El miedo a volar afecta a miles de personas que, pese a saber que el avión es seguro, viven cada trayecto con ansiedad o directamente renuncian a viajar. No es un miedo innato, sino aprendido, y muchas veces alimentado por la desinformación y la percepción de falta de control.
Perico Durán lo conoce desde el otro lado. Es comandante de Airbus A320 con más de dos décadas de experiencia en aviación comercial y ha convertido su trabajo en la cabina en una herramienta de divulgación para explicar qué ocurre realmente en un vuelo.
En Volar sin miedo, traslada ese conocimiento con un objetivo claro: desmontar ideas erróneas y dar a los pasajeros herramientas para entender —y gestionar— lo que sienten al subir a un avión.
P.— Si el miedo a volar no es innato, ¿por qué tantas personas lo desarrollan?
R.— El miedo, como emoción, siempre ha estado ahí y cumple una función protectora. Pero el miedo a volar no es innato, se aprende. Puede surgir a partir de experiencias personales, ideas que hemos interiorizado, contenidos que vemos en redes sociales o documentales, e incluso por influencia de otras personas: una pareja, un familiar, un amigo o hasta otro pasajero durante un vuelo. A veces estás tranquilo y, al ver a alguien muy nervioso, empiezas a pensar que algo va mal.
También hay etapas vitales, como cuando se tienen hijos, en las que este miedo puede intensificarse. La buena noticia es que, si se aprende, también se puede desaprender.
P.— Cada vez que hay un accidente aéreo, el miedo parece dispararse. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los accidentes de tráfico, mucho más frecuentes. ¿Por qué?
R.— Las cifras hablan por sí solas: cada año mueren alrededor de un millón y medio de personas en accidentes de tráfico. En cambio, en la aviación comercial, el número es muchísimo menor; por ejemplo, el año pasado fallecieron unas 300 personas en todo el mundo.
Muchas personas dicen que en el coche tienen el control, pero eso es una percepción. La realidad es que, aunque creemos tener el control, los accidentes siguen ocurriendo en grandes cifras. En el avión, en cambio, el control lo tienen profesionales altamente cualificados, y las estadísticas demuestran que es un medio extremadamente seguro.

P.— ¿Qué factores psicológicos hacen que el cerebro perciba el vuelo como una situación de peligro?
R.— Principalmente, la incertidumbre: no saber qué va a pasar. También influye la necesidad de control que tienen algunas personas y el desconocimiento sobre cómo funciona la aviación.
Además, hay quienes ya parten de un estado previo de ansiedad o de alerta, lo que aumenta la hipervigilancia. Esa sensibilidad elevada puede hacer que el miedo crezca y, en algunos casos, llegue a convertirse en una fobia si no se gestiona adecuadamente.
P.— Hablas de que el cerebro anticipa lo peor y se retroalimenta con esos pensamientos. ¿Qué papel juega el conocimiento en ese proceso?
R.— El conocimiento es una herramienta clave contra el miedo a volar. Cuando entiendes cómo funciona la aviación, puedes cuestionar esos pensamientos intrusivos que aparecen de forma automática.
Muchas veces el cerebro tiende a anticipar escenarios negativos, pero si tienes información, puedes frenar esa espiral: “esto que estoy pensando no es real”.
Saber cómo funciona la aviación, conocer los protocolos y entender por qué es el medio de transporte más seguro ayuda a reducir la incertidumbre, que es el principal caldo de cultivo de la ansiedad y, en los casos más extremos, de la fobia.
P.— ¿En qué punto la ansiedad se convierte en un ataque de pánico?
R.— El ataque de pánico se produce cuando la ansiedad se desborda. Es un nivel extremo en el que el cuerpo entra en una activación muy intensa.
Aunque los síntomas son reales y muy angustiosos, muchas veces están provocados por pensamientos que no se corresponden con un peligro real. La persona siente que le va a pasar algo grave, incluso que puede morir, pero en realidad es una reacción del sistema de alarma del cuerpo.
P.— ¿Cómo se debe actuar en una situación de ataque de pánico?
R.— Lo primero es entender que se trata de una descarga de adrenalina. Esa activación tiene un pico, pero luego disminuye, y el episodio suele durar unos minutos.
Es muy difícil en ese momento, pero es clave recordar que va a pasar. La persona puede sentir que se está muriendo, pero no es así.
Lo ideal es intentar prevenir que la ansiedad llegue a ese punto. Si ocurre, el entorno debe acompañar, preguntar qué necesita y actuar con calma. En el caso de un vuelo, es importante que la tripulación esté informada para poder actuar de la forma más adecuada, incluso contando con apoyo psicológico si es necesario.
P.— El despegue es uno de los momentos que más ansiedad genera. ¿Qué ocurre realmente en la cabina?
R.— El despegue produce ansiedad por varios factores: el ruido de los motores, la aceleración y la sensación de cambio brusco.
Es importante entender que al poco de despegar se reduce la potencia de los motores de forma totalmente normal y controlada, lo que puede generar una sensación de “vacío” en los pasajeros.
Además, algunas experiencias pasadas, como accidentes o la forma en que se han explicado en los medios, han influido en la percepción del despegue, generando interpretaciones erróneas, como la idea de un supuesto “punto de no retorno”.
P.— ¿Esa percepción varía entre generaciones?
R.— Sí. Las personas que vivieron ciertos accidentes o que recibieron esa información de forma más impactante pueden asociar el despegue con mayor miedo.
En cambio, las generaciones más jóvenes suelen tener menos ese tipo de referencias y, por tanto, no lo perciben con la misma intensidad.
P.— Hay también ideas muy extendidas sobre el propio vuelo, como la señal de cinturones o la altitud. ¿Hasta qué punto influyen esos mitos?
R.— Influyen mucho, porque el cerebro intenta dar sentido a lo que no entiende y mezcla conceptos.
Por ejemplo, que se apague la señal de cinturones no significa que el vuelo sea más seguro en ese momento concreto, sino que las condiciones lo permiten.
Muchas de estas interpretaciones se construyen a partir de información incompleta o mal entendida, y eso alimenta el miedo. En realidad, los datos muestran que la aviación es extremadamente segura: en 2023 hubo decenas de millones de vuelos en todo el mundo y muy pocos accidentes en comparación.
P.— Antes de avanzar, has mencionado hace un momento el accidente de 2008 y que se comunicó mal. Es muy importante porque esto, aunque parezca algo puntual, tiene consecuencias más amplias: genera ansiedad y condiciona la forma en la que luego afrontamos los viajes. ¿Qué tipo de información debería transmitirse realmente para no generar ese efecto?
R.— Yo creo que uno de los pasos fundamentales para las personas que tienen miedo a volar es cuidar la “dieta mental”.
Si tú te dedicas a ver documentales de catástrofes aéreas, si en redes sociales consumes contenido sobre turbulencias, incidentes o situaciones de emergencia, al final tu cerebro empieza a asociar aviación con catástrofe o con sufrimiento, cuando en realidad no es así.
Por eso digo que no hace falta consumir ese tipo de contenido. No hace falta seguir cuentas que solo hablan de incidentes. Es mejor elegir fuentes fiables, divulgadores que expliquen la aviación de forma realista, o incluso libros o contenido técnico sobre cómo funciona la aviación en el día a día.
Yo siempre digo que existe una desventaja clara: muchas personas reciben información solo de lo que sale mal, cuando hay más de 40 millones de vuelos que salen bien. Yo he venido aquí a contar precisamente la historia de esos vuelos que no aparecen en los titulares.
P.— Has mencionado las turbulencias. ¿Qué ocurre realmente cuando un avión atraviesa turbulencias?
R.— En realidad, más que la turbulencia en sí, lo que genera ansiedad es lo que la acompaña: la luz de cinturones, el aviso, y la predisposición a pensar que algo puede ocurrir.
Ahí entra mucho el factor de la incertidumbre, que es no saber cuál es el alcance real de lo que está pasando. Cuando alguien entiende que nunca en la historia de la aviación ha habido un accidente provocado por turbulencias, eso ya cambia completamente la percepción.
Es normal tener cierta incomodidad —como también ocurre, por ejemplo, en una montaña rusa—, pero es imposible no sentir algo de movimiento. Ahora bien, si sabes que la consecuencia de la turbulencia es solo una incomodidad pasajera, y no un riesgo real, el miedo se reduce muchísimo.
Porque el avión no se va a partir, no se va a caer ni se va a estrellar por turbulencias. Es un fenómeno incómodo, pero no peligroso. Y además, pasa: es algo temporal.

P.— Entonces, ¿podríamos decir que hay dos tipos de miedo: el miedo a que ocurra algo grave y el miedo a la propia sensación de volar?
R.— Exacto. Por un lado está el miedo a que ocurra un accidente, y por otro está el miedo a la sensación de volar en sí misma: la altura, no tener los pies en el suelo, esa sensación de vértigo.
También influyen otros factores como la claustrofobia o el miedo a perder el control. Al final, las variables son muchas y se combinan de forma distinta en cada persona.
Por eso es importante entender que no todos los miedos a volar son iguales.
P.— ¿Cuándo ese miedo deja de ser un miedo y pasa a ser una fobia?
R.— Cuando empieza a condicionar tu vida.
Si una persona evita viajar, cambia sus planes o limita sus decisiones por miedo a volar, entonces ya estamos entrando en el terreno de la fobia.
En ese punto es muy recomendable acudir a terapia. De hecho, cualquier miedo o ansiedad relacionada con volar se puede trabajar, pero es especialmente importante hacerlo cuando ya está afectando a tu día a día.
La terapia da muy buenos resultados, tanto en casos de claustrofobia como en miedo a las alturas o en ansiedad más generalizada.
P.— ¿Incluyes más de 30 mantras para combatir el miedo a volar?
R.— Sí, aunque hay uno que me gusta especialmente. Es una frase que surgió de forma natural en una conversación con una persona que me escribió: “La turbulencia no es peligrosa para el avión, es simplemente incómoda.”
Con el tiempo, esa persona empezó a repetírselo y me contó que le ayudaba. Incluso hay gente que se ha hecho camisetas con esa frase.
Y es que es exactamente así: la turbulencia no es peligrosa. Es incómoda, pero el avión está diseñado para soportarla. Si aparece, lo único que hay que hacer es ponerse el cinturón y esperar a que pase.
P.— ¿Cómo se planifica un vuelo cuando hay tormentas o incluso huracanes?
R.— Los aviones cuentan con radar meteorológico que permite detectar tormentas a gran distancia, incluso a más de 1.000 kilómetros. Eso hace que se puedan evitar con antelación.
En la planificación del vuelo, se analiza la meteorología prevista en el trayecto y en el destino. Si se prevén tormentas, se puede añadir combustible extra para tener margen o, si es necesario, elegir un aeropuerto alternativo.
Además, los vuelos se diseñan con información de servicios meteorológicos de máxima precisión. Hay despachadores de vuelo altamente cualificados que planifican las rutas, buscando siempre la opción más segura y eficiente.

P.— ¿Hoy en día sería posible un accidente como el de Los Andes?
R.— No tengo los detalles exactos de ese vuelo, pero sí es cierto que iba muy cerca de zonas montañosas. Hoy en día, ese tipo de rutas están mucho más controladas.
Además, los aviones actuales cuentan con sistemas muy avanzados y con información meteorológica en tiempo real.
Por ejemplo, antes de un vuelo se informa a la tripulación de las altitudes donde habrá menos turbulencia para poder elegir la mejor opción.
Las operaciones están muy reguladas, y fenómenos como la turbulencia orográfica están bien identificados y controlados. No es habitual que una turbulencia provoque un accidente.
P.— Entonces, ¿qué provoca realmente los accidentes de aviación?
R.— En la mayoría de los casos intervienen varios factores. El error humano puede estar presente, pero nunca es la única causa.
En aviación no se busca un culpable, sino entender qué ha ocurrido. Se analizan causas principales y factores contribuyentes: desde condiciones meteorológicas hasta fallos técnicos o situaciones personales.
Por ejemplo, una persona puede cometer un error, pero hay que entender por qué: qué entorno había, qué condiciones, qué circunstancias.
La aviación funciona con múltiples capas de seguridad: procedimientos, formación, tecnología… Todo está diseñado para evitar que un fallo aislado se convierta en un accidente.
Por eso el nivel de seguridad es tan alto. Estamos muy cerca de alcanzar niveles prácticamente nulos de accidentes en un sector que mueve miles de millones de pasajeros cada año.
P.— Has mencionado un caso extremo, como el de un piloto que podría tener una conducta intencionada. ¿Qué controles existen sobre la salud mental de los pilotos?
R.— Existen controles muy estrictos. Desde el inicio, los pilotos pasan pruebas psicológicas muy exigentes en el proceso de selección. No son filtros superficiales: se evalúa en profundidad la estabilidad emocional y psicológica.
Además, durante toda su carrera, los pilotos pasan revisiones periódicas. Cada año se realizan evaluaciones psicológicas, y cada seis meses se someten a simuladores donde se analiza su reacción en situaciones de estrés.
También hay un entorno muy vigilado: el trabajo en cabina se realiza en equipo, y existe un sistema de reporte donde incluso otros profesionales pueden informar de comportamientos que consideren inusuales.
Todo esto crea un entorno altamente controlado, donde se prioriza la seguridad en todo momento.
P.— Hablemos de las limitaciones que supone no poder volar. Por ejemplo, cuando una persona o su pareja no puede hacerlo, eso afecta a viajes, relaciones o incluso oportunidades laborales.
R.— Claro, no siempre puedes sustituir un avión por otro medio de transporte.
La consecuencia más habitual del miedo a volar es que la persona acaba renunciando a volar, y eso implica renunciar a experiencias, a conocer el mundo. Vivimos en un entorno cada vez más abierto, con muchas oportunidades, pero si dejas de volar, tu mundo se reduce.
Eso afecta no solo a nivel personal, sino también laboral. Hay personas que rechazan ascensos o proyectos porque implican viajar. Tengo casos de gente que ha renunciado a oportunidades importantes por este motivo.
También influye en las relaciones personales. A veces, uno de los dos miembros de la pareja quiere viajar y el otro no puede, y eso pone a prueba la relación.
Aun así, el amor —tanto el propio como el de pareja— puede ser una herramienta muy potente para superar el miedo. Acompañar al otro, quedarse a su lado en ese proceso, es fundamental.
Recuerdo un caso reciente: un pasajero me contaba que llevaba años sufriendo mucho al volar, pero nunca había hecho nada para superarlo. Seguía volando por obligación, pero con mucho sufrimiento. Y muchas veces hay herramientas: terapia, cursos, apoyo… pero hay que dar el paso.
Lo importante es no quedarse paralizado y buscar soluciones, acompañado si es posible.
P.— Antes decías que este miedo no es innato. En ese sentido, ¿qué responsabilidad tienen los padres para no transmitir ese miedo a sus hijos?
R.— Lo ideal es que el niño no perciba ese miedo, o al menos que no perciba terror.
No es lo mismo estar un poco nervioso que transmitir pánico.
Si no se puede ocultar completamente, lo importante es cómo se comunica. Se puede expresar algo como: “me pone un poco nervioso volar”, en lugar de transmitir una sensación de peligro extremo.
También es importante normalizar las emociones: enseñar que es válido sentir incomodidad, pero que se puede afrontar.
Incluso se puede implicar al niño: pedirle ayuda, que acompañe, que participe en pequeños gestos como respirar juntos o distraerse. Todo depende de la edad, pero el mensaje es que él también puede aportar.
Y, sobre todo, el ejemplo. Que el niño vea a sus padres afrontando la situación, aunque les cueste, es una lección muy potente. No se trata de ocultar todo, sino de enseñar cómo se afronta un miedo en la vida real.

P.— ¿Qué opinas del transporte de mascotas en avión?
R.— Es un tema complejo. A mí, personalmente, me gustan mucho los animales, así que intento ser equilibrado.
Las aerolíneas cuidan mucho a los animales que viajan en bodega, pero aun así hay que tener en cuenta que ese entorno puede ser estresante: jaulas, ruidos, cambios de temperatura, sensación de desorientación…
Para un animal, especialmente en vuelos largos, puede ser una experiencia muy intensa. Por eso creo que hay que buscar formas de mejorar esas condiciones y reducir ese estrés.
También es importante encontrar un equilibrio con las personas que no tienen mascotas o que pueden tener alergias.
Quizá una solución sea limitar el número de animales por vuelo, establecer zonas o asientos específicos, o mejorar las condiciones del transporte, siempre respetando a todos los pasajeros.
En cualquier caso, también depende del sentido común: si se puede evitar que un animal pase un mal viaje, lo ideal es hacerlo. No todo el mundo necesita llevar a su mascota en avión en todos los casos.
Al final, todos —personas, compañías y sociedad— tenemos que aportar para encontrar un punto equilibrado.
P.— Entonces, ¿qué hacemos? Porque dices “deja en tierra la ansiedad y recupera la calma”, pero esa calma no aparece de un día para otro. La ansiedad tampoco desaparece justo antes de subir al avión. Necesitamos algo más concreto.
R.— Lo primero es ser consciente de lo que este miedo te está costando. Preguntarte: ¿qué impacto tiene en mi vida?
Para algunas personas puede ser solo nervios puntuales, pero para otras supone sufrir durante semanas, evitar planes, tensiones en la pareja o incluso perder oportunidades laborales.
A partir de ahí, hay que tomar una decisión clara: “quiero superarlo”. Y eso ya es un paso fundamental.
A muchas personas les ayuda escribirlo. Definir un objetivo concreto:
“Quiero superar esto porque quiero viajar con mi pareja”,
“quiero aceptar una oportunidad laboral en otro país”,
“quiero que esto no afecte a mi relación”,
“quiero acompañar a alguien importante para mí”.
Ponerlo por escrito da dirección y compromiso.
P.— ¿Y qué significa “hacer todo lo posible”?
R.— Hay dos pilares fundamentales.
Por un lado, el conocimiento aeronáutico: entender cómo funciona la aviación ayuda a reducir la incertidumbre, que es uno de los mayores generadores de ansiedad.
Por otro lado, la terapia. Creo que es fundamental en muchos ámbitos de la vida, y especialmente en este tipo de procesos. Cuando el miedo empieza a acercarse a la fobia, la ayuda profesional no solo es recomendable, es clave.
Apoyarse en esos dos pilares —conocimiento y terapia— marca una gran diferencia.
P.— ¿Cómo se trabajan esas creencias limitantes y pensamientos intrusivos?
R.— Son parte del proceso. Todos tenemos pensamientos intrusivos en algún momento, pero la clave está en no darles poder.
Como decía Montaigne: “mi vida ha estado llena de grandes desgracias, la mayoría de las cuales nunca ocurrieron.”
Muchas veces sufrimos por escenarios que no son reales. Aprender a identificar eso y cuestionarlo es fundamental.
P.— Para terminar, ¿qué se lleva una persona de este proceso más allá de superar el miedo a volar?
R.— Se lleva mucho más que eso.
No solo supera el miedo, sino que aprende a enfrentarse a la vida de otra manera. Aprende a gestionar la incertidumbre, a cuestionar pensamientos, a confiar más en sí misma.
Al final, el verdadero logro no es solo subir a un avión sin miedo, sino en la persona en la que te conviertes durante ese proceso.
Porque superar el miedo a volar no es el final del camino: es el inicio de una forma distinta de afrontar la vida.
