Benjamín Prado: «Nunca he querido dejar pasar una oportunidad por miedo.»

Benjamín Prado conversa sobre sus memorias ¿Qué estoy haciendo aquí?, el poder del lenguaje, la poesía, el periodismo, Rafael Alberti, Joaquín Sabina y la literatura como una forma de comprender la vida.

La literatura como una forma de ampliar la realidad

Antes de escribir una novela, un poema o unas memorias, Benjamín Prado sitúa el lenguaje en el centro de todo. En este primer tramo de la conversación reflexiona sobre el poder de las palabras, la necesidad de contar historias y la capacidad de la literatura para transformar nuestra manera de mirar el mundo.

P.— Hay vidas que no se cuentan en línea recta, sino a través de desvíos, encuentros y palabras que las sostienen. En estas memorias la literatura no aparece como un único oficio, sino como distintas maneras de mirar el mundo: poeta, novelista, periodista, letrista… Porque escribir también es una forma de entender cómo se ha llegado hasta aquí. ¿Qué hace aquí Benjamín Prado?

Rafael Alberti y los encuentros que cambian una vida

Las memorias de Benjamín Prado están atravesadas por las personas que fueron apareciendo en su camino. Muchos de esos encuentros nacieron de la casualidad y acabaron convirtiéndose en amistades decisivas, capaces de transformar no solo una trayectoria literaria, sino también una forma de entender la vida.

P.— Decías al principio que estas memorias también hablan de la gente que te has ido encontrando por el camino. Y da la impresión de que casi todos esos encuentros suceden en un bar. Ahí conociste a Rafael Alberti, a Joaquín Sabina…

R.— Es verdad. Mi profesor de instituto me recomendó leer Sobre los ángeles porque decía que escribía bien y que debía dedicarme a la poesía. Al día siguiente entré en un bar y allí estaba Rafael Alberti. Nos hicimos amigos durante quince años.

Más tarde fui al Rincón del Arte Nuevo a escuchar a unos cantautores y conocí a Joaquín Sabina. De eso hace ya más de cuarenta años.

Y otra vez me fui en moto a Granada para recorrer los lugares de Lorca: la Huerta de San Vicente, Víznar, Alfacar… Me senté en una terraza y, a los pocos segundos, apareció Luis García Montero. Se sentó en la mesa de al lado y desde entonces somos amigos.

Al final queda demostrado que algunas de las mejores amistades empiezan en los bares.

P.— Aunque también podría decirse que, en cierto modo, fueron ellos quienes te encontraron a ti.

R.— Supongo que fueron las dos cosas. Al fin y al cabo, dos personas no se encuentran si una de las dos no quiere.

P.— ¿Cómo fue exactamente aquel primer encuentro con Rafael Alberti? En el libro cuentas que hablaron de Sermones y moradas más que de Sobre los ángeles.

R.— Fue otra casualidad. Ya era una coincidencia que mi profesor me recomendara leer a Alberti un viernes y conocerlo al día siguiente. Pero todavía lo fue más lo que ocurrió después.

Cuando Alberti regresó a España, muchas de sus obras, como las de tantos escritores republicanos, estaban descatalogadas. Se publicó entonces un volumen de Seix Barral, ilustrado por Antonio Tàpies, que reunía varios de sus libros de la etapa surrealista: Sobre los ángeles, Sermones y moradas y Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

Sobre los ángeles era considerado su gran obra maestra y, precisamente por eso, Alberti le había acabado cogiendo cierta manía. Cuando alguien se la mencionaba, respondía: «Sí, pero yo he escrito más de cuarenta y cinco libros».

En cambio, Sermones y moradas, que había escrito prácticamente al mismo tiempo, quedó eclipsado por el éxito del otro. Es un libro extraordinario, escrito en versículos surrealistas, que casi nunca se publica por separado.

Cuando me acerqué a saludarlo le dije que había leído Sobre los ángeles. Me preguntó qué me había parecido y le respondí que estaba muy bien, pero que el libro que más me había gustado era el otro.

—¿Qué otro? —me preguntó.

Sermones y moradas.

Me miró sorprendido.

—¿De verdad te ha gustado más?

Le dije que sí.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

Entonces sonrió y me dijo:

—Ven, siéntate. Te voy a invitar a un gin-tonic.

Y así empezó una amistad que duró quince años. Qué vio él en mí no lo sé. Lo que yo vi en él, en cambio, es fácil imaginarlo.

P.— Hombre, algo vería en ti. Al menos, un compañero de conversación.

R.— Supongo que sí. Y, gracias a él, conocí a Cortázar, a García Márquez y a tantos otros.

Rafael Alberti era un personaje casi mitológico. Tenía aquella melena blanca de la que Umbral decía que se la había dejado crecer para darle más espacio a la blancura, las camisas hawaianas, la gorra de marinero… Era una auténtica estrella del rock. Podías entrar con él en el último bar del último pueblo de España y siempre había una cola de gente esperando un autógrafo.

Pero, sobre todo, era una enciclopedia viviente. Cuando decía que había tomado un café con Federico o con Pablo, se refería a Federico García Lorca y a Pablo Picasso o Pablo Neruda. Sabía de memoria la poesía española, desde la lírica medieval y Berceo hasta Antonio Machado, y podía pasarse horas recitando poemas.

Además, era la persona más vital que he conocido. Encontraba belleza en todo: en una conversación, en una comida, en un árbol al borde del camino. Estar con él era una experiencia extraordinaria.

También tuve la suerte de empezar a escribir en una época irrepetible. Seguían vivos los poetas de las generaciones del 27, del 36 y del 50. Ya no era solo que leyeras a Alberti: podías tomarte una copa con él. Lo mismo ocurría con Jaime Gil de Biedma o Ángel González. Y el boom latinoamericano estaba en pleno apogeo. Una noche cenabas con Julio Cortázar, otro día con García Márquez, te hacías amigo de Mario Benedetti… Era un privilegio.

Siempre digo que entonces el mejor trabajo del mundo debía de ser formar parte del jurado del Premio Cervantes. Las dudas eran si dárselo a Borges o a Gerardo Diego, a Onetti o a Alberti. Ahora es mucho más complicado.

El periodismo, los libros y el privilegio de conocer a quienes admiramos

El periodismo llegó casi por casualidad, pero terminó convirtiéndose en otra manera de acercarse a la literatura. En este tramo de la conversación, Benjamín Prado recuerda sus años en la prensa y reflexiona sobre el privilegio de haber conocido de cerca a algunas de las grandes figuras de las letras hispánicas.

P.— En el caso de Octavio Paz, el primer contacto fue distinto: profesional, a raíz de tu trabajo como periodista. Pero antes de llegar ahí, ¿hasta qué punto Rafael Alberti despertó en ti la vocación de escritor? A veces uno no es consciente de cómo determinadas personas terminan marcando un camino.

R.— Yo nunca imaginé la mitad de las cosas que acabaría haciendo. Cuando decidí escribir, solo pensaba en la poesía y el teatro. La novela ni siquiera estaba en mis planes.

La vida está llena de sorpresas y hay que saber aprovecharlas. Siempre digo que el único mérito que he tenido ha sido llevar el cazamariposas en la mano. He tenido muchísima suerte.

Alberti decía que la literatura era una cuestión de filones. En realidad, para él solo existía la poesía. Su consejo era muy sencillo: «Cuando encuentres un filón, agótalo. Mientras haya algo que sacar, sigue cavando. Y cuando se termine, busca otro».

Nunca he olvidado esa idea. Si notas que estás en un buen momento para escribir, aprovéchalo, porque nunca sabes cuándo llegará el último poema. La literatura no funciona como un oficio manual. Un carpintero, después de hacer quinientas mesas, sabe que sabe hacer mesas. Un poeta puede haber publicado diez libros y no tener ninguna garantía de que vaya a escribir el undécimo. La voz cambia, la inspiración se agota o simplemente un libro no llega.

P.— Después llegó el periodismo. Empiezas en Diario 16 y, entre otras muchas entrevistas, aparece Octavio Paz.

R.— También fue una casualidad. Me llamaron de Diario 16 para entrevistar a Alberti cuando estrenó una nueva versión de El hombre deshabitado. Aquello me dio dos ideas. La primera, que quería conocer una redacción por dentro; nunca había trabajado en un periódico y me fascinaba ese ambiente. La segunda fue pensar: «Si me encargan una entrevista, ¿por qué no les propongo tres o cuatro temas más?». Los propuse y me los aceptaron todos.

Entonces descubrí algo muy importante: en casi todas las profesiones lo que falta es tiempo para pensar. Vamos tan deprisa y tenemos tanto trabajo que apenas queda espacio para lo más importante, que es sentarse a tener ideas.

Al final me quedé muchos años y me dediqué a lo que sigo haciendo hoy: buscar historias relacionadas con la literatura. Mi aspiración siempre ha sido conseguir que me paguen por leer.

P.— Y por escribir.

R.— Sí, pero sobre todo por leer, que ya es una auténtica hazaña.

En Diario 16 conocí a personas como Octavio Paz. Él es uno de los ejemplos que aparecen en el libro de cómo merece la pena conocer a las personas que hay detrás de los nombres.

Desde fuera podía parecer un hombre solemne, de esos que hablan con frases destinadas al mármol. Y, en parte, lo era. Pero también era una persona leal y un buen amigo. En el libro cuento varias ocasiones en las que se portó conmigo de una manera extraordinaria.

Me pasó lo mismo con Mario Vargas Llosa o con Javier Marías. Tenían fama de ser serios o incluso un poco hoscos, pero en la intimidad eran de las personas más divertidas que he conocido. Lo que me he reído con Javier y con Mario vale su peso en oro.

Recuerdo un viaje de once horas desde Córdoba, en Argentina, con Sabina, Vargas Llosa y yo sin dejar de reír. De hecho, cuando me pidieron colaborar en el Diccionario Vargas Llosa, elegí la palabra «risa». Porque, más allá de nuestras diferencias de ideas, Mario era una persona enormemente divertida. Se podía discutir con él de cualquier cosa y siempre intentaba convencerte con argumentos, nunca imponerse. Eso, hoy, es cada vez más raro.

P.— Merece la pena, entonces, conocer al Octavio Paz que había detrás del personaje público y al Mario Vargas Llosa de puertas adentro.

R.— Sin ninguna duda.

P.— Después llegarían veinte años en El País.

R.— Sí. Allí escribí más de mil artículos.

P.— ¿Cómo recuerdas aquella etapa?

R.— Muy bien. La verdad es que me ha ido bien en todas partes. A veces se cuentan muchas historias sobre los periódicos, pero tú también eres periodista y sabes cómo funciona esto. A mí nunca nadie me dijo lo que tenía que escribir, ni me marcó temas prohibidos o permitidos. No me ocurrió en Diario 16, ni en El País, ni después en infoLibre.

En El País escribí más de mil artículos y disfruté muchísimo de aquella etapa. Después, con el cambio de dirección, preferí marcharme.

Juan Urbano, la ficción y el momento de escribir unas memorias

Aunque durante años se definió como poeta, la novela terminó encontrando su lugar casi por casualidad. Benjamín Prado repasa cómo nació Juan Urbano, el personaje que ha acompañado buena parte de su obra, y explica por qué decidió detenerse ahora para mirar atrás y escribir sus memorias.

P.— Antes mencionabas la Transición. Con un editor llega un momento decisivo: te propone escribir una novela.

R.— Sí, aunque la Transición la abordé sobre todo en Operación Gladio, desde una mirada bastante crítica. Recibí críticas tanto de la derecha como de la izquierda, así que pensé que algo habría hecho bien.

Lo curioso es que yo nunca había pensado en ser novelista. Un día apareció un editor y me dijo:

—Quiero que escribas una novela.

Le respondí que era como si me pidiera volar. No tenía ningún interés ni la menor idea de cómo se escribía una novela.

Entonces me dijo que había leído unos relatos míos publicados en El Europeo y que le habían encantado. Yo le contesté que aquellos relatos los había escrito casi por accidente. Me los habían pedido porque faltaban unas páginas para cerrar la revista y los escribí de madrugada, mientras esperábamos para ver un combate de boxeo.

Entonces llegó la pregunta decisiva:

—¿Cuánto ganas al año?

Se lo dije.

—Pues yo te pago lo mismo por escribir una novela.

Y pensé: «Pues ya soy novelista».

Así empezó todo. Otra casualidad más. Y, además, estaba muy bien pagado.

P.— Hablabas antes de Joaquín Sabina. También escribiste canciones con él.

R.— Sí, hemos escrito muchas juntos.

P.— ¿Y nunca te animaste a cantarlas?

R.— No. Él lo intentó. En una canción que se llama Por delicadeza quería que cantáramos una estrofa él, otra Leiva y otra yo.

Le dije:

—Estás loco.

Alguna vez he cantado en un escenario, pero una cosa es hacerlo de manera puntual y otra muy distinta cantar al lado de Sabina y de Leiva. Ni hablar.

P.— Fue una época divertida.

R.— Es que toda mi vida ha sido divertida. He tenido la suerte de rodearme de gente que es exactamente lo contrario de la solemnidad.

Cuando nos reunimos hay risas, bromas, anécdotas, copas… Claro que hablamos de libros, de música o de política, pero sin convertir cada frase en una sentencia.

Si hay algo que me aburre profundamente es la solemnidad. A la tercera frase del solemne ya estoy dando cabezadas.

Siempre recuerdo un consejo de Rafael Alberti que me parece maravilloso. Me dijo:

—Mira, niño: tómate siempre muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo.

Es una frase para tenerla siempre presente.

P.— La serie protagonizada por Juan Urbano supera ya las cincuenta ediciones. ¿Qué representa ese personaje dentro de tu obra?

R.— Nació precisamente de mi trabajo como periodista. Llegó un momento en que me cansé de escribir columnas de opinión sobre la actualidad y pensé: «¿Y si hablo de los mismos asuntos, pero a través de un personaje de ficción?».

Así nació Juan Urbano, cuyo nombre es un homenaje al Juan Panadero de Rafael Alberti. Es un Juan Nadie, alguien que pretende desaparecer detrás de la historia para que el protagonismo lo tenga el lector.

Eso es lo que, en mi opinión, debería perseguir cualquier escritor. Balzac decía que un buen libro es como un espejo que atraviesa una multitud: refleja la vida de quien lo lee, no solo la de quien lo escribe.

Empecé con Mala gente que camina y dije, con bastante fanfarronería, que serían diez novelas. Ya llevo siete. Ahora falta que la biología no estropee la bibliografía.

P.— Así que quedan tres.

R.— Exacto. Mi idea era no escribir las memorias hasta terminar la serie.

P.— ¿Y qué te hizo cambiar de idea?

R.— Porque me di cuenta de que las memorias no se escriben cuando uno tiene muchos recuerdos, sino cuando empieza a tener algunos olvidos. Y ese momento ya ha llegado. Pensé que era mejor escribirlas ahora y dejar a Juan Urbano para después.

La memoria, las escritoras olvidadas y el placer de seguir leyendo

Las memorias de Benjamín Prado terminan mirando tanto al pasado como al futuro. La conversación desemboca en la nostalgia por quienes ya no están, en la necesidad de recuperar voces injustamente olvidadas y en una defensa de la lectura como una forma de mantener viva la memoria colectiva.

P.— En ¿Qué estoy haciendo aquí? también recuperas recuerdos de personas que ya no están, como Rafael Alberti o Juan Marsé. ¿Cómo se escriben esas páginas desde el presente?

R.— Con mucha melancolía. Hablo de personas a las que he querido mucho, con las que nunca tuve un mal momento ni un instante de aburrimiento. Me trataron siempre de maravilla y las echo muchísimo de menos.

Ahora voy a Barcelona y pienso que ya no es la misma ciudad para mí. Ya no están Juan Marsé, Joan Margarit ni Ana María Moix. Antes iba a comer a casa de Juan; preparaba unos huevos fritos con pisto, en aquella cocina con la vajilla Duralex de toda la vida. Luego me acercaba al Majestic para tomar una copa con Joan Margarit o iba a ver a Ana María Moix. También pasaba por la Compañía General de Tabacos de Filipinas para encontrarme con Jaime Gil de Biedma, que después me llevaba de bar en bar por la Barcelona nocturna.

Las ciudades siguen siendo las mismas, pero dejan de serlo cuando desaparecen las personas que les daban sentido.

P.— Después de convivir con tantas figuras de la literatura y de la cultura, el libro deja una impresión curiosa: las acerca al lector sin convertirlas en personajes de leyenda.

R.— Es que eran dos cosas a la vez. Eran personajes públicos, sí, pero también personas. Iban a hacer la compra, llenaban la nevera, tenían una vida cotidiana como cualquiera. A veces olvidamos esa parte.

P.— ¿Con qué sensación terminas este ejercicio de memoria?

R.— Con cierto alivio. Tengo la sensación de haber puesto a salvo unos recuerdos que pueden ofrecer una mirada distinta sobre personas a las que mucha gente admira. Y también la tranquilidad de haber escrito un libro que sentía que debía escribir.

P.— Volvamos al título. A lo largo del libro reaparece una pregunta: «¿Qué estoy haciendo aquí?». ¿Sigues haciéndotela?

R.— Constantemente. Me gusta meterme en camisas de once varas, probar cosas distintas, salir de donde se supone que debería estar. Y muchas veces me pregunto qué necesidad tengo de hacerlo. ¿Por qué un escritor acaba actuando en una serie, escribiendo canciones o haciendo tantas cosas distintas? No tengo una respuesta.

Lo que sí sé es que nunca he querido dejar pasar una oportunidad por miedo. Es verdad que esa manera de vivir también cansa, sobre todo con los años, pero la compensan la gratitud y la sensación de haber aprovechado todo lo que la vida me ha ido ofreciendo.

Me gusta probar. Siempre digo que, igual que prefiero el tapeo a un menú cerrado, también en la vida disfruto más picando de muchos platos que repitiendo siempre el mismo.

P.— En el libro también hay un espacio importante para las escritoras.

R.— Sí, porque era una deuda. Tuve el privilegio de cuidar a María Teresa León en los últimos años de su vida y, para mí, sigue siendo una de las grandes narradoras españolas del siglo XX. También hablo de Ana María Matute, de Carmen Laforet y de otras autoras fundamentales.

Ahora estoy preparando un libro sobre la Generación del 27 y me interesa especialmente recuperar a las Sinsombrero. El machismo de la época —y después la dictadura— las relegó injustamente. Creo que quienes tenemos un espacio público tenemos la obligación de contribuir a reparar ese olvido.

P.— De hecho, diriges una colección dedicada a María Teresa León.

R.— Sí. La condición que puse fue que no se reeditara solo Memoria de la melancolía, que es el libro por el que todo el mundo la conoce, sino el conjunto de su obra. Acaba de aparecer un volumen de cuentos y el siguiente será Doña Jimena Díaz de Vivar. Cada uno tiene que hacer lo que pueda para devolverles el lugar que les corresponde.

P.— Antes recordabas que llegaste a Alberti gracias a un profesor. Siempre vuelve el debate sobre las lecturas obligatorias. ¿Hay que obligar a leer?

R.— Yo cambiaría el verbo. Prefiero seducir.

Llevo toda la vida recomendando libros, pero no como un crítico, sino como un amigo que te dice: «Léete esta novela, porque merece la pena». Compartir una lectura crea una complicidad extraordinaria.

También me preocupa que estemos perdiendo la idea de que la cultura es una conversación con quienes nos precedieron. No basta con leer los nombres más conocidos. Leer a Lorca no significa conocer toda la Generación del 27. Hay que leer también a Guillén, a Gerardo Diego, a Bergamín y a tantos otros menos recordados.

Vivimos demasiado pendientes de la novedad. Hay poetas jóvenes que me entusiasman, como Elvira Sastre o Loreto Sesma, pero eso no debería impedir mirar hacia atrás. La cultura necesita memoria.

Y hay otra batalla que no deberíamos perder: convencer a los más jóvenes de que una película no deja de ser buena porque esté en blanco y negro.

Cinco ideas que deja esta conversación

1. La literatura amplía la realidad.

Para Benjamín Prado, escribir no consiste solo en contar historias, sino en encontrar las palabras capaces de ensanchar nuestra forma de mirar el mundo.

2. Los encuentros pueden cambiar una vida.

Un profesor, Rafael Alberti, Joaquín Sabina o Luis García Montero aparecen en su camino como personas que transformaron su trayectoria personal y literaria.

3. La memoria también es una forma de justicia.

Recordar a quienes nos precedieron es una manera de conservar su legado y comprender mejor quiénes somos.

4. La curiosidad ha guiado toda su carrera.

Poesía, novela, periodismo, letras de canciones o interpretación responden a un mismo impulso: aceptar los retos sin dejarse vencer por el miedo.

5. Leer es conversar con quienes estuvieron antes que nosotros.

La literatura crea un diálogo permanente entre generaciones y nos invita a descubrir voces nuevas sin olvidar a los clásicos.


¿Qué encontrarás en este libro?

¿Qué estoy haciendo aquí? es mucho más que un libro de memorias. Benjamín Prado recorre su vida a través de las personas, los libros y las conversaciones que marcaron su camino. Entre anécdotas, recuerdos y reflexiones, el autor reivindica el valor del lenguaje, la amistad, la curiosidad y la literatura como una forma de comprender el mundo.


Lo que muchos lectores quieren saber

  • ¿Por qué Benjamín Prado decidió escribir sus memorias ahora?
  • ¿Cómo comenzó su amistad con Rafael Alberti?
  • ¿Qué aprendió de escritores como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa o Javier Marías?
  • ¿Cómo nació Juan Urbano, uno de los personajes más conocidos de su narrativa?
  • ¿Qué papel desempeñan la memoria y los encuentros en su trayectoria?
  • ¿Por qué afirma que la literatura consiste en ampliar la realidad a través de las palabras?

Ficha del libro

Título: ¿Qué estoy haciendo aquí?

Autor: Benjamín Prado

Género: Memorias

Editorial: Alfaguara


Una pregunta para nuestros lectores

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