«Nos esforzamos por controlarlo todo hasta que la vida nos demuestra que no controlamos nada»
«Estoy bien». Dos palabras que sirven para cerrar conversaciones, evitar preguntas y, muchas veces, esconder justo lo contrario de lo que sentimos. Claudia Romera las convierte en el punto de partida de Te juro que estoy bien (Espasa), una novela que habla del esfuerzo, del control, de la vulnerabilidad y de esa costumbre tan nuestra de seguir adelante aunque todo empiece a resquebrajarse.
Después de una larga trayectoria en el mundo de la empresa, Romera debuta en la ficción con una historia que conoce desde dentro, pero que trasciende el ámbito laboral para hablar de algo mucho más universal: el peso de las expectativas, las herencias familiares y la dificultad de mostrarnos tal y como somos.
No es una caída rápida, sino algo mucho más difícil de señalar. Una vida que empieza a desajustarse. El trabajo sigue, la rutina se mantiene, la imagen no se rompe, pero el cuerpo falla, el cansancio se instala y las decisiones empiezan a pesar de otra manera. Entre la exigencia profesional, una relación que se enfría y una competencia que no da tregua, sostenerlo todo deja de ser natural.
La falsa sensación de control
P.— Hay una decisión formal que me llamó mucho la atención desde el principio: ninguno de los personajes tiene nombre. Imagino que no es casual. ¿Qué buscabas con esa ausencia?
R.— Precisamente quería renunciar a individualizar a una persona determinada. Esa era exactamente la intención al escribir la novela sin asignar un nombre a los personajes, porque estoy convencida de que las palabras tienen muchísimo peso. Los nombres propios, todavía más, porque, de forma más o menos consciente, cuando oyes un nombre inevitablemente piensas en alguien que conoces.
Yo quería evitar por completo esa asociación. Por eso no hay nombres: para que cada lector identifique a los personajes con quien quiera.
P.— En el caso del marido, además, esa ausencia de nombre parece acentuar todavía más la distancia entre ambos.
R.— Sí, también. Al final es una pareja que se distancia como tantas otras. Y no por un gran acontecimiento, sino por el día a día: el trabajo de uno, el trabajo de la otra, los silencios, las cosas que no se dicen y las que se guardan. Todo eso acaba llevándolos donde los lleva.
P.— Un lugar que no vamos a desvelar, porque hay que leer la novela.
R.— Exactamente.
P.— La novela comienza cuando, aparentemente, ya se ha conseguido todo aquello por lo que se ha luchado. Me interesó mucho ese punto de partida: ya no hay conquista, solo mantenimiento. ¿Querías explorar precisamente ese momento?
R.— Sí. Justamente ahí aparece una dicotomía muy interesante: «Ya he llegado, pero no me puedo relajar».
Uno de los temas que atraviesa la novela es el esfuerzo. Esa necesidad constante de esforzarte, de luchar, de pensar que cuanto más te esfuerces más conseguirás. Es una idea que muchos hemos comprado en la sociedad en la que vivimos. Es casi un arquetipo: cuanto más me esfuerce, más voy a conseguir.
Esa zanahoria delante del carro es el esqueleto de la novela. Todos los personajes, de una forma u otra, se esfuerzan por algo y no siempre consiguen el resultado que perseguían. Como ocurre en la vida.
P.— La protagonista ha construido toda su vida anticipándose a lo que puede venir. Incluso parece adelantarse a esa zanahoria de la que hablas. ¿Qué ocurre cuando sucede algo que ya no puede prever?
R.— Para mí, uno de los temas fundamentales de la novela —y de la vida— es la falsa sensación de control.
Nos esforzamos por controlar, por tenerlo todo previsto. Desde pequeños nos encaminan hacia eso: «¿Qué quieres ser de mayor?», «Tienes que hacer esto», «Tienes que hacer lo otro». Y acabamos creyendo que, mientras podamos anticiparnos y controlar, todo irá bien.
Pero, si algo nos enseña la vida es que aquí no controlamos nada. Nada.
Hay una frase que me hace mucha gracia: «Si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes».
P.— John Lennon hizo una versión laica de esa misma idea: «La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes».
R.— Es exactamente eso. No controlamos absolutamente nada. Y esa búsqueda constante del control, lejos de tranquilizarnos, añade todavía más estrés. Cuanto más se descontrolan las cosas, mayor es la sensación de que tenemos que esforzarnos aún más. Aparecen el miedo, la angustia y el estrés. Es un círculo vicioso que mantiene tanto a los personajes como a las personas corriendo en una rueda de hámster sin avanzar un centímetro.
P.— En la novela ese control se rompe por un hecho inesperado, que no vamos a revelar. Pero incluso entonces ella intenta seguir sosteniéndolo todo, continuar con su trabajo, permanecer ahí.
R.— Porque eso es precisamente el esfuerzo y el control. Da igual lo que pase fuera: ella necesita seguir esforzándose y seguir controlando. Cuantas más cosas ocurren fuera de su control, más se descoloca, porque, en realidad, está bastante perdida.
Las herencias familiares y el peso de lo aprendido
P.— Creo que muchas lectoras van a reconocerse en ese personaje. Hay una presión añadida que muchas mujeres conocen bien. En ese contexto, la relación de pareja no estalla, pero tampoco parece sostenerse con claridad. ¿Qué es lo que mantiene ese vínculo?
R.— Creo que hay varias cosas. Por un lado, la necesidad que tenemos de vivir de cara al escaparate. Que todo parezca estar bien, aunque no lo esté. Mientras hacia fuera todo funcione, aquí no pasa nada. Es un poco la técnica del avestruz: meto la cabeza en el agujero, no veo el problema y, por tanto, no hay problema.
Y luego están las cargas familiares, que son otro de los grandes temas de la novela. Aprendemos de nuestros padres, de quienes lo aprendemos todo y que son el centro de nuestro universo. Bien porque queramos parecernos a ellos al cien por cien o bien porque no queramos parecernos en absoluto. Pero siguen siendo la referencia alrededor de la cual construimos nuestra vida.
Tanto ella como él arrastran esas cargas, y son esas cargas las que hacen que mantengan situaciones que quizá ya no necesitaban sostener de esa manera.
P.— Da la sensación de que las decisiones del presente siempre responden a algo anterior. ¿Hasta qué punto nuestra libertad está condicionada desde el origen?
R.— El otro día leía un artículo sobre neurociencia, un tema que me interesa mucho, que explicaba cómo cada vez hay más estudios sobre la transmisión genética del trauma.
Igual que heredamos el color de los ojos, del pelo, la tendencia a ser más altos o más bajos, más delgados o más corpulentos o determinadas enfermedades, también podríamos estar transmitiendo trauma.
Si yo tengo un trauma y genéticamente se lo transmito a mi hijo o a mi hija, ¿hasta qué punto esa persona parte realmente de un libro en blanco? Va a tener que trabajar algo que, además, ni siquiera es suyo.
Yo puedo llegar a trabajarlo de forma más o menos consciente, pero imagínate los patrones subconscientes que pueden arrastrar los hijos si realmente les estamos transmitiendo ese trauma sin ser conscientes. Ese es el gran problema.
Para mí, la libertad pasa, primero, por tomar conciencia y, después, por asumir la responsabilidad.
P.— La teoría parece clara, pero llevarla a la práctica es mucho más difícil. De hecho, la protagonista intenta construirse en oposición a sus padres y, sin embargo, ese rechazo sigue siendo una forma de depender de ellos.
R.— Exactamente. Al final, la referencia sigue siendo la misma. Da igual que quiera ser cien por cien igual o cien por cien diferente. La pregunta es: ¿en qué me estoy fijando para construirme?
La protagonista quiere ser totalmente distinta, pero, en realidad, sigue moviéndose dentro de la misma energía.
Es como si estás en el blanco y no te gusta, y crees que el negro te va a encantar, cuando en realidad es lo mismo desde el otro lado. Igual lo tuyo es el rosa fucsia. Tienes que descubrir cuál es tu propia paleta. Pero para eso hacen falta conciencia y responsabilidad.
El «estoy bien» como máscara
P.— Otro de los grandes temas de la novela es el lenguaje, o quizá la máscara que construimos con él. Ese «estoy bien» deja de describir un estado para convertirse casi en una forma de estar en el mundo.
R.— Totalmente. Es una forma de autoprotección, porque hemos aprendido que mostrar un cierto grado de vulnerabilidad es mostrar debilidad.
El «estoy bien» levanta automáticamente un muro entre tú y yo. Yo no me permito contarte cómo estoy de verdad y, por tanto, tú no vas a poder herirme, pero tampoco ayudarme.
Al final construyo un muro que me protege, pero que también me deja muy sola de este lado.
Creo que tiene mucho que ver con la sociedad en la que vivimos, con ese mundo de escaparate perfecto. Mira las redes sociales: allí todo el mundo es feliz, todo el mundo es perfecto. Yo quiero vivir en Instagram.
P.— Solo enseñamos la parte que queremos que los demás vean.
R.— Sí. A partir de ahí construimos ese escaparate y hacemos todo lo posible por mantener en pie ese castillo de naipes que llamamos vida.
P.— Y ese muro no solo aparece en la pareja. También se levanta entre amigos, en la familia. Muchas veces se construye a base de silencios: decides no contar lo que te pasa para protegerte del juicio de los demás.
R.— Has dicho una palabra que me parece muy interesante: juicio.
Vivimos en una sociedad que juzga continuamente. Fíjate en el propio mecanismo de las redes sociales: estás viendo contenido y decides si te gusta o no te gusta. Ya estás emitiendo un juicio.
No decir nada también es un juicio; no darle a «me gusta» también lo es; comentar… hay distintos grados, pero siempre hay juicio.
Si, además, entendemos la vulnerabilidad como una debilidad, lo más fácil es callarse. Si me callo, no le doy al otro herramientas para juzgarme ni para hacerme daño.
Y acabamos entrando en esa dinámica de callar, de mentir —porque la mentira puede ser más o menos activa, pero sigue siendo mentira— y de quedarnos, al final, muy solos.
P.— Cuando el lenguaje se reduce a fórmulas como ese «estoy bien», ¿qué parte de la experiencia queda fuera de las palabras? ¿La verdad?
R.— Sí, la verdad.
Qué bonito sería poder decirle a alguien: «No sé», «No quiero», «Esto me da miedo», «Esto me hace daño». Qué bonito sería poder ser sincero sabiendo que el otro no va a utilizar eso en tu contra.
Creo que, si todos nos diéramos esa oportunidad de mostrarnos vulnerables, de dejar de entender la vulnerabilidad como una debilidad, tendríamos una vida mucho más auténtica. Y, seguramente, también mucho más fácil. No estaríamos dejando fuera quiénes somos para vivir dentro del personaje que hemos creado.
P.— Sobre todo sería una vida más auténtica. No sé si más fácil, aunque quizá una cosa vaya de la mano de la otra. Sostener una mentira es muy cansado; hace falta mucha memoria. Por eso termina siendo agotador.
R.— Yo ya no tengo memoria de pez. Ya no me da.
El éxito, el trabajo y la cultura de la exigencia
P.— La novela evita cualquier épica del éxito. No hay una narrativa de superación al uso. ¿Te interesaba cuestionar esa idea de éxito que solemos dar por sentada?
R.— Yo me he movido en entornos profesionales muy exigentes y muy masculinizados. Y tampoco tiene ningún mérito decirlo, porque la gran mayoría de los sectores siguen estando dominados por hombres.
P.— Menos el de ser madre.
R.— Exactamente. Y déjales tiempo; el día que deje de ser doloroso, ya veremos.
Para mí, cuando hablamos de éxito, lo primero es preguntarnos qué entendemos por éxito. Para mí puede ser una cosa y para ti una completamente distinta.
Vivimos en una sociedad que premia un tipo de éxito muy concreto: el éxito social, el profesional, el coche, la casa, la familia, el perro, la segunda residencia, el coche más grande, la casa más grande… Es una especie de capitalismo voraz.
Metidos en esa rueda, creo que no hay final. Siempre habrá una casa más grande, alguien que gane más o alguien que quiera más. Es una fuente de insatisfacción permanente.
Además, creo que vivimos desde una visión de escasez: «Esta es la tarta; si yo quiero un trozo más grande, tengo que quitártelo a ti porque es la única que hay».
Desde ahí, ese concepto de éxito es agotador y muy negativo, porque nos arrastra continuamente a la insatisfacción.
Por eso uno tiene que preguntarse qué significa el éxito para sí mismo. Y hay otra pregunta que me parece casi más importante: esa idea del éxito, ¿es realmente mía o pertenece a la sociedad, a mi familia o al entorno? ¿Es algo que he comprado y que, por tanto, persigo?
Porque muchas veces llegas y descubres que aquello que perseguías ya no era lo que querías.
P.— En esos entornos de poder, ¿la vulnerabilidad es realmente incompatible con la autoridad o es una idea que simplemente hemos asumido como cierta?
R.— Creo que se da por hecho que es incompatible. Sin embargo, gracias a Dios cada vez se habla más de cómo la vulnerabilidad puede mejorar los entornos empresariales.
Hay una mujer, Brené Brown, que tiene una charla TED sobre la vulnerabilidad en la empresa. Explica cómo las organizaciones que fomentan la vulnerabilidad crecen más, mejor y de una forma más sólida porque favorecen una cultura del error.
En cambio, en las empresas donde no se acepta la vulnerabilidad ocurre justo lo contrario. ¿No has visto por internet el diagrama del flujo de las cagadas? «La cago. ¿Me ha visto alguien? Sí o no. ¿Pueden asociarlo a mí? Sí o no». Al final todo ese recorrido solo busca una cosa: que nadie descubra que has cometido un error.
Las empresas que funcionan así están condenadas al fracaso, porque el error se va tapando hasta que la alfombra ya no da más de sí.
Siempre pongo el mismo ejemplo: Hitler perdió la guerra porque sus generales le tenían tanto miedo que dejaron de decirle que habían perdido divisiones en las batallas. Él seguía moviendo sobre el mapa divisiones que ya no existían y, por eso, tomó decisiones estratégicas equivocadas. Perdió la guerra. Si no, ahora mismo probablemente estaríamos haciendo esta entrevista en alemán.
P.— Lo cual la complicaría bastante.
R.— Bastante.
P.— Aunque, visto cómo está el mundo, ya no sé qué idioma acabaremos hablando.
R.— Yo tampoco. Prefiero no preguntármelo. Ya veremos cómo nos toca aprenderlo. Mejor no pensarlo.
P.— ¿Dirías que tú también has dicho muchas veces «estoy bien»?
R.— Sí, claro. Muchísimas. Y aprender a decir eso de lo que hablábamos antes —«no sé», «no puedo», «no quiero»— ha sido para mí todo un trabajo. Un proceso terapéutico para aprender a escucharme, a entenderme y a asumir mi responsabilidad.
Si no, acabamos instalándonos en un lugar de víctima, donde las cosas simplemente nos pasan.
Es verdad que hay cosas que ocurren y que no podemos controlar, pero lo único sobre lo que sí tenemos control es sobre cómo gestionamos eso que nos pasa. Esa parte sí depende de nosotros.
He dicho muchísimas veces «estoy bien». Es automático. «¿Cómo estás?». «Bien». Sale sin pensar.
Y además nos da apuro tener un mal día y que alguien nos pregunte cómo estamos y soltarle todo el rollo. El otro se queda pensando qué hace con eso. Al final, para poder desahogarte, también hacen falta dos.
Parar para escucharnos
P.— Hablábamos antes de esa incapacidad de la protagonista para detenerse, incluso cuando la vida la obliga a hacerlo. ¿Esa imposibilidad de parar es algo individual o forma parte del sistema en el que vivimos?
R.— Creo que la respuesta es bastante clara: vivimos en un sistema que no nos deja parar, donde el descanso vuelve a entenderse como una debilidad y donde el resultado está completamente vinculado al esfuerzo que pones en el proceso.
Es muy difícil detenerse porque la sociedad no te ayuda, pero también porque, cuando paras, aparece el silencio. Y cuando hay silencio, tienes que mirar hacia dentro.
Mientras estás ocupado siempre puedes mirar hacia otro lado. Cuando uno para de verdad y no le queda más remedio que mirarse por dentro, eso cómodo no es. Aunque también creo que es el único camino.
P.— Hablabas antes de tu trayectoria profesional, de esos años en puestos de alta dirección. Ese mundo dialoga de forma muy directa con la novela. ¿Escribir ha sido una manera de revisarlo, de tomar distancia o simplemente sentías la necesidad de contarlo?
R.— Es un poco todo. Al final escribimos de lo que conocemos. Yo me he movido en ese tipo de entornos y el trabajo ha ocupado un lugar muy importante en mi vida.
Hablar del esfuerzo en el mundo laboral y de cómo las mujeres nos enfrentamos a entornos tan masculinizados era casi inevitable. Muchas veces la forma que tenemos de entrar en esa rueda consiste en masculinizarnos, en pensar que tenemos que comportarnos como hombres para encajar. Y creo que eso es malo para todos.
Es malo para nosotras porque no somos hombres, pero también para el mundo empresarial, porque las mujeres tenemos una serie de habilidades que todavía se siguen llamando soft skills, como si fueran habilidades blandas: el diálogo, la escucha activa, la empatía, la mediación o la comunicación.
Son competencias fundamentales. Sin embargo, todavía parece que se enseñan con la idea de: «Sí, escuchar está muy bien, pero aquí mando yo». Y no. Son imprescindibles.
Creo que el mundo empresarial se está perdiendo la mitad de lo que podría hacerlo menos voraz y mucho más sostenible. Porque, si no, caminamos hacia una deshumanización total. Piensa en las grandes corporaciones, en el crecimiento por absorción, en ese «más, más y cada vez más». Llega un momento en que te preguntas: ¿hasta dónde?
Si planteamos ese crecimiento desde una lógica de recursos finitos, el recorrido tiene un límite. Si, en cambio, lo hacemos desde una mirada más colaborativa, más femenina, construimos desde la abundancia. Es otro lugar completamente distinto.
Muchos de los problemas que siguen existiendo en el mundo laboral —ocultar los errores, premiar una competitividad malsana, como ocurre en la novela— nacen también de esa idea de que todavía hay muy pocos espacios para las mujeres y de que, si solo hay uno, o es para ti o es para mí. Entramos en esa cultura del machete en la boca, todos a degüello. Y, si no cambiamos eso, estamos desperdiciando una cantidad enorme de energía.
P.— Da la sensación de que ahora hablas de ese mundo con cierta perspectiva.
R.— Yo creo que sí. Aunque yo ya soy más del dolor de rodillas o de cadera, depende del día.
Recuperar los matices en tiempos de polarización
P.— Vivimos un momento en el que todo parece obligarnos a elegir un bando: blanco o negro, derecha o izquierda, machismo o feminismo. ¿Crees que esa polarización nos impide mantener una conversación más serena?
R.— Esa necesidad de etiquetarlo todo vuelve a tener que ver con el control. Si algo tiene una etiqueta, parece que lo controlo. Y, si no puedo controlarlo, lo rechazo.
Vivimos en un mundo dual y muy polarizado: el día y la noche, el blanco y el negro, lo bueno y lo malo. Parece que siempre hay que escoger un lado. «¿Eres feminista? Si no eres feminista, entonces eres machista. Si no eres de derechas, eres de izquierdas».
¿Dónde está ese punto medio del que hablaba Sócrates?
Yo me considero feminista. Me considero igual de válida que un hombre, pero no mejor. Y, más que en la igualdad, creo en la equidad. No somos iguales; somos igual de importantes en nuestras diferencias. Creo que ahí es donde el mundo realmente se enriquecería.
No se trata de pensar que, porque durante mucho tiempo hayan dominado los hombres, ahora tengan que dominar las mujeres. Aunque, para variar, en algún caso no estaría mal. (Ríe). Pero, en general, si consiguiéramos un punto de equilibrio, aprovecharíamos lo mejor de cada uno y todos saldríamos ganando.

El valor de mostrarnos vulnerables
P.— Para terminar, después de escribir esta novela —y de hacerlo, además, sin poner nombre a ninguno de los personajes—, ¿la expresión «estoy bien» te resulta hoy más útil o más sospechosa?
R.— Mucho más sospechosa. Ahora, cuando alguien me dice «estoy bien» nada más empezar una conversación, o cuando me lo escucho decir a mí misma de manera automática, ya se me enciende una alarma.
Siempre pienso que habría que añadir: «Estoy bien… si no entramos en detalles». Porque, si entramos en detalles, dime tú quién está realmente bien.
Es una frase sospechosa. Totalmente sospechosa.
P.— Una última pregunta. Si alguien te dice: «Te veo bien», ¿cómo reaccionas? ¿Piensas: «Qué bien, se me nota», o más bien: «No se ha dado cuenta de cómo estoy»?
R.— Qué buena pregunta.
Fíjate hasta qué punto nuestra mente está mucho más preparada para aceptar la crítica que el elogio. Cuando alguien te dice «qué bien estás», lo primero que pensamos es que algo busca o que nos está mintiendo. En cambio, si te dicen «qué mala cara traes», es como si estuviéramos perfectamente preparados para recibir lo malo sin ningún filtro.
Sin embargo, lo bueno siempre despierta sospechas, como si tuviera que haber una intención detrás.
Podríamos empezar simplemente por decirnos cosas buenas cuando sean ciertas, sin más.
Y, claro, cuando dices «te juro que estoy bien», en realidad estás mintiendo. Si necesitas jurarlo, es porque dicho así, sin más, ya no cuela.
P.— Antes de terminar quiero hacerte una pregunta que me gusta mucho. Si tuvieras que elegir, ¿cuál dirías que es tu mejor emoción y cuál tu peor emoción?
R.— ¡Guau, qué pregunta!
Si partimos de las cuatro emociones básicas —miedo, tristeza, alegría y rabia—, durante mucho tiempo pensé que la mejor era la alegría. Hasta que me di cuenta de que, muchas veces, la alegría también sirve para tapar las otras tres: tapa la tristeza, tapa la rabia con sarcasmo o ironía y tapa el miedo haciendo bromas estúpidas.
Al final creo que todas las emociones tienen una parte buena y una parte mala, siempre que no las juzguemos. Están ahí para darnos información sobre lo que nos está pasando.
Hubo un momento en mi vida en el que tuve que aprender incluso a identificar qué emoción estaba sintiendo. Mi terapeuta me enseñó empezando por el cuerpo.
—«¿Dónde la notas?»
Así de desconectados vivimos muchas veces de nosotros mismos.
Yo llegaba a terapia y me preguntaban:
—«¿Cómo estás?»
Y respondía:
—«Bien, estoy bien».
Entonces me decían:
—«Si estás bien, ¿qué haces aquí? Respira. ¿Dónde notas algo?»
—«En el estómago».
—«¿Tienes rabia? ¿Te has peleado con alguien?»
—«Ah, pues sí, mira…».
Así de desconectados vivimos.
Por eso prefiero no hablar de emociones buenas o malas. Me gusta decir que hay emociones agradables y desagradables, pero todas son necesarias.
Pues yo te juro que estoy bien.
Cinco ideas que deja esta conversación
1. Controlarlo todo es una ilusión.
Vivimos convencidos de que el esfuerzo nos permitirá anticiparnos a cualquier situación, pero la vida termina recordándonos que hay acontecimientos que escapan por completo a nuestro control.
2. El «estoy bien» puede convertirse en una máscara.
Muchas veces utilizamos esas dos palabras para protegernos, evitar el juicio de los demás o esconder una vulnerabilidad que no sabemos cómo expresar.
3. El éxito solo tiene sentido si responde a una definición propia.
La entrevista cuestiona la idea de éxito que impone la sociedad y plantea una pregunta incómoda: ¿perseguimos nuestros propios objetivos o los que otros han construido para nosotros?
4. Las herencias familiares condicionan mucho más de lo que creemos.
La educación, los traumas y los modelos que recibimos en la infancia siguen influyendo en nuestras decisiones, incluso cuando creemos haber tomado un camino completamente distinto.
5. La vulnerabilidad no debilita; nos acerca a los demás.
Aceptar que no siempre podemos con todo es, para Claudia Romera, el primer paso para construir relaciones más honestas y una vida más auténtica.
📺 Entrevista completa
¿Qué encontrarás en este libro?
Te juro que estoy bien es una novela que explora la presión por sostener una vida aparentemente perfecta. A través de una protagonista acostumbrada a controlar cada aspecto de su existencia, Claudia Romera reflexiona sobre el éxito, la exigencia, las relaciones personales, las cargas familiares y la dificultad de reconocer nuestra propia vulnerabilidad. Una historia que invita a preguntarnos cuánto hay de verdad detrás de ese «estoy bien» que repetimos casi sin pensar.
Lo que muchos lectores quieren saber
- ¿Por qué decidió Claudia Romera escribir Te juro que estoy bien?
- ¿Qué significado tiene el título de la novela?
- ¿Por qué ninguno de los personajes tiene nombre?
- ¿Qué papel desempeña la falsa sensación de control en la historia?
- ¿Cómo influyen las herencias familiares en las decisiones de la protagonista?
- ¿Qué relación existe entre el mundo de la empresa, el éxito y la vulnerabilidad?
Ficha del libro
Título: Te juro que estoy bien
Autora: Claudia Romera
Género: Novela contemporánea
Editorial: Espasa
Una pregunta para nuestros lectores
¿Cuántas veces has respondido «estoy bien» cuando, en realidad, necesitabas decir justo lo contrario? ¿Crees que vivimos intentando controlar demasiado nuestra vida? Nos encantará leerte en los comentarios.
