Alexandra Roma presenta su novela más luminosa y libre, ‘Tantas veces como respiro’, una inmersión en las sombras de la fama, la construcción de la identidad y las verdades que no se pueden guionizar.
Hay mentiras que terminan pareciéndose demasiado a la verdad. Sobre este eje orbita Tantas veces como respiro (Editorial Planeta), la nueva novela de la escritora Alexandra Roma. Tras consolidar su trayectoria en la narrativa romántica abordando mundos como el rock o el hockey, la autora madrileña cambia de registro y nos traslada al set de rodaje de una serie juvenil. Allí, sus protagonistas se ven obligados a fingir una relación frente a los fans y las alfombras rojas, una trama que sirve de motor para reflexionar sobre la sobreexposición y la búsqueda de la identidad.
Hablamos con la autora sobre las exigencias de la industria cultural, la gestión de las redes sociales y el reto de escribir desde un prisma mucho más vital y luminoso que en sus trabajos anteriores.
P.–Ya nos conocemos desde hace unos cuantos libros. Te diría que has hecho un cambio de temática, que te has atrevido más y que has tratado otros temas.
R.– Sí, creo que con este libro he dado un giro. En los anteriores abordaba el mundo del rock y del hockey, pero en este he querido habitar el universo de un rodaje desde la experiencia y el disfrute. Es una novela menos dolorosa que las anteriores, más enfocada en pasárselo bien y en vivir una experiencia. No he buscado una mera lectura; mi propósito es que se viva de tal manera que el lector termine la novela sientiendo que ha rodado esa serie.
P.– Vamos con el título, si te parece. Tantas veces como respiro plantea un punto de partida claro: una relación fingida que, de pronto, deriva hacia un conflicto. No sé en qué momento pensaste que el eje central debía ser la identidad y no solamente el romance.
R.– Lo tuve claro desde el inicio. El germen de la novela surgió hace aproximadamente veinte años, cuando trabajaba como becaria de periodismo cultural y me tocó cubrir el estreno de Crepúsculo. En aquel momento eran películas de bajo presupuesto y nadie imaginaba el fenómeno fan en el que se iban a convertir. Al presenciar aquello —recuerdo la visita a España de Kristen Stewart y Cam Gigandet, que interpretaba al villano—, verlos tan jóvenes y testificar todo lo que se desataba a su alrededor, se instaló en mí la idea.
No pensé tanto en el romance —aunque luego se rumoreara que la pareja principal mantenía una relación real—, sino en la identidad. Cuando estás tan expuesto, ¿cómo proteges a tu verdadero yo? ¿Cómo lo guardas con mimo para que sea lo único genuino que te quede, y en qué momento le permites salir cuando absolutamente todo está guionizado? Esa cuestión me llamó la atención y ha cristalizado aquí después de veinte años.
Luego se necesitaron más estímulos. Tengo muchas historias sobre temas de los que quiero hablar, y considero que este era el momento idóneo. Si en aquel instante me impactó aquel fenómeno fan —que luego vi replicado en muchas otras producciones—, ahora la exposición es aún más voraz. Antes se limitaba a la película y a la promoción; hoy en día puedes estar expuesto incluso en tu vida privada. En cualquier lugar te pueden grabar y debes mantener la fachada y la imagen que deseas proyectar. Por eso, al construir esta historia, consideré que abordar a dos personas jóvenes que llegan a un rodaje y se encuentran de golpe con toda esta presión era un enfoque sumamente interesante y un reto difícil.
P.– El título sugiere algo constante, inevitable. ¿Qué significado tiene dentro de la novela y cómo conecta con la forma en que los personajes experimentan lo que sienten?
R.– Responderte de manera precisa es complicado porque rozaría el spoiler. Digamos que evoca el hecho de que ellos están fingiendo demasiado, tanto delante de las cámaras como en la vida real. Todos nos colocamos máscaras, y el título hace referencia a una de las primeras parcelas de verdad que brotan de ellos. Por mucho que finjas, la respiración continúa siendo auténtica. En un mundo plagado de máscaras, hay algo natural que nadie te puede arrebatar: el respirar.
P.– Es verdad que uno no puede cambiar la forma en la que respira; es de las pocas cosas inalterables. En un entorno donde todo puede convertirse en relato, ¿buscabas reflexionar sobre cómo construimos versiones de nosotros mismos de cara al exterior?
R.– Sí. Esta historia habla de dos actores, pero podría aplicarse a cualquiera de nosotros fuera de un rodaje, aunque sea de una manera menos exagerada. Todos proyectamos imágenes de cómo queremos que nos vean y cómo queremos ser, pero rara vez nos planteamos cómo somos en realidad. ¿Quién soy cuando dejo de fingir? Nos preguntamos más quién queremos ser que quiénes somos, y es lo que aborda la novela. Aunque aquí esté magnificado por el universo cinematográfico, considero que es una pregunta universal.

P.– Sadie y Drake parten de lugares muy distintos, pero comparten una gran dificultad para mostrarse vulnerables. Reconocen primero la herida en el otro antes que en la propia piel.
R.– Coincido por completo. Son dos personas bastante reservadas. Sadie quiere ser como un gato: capaz de lamerse sus propias heridas sin necesitar a nadie. Cuando empiezan a descubrirse en este universo fingido, resulta más fácil identificar las vulnerabilidades del otro —porque de repente lo ves humano— que las tuyas propias, ya que ambos tienden al hermetismo. Es muy bonito ver cómo identifican esas partes que los humanizan en el otro. Al final, la humanidad es lo que te acerca a alguien, antes de asumir lo propio. Después dejan caer las caretas y empiezan a mirarse de verdad, pero descubren antes la humanidad ajena que la propia.
P.– ¿Dirías que Sadie busca el control absoluto?
R.– Sí. Por su bagaje —proviene de una familia de productores y su madre, que es una eminencia en el sector, no la apoya en este sueño—, Sadie quiere demostrar que es más que un apellido. Desea manejar las situaciones y necesita ser constantemente validada. Cuando algo te ha sido rechazado por tu propia madre, necesitas más que nadie que te digan que eres buena en lo tuyo. Por eso busca tener el control de cada situación y hacerlo todo perfecto, sin darse cuenta de que la perfección no existe. Cuando el control se le escapa, colapsa. Es algo muy humano; muchas personas se obsesionan con que todo salga genial y explotan ante cualquier alteración. El gran aprendizaje de Sadie es aprender a relajarse y aceptar que no pasa nada si algo no sale según lo previsto.
P.– Sobre todo porque su vocación nace del deseo propio más que de la validación externa.
R.– Su vocación sí nace del deseo propio; se esfuerza constantemente. Sin embargo, cuando cuentas con apoyo, eliges dedicarte a tus sueños por las razones correctas; cuando no recibes ese respaldo, a veces lo decides por las equivocadas. En el caso de Sadie, lo primero que piensa al recibir el papel no es que todo el esfuerzo haya merecido la pena, sino: «Mira cómo sí que podía». Tanto le han dicho que no, que su primer pensamiento es reivindicativo frente a esa negativa, lo que enturbia un poco el sueño.
P.– Sin embargo, Drake opta por la distancia emocional y mantiene esa barrera. Sadie se muestra mucho más.
R.– A Drake lo que le pasa, en primer lugar, es que lo suyo no es vocacional. Arrastra un pasado en el cual decidió distanciarse de las emociones porque le habían causado dolor. Lo descubren en Las Vegas por su físico, que es básicamente su único atributo inicial. Su representante le exige formarse —algo necesario para la verosimilitud de la historia—, pero él llega con otra mentalidad. Sadie ama la actuación; Drake ama el dinero y quiere convertirse en el Robert Pattinson de esta generación. Por eso para él es más sencillo imponer esa distancia emocional; no es algo que le afecte íntimamente ni que le comprometa el alma, sino un medio para un fin económico. Para él es más fácil poner esa distancia que para ella, que está sumergida por completo en el proceso.
P.– ¿Crees que los dos se interpretan incluso fuera del escenario y están actuando todo el tiempo?
R.– Sí. Quizás no todo el tiempo, pero saben mejor cuándo dejan de interpretar en el escenario que fuera, porque ambos poseen una fachada muy trabajada. Es ese tipo de disfraz que todos llevamos, pero lo tienen tan ensayado que lo confunden con su propia piel. De hecho, sus primeros cambios reales llegan cuando empiezan a mostrar fisuras. Tienen ese disfraz tan bien construido que se creen su propia máscara, hasta que descubren un pequeño agujero por el que se revela algo de su verdadero ser. En cualquier caso, hay mucha gente disfrazada en el mundo, no solo ellos.
P.– Hay una relación entre ellos que arranca desde el conflicto, un amor-odio constante. Mantienen una tensión indispensable para vivir en ese binomio.
R.– Sí. Poseen dos caracteres opuestos pero muy pasionales. Ninguno tiene un temperamento suave o dócil, por lo que transitan a menudo por ese amor-odio, con más peso del odio al inicio. Sin embargo, esa tensión es lo que les obliga a mostrarse. En esas discusiones muestran partes de sí mismos y abandonan el relato perfecto que proyectan ante las cámaras. Cuando están a solas y discuten, revelan su verdadero yo a través del conflicto.
P.– El amor, cuando aparece, ¿lo consideras como algo que desestabiliza más que como un refugio?
R.– En este caso sí. Cuando dos personas están tan obcecadas y de repente les llega el amor, este actúa como un terremoto. Puede convertirse en un refugio cuando lo aceptas, pero el impacto inicial es una ventolada que te despoja de todo tu ropaje. De repente te sientes desnudo y te asustas de lo que te está pasando. Se equivocan mucho porque son muy humanos, e incluso darse cuenta de que se aman les aterroriza. Has estado mucho tiempo protegido bajo una coraza y, al quedar expuesto con tantos flancos por los que se te puede atacar, la tendencia natural es cerrarse para protegerse al sentirse más vulnerable que nunca.
P.– ¿Querías alejarte también de esa visión idealizada del amor?
R.– Quería que fuera realista. En este libro no quería que el amor fuera la solución mágica para todo. Quería que surgiera de una manera real, abrumadora y que diera miedo, porque a veces el amor es así, no siempre es sencillo. He moldeado el afecto para que no sea la típica relación idílica común.
P.– Digamos entonces que lo que viven tiene más de conflicto que de salvación.
R.– No lo creo. Hay mucho conflicto, pero gracias a él son capaces de encontrarse. Y solo cuando te encuentras te salvas. Si no sabes quién eres, ¿cómo vas a saber lo que necesitas? En cada conflicto, ya sea retándose, llevándose la contraria o enfrentándose, se van desprendiendo de una capa. Encarar al otro es lo que les obliga a verse, y solo cuando te miras y reconoces tus caretas puedes empezar el camino hacia el bienestar.
P.– En su relación, ¿dónde situarías la línea entre la elección y la necesidad? ¿Elegirse o necesitarse?
R.– Siempre es elegirse. No creo que se necesiten; esa es una de las claves de la novela. Son sumamente independientes, pero de repente se empiezan a elegir, lo cual resulta tan bonito como abrumador para ambos.
P.– ¿Qué ocurre cuando alguien ya no distingue entre lo que es y lo que ha aprendido a interpretar?
R.– Es una pena, porque a menudo no nos planteamos las preguntas en presente y acabamos viviendo la vida de otra persona en lugar de la nuestra. De eso se habla también aquí como trasfondo. Si estás siempre interpretando, terminas satisfaciendo las necesidades de otro porque ese no eres tú. Nos falta sentarnos con nosotros mismos y preguntarnos qué opinamos, qué nos parece algo o qué nos gusta. Muchas veces nos reinterpretamos comparándonos con el pasado; anhelamos tanto lo que fuimos que no nos cuidamos lo suficiente en el presente. Vamos interpretando un papel cubierto de añoranzas o de lo que nos gustaría ser, y pocas veces nos atremos a desnudarnos frente a nosotros mismos.
P.– El entorno audiovisual está atravesado por una exposición constante, que es el tema de la novela. ¿Hasta qué punto la obra funciona como una crítica cultural donde incluso lo íntimo empieza a convertirse en contenido?
R.– Hay una crítica implícita, pero no he pretendido que sea doctrinal o una tesis. Hay dos novelas dentro de la novela: por una parte están Sadie y Drake, y por otra está el rodaje, que es un personaje en sí mismo. Me ha gustado mucho jugar con los extras, incluyendo partes de guion y conversaciones de periodistas para mostrar el contraste entre lo que el público ve e interpreta versus la realidad de lo que sucede en el rodaje.
Hay escenas en las que los ves juntos y piensas que está ocurriendo algo concreto, pero al conocer el contexto descubres que es totalmente distinto. Quiero mostrar que en ese feedback hay ficción dentro del propio relato de la promoción o de lo que se quiere creer que les pasa a los actores. Es muy común que en una serie te vendan que todos son entrañables amigos o que la pareja protagonista tiene química en las alfombras rojas; es un relato dentro del relato.
P.– Hablabas del pasado y de no dejar ver el presente. ¿Qué margen dejas en esta historia para que, entre lo que han vivido y lo que les define, pueda haber un cambio?
R.– Esta historia está compuesta de dos novelas. La primera aborda la etapa más joven, la del rodaje puro. En este tipo de series juveniles los actores no tienen tiempo para interiorizar; van subidos en una bola de nieve que cae a una velocidad vertiginosa entre giras y promociones. Llega un momento en el que estás tan disociado que te levantas y no distingues si es de día o de noche. Por eso tenían que ser dos novelas; la segunda parte se sitúa cuatro años después. Ahí sí han tenido tiempo y margen para reflexionar, algo que es muy complicado mientras estás sumergido en el rodaje.
P.– ¿El rodaje funciona como un lugar de exposición, pero también de ocultamiento?
R.– Sí. El rodaje te expone en los aspectos evidentes, pero también es el sitio donde están protegidos. En el momento en que salen de esas paredes todo se vuelve público, pero allí dentro no. Se convierte, en cierta manera, en su caparazón. Además, en esta historia se van a grabar a un pueblo alejado para evitar que el fenómeno fan lo enturbie todo. Es su cascarón, el lugar donde están a resguardo de los elementos exteriores y de la luz pública.
P.– A la hora de definirse, ¿qué pesa más en los personajes: de dónde vienen o quiénes intentan ser?
R.– Sería quiénes intentan ser en un 70% y de dónde vienen en un 30%. De dónde vienes siempre te deja un pozo innato que te construye como persona, pero ellos están más enfocados en su meta que en la herida o en el presente. Ese es parte de su error: miran demasiado hacia adelante y no se dan cuenta de que es en el presente donde suceden las cosas que los nutren.
P.– En eso insistes mucho: hay que vivir donde estás, pero siempre con una meta.
R.– Sí, pero en la proporción que he dicho. Drake, por ejemplo, en lugar de disfrutar de su contrato y de estar en una serie, lo único que ambiciona es dejar de ser el «número tres» en el guion para convertirse en el número uno. Mientras tanto, no disfruta de cosas que mañana serán un anhelo del pasado. Nos pasa a menudo que deseamos que llegue mañana y, cuando llega, añoramos el ayer. Hay que soñar con el futuro, pero si estás viviendo el presente, debes darle por lo menos un 70%, porque es lo único seguro que tienes. Ellos ambicionan cosas que no llegan a suceder y temen problemas que tampoco pasan; deberían mirar el presente un poquito más.
P.– En tus novelas siempre has trabajado las emociones, pero en esta hay una reflexión más consciente sobre la identidad y la representación.
R.– Sí. Lo más importante para mí son siempre los personajes; intento trabajarlos mucho para que sean creíbles y tengan una motivación. Aquí se trabaja en el «yo», en crearte, construirte y quitarte todo lo que te rodea que no es tuyo para volver a verte. Sadie y Drake se ven mucho a través de ojos ajenos: de la madre, del representante que augura el triunfo o del crítico, pero nunca a través del suyo propio. Todos los demás ojos tienen una opinión y un juicio, pero falta el de ellos. Tienes cuatro mil millones de miradas puestas en ti y la única que falta es la que de verdad importa: la tuya, porque tú eres el único que se va a ver de verdad.
P.– ¿Qué has descubierto de ti misma como escritora en este proceso?
R.– En este libro he sido mucho más libre. Llega un momento en el que la meta en mi universo era más publicar que escribir o preguntarme qué me apetecía hacer. A lo mejor lo que te apetece es totalmente diferente a lo que has hecho, ¿pero qué más da? Si mañana no vuelves a escribir un libro, haz al menos lo que te apetece hoy. Con este libro he sido libre; he introducido sentimientos y, aunque no sea tan melancólico ni desgarrador como otros, me he divertido. Me apetecía hablar del mundo del cine y hacer el guion de una serie de ficción paranormal, y lo he hecho. No solo he volcado lo que quería contar, sino que me lo he pasado francamente bien pese a las circunstancias externas. Con la ficción hay que arriesgar y hacer lo que te apetece; si vas a la tendencia del mercado y no funciona, te frustras, pero si haces lo que quieres, el tiempo habrá merecido la pena.

P.– Por lo tanto, no te ha condicionado esa comunidad de lectores que te está esperando.
R.– Siempre te condiciona; esperas que sean benévolos y que les guste.
P.– Es muy interesante cuando un autor decide arriesgar, sobre todo cuando ya tienes una comunidad que te espera porque lo que leyó de ti primero le gustó. Si vas en la misma línea lo disfrutarán, pero me parece bien arriesgar. Tampoco es un giro completo que no tenga nada que ver, pero me gusta que hayas escrito lo que te apetecía contar; has sido más tú.
R.– Creo que mi lector va a encontrar la parte que le gusta de mí: los sentimientos, los personajes y el peso de la historia. Además, mi experiencia es que, al leer, sueles sentir algo similar a lo que el autor sentía al escribir; de hecho, las escenas favoritas de mis lectoras suelen coincidir con las mías. He disfrutado muchísimo el proceso.
Mis últimas novelas habían sido muy dramáticas y yo no podía meter más drama en mi vida si quería hacer las mismas reflexiones. Al cambiar de registro —sabiendo que sigo siendo yo— haces reflexiones distintas. Llega un momento en el que llevas tanto tiempo hablando del dolor y de la pérdida que es muy difícil hacer algo nuevo porque ya has volcado todo lo que tenías que contar sobre ello en ese momento. Quizás dentro de unos años vea la pérdida de otra manera y me apetezca volver a escribir sobre el tema porque tendré algo distinto que contar; pero ahora mismo, volver a esos temas era reciclar algo que ya estaba contado. Hablar desde el corazón, pero desde este otro prisma, era algo inédito para mí y por eso tenía algo genuino que plasmar. Escribir es tener la necesidad de plasmar palabras nuevas, no de reciclar las que ya has utilizado muchísimas veces.
P.– Dentro de esta exposición, ¿cómo lo vives desde tus propios perfiles y tu exposición pública?
R.– El mundo de la escritura no está tan expuesto como el de los artistas o actores. Se puede despertar interés de cara a las ferias del libro, pero no hay esa atención abrumadora por nuestra vida privada. No sé cómo evolucionará, pero creo que muchos lectores prefieren no saber nada de tu vida más allá de lo cultural; les interesan tus novelas, tu proceso de escritura y tus recomendaciones de series o libros. Una recopilación del año está bien, pero en el día a día les importa la escritura, y eso es positivo. A mí me ha pasado con autores que se exponen demasiado: luego no he podido leer sus libros de la misma manera porque veo demasiado a la persona. Como yo me expongo poco —también por falta de tiempo—, hablo de mis libros y recomiendo lo que me apasiona. Al no exponerme mucho, no tengo esa sensación de agobio.
P.– ¿Crees entonces que hay que marcar una distancia entre lo que expones y tu vida privada? Da la impresión de que cada vez se demanda más que el autor suba contenido constantemente y se convierta en el producto, perdiéndose su figura respecto a lo que escribe.
R.– Totalmente de acuerdo. Si mis libros fuesen sobre rutinas saludables, tendría sentido que subiera mi día a día porque es lo que interesa, pero yo no soy el producto. Ojalá mi vida fuese tan interesante, pero garantizo que no lo es. Cuando pienso en mis escritoras favoritas —las que no conozco en persona—, me interesa saber cuándo empiezan un libro, conocer su proceso creativo o leer una pincelada que me deje con ganas de leerlas. Me interesan sus recomendaciones culturales; si suben la foto de la hamburguesa que se han comido, no me importa. Ese es el límite que yo me marco. No critico a quien haga otra cosa, pero para mí el producto es el libro. Si yo me vendiese a mí misma, no me compraría nadie.
P.– El título, Tantas veces como respiro, es una frase muy bonita que te lleva a muchos sitios, aunque no podemos contar nada más para evitar spoilers. Ha sido un placer encontrarte en estas páginas y me ha gustado mucho este cambio de aire, aunque lo anterior también era necesario. Las novelas se escriben en instantes vitales concretos.
R.– El placer es mío, siempre. Las novelas, aunque no te parezcas en nada a tus personajes, se escriben en instantes vitales en los que necesitas algo. En las dos anteriores arrastraba mucho dolor por circunstancias personales y necesitaba sacarlo; la escritura fue el instrumento para volcarlo a través de historias que no se parecen a mi realidad, porque yo no he estado en una banda de rock ni nada parecido. Sin embargo, ya había reflexionado tanto sobre esos temas que escribir otra novela igual habría sido regodearme. En este momento vital, en el que tengo tres niños maravillosos, lo que necesitaba era luz. Me apetecía escribir una novela que, dentro de su tensión y sus instantes difíciles, es súper luminosa. Necesitaba pasármelo bien y salir de la pesadez que me dejaba la bilogía anterior.
Siempre que termino un libro acabo llorando a mares porque las historias eran muy desgarradoras. Cuando terminé esta última me costó tres horas asimilarlo; luego lloré, pero de pena por haberla terminado, porque tenía una sensación tan buena en el pecho que me daba lástima dejar ese universo. Ese cambio de aire se nota mucho en el texto, y yo lo necesitaba.
