Carla Gracia «Despertar el jardín fue volver a mirarme sin miedo»

«Empecé a dibujar para dejar de pensar y acabé encontrándome.»

Entre flores que guardan secretos y memorias que esperan ser escuchadas, El jardín dormido narra la historia de una mujer que descubre que sanar no es olvidar, sino reconciliarse con los propios fantasmas y con las raíces que nos sostienen. La novela florece como un homenaje a la memoria femenina, al vínculo con la naturaleza y a la capacidad de renacer después del dolor.

Su autora, Carla Gracia, es escritora y doctora en Literatura, especializada en estudios culturales y de género. A lo largo de su trayectoria ha explorado la identidad, la herencia emocional y el lugar de las mujeres en la historia, combinando reflexión literaria y mirada íntima. 

P.– La belleza del libro sorprende tanto como el dolor que atraviesa la historia: hay duelo, herencias generacionales y mucho que sanar. ¿En qué momento emocional sentiste que tenías que escribir esta historia?

R.– No fue una decisión consciente; la historia llegó a mí. Hace unos tres años diagnosticaron a mi hijo de autismo y sufrió un brote psicótico. Era muy pequeño, tenía seis o siete años, y fue una experiencia muy dura, difícil de explicar. Me volqué completamente en él: dejé todo para acompañarlo, llevarlo a psicólogos, psiquiatras, hacer lo que hiciera falta. En ese proceso, a veces nos olvidamos de quien cuida.

Hubo un momento en el que pensé: no puedo más, necesito un pequeño espacio para mí. Por logística familiar, los lunes eran el único día posible. Dejaba la comida y la cena preparadas y salía corriendo al centro cívico. El primer día pregunté qué actividades había los lunes por la tarde y me daba igual cuál, porque sabía que, sin una excusa concreta, acabaría abandonándolo. Así fue como empecé a dibujar.

Al principio pensé que se me daba fatal, pero precisamente por eso funcionó: no tenía que ser productiva, solo estar conmigo misma. Empecé con garabatos y, poco a poco, con flores. Cada lunes una flor distinta, como si estuviera plantando un jardín propio. Luego investigaba su significado. Siempre me habían atraído las flores, aunque nunca se me dio bien cuidarlas, quizá porque no me cuidaba a mí. Empecé a mirarlas de otra manera y, a partir de ahí, nació la historia de Iris, que creció casi sola. Iris abandona una vida estable para lanzarse a lo desconocido.

P.– ¿Crees que todos necesitamos en algún momento parar, saltar y reencontrarnos?

R.– Sí, lo creo. Ojalá no fuera necesario porque viviríamos más conectados a diario. Pero la mayoría vamos haciendo lo que podemos: conciliando hijos, familia, madres que nos necesitan, expectativas propias y ajenas. Y así pasan los años casi sin darnos cuenta, mientras crece un vacío interior, la sensación de que aquello que queríamos hacer quedó arrinconado. A veces hay que parar para entender que, al final del día, solo estás tú con tu vida. Las expectativas de los demás no son tuyas. Normalmente reaccionamos cuando ocurre algo muy fuerte, cuando nos damos cuenta de que la vida pasa —y pasa rápido— y que hay que vivirla.

P.– Cuidarte a ti para poder cuidar a los demás.

R.– Sí, eso es fundamental. Cuando mi hijo estaba tan mal, mi psicóloga me repetía siempre el ejemplo del avión: la mascarilla de oxígeno tienes que ponértela tú primero antes de ayudar a los demás. Si no respiras, no puedes sostener a nadie. Necesitas darte aire para poder dar aire.

P.– ¿Sientes que ahora te lo has dado?

R.– Creo que sí. Me ve más fuerte y eso también le transmite fortaleza.

P.– En la novela hablas del duelo, pero no solo como ausencia, sino como búsqueda. ¿Qué buscabas en el viaje de Iris? Imagino que, de algún modo, también te estabas buscando a ti misma.

R.– Sí, sin duda. Yo solo sé escribir para buscarme. Por eso el proceso de escribir me interesa casi más que el de publicar, que también es muy bonito. Escribir es entenderte, reencontrarte.

En Iris vive la muerte de su hermana como un dolor profundo. Siente que la buena, la perfecta, la que debía haber vivido era ella, no Iris. Carga con una culpa muy intensa: la culpa de la supervivencia, de no merecer vivir. Durante años intenta ganarse el derecho a estar aquí, a que los demás la miren y validen su existencia. Hasta que comprende que no puede vivir esperando ese reconocimiento. Que primero tiene que sentir, ensuciar la vida, vivirla por ella misma. Es un proceso de búsqueda de la imperfección, de la parte más natural y salvaje de sí misma.

P.– Me gusta mucho eso que dices de “ensuciar la vida”.

R.– A mí también. Vivimos intentando ser perfectos todo el tiempo: con las redes sociales, el Photoshop, las apariencias. Y cuando las cosas no van bien, nos sentimos mal, como si estuviéramos fallando.

P.– Pero cuando las cosas no van bien, eso también es la vida. ¿Crees que como sociedad sabemos acompañar el dolor ajeno o seguimos teniéndole miedo, como si fuera contagioso?

R.– Totalmente. Nos cuesta muchísimo sostener el dolor del otro. Incluso cuando preguntamos “¿qué tal?”, no queremos una respuesta honesta si no es “bien”. Es una conversación automática: “¿Cómo estás?” “Bien, bien”. Pero muchas veces no es verdad.

Yo lo he vivido mucho con mi hijo. Por la calle, personas bienintencionadas te dicen: “Ah, ya está mejor”, como si fuera algo que se arregla de un día para otro. Y cuando dices que hoy quizá está un poco mejor, enseguida responden: “Bueno, ya se arreglará”. Pero no. A veces no se arregla. A veces la vida es eso. Y acompañar también significa aceptar esa realidad.

P.– Me has contado cómo empezaste a dibujar tu propio jardín, pero me gustaría saber qué significa para ti, a nivel simbólico, despertar un jardín.

R.– Muchas historias hablan de cambiar por completo, de descubrir que tienes que convertirte en otra persona. Para mí, despertar un jardín significa justo lo contrario: entender que la esencia ya está ahí dentro. No es crear algo nuevo, sino volver a mirar lo que habías dejado de ver porque pusiste otras cosas por delante.

Vivo en una calle de un pueblo pequeño, rodeada de vecinas mayores que cuidan plantas. Es fascinante ver cómo cada semana hay una flor distinta, como si el jardín nunca dejara de ofrecer algo nuevo. Frente a esa obsesión por la perfección —por pensar que si no todo florece, no vale—, despertar el jardín es preguntarte qué parte de ti está apagada.

No quiero ser otra persona, ni otra Iris: quiero encontrar a la que era. Durante el proceso tan duro que viví con mi hijo, algo que paradójicamente me ayudó a reencontrarme, mi madre y mis tías me decían: “Tú no eras seria, eras una payasa”. Y no entendían en qué momento me volví tan rígida. Eso mismo le ocurre a Iris, a quien le advierten que se mantenga alejada de las personas alegres.

P.– Esa llamada…

R.– Exacto. Siempre me dijeron que era demasiado seria, y durante años me sentí culpable por ello. Pero en lugar de seguir cargando con esa culpa, decidí ir a rescatar a esa niña que sí era payasa, y dejar de intentar convertirme en lo que creía que debía ser.

P.– ¿Crees que esa es la forma de volver a ese jardín que en algún momento se perdió?

R.– No lo sé, porque cada persona encontrará su propio camino. En mi caso, me ayudó mucho entender qué heridas me llevaron a encerrarme en una versión de mí misma que pensaba que era la adecuada: la que complacía a los padres, a los demás. Eso lo hacemos casi sin darnos cuenta.

Mi madre es una feminista convencida, ha luchado toda su vida por los derechos de la mujer, y aun así me enseñó a cruzar bien las piernas, a comportarme de determinada manera. Son normas que ojalá no existieran, pero que se transmiten de mujer en mujer.

Por eso también tiene sentido que Iris viaje a Ampurdán, al lugar donde vivió su abuela. No somos solo nosotras: somos herencia. Y despertarse también implica volver a esa infancia, a esa madre, a esa abuela.

P.– Hablas de lo que heredamos, de heridas que pasan de generación en generación. Todas las familias guardan historias silenciadas. ¿Por qué crees que callamos? ¿Para evitar el dolor?

R.– Sí, para evitar el dolor y también la culpa. A veces guardamos un sufrimiento mucho mayor que el que sentiríamos si pudiéramos nombrarlo. Hay secretos muy comunes en el pasado: abortos deseados o no, hijos entregados porque no había medios para criarlos, amores ocultos. Nos sentimos culpables por no haber sido lo perfectos que creemos que deberíamos haber sido.

Ese dolor silenciado se amplifica en la mente y acaba transmitiéndose de generación en generación. Hace poco publiqué un libro sobre Jane Austen y me impactó especialmente Lady Susan, una historia sobre una madre perversa. Investigando su vida, descubrí que su propia madre era una gran intelectual que escribía, pero tras quedarse viuda joven tuvo que casarse para sobrevivir. Tuvo nueve hijos y dejó de escribir. Cuando Jane Austen decidió no casarse, su madre se lo reprochó siempre.

Cuando no hablamos de lo que nos dolió, acabamos proyectándolo sobre los demás: hijos, hijas, nietos, incluso sobre personas cercanas. El silencio no protege; perpetúa el daño.

P.– ¿Qué te aporta la pintura, el arte, que no te aporta la escritura?

R.– Creo que la pintura me permite acercarme sin expectativas. No sé muy bien qué va a pasar y eso me ayuda a dejar de pensar. Es maravilloso poder suspender el pensamiento durante un rato, aunque sea breve. La pintura me permite plasmar una realidad y dejar que la mente fluya, que los pensamientos se encadenen sin control. Esa meditación que tanto cuesta alcanzar, a mí me llega a través de la pintura.

P.– ¿Y qué te da la palabra que no te da la pintura?

R.– La palabra, para mí, va por delante del pensamiento. El pensamiento es más racional, más elaborado. En cambio, cuando llega la palabra o la historia, aparece como una metáfora de algo que mi cerebro todavía no sabe ordenar del todo. Es una forma de curarme, de nombrarme, de entenderme. Es una terapia adecuada.

En ese sentido, Iris y Mark no viven un amor salvador; viven un amor de reconocimiento.

P.– ¿Por qué era importante para ti romper con la idea del amor que rescata? ¿Por qué crees que ese tipo de amor nos hace tanto daño?

R.– Porque hace daño a ambas partes. Pasas la vida esperando que alguien te mire y te diga: “Sí, vales la pena, te quiero”, y que a partir de ahí tu vida tenga sentido. Entonces dependes completamente de esa mirada, de que no cambie, de que el otro no se vaya. Eso es devastador.

Además, es una idea que se ha transmitido sobre todo a las mujeres: como si por nosotras mismas no tuviéramos un sentido propio, mientras que los hombres sí lo tienen y encuentran a una mujer que los acompaña. Por eso tenía claro que debía haber una historia de amor, pero un amor distinto: el amor de Iris hacia sí misma, hacia su hermana, la reconciliación con su madre, el encuentro con Anaïs y con tantas mujeres que han tenido que luchar por un espacio propio en el mundo.

El otro puede acompañarte, puede señalarte el camino de vuelta a casa, ayudarte a reformularte, pero no puede ser tu vida.

P.– En cada capítulo aparece una flor, su significado, un árbol… el almendro, por ejemplo. ¿Cómo fue el proceso de selección?

R.– Algunas flores sabía desde el principio que tenían que estar, como la rosa. Son flores mediterráneas por excelencia, muy ligadas a nuestra cultura. Otras las fui descubriendo mientras escribía. A veces era la historia la que pedía una flor concreta; pensaba qué planta podía transmitir lo que estaba ocurriendo. Y otras veces sucedía al revés: pintaba una flor porque la profesora lo proponía.

Recuerdo, por ejemplo, la strelitzia. Al principio pensaba: “¿Qué es esto?”. Pero cuando pintas algo, lo amas. Empiezas a querer cada forma, cada detalle. Pasa lo mismo con los retratos: incluso los más feos nos conmueven porque cada arruga cuenta una historia. Entonces pensaba cómo integrar esa flor en la novela, y la historia se adaptaba a la planta. Fue un rompecabezas muy divertido.

P.– Veo que has aprendido mucho dibujando.

R.– Sí, gracias. Ha sido fundamental tener una buena profesora, pero también aprender a soltar peso. Yo antes era muy perfeccionista. Mi primer libro, que publiqué siendo muy joven, lo documenté durante tres años antes de escribir una sola palabra. Cuando hice el doctorado —sobre Goethe y Schiele—, con mis directores de tesis en Inglaterra, el primer día me dijeron: “Dentro de quince días queremos leer las primeras veinte páginas”. Yo les respondí que aún no había empezado a documentarme, y ellos me contestaron: “Pero tú eres escritora, no tienes que imaginártelo todo antes”.

Ahí empecé a entender que la creación también es un juego, que no tiene que ser perfecta. No aspiro a ser pintora ni a exponer en galerías; aspiro a transmitir algo con lo que hago. Y creo que, precisamente en un mundo atravesado por la inteligencia artificial, tenemos que alejarnos de la perfección y apostar por conmover. Eso es algo que la IA no va a poder hacer nunca.

P.– Para terminar, ¿cómo te sientes ahora después de haber escrito El jardín dormido? Sé que es una pregunta tópica, pero me interesa porque el proceso ha sido largo, intenso, con un inicio muy duro.

R.– Durante este tiempo han cambiado muchísimas cosas en mi vida. Ha sido como un huracán: sales de casa y la encuentras medio destrozada, y entonces miras qué sigue en pie. En pie está mi hijo, que ahora está más estable; mi hijo pequeño, que está bien. Y yo, que me siento más fuerte.

Siento que ahora tengo raíces y que empiezan a florecer con el libro. Me siento muy acompañada. El trabajo del equipo editorial, hecho con tanto mimo, ha sido un regalo. Poder compartir este proceso lo ha transformado todo. Empiezo a recibir mensajes de mujeres que me dicen que el libro las ha acompañado en la muerte de un marido o en momentos muy difíciles, y siento que, de algún modo, es como abrazarme a mí misma cuando estaba peor. Me siento profundamente afortunada.

Mi hijo, a veces, me pregunta: “¿Esto del jardín te llevará muy lejos?”. Y yo le digo: “No te preocupes, que te llevará conmigo”.

Y, por cierto, Rosa: tienes el nombre de una flor maravillosa. La rosa es pasional y tiene espinas, pero también es la que mejor sana las cicatrices. La rosa mosqueta lo demuestra. Me parece precioso que una misma flor pueda herir y curar al mismo tiempo.