Miguel Lago, reconocido cómico y comunicador, consolida su faceta como novelista de thriller con esta segunda entrega de la saga protagonizada por el humorista Antonio Bécquer y la inspectora Elena Izaguirre. Tras el éxito de Persiguiendo a Bécquer, el autor traslada la acción a escenarios internacionales como París, México y Galicia para profundizar en un crimen silenciado durante dos décadas con : «»Bécquer en París». La trama aborda el asesinato del padre de la inspectora, un caso cerrado oficialmente como un atraco pero que oculta una red de corrupción e impunidad institucional.
A través de una narrativa que explora el abuso de poder, la soledad y la herencia del dolor, Lago disecciona cómo los protocolos y el silencio administrativo pueden ser más letales que la violencia directa. Una obra que define la geografía emocional del crimen y la búsqueda de una reparación que la justicia oficial negó en su día.
Veinte años después de un crimen que fue cerrado con la precisión fría de un informe impecable, el pasado regresa sin hacer ruido, pero sin pedir permiso. Una inspectora que nunca dejó de ser hija, un rostro público acostumbrado a los focos y a las risas, y una verdad que nadie quiso sostener demasiado tiempo, coinciden en el mismo punto exacto, el lugar donde lo oficial empieza a resquebrajarse.
«Bécquer en París»
P.–: Vamos a indagar en esta historia que parte de un crimen silenciado durante 20 años. No sé si te interesaba más resolver el asesinato o mostrar cómo se aprende a vivir con una mentira oficial.
R.–: El que el asesinato lo iba a resolver lo tenía claro, porque es el arranque de la trama y lo que me iba a llevar a contar la historia. Pero es cierto que en la primera novela, Persiguiendo a Bécquer, ya se sembraba eso. Conocemos que el padre de Elena fue asesinado en un atraco que resulta mal, pero ella tiene la sensación de que no fue así. Cuando terminé de escribir la primera novela, yo sentía que a Elena le debíamos esa felicidad. Tenía claro que la segunda historia tenía que girar en torno a ella, porque se merecía quitarse ese dolor.
P.–: Esta segunda parte gira alrededor de una pregunta incómoda: ¿Hasta dónde puede llegar una investigación cuando el poder quiere que no llegue a ninguna parte?
R.–: Es otra de las cosas que me planteé: cuando los buenos son los malos. Esto siempre inquieta. En el thriller es un clásico que haya un policía manchado que llegue a diferentes escalas y evite la justicia. Me parecía fundamental. Por un momento pensé si el asesino podría haber sido otra organización, pero me apetecía que fuera desde dentro para tener giros relacionados con la primera novela, aunque se pueden leer de manera independiente.

P.–: Me gusta que el poder no actúa con violencia directa, sino mediante un protocolo, informes y silencio. ¿Es esa parte para ti la forma más peligrosa de poder?
R.–: Sin duda. Yo quería una trama «de andar por casa», que fuera plausible. Pensaba mucho en las tramas de las pelis de Tom Cruise, como Misión Imposible, que son misiones imposibles, y yo quería algo que al espectador le encogiera diciendo: «es que esto puede ser así». Si aparece un cuerpo, la policía dice que ha sido un atraco, la autopsia lo demuestra, el comisario archiva el caso y el juez certifica que ha sido un atraco, pues ha sido un atraco. No hay más vuelta de hoja. Eso genera un dolor muy grande porque arranca de una convicción personal de Elena Izaguirre: «mi padre jamás le habría mentido a mi madre». Ella tira del hilo porque sabe que su padre estaba en un sitio distinto al que le dijo a su madre, y eso tiene que tener un motivo oculto.
P.–: Elena no investiga solo como policía, investiga como hija. ¿Es posible separar la justicia del lado profesional de la necesidad personal de esa reparación?
R.–: Entiendo que puede ser, pero en el caso de Elena, no. Ella no lo separa; actúa de manera impulsiva y comete errores que la gran profesional que es no cometería. Uno de los errores garrafales que comete tiene que ver con el amor que siente por su padre: cuando localiza una fotografía, se despista y toma malas decisiones. En esa mala toma de decisiones el lector es testigo.
P.–: ¿Hasta qué punto se puede ser leal a un sistema cuando se ha fallado moralmente? Sabiendo que ella tiene un sentido de la justicia heredado de su padre.
R.–: Ella tiene un sentido grande de la justicia heredada de su padre, que también era policía. No lo describe como un gran policía, sino como un hombre bueno y amable. Al final, toda su trayectoria gira en torno a la figura de Antonio Izaguirre; empieza huyendo al ejército e intentando complacer a su padre siempre. Eso la va perfilando y, sobre todo, la va haciendo estar muy sola.
P.–: Justicia versus venganza. Cuando Elena enfrenta al asesino de su padre, ¿qué pesa más en ese instante: la ley o la propia historia compartida? Es un personaje difícil de perfilar por ese querer averiguar siempre lo que le pasó a su padre.
R.–: Elena va a pasar por encima de quien sea para conseguir la verdad. No quiero «destripar» el libro, pero ahí ella se encuentra en varios dilemas de si hacer justicia o vengarse. Que el lector llegue a su conclusión. Lo que ocurre es que tiene mucho dolor dentro y es difícil actuar con cabeza cuando se es tan pasional.
P.–: Hablabas de los viajes: México, Madrid, París y Galicia. Es una geografía emocional del crimen. Dime un poquito de cada uno.
R.–: Me apetecía llevarlos a un lugar donde Bécquer perdiera sus superpoderes: la fama y el dinero. En Francia no tiene esa fama y debe trabajar de otra manera. México me apetecía como paisaje y para dimensionar la estrella que es Bécquer; si un artista español es grande en México, significa que es muy grande. Y Galicia es volver a la tierra, cuando Bécquer vuelve a ser «Antoñito», el niño de esa pequeña aldea imaginada que podría ser cualquier rincón.
P.–: Hablas de Bécquer y su fama. ¿La fama protege más de lo que expone o es al revés?
R.–: A Bécquer le provoca problemas. Él está fastidiado porque su fama ya no es la de hace 20 años, pero lo que está claro es que la fama le abre puertas. Le permite ir de la mano con la inspectora en una investigación, algo inaudito. Él es un «disfrutón», todo le resulta divertido y atractivo; está en el mundo para pasárselo bien.
P.–: Es una forma muy positiva de enfrentarse a la vida. ¿Te interesa esa parte a ti?
R.–: A mí sí. Ojalá tuviera la fama y el éxito de Bécquer. Pero más allá de eso, yo intento disfrutar mucho. Mi carrera es un privilegio; ahora mismo estamos en un teatro maravilloso que está lleno y eso hace que la gente nos trate con cariño. A Bécquer lo quiere todo el mundo y eso le abre puertas enormes.
P.–: ¿Cuánta valentía y cuánto miedo se esconde detrás de esa risa cuando todo se derrumba?
R.–: Bécquer es pura fachada. Me interesaba el personaje cuando se apagan los focos y está solo. Tiene una vida personal desastrosa y no esperaba enamorarse de una mujer que no es modelo ni actriz, sino una inspectora que lo lleva «tieso como una vela». En la primera novela se enamoraban, en esta quería explorar a un Bécquer enamorado, que es desastroso: celoso, inseguro y nervioso. Pero mientras en la primera sus impulsos eran egoístas, en esta segunda todo lo hace por Elena. Él se queda en un segundo plano por ella.
P.–: Los dos personajes viven solos. ¿Te gusta a ti la soledad?
R.–: A mí sí. Estoy casado y tengo cuatro hijos, pero mi carrera me ha hecho estar mucho tiempo solo en hoteles y giras. He aprendido a llevarme muy bien conmigo mismo. Para escribir, la soledad es necesaria, fundamental y obligatoria.
P.–: La embajada española en París aparece como un santuario de impunidad. ¿Te interesa mostrar que el poder no siempre actúa con violencia?
R.–: Me gustaba que hubiese un villano que pega los puñetazos, pero que por encima hubiese una red que no lo necesita. Me gusta presentar la embajada con una fiesta que es como un casino, donde todos se dan palmadas en la espalda recaudando fondos contra el cáncer mientras gastan dinero de los demás de forma absurda. Me gustaba que se les viese como snobs fuera de la realidad, con elegancia y protocolo.
P.–: Vivimos una época en la que descubrir la verdad ya no garantiza la justicia.
R.–: Yo quiero pensar que no. Quiero pensar que al final los culpables se condenan y los inocentes salen libres. Si no, madre mía.
P.–: El verdadero antagonista del libro, ¿es un personaje o el relato que protege al poder?
R.–: Es un abstracto. Bécquer y Elena no saben contra quién luchan ni a quién buscan. Están muy perdidos hasta que, por una serie de pesquisas, se hace la luz y podemos poner nombre y apellidos. Pero me gusta que, aunque luchan contra algo muy grande, no dejan de hacerlo.
P.–: La idea central es que la verdad siempre tiene un coste. ¿Quién paga el precio más alto?
R.–: Al final, las víctimas y sus familias. La familia de Elena está destrozada: una viuda sola, una hija que se va al ejército y hermanos que acaban viviendo fuera. Antonio Izaguirre era el pegamento familiar. Son personas rotas. Espero que Elena pueda sanar. En la siguiente historia quiero explorar qué pasa cuando ya has encontrado lo que buscabas. Ese es un reto creativo interesante.
P.–: Es tu segunda novela. ¿Escribir te permite contar de forma diferente a cuando actúas?
R.–: Sí, nada que ver. No es una novela humorística, aunque tenga humor porque Bécquer es así. En el escenario manda el ratio de risas por segundo; en la novela lo importante son los personajes y el valor de los saltos en el tiempo. Me satisface haber creado personajes tan bien perfilados.

P.–: ¿Cómo nació Bécquer?
R.–: Soy fan del thriller y de la figura del civil que acompaña a la policía. Partí de qué pasaría si ese civil fuera un cómico con dotes de observación. Al principio quería que el caso se resolviera rápido y que luego investigaran crímenes por Madrid, pero los personajes me llevaron a que cada novela fuera un solo crimen. Me doy cuenta de que Bécquer no es un detective, sino un tipo aburrido que encuentra en este cambio algo que le vuelve loco.
P.–: En el primer libro mostrabas el teatro. Era una forma de mostrarte.
R.–: Sí. Ahora aparece también, pero menos para no repetirme. El camerino y el teatro quedan más fuera para que no sea excesivamente autobiográfica. En la tercera entrega quiero ver hacia dónde va su relación personal. Son dos personas solas con el alma rota que se encuentran y se complementan. No concibo a Bécquer sin Elena ni a Elena sin Bécquer. Elena iba a ser una secundaria, pero creció y se quedó con gran parte de la novela.
P.–: No sabemos dónde colocarás a Bécquer en la tercera, pero la primera y la segunda nos han gustado mucho. Un placer.
