Víctor del Árbol “El crimen no es el centro, es la consecuencia; siempre es un síntoma de la sociedad o del sistema.»

“La estupidez, la indecencia y la falta de honestidad me provocan ira.”

Las buenas intenciones cierra la trilogía del sicario sin nombre de Víctor del Árbol. En esta tercera entrega, los viejos secretos vuelven a emerger y los personajes se enfrentan a un pasado que no se puede enterrar: un último encargo, un cuaderno robado, la investigación de desapariciones ocurridas décadas atrás. Poder, culpa y miedo se entrelazan en una historia que pone a prueba la ética, la verdad y la posibilidad de redención, cerrando así un recorrido que comenzó con la violencia y la culpa y termina con la necesidad de enfrentar lo inevitable.

P. Las buenas intenciones sugiere que el daño no siempre nace de la maldad. Sin embargo, parece que te interesaba mostrar algo más que eso.

R. Sí. Aunque pueda parecer paradójico frente a la frase de que el infierno está empedrado de buenas intenciones, la tesis de la novela es que quizá ha llegado el momento de sembrar el infierno. La historia está llena de personajes que cargan con errores propios o ajenos que han condicionado su vida y, al mismo tiempo, con un deseo brutal de redención: dejar atrás el pasado, creer que uno puede ser otra cosa, que puede sacar lo mejor de sí mismo y compensar las malas acciones con buenas acciones.
Todos, excepto uno: el sicario.

P. Es un personaje que parece más consciente que el resto, incluso más que otros menos violentos.

R. Desde su origen ese es su perfil. Con el sicario quería responder a una pregunta: si es posible vivir al margen de las emociones. Él afirma no creer en nada, estar despojado de afectos, y que eso le permite una mirada fría y objetiva sobre el mundo.

P. ¿Y esa tesis se sostiene?

R. La novela demuestra que no. Incluso él acaba contaminado —en el buen sentido— por las emociones, por los afectos, por la familia, por un deseo de redención que quizá no llegue a cumplirse, porque uno no puede dejar de ser quien es. Pero hay una voluntad.
Es un personaje claramente camusiano: es Meursault, es El extranjero. La pregunta es la misma: ¿puede un ser humano vivir al margen de los afectos?

P. ¿Y la respuesta?

R. Puede decir que sí, pero la realidad es que no. Esa frialdad suya, esa objetividad cortante como un cuchillo, acaba enturbiada por lo humano. Si no, no sería una persona: sería un ordenador.

P. Clara Fité asume de pronto el protagonismo y la investigación. ¿Qué querías mostrar a través de su mirada y de esa idea de la verdad periodística?

R. Esta vez le toca a ella. En cada novela anterior, el sicario tiene un contrapunto, un muro que le impide seguir siendo completamente frío. En La tristeza del samurái fue Inés; en La víspera de casi todo, Soria; y aquí ese papel lo asume el último gran personaje que quedaba por desarrollar: Clara Fité.

Para mí, Clara representa uno de los grandes paradigmas del siglo XXI. El campo de batalla entre la democracia y lo contrario ya no está tanto en la ideología, sino en la información. En quién controla el relato. Porque quien controla el relato, controla la realidad.

P. Frente a eso, hay distintas formas de ejercer el periodismo.

R. Exacto. Hay periodistas como Manuela, su amiga, que acaban cediendo a la tentación de rendirse a lo evidente: aceptar que el mundo funciona así, intentar salvar los muebles, adaptarse para sobrevivir.
Y luego está Clara Fité, que quizá de una forma un poco ingenua todavía cree —no solo en la verdad— sino en que la verdad importa. En que la palabra tiene peso, significado. En que no basta con la superficie, con la opinión, con lo anecdótico o incluso con el hecho desnudo: hay que ir a las intenciones, al fondo, al contexto.

La investigación sobre la desaparición de esos niños, ocurrida hace veinte o treinta años, le permite hacer algo que hoy en día en el periodismo es casi imposible: darse tiempo, darse pausa, reflexionar, entender las causas profundas de lo que ocurrió, más allá de lo que se muestra de forma inmediata.

P. Porque ella cree que la verdad todavía tiene impacto.

R. Exactamente. Cree que la verdad no solo es importante, sino que todavía puede influir en la gente. Y ese tipo de personas hoy son más necesarias que nunca.

P. La desaparición de los hermanos Vera conecta claramente el pasado con el presente. ¿Es también una forma de plantear una reflexión moral?

R. No, yo no hablaría de moral. La moral es individual, tiene que ver con categorías como el bien y el mal, y arrastra connotaciones religiosas o culturales. Yo prefiero hablar de ética, que es algo distinto.
La ética es colectiva: son los valores que nos damos para convivir. Dónde acaba tu libertad y empieza la mía, qué consideramos importante como sociedad.

Lo que tú pienses o sientas, mientras respetes a los demás, no debería importarle a nadie. Pero cuando se ponen en cuestión los valores comunes, entramos en el terreno de la ética.

P. Y ahí es donde entra Clara.

R. Exacto. A través de esta investigación, Clara cuestiona la ética del sistema: cómo funciona la justicia, cómo funciona la Iglesia, cómo opera la corrupción urbanística y qué efectos tiene en una comunidad.
No me interesa tanto el daño personal o psicológico de los individuos; me interesa el daño estructural. Cómo estas dinámicas nos afectan como sociedad.

P. Y ahí aparecen instituciones muy poderosas.

R. Claro. En esta historia están el Estado, la Iglesia, las élites económicas… estructuras que rara vez se cuestionan de verdad, y que aquí quedan expuestas en su relación con el poder, el silencio y la impunidad.

P. ¿Qué papel juegan estas instituciones en la generación del silencio y la impunidad?

R. Más que el silencio, hablaría de la impunidad. Antes se guardaba silencio; ahora ya no. Ahora se habla, y además descaradamente. Creo que uno de los grandes condicionantes de nuestro tiempo es la argumentación de la indecencia, y eso es lo más peligroso.

La Iglesia es una estructura poderosa, y la religiosidad muchas veces se disocia de la espiritualidad. Una persona puede ser perfectamente atea y profundamente espiritual; no tiene nada que ver. A mí me interesaba entrar en el territorio del doble rasero, de la doble moral, de la doble ética: justificar lo injustificable con excusas de mal perdedor.
“Hago esto porque, si no lo hiciera, pasaría algo peor”.

Ese es el caso de la Iglesia: cometer un mal en nombre de un bien mayor. Y también el caso de Orestes y el blanqueo de dinero: si la economía del crimen no aflora en la economía legal —a través de la construcción u otros mecanismos—, la economía se hundiría, aumentaría el desempleo, no se pagarían las pensiones.

Ahí está la paradoja.

P. El negocio del crimen.

R. Exacto. Por un lado sabemos que ese tipo de dinámicas laminan la democracia y deterioran la sociedad. Y por otro, las necesitamos. Es inevitable. No podemos crear un mundo sin sistemas, y hoy por hoy no existe un mundo sin estructuras de poder. Esa es nuestra paradoja: intentar encontrar un equilibrio entre lo inevitable y lo necesario.

P. ¿Qué papel juega el cuaderno robado como objeto físico, como símbolo?

R. El cuaderno encarna la opacidad. Es un cuaderno que encuentra Clara Fité, lleno de códigos que remiten a cuentas opacas, paraísos fiscales, personas muy poderosas que no quieren aparecer con nombres y apellidos.

Pero lo verdaderamente paradójico es su origen. Clara se lo roba al sicario —eso lo sabemos desde el principio—, pero la pregunta importante es: ¿cómo ha llegado ese cuaderno a manos del sicario? ¿Quién se lo ha dado?

Eso es lo más doloroso de la novela. Y no solo de esta novela, sino de toda la trilogía. Porque ese cuaderno simboliza, de alguna manera, que el sicario tiene razón: que todo el mundo tiene un precio, que al final las buenas intenciones se quedan solo en eso.

P. ¿Hasta qué punto crees que la sociedad necesita relatos donde el bien y el mal no están claramente definidos?

R. Yo no creo que sea la sociedad la que necesite ese tipo de relatos. Al menos, yo como escritor escribo lo que necesito yo. Sin pensar en lo que va a pasar después, en cómo se va a leer. Porque tú vas a leer algo distinto a lo que yo escribo, siempre. Y esa es tu libertad, igual que es la mía.

Yo no escribo estas novelas para plantear una tesis sobre el bien y el mal, sino para abrir una reflexión sobre la ética. En el siglo XXI, con todo lo que nos rodea, con el absurdo y la indecencia apropiándose de lo público de forma cada vez más descarada, el papel de la literatura —como espacio de pausa, de belleza, de elegancia, de sutileza, de reflexión— es más necesario que nunca.

El crimen no es el centro de estas novelas, es la consecuencia. Siempre lo he pensado así, incluso cuando era policía: el crimen es un síntoma. Trump no es la causa; Trump es el síntoma. Ni siquiera es la enfermedad. La demagogia, la indecencia, la ambición desmesurada, la codicia, todo eso es el reflejo de una sociedad —o mejor dicho, de un sistema— que se está desmembrando y que aflora en su peor versión.

Si quieres un ejemplo, lo que estamos viviendo hoy es en gran medida consecuencia del final del comunismo a finales de los años ochenta. Hasta entonces, el capitalismo necesitaba mostrar una cara más o menos amable. Al desaparecer ese límite, ese freno, estamos viendo las consecuencias de un sistema en el que las leyes del mercado se imponen a los derechos fundamentales.

El caso de la vivienda es un ejemplo clarísimo. Es un derecho fundamental recogido en la Constitución. ¿Por qué no se cumple? Porque las leyes del mercado no lo permiten. Son más importantes que los derechos fundamentales. Dime tú si ese mundo es justo.

Ahí es donde tiene que entrar la literatura. O donde yo creo que debo entrar yo. No con demagogia, no haciendo política, no planteando tesis, sino mostrando, ejemplificando.

P. En El tiempo de las fieras, el sicario aparece casi como un mito oscuro. ¿Cómo ha sido el proceso de humanizarlo sin que pierda su potencia y su fuerza?

R. Llevándolo a situaciones cada vez más humanas, más próximas. En Nadie en esta tierra aparece el reconocimiento del otro, del oponente digno. En El tiempo de las fieras empieza a experimentar la empatía ante la injusticia a través de la chica bosnia.
Y aquí lo llevo al territorio último de la humanización: el amor, el deseo.

Cuando uno se da cuenta de que no puede prescindir de alguien, descubre muchas cosas, entre ellas que ya no puede seguir siendo frío, egocéntrico, narcisista, alguien que solo piensa en sí mismo. Aparece la dependencia afectiva, y con ella la fragilidad.

En toda la trilogía hay algo que permanece constante: la culpa. Siempre. Hasta el final. Porque si Las buenas intenciones es una novela de redención, tiene que existir una culpa previa, acumulada. Sin esa carga en las dos novelas anteriores, la redención que planteo aquí no tendría sentido, no tendría lugar.

P. ¿Qué te ha movido más a investigar: el crimen o la propia herida?

R. El crimen me interesa poco, en el sentido de que lo considero anecdótico. Me interesan más los criminales, los tontos útiles, la gente que sirve a esas estructuras. Yo no estoy enfadado con el secretario de Interior de Estados Unidos; estoy enfadado con esos gorilas que se ponen máscaras y van deteniendo gente por la calle. Esos son los tontos útiles.

A mí lo que me interesa es qué lleva a una persona a hacer eso y qué consecuencias tiene para personas concretas, no para las estadísticas. Para personas concretas. El crimen, al final, forma parte de la naturaleza humana: quiero algo, no lo tengo y lo cojo por la fuerza. Eso es humano. Para eso inventamos las leyes, para poner límites.

Pero la evolución de la criminalidad y de la percepción del criminal ha ido cambiando hasta llegar a la autojustificación. Hasta el punto de tener en el país más poderoso del mundo a un delincuente.

P. Ese sería el paradigma.

R. Exacto. Es un muy buen ejemplo.

P. ¿Qué has ido aprendiendo a lo largo de esta trilogía, de este personaje?

R. He aprendido lo difícil que es profundizar cuando crees que ya no hay más. Yo creo a estos personajes con un arco narrativo y evolutivo preconcebido, pero cuando decides entrar en el territorio de las emociones te das cuenta de que son laberintos sin fin.

Si quieres ser honesto con ellos, cada vez te exigen más. Tienes que ir más a fondo. Ya no valen las mismas reflexiones, porque ya las has contado antes. Tiene que haber algo más. Para mí, eso ha sido lo más complicado: llegar hasta el fondo del sicario.

P. Has hablado de emociones. Ya para terminar: ¿cuál es tu mejor y tu peor emoción?

R. Mi emoción más positiva es la confianza en el futuro. En el futuro propio y en el de los demás. Yo creo en mí y creo en los demás. Eso es lo más positivo.

Y la más negativa es la ira. La ira ante la estupidez, la indecencia, la falta de honestidad. Yo puedo tolerar el error cuando es honesto, pero no la deshonestidad. Y claro, cuando uno se deja arrastrar por la macrorealidad, vivimos tiempos de ira. Tengo que hacer un ejercicio de autocontención muy grande para mantenerme en mi microrrealidad, en mi equilibrio, porque lo que me saldría escribir sería mucho más terrible.

P. Lo que te saldría escribir sería útil.

R. No. La ira no es útil. La ira arrasa con todo. Lo útil es la palabra, pero la palabra medida. Hay un momento y una manera de decir las cosas. Si te pones a gritar, te conviertes en parte del ruido. Y yo no quiero ser parte del ruido.

P. ¿Y cómo te quedas después de terminar esta trilogía? Han sido muchos años conviviendo con estos personajes.

R. Muy bien. Muy contento, muy feliz. Creo que estos personajes me han hecho mejor escritor. Quería probarme con un personaje recurrente, con una trilogía, con un noir más puro, más cercano a lo que yo entiendo como noir. Esta etapa se cierra y me voy a casa muy contento.

P. ¿Y el próximo registro será completamente distinto?

R. Ya se verá. Será Víctor del Árbol, seguro. Pero me gustaría ir dejando atrás este tema, sobre todo el corsé de las estructuras.

P. Yo te conocí con el Premio Nadal y siempre me ha parecido muy difícil mostrar emociones profundas mientras se escriben asesinatos, crímenes, violencia. Es un equilibrio muy complicado.

R. Siempre he pensado que lo más terrible se puede contar de la manera más contenida. Lo importante es que no sea banal. Si no, se convierte en un espectáculo, en un thriller más. El componente literario está en el lado humano. Hay que encontrar ese equilibrio, y creo que eso es una de las cosas que más me definen como escritor.

P. Las buenas intenciones se mantienen.

R. Sí. Creo que es una novela que va a gustar también a quienes no han leído las anteriores, y que los llevará a volver atrás. Y para quienes ya las conocen, creo que es un muy buen final.