palabra acaba cargando con una serie de connotaciones: quinqui, criminal, gitano… Y ni siquiera era gitano. Las palabras tienen un poder enorme.

Cinco ideas que encontrarás en esta entrevista

  • Cómo los silencios familiares moldean la identidad.
  • Por qué la memoria es imprescindible para comprender quiénes somos.
  • El debate sobre la ética de contar la vida de otras personas.
  • La figura de Eleuterio Sánchez como símbolo de resistencia.
  • El papel de las mujeres en la transmisión de la memoria.

Encontrarás…

Una conversación con Estrella Alonso sobre La verja roja, la memoria familiar, la identidad, la memoria histórica, el silencio, la escritura y la responsabilidad de contar las historias de los demás.


Ideal para…

  • Quienes disfrutan de novelas sobre memoria e identidad.
  • Lectores interesados en la memoria histórica.
  • Personas fascinadas por las sagas familiares.
  • Quienes buscan una literatura que reflexione sobre el pasado y sus consecuencias.
  • Lectores de narrativa contemporánea española.

Pregunta al lector

¿Crees que es posible construir una identidad completa cuando desconocemos parte de nuestra historia familiar?

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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LA VERJA ROJA

La verja roja

ESPASA

Estrella Alonso

Género:

Novela contemporánea

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