Christian Gálvez: “La historia se construye desde quienes rodean a Jesús.”

“La fe no es solo aceptar el destino, también es cuestionarlo.”

Christian Gálvez es un comunicador que durante años ha estado ligado a la televisión, especialmente al frente de programas de gran popularidad como Pasapalabra, donde se convirtió en una figura reconocida por el gran público. Paralelamente a su faceta televisiva, ha desarrollado una línea como escritor e investigador cultural, interesado en las grandes figuras de la historia y en las ideas que han marcado el pensamiento humano. 

En su obra He vencido al mundo, se adentra en los últimos días de Jesús de Nazaret desde una mirada narrativa centrada en las emociones y los conflictos de quienes lo rodean. La novela no se limita a relatar unos hechos conocidos, sino que se acerca a los personajes desde su dimensión más humana, explorando sus dudas, miedos y decisiones. A través de este enfoque, Gálvez propone una reflexión sobre el conflicto interior, la fe y la transformación personal, utilizando la historia como punto de partida para hablar del presente.

Jerusalén se prepara para la Pascua. Jesús avanza hacia el destino anunciado, decidido a entrar en la ciudad y enfrentarse a quienes lo cuestionan, mientras a su alrededor se tensan las decisiones que marcarán el desenlace.
La traición de un amigo, el acompañamiento de una madre y la duda de quién debe elegir entre obedecer o escuchar su conciencia. En esos días finales, la historia se escribe desde el sacrificio, la lealtad y aquello que cada uno está dispuesto a perder.

P.—¿Por qué sitúas la novela en esta historia?

R.—Si bien es verdad que la novela anterior ya hablaba del nacimiento del cristianismo, también es cierto que pivotaba en dos años fundamentales: el año 30, que para mí es el de la crucifixión de Jesús, y el año 70, con la destrucción del Templo de Jerusalén por parte de Roma. Como aquella era una epopeya, esta novela quería que fuese mucho más picante, más concentrada, sin saltos en el tiempo, una concatenación de elementos que nos llevaran a contar, desde diferentes puntos de vista, la última semana de vida de Jesús de Nazaret.

P.—En la novela Jesús avanza hacia un destino que ya conoce, como decíamos al principio. La historia plantea la fe como aceptación de lo inevitable o como un acto de resistencia frente a ese mismo destino.

R.—Lo abarca todo, porque al final no es Jesús de Nazaret el protagonista de la novela, sino el eje sobre el que pivotan todos los demás, que, aunque puedan parecer secundarios, también son protagonistas de la historia. La mirada se construye desde Judas y desde María. ¿Y por qué Judas y María? Porque siempre se habla del vía crucis de Jesús, pero poco del vía crucis de Judas, el hombre más odiado de la historia, y de María, la mujer más amada. Al igual que en la novela anterior, aquí se dibuja la fe en todas sus acepciones.

P.—Me parece interesante que la novela esté contada desde varios puntos de vista, en lugar de centrarse en Jesús. ¿Por qué decidiste hacerlo así?

R.—Sobre todo porque la visión de Jesús ya la conocemos. Cuando nos acercamos al Nuevo Testamento y a los Evangelios, encontramos que el protagonista es Jesús y seguimos su historia. Aquí, desde el punto de vista de la ficción y del entretenimiento —y si además logra entretener, ya es un milagro, porque los milagros existen—, lo que hago es acercarme a unos textos escritos hace 2.000 años para una audiencia muy concreta, que además no es la misma en cada evangelio.

También hay que tener en cuenta el propio contexto material: se escribía en rollos de papel, en papiros, soportes caros y transportables, que condicionaban la extensión y el contenido de lo que se podía contar.

Al final, lo que plantea esta novela es llenar esos huecos. Sabemos lo que ocurre, pero no cómo lo viven los protagonistas. Judas aparece muy poco en la Biblia, muy poco. María también aparece de forma relativamente escasa en relación con el peso que tiene en la historia. Incluso su voz es limitada en el Nuevo Testamento; es Lucas quien le concede mayor presencia al recoger algunos de sus momentos.

Por eso, el hecho de que Judas o María digan: “buenos días” o “¿qué tal?” ya introduce un punto apócrifo, y ahí es donde entra la ficción. Pero, ¿y si tomamos a los dos personajes que representan la luz y la oscuridad y los situamos en un punto intermedio, para dibujar esa escala de grises?

P.—¿Cómo has construido esa escala de grises en los personajes? Por ejemplo, Judas me parece una figura más compleja que la del simple ‘traidor’. ¿La novela sugiere que su papel era inevitable o que actuó por decisión propia?

R.—El papel inevitable es el de todos. Lo que intento es arrancar esa pátina del “malo malísimo”, ese villano de las películas de acción de los años 90: el que quiere dominar el mundo. ¿Por qué quiere dominar el mundo? Porque es malo. ¿Y por qué es malo? Porque quiere dominar el mundo. Esa idea circular.

En cambio, cuando se le aporta una psicología más trabajada —como ocurre hoy en el thriller o en la novela policíaca—, puedes encontrarte con un personaje con el que incluso empatizas. No necesariamente estás de acuerdo con él, pero entiendes que, en su situación, quizá harías algo similar. Todo depende del contexto en el que sitúes a ese personaje y de la situación extrema a la que lo enfrentes.

Se trata de desmontar esa etiqueta de traidor o de “malo de la película”, porque, al final, ¿quién no traicionó a Jesús de Nazaret? Judas lo entrega. Habría que ver si la Biblia habla de “traición” o de “entrega”. “Uno de vosotros me entregará”. Habría que verlo.

Pero Judas entrega. Simón Pedro niega. Tomás, ya resucitado, duda; necesita tocar para creer. Y de los demás no sabemos prácticamente nada, porque todos se marcharon cuando la situación se complicó. Todos, salvo Juan —que permaneció al pie de la cruz— y las mujeres, que permanecieron todas.

Entonces, la pregunta es: ¿quién no traicionó a Jesús de Nazaret? Juan y las mujeres. El resto, en mayor o menor medida, actuó en contra de aquello que predicaba: “maestro, maestro, moriría por ti”. Y, sin embargo: “antes de que cante el gallo, me la vas a liar”.

A partir de ahí surge la motivación: ¿por qué Judas hace lo que hace? Y aquí es donde entra la ficción. Desde el punto de vista histórico, el Sanedrín entregaba treinta monedas de oro a los traidores, pero Judas recibe plata.

La novela intenta, al menos, abrir la posibilidad de que todo forme parte de un plan: que Jesús elija a Judas para cumplir un propósito. Pero la cuestión es otra: ¿elige Jesús a Judas porque es lo suficientemente débil para traicionarle o porque es lo suficientemente fuerte para sostener el peso de la historia?

P.—¿Tú crees que lo elige?

R.—Elige a todos y los elige con pleno consentimiento y plena conciencia de lo que está por venir. Y aun así, sabiendo que Pedro, caminando sobre el agua, perderá la fe y se hundirá, lo convierte en la piedra. Lo hace a pesar del miedo, porque perdona la imperfección. Yo soy muy lucano, también te lo digo.

Me identifico mucho con la mirada de Lucas. Ahí está la misericordia. Ahí está la idea de que no somos perfectos. La perfección llegará cuando alcancemos el reino del Padre. Pero los elige como son. Y elige a doce hombres porque, en aquella situación, elegir a doce mujeres no habría sido viable.

P.—Sin embargo, las mujeres sí están presentes y se sitúan en una jerarquía horizontal. ¿Y a quién se presenta Jesús cuando resucita?

R.— A ellas. Es más, Dios, para que su Hijo tenga carne, necesita el sí de una mujer: María.

María acompaña a su Hijo y, aun sabiendo lo que va a ocurrir, no sé si ese acompañamiento es fe, amor o un sacrificio extremo. Probablemente las tres cosas. Es amor, porque en el amor convergen todas las demás palabras.

Aquí también entra la psicología de una madre. El debate sobre la virginidad —más allá de lo que sostienen las distintas tradiciones— no es el eje de la novela. La cuestión es María como madre. Y desde ahí, desde el amor, se pueden dibujar el miedo, la duda y la confianza.

María decide voluntariamente recorrer su propio vía crucis. Eso significa aceptar que arresten a su hijo, que lo golpeen, que lo humillen, que lo azoten, que lo maten. La resurrección llega después. Pero, antes, María lo sabe. Es plenamente consciente de quién es su hijo, de dónde viene, qué hace, por qué lo hace y qué va a suceder. Y aun así, decide acompañarle hasta el final.

Hay un proverbio judío que me parece precioso: Dios no puede estar en todas partes, por eso creó a las madres. Y uno se imagina a María en algún momento preguntándole a su hijo: “¿Es necesario hacerlo así?”.

—“No puede ser de otra manera”.
—“Hijo… vámonos, vayámonos a Egipto, como cuando fuimos con papá, ¿te acuerdas?”.

Y entonces asumirlo: “Vale, has tomado esta decisión, voy contigo”.

Es una madre entregando a quien más ama, igual que lo hace un amigo.

P.—¿Y el centurión, por ejemplo, representa también un conflicto entre obedecer y escuchar? ¿Tú dirías que es posible mantenerse neutral cuando uno es testigo de una injusticia?

R.—Depende. Por eso pinto a dos centuriones. El primero es Cornelio, que aparece en Mateo y en Lucas como centurión y, más tarde, en los Hechos de los Apóstoles como el primer gentil que se convierte al cristianismo. Es el centurión que pide a Jesús que sane a su siervo enfermo. Con una sola palabra demuestra tener más fe que muchos de los apóstoles.

Cree porque ve, y renuncia a su politeísmo por amor, capaz de dejar atrás las deidades en las que creía para confiar en alguien que puede salvar la vida de su siervo. Aunque, desde otra perspectiva, también cabría preguntarse si en un contexto romano ese vínculo sería tan excepcional, o si podría tratarse de algo aún más personal, incluso más íntimo.

Como diría Jesús: “quien tenga oídos, que oiga”.

El otro centurión es Longinos, que aparece sin nombre en el Evangelio de Juan y que después es identificado en textos apócrifos como el Evangelio de Nicodemo y las Actas de Pilato. Es quien atraviesa el costado de Jesús para comprobar que ha muerto, evitando quebrarle las piernas por la cercanía del Sabbat.

No me voy a detener en cuestiones demasiado teológicas. La tradición le atribuye la custodia de la lanza y cuenta que, al entrar en contacto con la sangre y el agua, recupera la vista. También él termina convirtiéndose. A pesar de sus reticencias, su recorrido es un camino, y eso es lo importante en la novela.

No voy a hacer spoilers: el final es el que es. Si la historia comienza en el Domingo de Ramos, con la entrada triunfal, y termina en el Domingo de Resurrección, el desenlace ya está dado.

P.—Jesús resucita. Exactamente. Lo importante es el camino, y las decisiones. Y también has puesto el foco en las emociones, por encima de todo, más que en el propio mito.

R.—Claro, porque la idea de un Dios perfecto y un hombre perfecto llega después, en concilios posteriores. Aquí, en cambio, vemos a personas que dudan, que se llenan de miedo cuando prenden a Jesús.

Es cierto que hay un primer conflicto en Getsemaní, y que Pedro corta la oreja en medio de la tensión, pero cuando Jesús interviene, cuando pide que paren, está dejando claro que ese es el camino que debe seguirse.

Él mismo afirma antes de todo: “he vencido al mundo”. Está convencido de su propósito, por eso acude al Pesaj, a la Pascua judía, en ese momento concreto.

Y aun así, incluso con ese miedo, incluso con esas dudas, ya estaban perdonados desde el principio.

Esa es la grandeza de Jesús: que el perdón está antes de todo lo demás.

P.—Hablemos de fe. ¿En qué momento sentiste que tenías fe? ¿Cuándo dejaste de sentirla y si hubo un proceso de recuperación?

R.—Sí, públicamente soy creyente converso. Mi madre es creyente. No me adoctrinaba, pero hice la comunión y estoy bautizado. Empecé a leer en mi adolescencia a Juan José Benítez, los “Caballos de Troya”, que me fascinaban. También leía a J. J. Benítez y otros autores, y me interesaban mucho los textos apócrifos. Me parecía fascinante la figura de Jesús.

Luego, en 2009, hay un punto de inflexión. Y muchas veces lo explico mal, porque no fue tanto una pérdida de fe como un enfado con Dios. Un proceso de negación. Más que perder la fe, fue negar la existencia de Dios o negar el Dios justo que predica Jesús.

La grandeza de Jesús está en romper con la antigua alianza del judaísmo, con ese Dios al que se nombra como Elohim, Adonai. Jesús rompe esa distancia y habla de “Abba”, de “Papá”. Cambia la relación por completo: introduce el amor y el perdón de una manera radical.

Pero yo me negaba a creer después de lo que vi en 2009, cuando realicé un documental con cámaras ocultas sobre turismo sexual y pederastia en Camboya. Lo que vi no encajaba con la idea de un Dios justo, con el Dios que predicaba Jesús de Nazaret. Y ahí me enfadé y negué durante mucho tiempo.

Después llegó la pandemia, y con ella una acumulación de cosas negativas. Perdí gente, estuve a punto de perder a mi padre. Me cuestioné si estaba haciendo lo correcto, si estaba cumpliendo con el propósito de mi vida, que era la paternidad. No lo conseguí. Fracasé también en el amor.

Cuando fracasas en el amor, hay gente que desaparece. Fracasas también en la amistad. O traicionas o te traicionan. En algún momento, todos hemos sido Judas. Voluntaria o involuntariamente, todos hemos traicionado o nos han traicionado. Y probablemente más de una vez.

También hemos sido Pedro, negando en algún momento. Hemos sido Tomás, dudando y necesitando ver para creer. Y también hemos sido Juan, permaneciendo hasta el final a pesar del dolor.

En el momento más oscuro apareció Patricia, que hoy es la mujer en mi vida. Ella me devolvió la fe en todo: en la amistad, en el amor, en el trabajo, en mí.

Había perdido la fe. Y eso es lo más importante que tienes que recuperar. Es lo único.

P.—Si no crees en ti, no puedes creer en lo demás.

R.—Exactamente. Me ayudó a recuperar la fe en mí. La fe en Dios la puedes recuperar, perder o no tenerla nunca. No hace a nadie menos feliz no creer en Dios ni no ser espiritual.

Lo más importante es la fe en uno mismo. Cuando esa se rompe, puede aparecer un vacío muy oscuro del que es difícil salir.

P.—Has hablado de lo que viviste en Camboya. ¿Cómo se gestiona el choque entre esa realidad tan cruda y la necesidad de creer en algo?

R.—Yo no creo por necesidad. No volví a la fe por necesidad, sino por convicción, por certeza, por ver cumplirse cosas que parecían una utopía.

Creo en los milagros porque los he visto. Pero quizá deberíamos replantearnos qué entendemos por milagro. Si cambiamos ese concepto, los milagros existen.

Y luego está la tergiversación, muchas veces involuntaria, del mensaje de Jesús. Él no dice que todo va a ir bien. Dice lo contrario: os van a perseguir, os van a hacer daño, pero yo estaré con vosotros.

P.—Entonces se habla del sacrificio, del mal…

R.—Sí. Si hay un mensaje de amor, es porque también existe la ausencia de amor. Ese es el resumen de la vida, para bien y para mal.

P.—¿Hubo un tiempo en el que tú te tuviste que sostener en algo que veías que se apagaba?


R.— No, no tenía la capacidad para sostenerme en nada. Me hundía directamente. Todo salía mal y, además, era una concatenación de fracasos y pérdidas.

P.—Por ejemplo, las pérdidas son fracasos.

R.— Te quitan un programa, y no es un fracaso, es una decisión judicial que debes acatar. Pero de repente aparece el vacío: “llevo casi 13 años haciendo lo mismo, ¿y ahora qué hago?”. No solo eso, sino “¿seré capaz de hacer otra cosa?”.

Nos autosaboteamos. Piensas: “puedo escribir, pero no tengo ilusión, no tengo el eje que tenía”. Y aparece el miedo: “¿y ahora qué?”.

Esto ya me había pasado antes. En 2002, cuando nos quitaron Desesperado Club Social, pensé que los teléfonos iban a sonar… y no sonó ninguno. Teníamos premios, incluso un Premio Ondas. Pero no sonó nada. Y ahora volvía a ocurrir: tenía un contrato, pero me sentía vacío.

Y así vas cayendo. Llega la pandemia y lo agrava todo aún más. Yo podía haberme ido de este mundo sin cumplir el propósito de mi vida, que era la paternidad. Entonces piensas: “lo estoy haciendo mal, he amado mal, y tampoco he sido amado bien”. No estaba donde quería ni donde debía estar.

Se empiezan a acumular pensamientos destructivos. Y en ese momento, yo no pude sostenerme. Yo no pude.

P.—¿Qué es para ti hoy tener fe?

R.— Tener paz. Vivo la fe de una forma tranquila. No necesito respuestas inmediatas. Mi fe no se basa en saber si Dios existe o no. Tengo la certeza de que sí, pero eso no significa que no pueda enfadarme con Dios en algún momento. Y eso también es legítimo.

Vivo la fe desde la calma, no desde la necesidad. No necesito llenar vacíos ni exigir respuestas. Las respuestas llegaron en su momento.

Y hoy entiendo que Patricia llegó porque tenía que llegar, para rescatarme. Cada uno tiene su propósito, y quizá el camino era común.

Además, quiero dejar algo claro: que hables bien de una persona no significa que hables mal de las anteriores. A veces se interpreta mal, pero no es así. Todas las personas que han pasado por tu vida forman parte de tu historia.

P.—Pero tú mismo reconoces errores.

R.— Sí, claro. He fracasado para mí mismo. No es solo que haya fallado a otros, sino que fallé conmigo primero. No fui consciente de lo que debía hacer ni sacrifiqué lo necesario para cumplir mi propósito.

También es cierto que no todo lo que se ha dicho de mí es verdad, pero no entro en batallas. Aun así, yo fui el primero con quien fracasé.

P.—Hablabas de sacrificio. ¿Sigue teniendo sentido en esta sociedad?


R.— Es imprescindible. Y también lo es el fracaso. Sin fracaso no aprendes. La clave es: fracasa, pero fracasa mejor. Aprende de ello.

Hay sacrificios impuestos y sacrificios voluntarios. Yo hoy hago sacrificios voluntarios: tengo menos tiempo para muchas cosas, pero lo dedico a lo que más me importa: mi familia.

Y eso me da plenitud.

P.—¿Qué versión de ti crees que se quedó atrás tras esa crisis?


R.— Nunca me lo había planteado.No creo que se trate de versiones mejores o peores, sino de etapas. Seguro que quedaron cosas: experiencias, amistades, recuerdos.

Hay gente a la que fallé y gente que me falló. A algunos pedí perdón; otros no me perdonaron. A otros los perdoné yo. Pero no vivo con rencor. Al contrario, miro todo con cariño.

P.—A pesar de todo, el viaje ha merecido la pena.

R.— Sí. A pesar de todo, absolutamente de todo, el viaje merece la pena.

P.—Vamos a terminar con el título. Más allá de Jesús, cada personaje, nosotros mismos, se enfrenta a un conflicto interno. ¿Dirías que todos, de alguna manera, intentan vencer su mundo personal?


R.— No, pero deberían. Vencer tu mundo es tener un propósito. Si no lo tienes, no puedes vencer nada. Ese propósito tiene que ser algo realista. Yo, con 45 años, no puedo plantearme jugar al lado de Mbappé.

También es importante entender que el objetivo no siempre es lo único. El camino forma parte del proceso. A veces, lo relevante no es llegar, sino hasta dónde eres capaz de acercarte.

Y, por supuesto, importa cuánto estás dispuesto a asumir en el proceso.

No creo que todo el mundo esté intentando vencer su mundo, pero creo que todo el mundo debería intentarlo, porque implica enfrentarse a lo que se interpone en tu camino.

P.—La diferencia entre vencer al mundo y vencer a tu mundo es importante.

R.— Sí. Ese matiz está también en el mensaje de Jesús. No se trata de imponerse sobre todo, sino de enfrentarse a lo que a uno le afecta directamente.

P.—¿Ese concepto de victoria sigue teniendo sentido hoy?

R.—Sí. Absolutamente. Incluso en conflictos actuales —como Oriente Medio, Ucrania o Rusia— seguimos hablando de dinámicas de enfrentamiento, pero el mensaje debería ser universal. Y hay algo importante que muchas veces olvidamos: hay más de 365 millones de cristianos perseguidos en el mundo. Eso significa que una de cada siete personas que profesa esta fe sufre persecución. Entonces, la idea de “victoria”, entendida correctamente, sí tiene sentido: pero no como imposición, sino como transformación. 

P.—Entonces, ¿de qué se trata realmente?
R.— De una sola palabra: amor. El amor incluye el respeto, la empatía, la escucha activa. Lo incluye absolutamente todo. Todo se resume en amor o ausencia de amor.