Ximena Maier: «El jardín me ha enseñado a vivir en cinco tiempos a la vez»
La ilustradora y ceramista Ximena Maier, autora del celebrado Cuaderno del Prado, encontró en una vieja casa del Alentejo un proyecto mucho mayor que una reforma. Entre cuadernos de dibujo, cerámica, jardines y animales, aquella mudanza terminó convirtiéndose en un cambio de vida. El resultado es Una casa portuguesa, un libro ilustrado que reivindica la belleza de los procesos, la paciencia y la capacidad de dejarse transformar por un lugar.
Hay libros que cuentan una historia y otros que invitan a cambiar la forma de mirar. En Una casa portuguesa, Ximena Maier transforma la reforma de una antigua casa del Alentejo en una reflexión sobre el tiempo, la naturaleza, la creación artística y la belleza de los procesos que no admiten atajos. Conversamos con la ilustradora y ceramista sobre dibujo, jardines, cerámica y todo lo que una casa puede llegar a enseñar.
P.— Siempre me han fascinado los libros ilustrados. Me impresiona cómo un dibujo puede contar tanto como las palabras. En tu caso, ¿qué viene primero: el dibujo o el texto?
R.— Tengo en mi taller una frase de Edward Gorey, ilustrador y escritor americano, que dice: «Cuando no sé qué hacer, cuando no sé qué dibujar, escribo; y cuando no sé qué escribir, dibujo». La tengo como un pequeño lema inspirador.
En realidad, yo me considero dibujante. Con este libro ha pasado una cosa curiosa. Como dice mi editora, Lola, en vez de hacer unas ilustraciones para un libro, hemos hecho un libro para unas ilustraciones. Los dibujos ya estaban en esos cuadernos que fui haciendo para documentar todo el proceso porque, en realidad, yo hago cuadernos todo el rato. Ha sido un proceso un poco al revés de lo habitual.
Cuando una casa termina cambiándote la vida
P.— ¿Cómo acaba una ilustradora comprando una vieja casa en el Alentejo?
R.— Bueno, a mi marido le ofrecieron un trabajo hace once años en la Universidad de Évora. Él trabaja como ecólogo del paisaje y, según él, está en el Real Madrid de la ecología del paisaje mediterráneo. Así que, bueno, me lo tengo que creer.
Cuando llegamos alquilamos una casa para empezar a conocer la zona y buscar con calma. Pero, en un momento dado, nos encontramos con una casa abandonada que nos enamoró. Fue un flechazo. No era una decisión especialmente sensata, porque la casa estaba bastante destartalada, pero decidimos comprarla. Y, al final, esa casa acabó cambiándonos la vida.
P.— Una vez que llegáis allí y os encontráis con esa casa, ¿qué visteis en ella que quizá no vio nadie más? ¿Qué os hizo pensar: «Tiene que ser esta»?
R.— Nos enamoramos locamente, que siempre es un disparate. No hay que hacer las cosas con ese impulso. La casa no era nada conveniente: tenía demasiada tierra para ser una casa y demasiado poca para ser una finca de labor. Había que arreglarla… Todo lo que cualquier persona cabal que la había visto decía: «No, mira, casi que no». Pero a nosotros nos encantó. Tuvo que ser.
P.— Igual fue la casa la que se fijó en vosotros. Como cuando dices que un animal te eligió a ti.
R.— Sí, totalmente. Es que la casa es muy bonita, la verdad. Lo malo fue la inconsciencia. Creo que a cualquiera le gusta cuando la ve, pero luego piensa: «No, mira…».
P.— ¿Qué fue más difícil? ¿Arreglar la casa o entender cómo funcionaba la vida a su alrededor?
R.— Yo diría que lo segundo. Nunca había hecho una reforma —bueno, una vez aquí, pero en realidad no cuenta— y no sabía hasta qué punto una casa tiene vida propia. Sobre todo una casa exenta como esta. Aquí, en Madrid, no se te ocurre pensar en las bajantes o en todas esas cosas. Tienes claro dónde acaba el edificio. Allí no: el agua viene de un pozo, hay que poner una fosa… Me habría venido fenomenal un libro para niños sobre cómo funciona una casa, de esos de Richard Scarry.
P.— Hay una idea que atraviesa el libro y es que la casa parece tener voluntad propia. Cada vez que planeáis una cosa, ocurre otra distinta. ¿En qué momento aceptaste que una reforma nunca termina de verdad?
R.— Nunca. Nunca termina. Es que se nos acumulan las metáforas: en realidad es un proyecto de vida. Terminas una cosa y empiezas otra. ¿Sabes ese puente tan famoso de Escocia que cruza el Firth of Forth? Siempre dicen que, cuando terminan de pintar un lado, ya tienen que empezar a repintar el otro porque se ha vuelto a descascarillar. Pues la casa es igual.
Además, ya tiene ciento quince años, así que todo son posibles desgracias. Este invierno, por ejemplo, ha llovido muchísimo y, de repente, unas grietas con las que no contábamos se nos han despiporrado. Y ahí estamos.
P.— Si vuelves la vista atrás, ¿qué recuerdas primero de aquellos años: el cansancio o la ilusión?
R.— La ilusión.
P.— Me alegra oírlo. Vivimos un momento en el que parece que todo el mundo está enganchado a los programas de reformas. En una hora la casa pasa de estar en ruinas a ser maravillosa y todo parece fácil. Después de haber vivido una reforma de verdad, ¿qué es lo que nunca enseñan esos programas?
R.—Yo es que esos programas nunca los he visto. Igual que tampoco veo series de hospitales. Hay una serie de temas que me parecen horrorosos, como las enfermedades o las obras.
De hecho, cuando la gente me decía: «¡Qué bien, estás con la obra! ¡Enséñame fotos!», yo pensaba: «¿Pero qué quieres ver?». Es como si te enseñara fotos de una endodoncia. Un horror. Pero a la gente le gusta. A mí no. No sé si es masoquismo o si de verdad hay gente a la que le encanta ir a elegir un grifo. A mí, desde luego, no.
P.— Entonces, ¿cómo afrontasteis todo ese proceso? Porque, evidentemente, no os lanzasteis solos.
R.— Hombre, profesionales. ¡Por Dios, no!
Además, cuando ya estaba terminada, había gente que me decía: «Bueno, pues ahora la vendes y a por otra». Y yo pensaba: «¿Pero qué estás diciendo?». Es como si me dijeras que venda a mi hijo y haga otro. Pues no.
Encontramos un arquitecto muy bueno y, además, era de allí, así que conocía todos los vericuetos de la legislación. Pero luego descubres que es un mundo… Iba a decir un submundo, tampoco quiero insultar a nadie. Es un sector en el que las cadenas son larguísimas y, en cuanto se descontrola un eslabón, afecta a todos los demás. Todo son retrasos, todo son líos.
Y luego hay una cierta… no sé si llamarlo fatalismo o informalidad. Esa cosa de: «Yo te digo que esto estará el lunes y costará tres, pero tú ya sabes que llegará el viernes y costará seis». Y eso se da por hecho. Pues vale, pero…
Una casa con memoria
P.— La casa tiene más de un siglo. Imagino que, al ir levantando capas, también fueron apareciendo historias.
R.— Pues mira, he ido encontrando basura, en realidad. Porque antes la gente generaba mucha menos que ahora, pero la que había la tiraban allí. Así que han ido apareciendo azulejos antiguos, una especie de carita que parece romana… aunque no creo que lo sea porque estaba al lado de un radiocasete.
P.— Desde luego la imagen es fantástica.
R.— Sí. Pero luego hubo hallazgos muy bonitos. Cuando rasparon las paredes para pintar aparecieron todas las capas anteriores. Ahora la casa es blanca con remates grises, pero en un momento fue rosa con remates blancos y, en otro, blanca con remates azules. Eso me encantó.
Y luego tenemos unos papeles preciosos sobre la historia de la propiedad, incluso anteriores a la construcción de la casa, de hacia 1840. Aquellas tierras pertenecían a un convento y, como aquí, en Portugal también hubo desamortización. Esos documentos cuentan por todas las manos por las que fue pasando la finca.
Además, es muy bonito porque toda mi nueva vida —que no sé si hablaremos de ella—, eso de haberme hecho ceramista, empezó pintando una chimenea inspirada en unos azulejos del convento del Salvador, en Évora. Es una iglesia desacralizada que ahora es una sala de exposiciones. Pues resulta que ese convento era el propietario de estas tierras. Sin saberlo, hemos cerrado un círculo.
P.— Es curioso cómo, cuando llegas a un sitio con tiempo, acabas queriendo saber quién vivió allí antes. La casa deja de ser solo tuya y pasa a formar parte de una historia mucho más larga.
R.— Sí. Muchísimo.
La cerámica y el valor de lo imprevisible
P.— La cerámica, entró en tu vida casi de puntillas, pero ha terminado convirtiéndose casi en otra profesión.
R.— Sí, totalmente. Vamos, es otra profesión. Yo hago decoración cerámica, no fabrico las piezas ni torneo barro. Pero sí las pinto y, ahora mismo, tengo casi más trabajo con la cerámica que con la ilustración.
P.— ¿Qué te ha dado la cerámica que no te daba el dibujo?
R.— Es preciosa porque hay una parte que me ha resultado muy natural. Físicamente, el gesto de pintar cerámica es muy parecido al de pintar con acuarela, así que para mí ha sido casi una prolongación. Pero luego tiene toda una dimensión matérica que te saca completamente del control.
Si pinto sobre papel, más o menos puedo imaginar qué va a pasar. Siempre hay un margen de sorpresa, claro, pero aquí no. Aquí dependes del fuego. Es un proceso casi alquímico. Está la tierra, el fuego…
P.— …el agua y el aire también. Porque como haya una burbuja, de repente puede explotar todo en el horno.
R.— Claro. Pasan todas esas cosas. Estás trabajando con metales, con vidrio… y en la materia ocurren cosas que no controlas. Cierras el horno, lo enciendes y, literalmente, no sabes qué va a pasar. Bueno, más o menos sí, pero ya sabes que los colores van a cambiar.
Tú estás pintando con una especie de polvo gris, opaco y horroroso, confiando en que cuando salga del horno se haya convertido en un verde turquesa brillante maravilloso. Pero, mientras tanto, ahí vas.
P.— La cerámica te obliga a convivir con el error. ¿Qué has aprendido de eso?
R.— Bueno… me ha enseñado… Yo soy bastante chapucera.
P.— No me lo creo.
R.— Sí, sí. Pero en el buen sentido, quiero decir. No tengo un ansia de control total. Eso es precisamente lo que me gusta: yo hago todo lo que puedo de mi parte y luego hay otra parte que no sabemos qué va a pasar. Y me encanta.
Hay una parte muy artificial en la inteligencia artificial y esto es justo lo contrario. Estás trabajando con la materia, con cosas que reaccionan, que cambian, que no puedes controlar del todo. No sé, me llama mucho la atención.
P.— ¿Qué busca quien te encarga una pieza de cerámica? ¿Qué crees que viene a buscar en tu trabajo?
R.— Yo creo que quien me pide una pieza ya sabe lo que le gusta. Sabe que es un proceso muy manual y que va a tener algo único, porque yo no repito diseños. Es una forma de trabajar muy antigua, pero no hago imitaciones, sino reinterpretaciones.
Me gusta decir que la tradición no es un corsé, sino un trampolín. Siempre utilizo gamas de colores que ya existían porque, además, tienen sentido: son los óxidos que se podían usar en cada momento. Y eso me divierte mucho. Digo: «Este te lo voy a hacer con colores de la cerámica valenciana del siglo XV. Este otro va a ser inglés, así que vamos a usar rosa y morado porque me apetece». Pero ya sé, por ejemplo, que ahí no va a haber un amarillo.
P.— Veo que te has hecho todo un máster.
R.— Bueno, es que me he ido metiendo… y la verdad es que es un mundo.
P.— ¿Qué has encontrado en la tradición cerámica de Talavera que dialogue directamente con Portugal?
R.— En realidad, la de Talavera es más antigua. Bueno, la más antigua de todas sería la de Sevilla. Pero Portugal empezó prácticamente al mismo tiempo que Talavera.
La cerámica es un mundo enorme, con muchísimas escuelas, cada una con sus colores, sus formas y sus tradiciones. Cuando empecé a investigar decidí centrarme en el azulejo, por acotar un poco. Y el azulejo talaverano está en la base del portugués. Cuando en Portugal empezaron a hacer muchísimo azulejo, en pleno Renacimiento, los colores eran los mismos que los de Talavera. Luego asociamos el azulejo portugués al azul y blanco, pero eso vino después.
En el fondo son los mismos colores del paisaje de la Meseta. Tú recorres esa antigua calzada romana y ves que todo está conectado. De hecho, el nombre romano de Talavera era Ébora. Es como si todo formara parte de lo mismo. Otro círculo que se cierra.
Así que, más que diferencias, lo que hay es muchísima conexión. Lo que ocurre es que los portugueses cogieron esa tradición y echaron a correr con ella. La llevaron al máximo, porque empezaron a concebir los edificios pensando desde el principio en el revestimiento cerámico. Por eso allí el resultado acaba siendo mucho más esplendoroso.

Una casa donde también crece una familia
P.— Mientras la casa iba transformándose, tus hijos también crecían. Leyendo el libro da la sensación de que hay dos historias paralelas: la de la casa que se reconstruye y la de una familia que también se va construyendo.
R.— Sí, claro, porque todo eso va junto. Mis hijos siempre han estado muy acostumbrados a estar en casa. No sé si bien o mal acostumbrados, pero yo me he negado bastante a vivir de extraescolar en extraescolar. Así que volvían del colegio y se apañaban con lo que hubiera.
Siempre han trasteado mucho. Cuando eran pequeños hacían cabañas con mantas y, cuando llegamos a la casa, de repente apareció un jardín, los animales… Mi hijo, por ejemplo, siempre ha sido muy de animales, pero no tanto de tenerlos como de observarlos: las ranas, las serpientes… Ahora le ha dado por arreglar herramientas viejas que van apareciendo por allí.
P.— Me parece muy educativo porque les dejas desarrollar la imaginación. Tengo la sensación de que eso cada vez ocurre menos.
R.— Yo creo que estamos muy acostumbrados —y lo veo tanto en adultos como en niños— a que todo esté dirigido. Me pasó incluso con el Cuaderno del Prado. Lo hice hace ocho o nueve años y, cuando ahora me preguntan si lo haría igual, creo que no podría.
Entonces se oía mucho runrún en el museo. La gente iba comentando cosas, haciendo observaciones… Ahora todo el mundo va con un pinganillo en una visita guiada. Hay ruido, sí, pero ya no son esos comentarios locos que hace la gente cuando mira un cuadro. Todo el mundo está escuchando al guía, que está muy bien porque te explica y te lleva por donde él quiere. Pero así hay muchas menos posibilidades de que aparezcan cosas inesperadas.
No sé… Yo creo que también hay que saber aburrirse. Es necesario.
P.— Has hablado de los animales y me llama la atención que en el libro no son un decorado. Forman parte de la historia. ¿Quién manda realmente en esa casa: los animales o vosotros?
R.— No, no, absolutamente ellos. Vamos, no hay ni la más mínima pretensión de que mande nadie más.
P.— ¿Quiénes fueron los primeros en llegar?
R.— Dos cacatúas que nos regalaron los antiguos dueños.
P.— No parecen muy propias del campo.
R.— No, la verdad es que no. Pero en Évora hay mucha afición a los pájaros. Vas a cualquier sitio y los oyes por todas partes. Estas son cacatúas pequeñitas, unas ninfas muy bonitas. Allí también hay mucha cultura de las palomas mensajeras, de los mirlos… Bueno, de pájaros en general.
Las nuestras viven sueltas. Al principio estaban en el salón y ahora están en mi despacho. Se comen mis archivos, han puesto huevos dentro de una carpeta… O sea, ellas ya marcaban bastante la pauta.
P.— Tienes unas cuantas historias que contar.
R.— Sí. Después llegó un perro. Bueno, una perra. Mi hija insistió muchísimo en que tenía que ser recogida, así que nos fuimos a un refugio. Claro, cuando vas a un refugio nunca sabes lo que te vas a traer.
Nos dieron a Bambina. Bueno, yo le habría puesto otro nombre, pero ya venía con ese. Ella tampoco es que responda cuando la llamas, porque la pobre tiene mil traumas, pero bueno, se llama Bambina y ya está.
Después llegaron dos gatas porque los ratones se estaban comiendo los cables del lavavajillas. En teoría venían como ninjas mortíferas para acabar con ellos, pero al final se han hecho amigas. Se enroscan con cualquiera para que les rasquen la tripa y no quieren saber nada más.
Y luego llegaron otros dos perros, que son el terror de mis tomates. Cualquier cosa que te vean plantar les parece que has enterrado un hueso, así que allá van a desenterrarlo.
P.— Viéndote hablar, cualquiera diría que la vida en el campo es muy tranquila.
R.— No, no. La vida en el campo es un estrés. Al final entras en una especie de fatalismo: si no es una cosa, será otra. Siempre hay algo que puede morir. La muerte acecha todo el rato, así que cualquier despiste puede ser letal. Bueno… eso ha sonado regular, ¿eh?
Pero también te acostumbras. De repente dices: «Bueno, vale, se ha muerto». Es una planta de pepino; tampoco vamos a sufrir más de la cuenta. Lo justo. Pero sí, esas cosas pasan.
Todo lo que la naturaleza enseña sobre el tiempo
P.— ¿Cuál es la lección más dura que te ha enseñado la naturaleza?
R.— Que te endurece un poco. Te acostumbras a que cualquier cosa que cuidas puede desaparecer. Bueno, eso también pasa en la ciudad, claro, pero es distinto.
Si se te muere un ciruelo te da muchísima pena. Piensas: «Ha sido culpa mía. No me di cuenta de que estaba rota la manguerita del riego, se ha secado, este año me he quedado sin ciruelas…». Ese tipo de cosas. Tampoco es un drama terrible, pero te va haciendo una costra. Y casi es mejor, porque si no, cada vez que plantas algo…
La gente de campo tiene un poco eso. Y pasa igual con los animales. Yo, por ejemplo, todavía no podría pensar en comerme los corderitos que veo por allí. Prefiero no pensarlo.
P.— Pero te los comes.
R.— Me los como.
P.— No te has vuelto vegetariana.
R.— No, no. Al revés. Cada vez aprecio más que, sin animales, ese paisaje no existiría. Está construido a lo largo de cientos de generaciones. Si desaparecieran las ovejas sería un drama ecológico. Así que no.
Lo que todavía no he dado es el paso de criar yo un cordero y luego comérmelo. Esos son los corderos del vecino. Nosotros le alquilamos el pasto y él los tiene allí. Pero bueno… llegaré. Yo creo que voy aprendiendo.
P.— Después de todo este tiempo, ¿qué es lo más bonito que te ha regalado esa vida?
R.— Lo bonito que es. A mí el campo siempre me había gustado, pero antes lo veía a retazos. Ahora lo veo todos los días y eso cambia completamente la mirada.
Lo que más me gusta es bajar por la mañana —además, yo me despierto cuando amanece— y ver cómo cambia todo. Todas las mañanas pienso: «Qué bonito». Y mira que no es un paisaje espectacular ni dramático. Pero es precioso.
Lo mejor son los cambios, que son muy sutiles. Cuando vas a un sitio en Semana Santa y vuelves en verano, el cambio es enorme. Yo no tengo ese golpe; veo el cambio día a día. De repente aparece la primera naranja y eso ya es una ilusión.
P.— ¿Y esa forma de mirar también ha cambiado tu manera de dibujar?
R.— No sé si la manera de dibujar. Creo que ha cambiado más mi manera de sentir, y eso al final se transmite.
Lo que sí ha cambiado es la mano. He aprendido muchísimo de plantas, de animales… Y cuando conoces mejor algo, también lo dibujas mejor. Porque dibujar, en el fondo, es estilizar. Cuanta más información tienes, más sabes qué puedes quitar del dibujo. Y lo que dejas tiene más sentido.
En ese sentido sí he aprendido mucho. Lo que no sé es si ha cambiado mi manera de dibujar o simplemente mi manera de mirar, de llevar siempre un cuaderno encima y estar siempre observando.

P.— Me refería precisamente a eso, al trabajo. A si el dibujo había cambiado después de todo este proceso.
R.— Yo creo que físicamente no demasiado. Pero la cerámica sí me ha enseñado, por ejemplo, a trabajar con menos colores. Así que quizá eso haya cambiado un poco mi paleta. Tendría que mirarlo, pero puede ser.
P.— Hay una frase del libro que me hizo muchísima gracia. Dices que alguna vez has tenido que discutir en portugués y que es desesperante porque son tan educados que te dejan sin armas.
R.— Claro. Imagínate si yo ya soy un poco histérica… ¿Cómo vas a mandar a alguien a paseo hablándole de usted? Es que ni siquiera es de usted, hablan en tercera persona. Si ahora fuéramos portugueses yo te diría: «¿Rosa quiere preguntarme algo más?». Es como hablarle a la reina.
Y luego está que yo ni siquiera sé decir palabrotas en portugués. Sé que existen, pero como nunca me las ha dicho nadie, tampoco las he aprendido. No tengo armas. Me muevo como si viviera en una novela del siglo XIX. Así que discutir… imposible.
P.— Ni siquiera durante una obra.
R.— Ni durante una obra. Nada. Es otro mundo. Yo no sé discutir en portugués.
P.— Después de vivir allí, ¿hay algo de los portugueses que te gustaría traer a España?
R.— Sí. De hecho, cuando cruzo la frontera me llama la atención lo informales que somos. A veces, incluso innecesariamente. Me pasa, por ejemplo, cuando veo a una dependienta tutear a una señora mayor. Pienso: «Oiga, ¿yo a usted qué le he hecho?».
Nosotros solemos interpretar esa distancia como frialdad, pero ellos la entienden como una forma de respeto. Y la verdad es que creo que lo es. Lo veo también en cómo hablan mis hijos con sus profesores y me parece una cosa muy bonita.
Dibujar también es una forma de aprender a esperar
P.— Tus cuadernos son memoria o laboratorio. Antes hablábamos de esa obsesión por enseñar el antes y el después de una reforma. Tú, en cambio, has dibujado todo el proceso: la compra, los planos, el riego, los tropiezos… Más que mostrar el resultado, has querido enseñar el camino.
R.— Sí. Aunque el libro es un poco un iceberg: solo se ve la punta. Hemos tenido que cribar muchísimo. No sé cuántos dibujos del tejado hay en el libro, pero yo debo de tener ochenta.
Por un lado era casi una terapia. Una actividad de desplazamiento, como dicen. Para no desesperarme con el constructor, me ponía a dibujar el tejado.
Pero luego también te das cuenta de que sirve para mirar atrás. A veces piensas: «Está igual que estaba». Y no. Miras el cuaderno y ves que sí ha cambiado. Ahí es cuando entiendes de verdad el proceso.
Yo siempre le digo a la gente que me pide un consejo para dibujar que lo importante es disfrutar del proceso, no obsesionarse con el resultado. Claro que, en una obra, disfrutar del proceso… eso ya es bastante más complicado.
P.— Hay una idea que atraviesa todo el libro: el tiempo. Los árboles tardan años en crecer, una reforma lleva años y la cerámica también te obliga a esperar. Da la sensación de que todo empieza a funcionar con otro ritmo. ¿Qué ha cambiado en tu relación con el tiempo?
R.— Siempre he sido muy impaciente. Bueno, lo sigo siendo. Pero sí he aprendido muchísimo del tiempo.
Sobre todo me lo ha enseñado el jardín, porque allí vives como en cinco tiempos a la vez. Por un lado, cuando estás trasteando en el jardín, estás completamente fuera del tiempo. Entre la tierra, los olores, la humedad… piensas que vas a estar cinco minutos y, de repente, han pasado dos horas.
Pero, al mismo tiempo, estás plantando algo pensando: «Esto dentro de cinco años empezará a dar fruto». Y, a la vez, estás recogiendo la fruta de un árbol que plantaste hace cinco años… o que plantó otra persona hace cincuenta. O miras un árbol y piensas: «A este ya no le quedan muchos años; habrá que plantar otro».
Estás viviendo siempre en varios tiempos a la vez. Y eso cambia mucho la manera de mirar las cosas. Entiendes que no puedes meterle prisa al tiempo.
P.— Hay cosas que, sencillamente, no admiten atajos.
R.— Exacto. Y la cerámica también te lo enseña. Yo pinto muy deprisa porque no puedes rectificar: cada pincelada se queda para siempre. Pero para llegar a esos diez minutos de pintura puedes haber pasado horas haciendo bocetos.
Y luego toca esperar. La pieza entra en el horno, pasan dos días de cocción… Si es un azulejo, después hay que montarlo. Y, antes incluso de que yo lo pinte, el alfarero ha tardado días en preparar el barro: ir a buscarlo, tamizarlo, amasarlo… Cada pieza lleva su tiempo. Es una terapia de paciencia.
P.— Y ya para terminar. ¿Por qué Una casa portuguesa? ¿Por qué no Mi casa portuguesa o La casa portuguesa?
R.— Por la canción. Hay una canción muy famosa de Amália Rodrigues que se llama así. Podría haber sido Mi casa portuguesa, pero, en el fondo, me gustaba que fuera Una casa portuguesa.
Cinco ideas que deja esta conversación con Ximena Mayer
- La compra de una vieja casa en el Alentejo terminó transformándose en un proyecto de vida mucho más profundo que una simple reforma.
- El dibujo, la cerámica y la naturaleza comparten una misma enseñanza: los procesos creativos necesitan tiempo, paciencia y una parte de incertidumbre que no puede controlarse.
- Vivir en el campo ha cambiado la forma en la que Ximena Mayer observa el mundo y, en consecuencia, también su manera de dibujar.
- La tradición no es un límite, sino un punto de partida desde el que reinterpretar el pasado y crear un lenguaje propio.
- Después de años conviviendo con jardines, animales y cerámica, la autora ha aprendido que no todo puede acelerarse: algunas de las cosas más valiosas solo aparecen cuando se respeta el ritmo del tiempo.
Encontrarás…
Mucho más que la historia de una reforma. Una casa portuguesa es un cuaderno ilustrado sobre la paciencia, la observación y la capacidad que tienen los lugares para transformarnos. A través del dibujo, la cerámica y la naturaleza, Ximena Maier invita al lector a descubrir la belleza de los procesos lentos y de las pequeñas cosas cotidianas.
Ideal para lectores que…
Disfrutan de los libros ilustrados, los cuadernos de artista, la naturaleza, la jardinería y las historias que reivindican una forma de vida más pausada y consciente.
Lo que muchos lectores quieren saber sobre Una casa portuguesa
¿De qué trata Una casa portuguesa?
Más que el relato de una reforma, Una casa portuguesa es un cuaderno ilustrado sobre el paso del tiempo, la naturaleza y la capacidad que tienen los lugares para transformarnos. A través de dibujos, textos y experiencias personales, Ximena Mayer comparte cómo la restauración de una antigua casa en el Alentejo acabó convirtiéndose en un proyecto de vida.
¿Es un libro sobre decoración o arquitectura?
No. Aunque la rehabilitación de la casa es el punto de partida, el libro va mucho más allá. Habla de creatividad, jardinería, cerámica, ilustración, vida rural y de la importancia de respetar los procesos lentos. Es una obra que invita a mirar el mundo con más calma y atención.
¿Por qué merece la pena leer Una casa portuguesa?
Porque es un libro que celebra la belleza de lo cotidiano. Ximena Mayer combina ilustraciones, cuadernos de viaje y reflexiones personales para recordarnos que algunas de las transformaciones más importantes no suceden de un día para otro, sino que requieren tiempo, paciencia y una mirada capaz de descubrir la belleza en los pequeños detalles.
¿Hay algún lugar que haya cambiado tu forma de mirar el mundo? Nos encantará leerte en los comentarios.
Ficha del libro
Título: Una casa portuguesa
Autora: Ximena Mayer
Editorial: Lument
Género: Libro ilustrado · Memorias · Naturaleza · Creatividad
Ambientación: Alentejo (Portugal)
Temas principales
- Ilustración
- Cuadernos de dibujo
- Cerámica
- Jardines
- Naturaleza
- Creatividad
- Tiempo
- Vida rural
