Marta Jiménez «La negligencia puede ser tan dañina como un acto deliberado, pero es más difícil de percibir»

Vivimos en una sociedad que nos obliga a estar felices todo el tiempo; de hecho, en el libro critíco el carpe diem

Un sábado cualquiera, Marta Jiménez Serrano y su pareja sobrevivieron a una intoxicación por monóxido de carbono que pudo haberles costado la vida. De esa experiencia límite surge Oxígeno, un libro que explora el amor, el miedo y la fragilidad de estar vivos, y en la que también señala la precariedad de la vivienda y cómo unas condiciones inseguras pueden transformar lo cotidiano en peligro. 

Licenciada en Filología Hispánica y con un máster en Estudios Literarios y Letras Modernas, Jiménez Serrano combina memoria y literatura para invitar al lector a mirar la vida desde la vulnerabilidad, la esperanza y la reflexión.

P. —El libro se abre con una escena brutal, y lo es todavía más porque realmente ocurrió.

R. — Todo el libro se sostiene en la realidad. Quise contar los hechos tal como fueron, en primera persona, sin adornos. 

P. —¿Cómo se narra algo que no viviste directamente? ¿Te basas en recuerdos o en lo que otros te contaron?

R. — Fue uno de los grandes retos. Viví una experiencia cercana a la muerte, pero durante los momentos centrales estaba inconsciente, así que no recordaba nada. Para poder escribir en primera persona entrevisté a quienes sí estaban despiertos: Juan, que llamó al SUMA, y Víctor, el enfermero que me atendió. También investigué sobre intoxicación por monóxido de carbono y casos similares.

P. —¿Quién era Marta antes del 7 de noviembre de 2020?

R. — Era una chica muy parecida a mí, pero más inocente, más ansiosa. Tenía muchísimas ganas de publicar su primer libro. Y, sobre todo, era una chica con toda la vida por delante. Y creo que ahora la tengo alrededor.

P. —Entonces, ¿qué parte de ti no sobrevivió aquel día?

R. — Más que morir una, creo que nació otra. Con lo ocurrido y la terapia posterior —no como una revelación mística, sino por el trabajo consciente que hice— surgió una nueva Marta.

Me relaciono de otra manera con el tiempo y con la vida. No es lo mismo saber intelectualmente que vamos a morir que experimentarlo; eso me obligó a enfrentar el miedo de otra forma y a mirar el paso del tiempo de manera distinta.

P. —Has mencionado la terapia. No tanto como una experiencia luminosa, sino como un proceso. ¿Fue necesaria para digerir lo ocurrido, para aprender a vivir después, o también para poder contar lo que te había pasado?


R. — Para las dos cosas. La terapia tuvo varios momentos. El primero fue apagar el fuego: el shock, intentar asimilar lo que había ocurrido. El proceso terapéutico es largo y tiene distintas fases. Al principio se trata simplemente de aterrizar lo sucedido. Pero después, sin duda, la terapia me ayudó muchísimo a escribir el libro: a verbalizar lo ocurrido, a entenderlo, a ponerle palabras. Fue fundamental.

P. —Mencionas una nueva forma de vivir y de relacionarte con la idea de la muerte. Entiendo que ahora lo ves distinto, pero ¿podrías señalar algún cambio concreto?


R. —He aprendido a disfrutar de manera más real y tranquila. Vivimos en una sociedad que nos obliga a estar felices todo el tiempo; de hecho, en el libro critico el carpe diem. Esa idea de vivir cada momento como si fuera el último me generaba ansiedad, no felicidad.

Ahora aprendo a ser feliz en la tranquilidad, a valorar el día a día y a saborearlo. No se trata de un disfrute hedonista o ansioso, sino de encontrar alegría, calma y satisfacción en cómo atraviesas la rutina y te miras a ti misma, más que en grandes eventos épicos.

P. —Juan reaccionó rápidamente y Víctor, el enfermero, también. ¿Qué importancia tuvo esa respuesta inmediata para que sobrevivieras?

R. — Fue absolutamente determinante. Al principio pensaba que me estaba dando algo, un ataque, un derrame, no que fuera una causa externa. Cuando entendí lo que había pasado, lo primero que sentí fue suerte. Suerte por esa cadena precisa: me desmayo, Juan se alerta, llama al SUMA y llegan a tiempo. Por muy poco, porque estaba ya cerca del coma.

Habíamos pensado incluso en dormir “a ver si se pasaba”. Si hubiéramos hecho eso, no estaría aquí. Por eso el libro está dedicado al SUMA. Fueron eficaces, rápidos y, además, profundamente humanos. 

P. — En el libro hablas de la precariedad de la vivienda: el tamaño, el precio, las limitaciones, y finalmente esa conexión ilegal. ¿Cómo se articula todo eso con lo que os ocurrió?

R. — Hay algo profundamente inquietante en estar a punto de morir en tu propia casa un sábado por la mañana, porque  es el lugar de la seguridad por excelencia. En nuestro caso fue el colmo: una cadena de negligencias por parte de la casera. No había hecho las revisiones necesarias, incluso cuando salieron mal no cambió la caldera, y además había una toma de gas ilegal que nosotros desconocíamos.

Eso fue el extremo, pero esa misma lógica se reproduce a diario en formas más pequeñas. Pagamos alquileres altísimos y, sin embargo, no podemos hacer una fiesta en nuestra propia casa, no podemos tener una mascota, no podemos colgar un cuadro. Y entonces me pregunto: ¿cómo construyes un vínculo con tu hogar si no puedes habitarlo de verdad? ¿Cómo conviertes en refugio un lugar donde todo está prohibido?

El problema de la vivienda se analiza mucho desde lo económico o lo sociológico, pero a mí me interesaba la dimensión humana. Cuando alquilas una casa, no alquilas solo metros cuadrados: alquilas el espacio donde alguien se protege, donde descansa, donde celebra, donde se recompone. Aunque sea una propiedad privada, no es una propiedad cualquiera. Tratarla con banalidad, tu casa como si fuera un objeto más de consumo, es algo que deberíamos repensar.

P. —¿Podría considerarse una forma de violencia?

R. — Sin duda. La negligencia puede ser tan dañina como un acto deliberado, pero suele ser más difícil de percibir.

En nuestro caso, la casera era responsable, pero luego estaban la compañía de gas, la comunidad… No hay alguien del ayuntamiento que compruebe si una caldera necesita cambiarse. Había muchos escalones y nadie asumía la responsabilidad. Esa división de funciones, donde nadie tiene la capacidad real para resolver, es muy peligrosa: todos fallan, y nadie responde.

P. —¿Lograste obtener alguna respuesta o solución? Porque parece también un problema de justicia.

R. — No, no la hubo. La solución habría sido denunciar a la casera, pero tenía residencia fiscal en Estados Unidos y nos dijeron que el juicio habría durado muchos años. No nos vimos con la moral para sostener 15 años de litigio.

Esto también pone de relieve la cuestión de clase y responsabilidad: ¿qué implica tener un piso en un país en el que no vives? Esa distancia terminó siendo una ventaja para ella.

P. —Claro, no vivís ya  en esa casa. ¿Sabéis si sigue alquilándose?

R. — Sí, estuvo alquilándose un tiempo. Un amigo me dijo que luego la pusieron a la venta y desde entonces no sé nada más. Estoy incluso tentada de ir algún día y tocar el timbre para ver quién vive allí.

P. — Planteas tres preguntas sobre tu relación con Juan: ¿quiénes éramos al conocernos, durante el accidente y quiénes somos ahora?

R. — Sí. Es natural cambiar con la vida, y la pareja debe acompañar esos cambios. Ahora que ya no estamos juntos, diría que no soportamos la última etapa: cada uno evoluciona y la pareja tiene que sostenerlo. Reflexionar sobre quiénes éramos, qué nos atrajo entonces y si seguiríamos sintiendo lo mismo ahora fue un ejercicio de extrañamiento sano, que muestra cómo cambian los vínculos y lo que buscamos en una pareja.

P. —Entiendo que ese cambio en ti fue más profundo a raíz de este proceso, de lo que llamas el accidente.

R. — No lo sé del todo. En estos cinco años me han pasado muchas cosas: lo del monóxido, convertirme en escritora, publicar mi primer libro, cambiar de vida y de profesión. Algunas conclusiones a las que llegué en terapia fueron detonadas por el accidente, pero muchas podrían haber llegado solo con madurar. De algún modo, el monóxido adelantó lo que quizá habría sido una “crisis de los 40 temprana”.

P. —¿Y cómo te han afectado muertes familiares? Imagino que también cambian la perspectiva.

R. — Claro, no tiene nada que ver. Al escribir, se me vinieron a la cabeza mis experiencias con la muerte ajena. Yo no había vivido ninguna cercana a la mía, pero sí con la de otros. Recuerdo a mi madre con problemas de salud, tirada en el suelo del baño… y de repente eres tú la que está ahí.

Esas experiencias —las primeras muertes de los abuelos, las enfermedades, cómo se hablan o no— moldean nuestra relación con la muerte. Vivimos de espaldas a ella, obsesionados con la juventud, como si nunca llegara, como si llegáramos a los 70 sin arrugas.

La ciencia y la medicina nos dan la ilusión de control, pero enfrentarte a la muerte directamente recuerda lo frágiles que somos.

P. —“Hasta mañana, si Dios quiere”. ¿Quién no se lo ha dicho o se lo ha preguntado? Y si Dios no quiere, ¿qué pasa?

R. — Creo que estamos muy huérfanos de Dios, y quizá por eso hablamos menos de la muerte: hablar de ella sin muleta es difícil. Esa frase me la decía mi abuela Concha cuando era niña, y yo no la entendía. “Hasta mañana, si Dios quiere” sonaba como si me mandara a la guerra. Con los años comprendí que efectivamente pueden pasar muchas cosas, y lo importante es aprender a situarlas, a darles un lugar.

P. —Ha dicho que estamos huérfanos de Dios. Tradicionalmente, Dios era un refugio para quien cree en Él.

R. — Totalmente. Creo que tenemos una deuda pendiente con la espiritualidad. No hace falta creer en un Dios concreto, pero sí creo que los seres humanos somos espirituales: tenemos un anhelo de trascender, de comprendernos desde otro lugar. La cultura y la literatura son una forma de explorar eso.

El libro también invita a que cada quien encuentre su propio sentido a la vida. No hace falta que venga de un dios o una comunidad, sino que nazca de cada uno. No se trata de perseguir la felicidad constantemente, sino de vivir con sentido y ser fieles a nosotros mismos.

Además, venimos de un país marcado por la dictadura nacionalcatólica, y eso explica parte de nuestra resistencia a la espiritualidad. Pero abandonarla nos deja un vacío existencial. Podemos acercarnos a lo trascendente de manera propia, sin doctrinas ni dogmas, y eso nos enriquece como seres humanos.

P. —¿Tienes miedo a la muerte?

R. — Creo que tengo más miedo a la enfermedad, al dolor físico constante y sin solución.

P. —Para terminar, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza si dices Oxígeno”?

R. — Lo primero que me viene es mi libro. Pero también siento como si se me llenaran los pulmones. Oxígeno surgió de manera inesperada como un libro luminoso: habla de todo esto, pero transmite esperanza. Cuando pienso en él, siento alivio, alegría y, sobre todo, respiración.