Antonio Cabanas: «Todo lo que hoy se muestra de la Gran Pirámide forma parte, en cierto modo, de un engaño»

Antonio Cabanas conversa sobre El hijo de la pirámide, una novela que rescata la vida de quienes construyeron la Gran Pirámide y desmonta algunos de los grandes mitos del Antiguo Egipto.

«La Gran Pirámide solo puede entenderse a través de quienes la construyeron»

Hay monumentos que desafían al tiempo, pero también personas cuya historia quedó sepultada bajo el peso de la piedra. En El hijo de la pirámide, Antonio Cabanas vuelve al Antiguo Egipto para apartar la mirada de los faraones y dirigirla hacia quienes sostuvieron aquella civilización con su trabajo, sus ambiciones y sus sueños. La novela reconstruye un mundo más humano, complejo y sorprendentemente moderno de lo que solemos imaginar.

El sol todavía no ha alcanzado su punto más alto y la piedra ya quema las manos. El aire pesa sobre la llanura, el polvo se adhiere a la piel y el sonido de los cinceles marca el ritmo de una obra destinada a sobrevivir a quienes la levantan. Detrás de su grandeza hubo miles de vidas anónimas que la historia terminó borrando.

Conversamos con Antonio Cabanas sobre esos hombres y mujeres, sobre la sociedad que habitaba a la sombra de Keops y sobre los enigmas que todavía envuelven una de las mayores hazañas de la Antigüedad.

La Gran Pirámide y las personas que la hicieron posible

P.— En la novela, la Gran Pirámide no se concibe solamente como una tumba, sino como una sociedad en marcha. ¿Te interesaba más el monumento en sí o la gente que tuvo que organizarse alrededor de su construcción?

R.— Lo que más me interesaba era hablar de quienes hicieron posible la construcción de ese prodigio, porque realmente lo es. Nosotros vemos un monumento, pero detrás de él, y detrás del rey o del faraón que ordenó levantarlo, hubo toda una sociedad que vivió durante muchos años para la pirámide.

Aquellas personas hacían su vida mientras la construcción avanzaba. Las relaciones humanas que se establecieron en el asentamiento donde vivían eran, precisamente, lo que yo quería contar.

P.— Muchos seguimos imaginando que las pirámides fueron construidas por esclavos. Sin embargo, en tu novela aparecen trabajadores cualificados, con oficios, responsabilidades y una sociedad perfectamente organizada. ¿También querías cambiar esa mirada que todavía conservamos sobre el Antiguo Egipto?

R.— Sí, precisamente quería demostrar que todos los que trabajaron allí participaron en lo que hoy podríamos considerar un gran proyecto nacional. Formaba parte de la identidad del propio pueblo del Antiguo Egipto.

En aquella época no había esclavos trabajando en la construcción de la pirámide. Todos eran profesionales cualificados. Nos puede sorprender, pero había carpinteros, canteros, maestros canteros. Unos tallaban la caliza y otros el granito. Había médicos, policías, jueces… En definitiva, todo lo que constituye una sociedad.

Aquel asentamiento reunía a unas veinticinco mil personas. Había hombres, mujeres, conflictos, venganzas y amores; todo lo que forma parte de la naturaleza humana.

Eso era lo que realmente me interesaba contar y, sobre todo, demostrar que no era necesario recurrir a la esclavitud para levantar una construcción semejante. Es más, seguramente no habría alcanzado el resultado que conocemos si hubiera sido construida por esclavos.

P.— La construcción de la Gran Pirámide fue, al mismo tiempo, una obra religiosa, política y social.

R.— Absolutamente. Creo que esos tres pilares sostienen la idea misma de su construcción. Sin duda, el factor religioso prima sobre todos los demás, porque la religión lo ocupaba todo en el Antiguo Egipto.

Era una mentalidad en la que tenían cabida casi dos mil dioses. Esto puede sorprendernos, pero ellos creían profundamente en el más allá y en la magia, que lo envolvía todo, así como en unos dioses que, en el fondo, velaban por ellos.

Se consideraban un pueblo elegido, entre comillas. Es decir, habían sido elegidos para salvaguardar el equilibrio cósmico que los dioses habían creado al dar origen al mundo y, sobre todo, al valle del Nilo.

Todo estaba reflejado en el cielo. Incluso las estrellas y la Vía Láctea eran, para ellos, una proyección del río Nilo en los cielos. Esa era su mentalidad.

Hoy construir un monumento semejante únicamente para que sirviera de tumba puede parecernos una empresa verdaderamente increíble, además de megalómana. ¿Cómo dedicar veinte años a levantar un edificio así?

Sin embargo, ellos lo entendían de otra manera. Era la garantía de que Keops, el faraón que iba a ser enterrado allí, velaría desde las estrellas circumpolares —donde habitaban los dioses— por su pueblo. Sentían que esa protección les acompañaría durante la vida y también cuando pasaran al otro mundo, donde disfrutarían de las bienaventuranzas de los dioses creadores.

Keops, el poder y la ambición de desafiar al tiempo

P.— ¿Qué resulta más peligroso en la novela: la piedra, el desierto o la ambición humana?

R.— Sin duda, la ambición humana. Eso no ha cambiado nunca y tampoco cambiará, porque forma parte de nuestra naturaleza. Es lo que mueve los resortes que impulsan todo lo demás.

También podríamos decir que sin ambición no se avanza. Es verdad que, a veces, también se retrocede, pero el ser humano avanza por naturaleza. Es lo que nos hace seguir dando pasos, aunque en ocasiones sean pasos que no deberíamos dar.

Esa ambición está muy presente en la novela porque existe el deseo de crear algo verdaderamente prodigioso: la Gran Pirámide.

El faraón Keops va modificando ese proyecto a lo largo de su vida. A medida que pasan los años, cambia también la concepción de la pirámide. Pero, en el fondo, lo que persigue es crear rayos de sol petrificados con esa forma, que es lo que representa una pirámide: formar parte del poder del dios Ra a través de esa piedra que, mágicamente, no sería más que los rayos del sol convertidos en roca.

P.— Keops es un personaje muy enigmático y apenas existen datos sobre él. Precisamente esas lagunas históricas te han permitido construir al hombre que pudo esconderse detrás del dios viviente. ¿Te interesaba más retratar al faraón como una divinidad o como un hombre encerrado en su propio poder?

R.— Precisamente esas lagunas históricas son las que más investigación me han exigido, porque ha habido que actuar un poco como Hércules Poirot para intentar ensamblar lo que pudo suceder. Su corte era un auténtico laberinto de intrigas.

Las reinas tenían muchísimo poder. En realidad, el poder sobre la tierra lo ejercían ellas, porque el faraón vivía absolutamente al margen del resto de los mortales. Él se creía un dios; estaba absolutamente convencido de que no pertenecía al resto de los hombres.

Vivía al margen de toda su corte. Obviamente la controlaba de alguna manera, pero eran las reinas quienes manejaban el día a día.

Es una situación muy curiosa porque, al final, estamos ante un personaje tan mortal y tan humano que donde parecía sentirse más feliz era en compañía de un enano llamado Seneb, del que todavía podemos contemplar una magnífica escultura en el Museo de El Cairo. Era el encargado de su guardarropa.

También estaba Yanju, que era quien le amenizaba un poco la vida. En el fondo, no necesitaba mucho más.

P.— Voy a abrir un pequeño paréntesis. ¿Qué opinas del debate sobre la devolución de las piezas egipcias que hoy se conservan en museos de otros países?

R.— Es una cuestión sobre la que me preguntan mucho y siempre digo que todo tiene una medida.

Ahora mismo, con el nuevo Gran Museo Egipcio —que invito a visitar a todo el que tenga la oportunidad porque es realmente impresionante—, existe espacio suficiente para albergar muchísimas más piezas de las que se exponen actualmente. Creo que podrían mostrarse unas ciento cincuenta mil. En el antiguo Museo Egipcio había alrededor de doscientas veinte mil. Era imposible exhibirlas todas; incluso hoy siguen apareciendo piezas almacenadas en los sótanos que todavía están por rescatar y exponer.

Hay determinadas obras que, por su significado y su importancia, sí deberían regresar. Pero también hay que tener en cuenta que muchas de las piezas conservadas en museos extranjeros han desempeñado una función muy importante. Han permitido que numerosos investigadores estudien esta maravillosa civilización y, además, se han conservado muy bien.

La famosa cabeza de Nefertiti es un buen ejemplo. Personalmente creo que hoy debería estar en el nuevo Museo de El Cairo. Ese es el lugar que le corresponde.

En cualquier caso, hay tantas piezas que resulta imposible exhibirlas todas. Lo verdaderamente lamentable fue el expolio. Eso me parece inaceptable. Pero, una vez que esas piezas están en museos y bien conservadas, también cumplen una función importante.

El hijo de la pirámide: un cantero para contar la historia de miles de personas

P.— ¿Quién es El hijo de la pirámide?

R.— Es un simple picapedrero. Bueno, un cantero, hijo de cantero y nieto de cantero, como ocurría hasta hace no mucho en nuestra propia sociedad, donde los oficios se heredaban de padres a hijos.

He procurado construir un personaje muy cercano al lector, alguien en quien podamos mirarnos y al que acompañemos durante su viaje por aquella época. A través de él descubrimos cómo vivía la mayor parte de la población y cómo era realmente la vida de los trabajadores que participaron en la construcción de la pirámide.

Era un trabajo muy duro, muy exigente, pero también tenía determinadas contraprestaciones. Puede sorprendernos saber que, hace cuatro mil quinientos años, había aproximadamente un médico por cada cien habitantes. Hoy casi nos parece ciencia ficción, pero era así.

Lo que he pretendido es que este personaje nos lleve de la mano por el asentamiento de Keops y nos muestre cómo pudo levantarse la Gran Pirámide.

De hecho, El hijo de la pirámide es un apodo que recibe porque posee un don: el cálculo aplicado a la talla de la piedra. Más allá de ser un extraordinario maestro cantero, capaz de trabajar la piedra como un auténtico artista, tiene la capacidad de calcular los esfuerzos que soporta en cada momento un monumento tan impresionante. Ese talento acaba llamando la atención de los arquitectos que dirigen la construcción.

A través de él recorremos no solo la pirámide, sino también el asentamiento y la ciudad para descubrir cómo vivían sus habitantes. Es el guía que acompaña al lector durante toda la novela.

Las mujeres del Antiguo Egipto: una sociedad mucho más avanzada de lo que imaginamos

P.— Las mujeres del Antiguo Egipto estudiaban, heredaban, ejercían la medicina e influían en la política. Sin embargo, todo ese espacio se perdió siglos después. ¿Qué ocurrió?

R.— Se perdió a partir del mundo clásico, absolutamente. Es algo verdaderamente sorprendente. Fue el mundo clásico —Grecia, pero sobre todo Roma— y después nuestra propia civilización judeocristiana el que hizo retroceder esa situación.

Resulta llamativo comprobar que hasta principios del siglo XX, aproximadamente, las mujeres no recuperaron unos derechos semejantes a los que ya tenían en el Antiguo Egipto.

Evidentemente era un mundo de hombres, porque la supervivencia dependía en gran medida de la fuerza física, pero ellas ocupaban puestos de enorme relevancia y disfrutaban de un poder muy importante.

No solo participaban plenamente en la vida cotidiana, sino que tenían los mismos derechos. De hecho, en algunas de mis novelas cuento cómo eran los divorcios basándome en casos perfectamente documentados. Es sorprendente comprobar cómo resolvía un juez aquellos procesos: exactamente igual que podría hacerlo hoy, repartiendo los bienes gananciales y decidiendo, por ejemplo, que la casa correspondía a la madre porque había hijos pequeños.

No hemos inventado nada. Los antiguos egipcios ya lo hacían.

Y hay otro aspecto fundamental: para que un faraón pudiera sentarse en el trono necesitaba una mujer que lo legitimara. Era ella quien transmitía la sangre divina, porque la sangre de los dioses se heredaba por línea femenina, no masculina.

P.— Casi igual que ahora.

R.— Sí, casi igual. Por eso me gusta tanto volver a ese mundo. En muchos aspectos estaba mejor organizado. Y no solo por la situación de las mujeres. Da la impresión de que vivían con más sensatez, siempre dentro de las limitaciones propias de su tiempo.

P.— Podríamos decir que las reinas eran las auténticas arquitectas de la sucesión.

R.— Absolutamente. De hecho, en mi novela Las lágrimas de Isis, donde hablo de Hatshepsut, ella lucha contra todo porque sabe que le corresponde ocupar el trono. Sin embargo, por motivos políticos y por los poderes fácticos, que siempre han existido a lo largo de la historia, se encuentra con una enorme oposición.

Aun así, consigue salir adelante y, a mi modo de ver, Hatshepsut es uno de los grandes faraones del Antiguo Egipto.

A eso me refiero cuando digo que las reinas desempeñaban un papel decisivo. La sucesión de sus hijos era una lucha a muerte, una lucha encarnizada. Muchas de ellas fueron capaces de mover las piezas veinte o treinta años antes, calculando qué era lo mejor para sus hijos y para su descendencia.

P.— ¿Dirías que la historia del Antiguo Egipto sigue contándose con una mirada demasiado masculina?

R.— En el ensayo, obviamente, no debería ser así. En la ficción se escribe relativamente poco sobre el Antiguo Egipto y yo siempre procuro no caer en eso. Intento que el lector haga un viaje, una inmersión en aquel tiempo, dentro de las posibilidades que ofrece la historia.

Si mi protagonista es un guerrero, evidentemente tengo que hablar de él porque ese es el periodo que me interesa. Pero en todas mis novelas las mujeres tienen la llave de la historia.

En esta hay que construir la pirámide y el protagonista es un cantero. Sin hacer spoilers, está absolutamente condicionado por el amor que siente hacia una mujer.

Y esa mujer está muy por encima de él. Ha estudiado medicina y posee un conocimiento de la farmacopea verdaderamente asombroso. Todo eso está perfectamente documentado. No se me ocurre inventar una mujer médica porque sí. Las mujeres estudiaban en los centros de enseñanza de la época.

Evidentemente había mucha magia, porque existían enfermedades cuyo origen no podían comprender y que atribuían a demonios o malos comportamientos, pero ellas trataban de racionalizar muchas de esas dolencias.

Para mí, ese personaje es una piedra angular de la novela. Y, en realidad, todas las mujeres que aparecen lo son porque, cada una a su manera, están por encima de los hombres que intervienen en la historia. Las princesas están por encima incluso de los príncipes y, en algunos casos, del propio Keops.

Esta princesa existió. No me la he inventado. Y es capaz de hacer cambiar de opinión a su padre.

Los misterios de la Gran Pirámide y todo lo que aún queda por descubrir

P.— ¿El gran misterio de la Gran Pirámide está en lo que oculta físicamente o en todo lo que seguimos sin comprender de quienes la construyeron?

R.— Yo creo que los misterios siempre vienen de la mano de aquello que todavía no conocemos, porque lo tangible está muy estudiado. Aun así, sigue sorprendiéndonos. Nos asombran sus dimensiones y la precisión con la que está levantado ese monumento.

Su orientación presenta una desviación de apenas unos minutos respecto al norte y, en algunos lados, incluso de solo unos segundos. Es algo increíble. Entre una esquina y la opuesta apenas existe un centímetro de diferencia de altura. Estamos hablando de una base de unas cinco hectáreas. Uno se pregunta cómo pudieron hacerlo. Eso sigue sorprendiéndonos.

Esos son pequeños misterios técnicos. Existe documentación, pero siempre hay datos que se nos escapan. ¿Cómo consiguieron elevar bloques de piedra hasta los ciento cuarenta y seis metros de altura?

Para responder a esas preguntas ha habido una enorme labor de investigación. Evidentemente yo no soy arquitecto, así que he recurrido a muchos arquitectos. Lo curioso es que cada uno tiene su propia teoría, especialmente quienes además son egiptólogos. Puedes compartir sus hipótesis o no, pero todas están muy fundamentadas.

Ya en la Antigüedad, viajeros como Heródoto o Estrabón hablaban de cómo pudieron construirse las pirámides. Al final, siempre pienso que aquellos hombres recurrieron a la solución más pragmática, la más práctica y la más sencilla posible con los medios de los que disponían. Estoy convencido de que no complicaron más las cosas de lo necesario.

Pero los grandes misterios siguen estando en las entrañas de la pirámide. De eso no tengo ninguna duda. Creo que, después del verano, vamos a tener noticias que despertarán mucha expectación, porque se va a investigar qué hay en esas grandes oquedades descubiertas paralelas a la Gran Galería y un poco más arriba. Son cavidades de más de treinta metros y existe además un pasadizo. ¿A dónde conduce? Han asegurado que se va a investigar y habrá que verlo.

La arqueología invasiva siempre plantea muchas dificultades. No podemos empezar a romper piedras porque sí. Además, creo que está bien que algunos misterios permanezcan, porque también forman parte de la magia de este monumento.

En la novela, mi querido tallador habla precisamente de esos pasadizos cuya existencia conocemos y cuya ubicación también conocemos. Lo que todavía ignoramos es adónde conducen. Yo estoy absolutamente convencido de que allí todavía nos espera algo. Todo lo que hoy se muestra forma parte, en cierto modo, de un engaño.

Egipto, una civilización que sigue hablándonos miles de años después

P.— Egipto sobrevivió durante más de tres mil años sin perder su identidad. Y cuando hablo de identidad no me refiero a que no tuviera contacto con otros pueblos, sino a que supo mantenerse fiel a sus raíces, a sus dioses y a sus costumbres. ¿Fue esa una de las claves de su larga duración?

R.— Por supuesto. Egipto fue conquistado en varias ocasiones. Llegaron otros pueblos y otros imperios que devastaron el territorio y después se marcharon. Estuvieron los persas; más tarde llegó Alejandro Magno… Sin embargo, los egipcios mantuvieron siempre su propia idiosincrasia.

Creo que esa fue una de las razones por las que su civilización duró tanto tiempo. Evolucionaron, porque el mundo cambia y hay que avanzar con él, pero siempre conservaron las raíces de las que procedían. Ellos se consideraban el pueblo creado por los dioses y el garante del orden cósmico. Eso lo tenían absolutamente claro.

Siguieron adorando a sus dioses y también a los animales que formaban parte de su universo, aunque muchos fueran peligrosos. Todos los días podía morir alguien por la picadura de una cobra o de un áspid, o un hipopótamo podía destruir un poblado. Pero ellos no solo aceptaban esa realidad, sino que trataban de extraer lo mejor de cada una de esas especies, porque entendían que todas cumplían una función dentro del equilibrio del mundo.

Es una forma de entender la vida tan distinta de la nuestra que quizá hoy nos cueste comprenderla. Fueron fieles a esa manera de pensar durante siglos. De hecho, cuando Egipto terminó convirtiéndose en una provincia romana, esa identidad empezó a desaparecer poco a poco. Después llegó el cristianismo y, más tarde, la conquista árabe. Se perdió incluso la lengua y desaparecieron los últimos reductos en los que todavía se hacían ofrendas a los antiguos dioses.

P.— Después de tantos años investigando el Antiguo Egipto, ¿cómo ha cambiado tu manera de mirar aquella civilización? ¿Ha cambiado también tu forma de entender el tiempo en el que vivimos?

R.— Sí, por supuesto. Sobre todo te das cuenta de que hoy nos creemos dioses porque tenemos una tecnología que nos hace pensar que lo somos y, sin embargo, hemos perdido habilidades.

Ellos no tenían nuestros medios, pero para construir el mundo que construyeron desarrollaron unas capacidades extraordinarias. Con esas habilidades compensaban la falta de tecnología.

Podemos verlo en los oficios. Los orfebres que realizaron las joyas del Imperio Medio crearon piezas que hoy siguen copiando las grandes firmas de lujo. Son insuperables. Lo mismo ocurre con los carpinteros, con quienes trabajaban la piedra o con los arquitectos. ¿Cómo podían hacer aquellos cálculos para levantar construcciones monumentales que todavía hoy siguen en pie?

Pero hay algo que me ha sorprendido especialmente: la manera en que guardaban el conocimiento. Al contrario que los griegos, que difundieron buena parte de ese saber —mucho del cual aprendieron en los templos egipcios, en las Casas de la Vida—, los antiguos egipcios reservaban ese conocimiento únicamente para quienes fueran capaces de comprenderlo. Pensaban que, de lo contrario, podía tergiversarse y acabar mostrando una imagen completamente distorsionada de su verdadero significado.

Mantuvieron esa idea hasta el final. Platón pasó trece años estudiando en los templos. También estuvieron Pitágoras, Euclides y otros grandes sabios. Algo aprenderían allí, sin duda.

Todo esto me hizo comprender el enorme salto que existe entre su manera de entender el mundo y la nuestra. También me hizo ver que el ser humano es, ante todo, un superviviente, pero también un ser profundamente frágil. Al final todos tratamos de adaptarnos a los tiempos.

Siempre se dice que el mundo clásico es la semilla de nuestra cultura, pero yo creo que hay que ir mucho más atrás.

Me preguntan a menudo si el Antiguo Egipto ha cambiado mi manera de pensar e incluso mi manera de ser. Y la respuesta es sí, absolutamente. Sobre todo desde una noche, hace muchos años, en la que pude dormir dentro de la Gran Pirámide.

No hablo nunca de estas cosas y no hay nada esotérico que contar, pero para mí supuso un antes y un después.

A partir de entonces empecé a relativizar muchas cosas que antes no era capaz de relativizar. Comprendí que no se puede juzgar a la ligera. Empecé a escuchar más, a intentar comprender a las personas y, sobre todo, a no juzgarlas. Cada cual tiene su historia y su vida. Fue como quitarme de encima cierta visceralidad.

P.— Son ya muchos años viajando a Egipto. Imagino que también has visto cambiar mucho el país y tu relación con él.

R.— Sí, son ya treinta años viajando allí. Recuerdo que la idea de esta novela nació hace casi tres décadas. Era también otro Egipto, muy distinto al de hoy.

Al final miras hacia atrás y piensas: «¿Quién me iba a decir que mi vida iba a ir por estos derroteros?». Yo también me he dedicado a otras cosas, pero es como si se fueran abriendo caminos.

Creo en el destino, absolutamente. En la vida aparecen caminos y tú eliges. A veces eliges mal, como cuando llegas a una rotonda y no sabes qué salida tomar. Pero no pasa nada. Si descubres que te has equivocado, siempre puedes salir en la siguiente.

De eso trata también la vida: de aprender.

El Antiguo Egipto me ha enseñado a mirar el mundo de otra manera, con sus cosas buenas y malas, por supuesto, pero desde una visión mucho más espiritual. También me ha enseñado a tomarme en serio cosas que a nosotros pueden parecernos pequeñas y que, en realidad, no lo son.

Siempre digo que todo tiene una medida. Al final, el equilibrio es lo que el ser humano debería buscar.

Un viaje de treinta años junto al Antiguo Egipto

P.— ¿Sigues encontrando historias que contar?

R.— Sí, sin ninguna duda. De hecho, todavía me quedan muchas. Egipto es una civilización inagotable. Siempre aparece un personaje, un documento, una inscripción o una historia que merece ser contada.

Cada vez que viajo regreso con nuevas ideas. Es verdad que unas acaban convirtiéndose en novela y otras no, pero el material está ahí. Es una cultura tan rica que siempre ofrece nuevos caminos.

Además, cuanto más estudias, más consciente eres de todo lo que todavía desconocemos. Eso es precisamente lo que mantiene viva la curiosidad.

P.— ¿ y qué dirías que es lo que nunca ha cambiado?

R.— La fascinación.

Cada vez que regreso y contemplo la meseta de Guiza siento prácticamente lo mismo que la primera vez. Es una emoción difícil de explicar. Puedes haber leído cientos de libros, haber estudiado durante años o conocer muy bien la historia, pero cuando estás delante de las pirámides sucede algo especial.

Es un lugar que sigue imponiendo respeto y admiración.

Y creo que eso mismo les ocurre a millones de personas en todo el mundo. Hay monumentos extraordinarios, pero la Gran Pirámide tiene algo que la hace diferente.

P.— ¿Qué te gustaría que encontrara el lector al cerrar El hijo de la pirámide?

R.— Me gustaría que hubiera disfrutado de una buena historia y que, además, hubiera descubierto una civilización extraordinaria.

Si, al terminar la novela, siente curiosidad por conocer mejor el Antiguo Egipto, por leer más o incluso por viajar allí, habré conseguido mi propósito.

Al final, escribir consiste también en despertar preguntas. Y Egipto sigue siendo un lugar que invita constantemente a hacerse preguntas.

Cinco ideas que deja la entrevista

  • La Gran Pirámide no puede entenderse sin las miles de personas que la construyeron.
  • El mito de los esclavos no se corresponde con la realidad histórica de la época de Keops.
  • La religión impregnaba todos los aspectos de la vida en el Antiguo Egipto.
  • Las mujeres desempeñaban un papel mucho más relevante de lo que solemos imaginar.
  • La Gran Pirámide sigue escondiendo enigmas que la arqueología aún no ha resuelto.

Qué encontrarás en El hijo de la pirámide

Antonio Cabanas reconstruye la construcción de la Gran Pirámide desde la mirada de un joven cantero, alejándose del relato de los faraones para acercarse a la vida cotidiana de quienes levantaron una de las mayores obras de la humanidad. La novela combina el rigor histórico con la ficción para mostrar el funcionamiento de una sociedad compleja, el peso de la religión, las intrigas de la corte y el papel decisivo de las mujeres en el Antiguo Egipto.


Lo que muchos lectores quieren saber

En esta entrevista Antonio Cabanas responde, entre otras, a estas preguntas:

  • ¿Quiénes construyeron realmente la Gran Pirámide?
  • ¿Trabajaban esclavos en las pirámides?
  • ¿Cómo era la vida de los trabajadores de Keops?
  • ¿Qué papel desempeñaban las mujeres en el Antiguo Egipto?
  • ¿Qué misterios siguen ocultando las pirámides?
  • ¿Por qué Egipto continúa fascinándonos miles de años después?

Ficha del libro

Título: El hijo de la pirámide
Autor: Antonio Cabanas
Editorial: Ediciones B
Género: Novela histórica
Temática: Antiguo Egipto, Gran Pirámide de Keops, novela histórica, civilización egipcia, arqueología, historia antigua.
Público recomendado: Lectores de novela histórica, apasionados del Antiguo Egipto y quienes disfrutan de relatos donde el rigor histórico se combina con una trama de ficción y personajes profundamente humanos.

¿Crees que conocemos realmente quiénes construyeron la Gran Pirámide o seguimos mirando su historia solo a través de los faraones?