Hay historias que hablan de dragones, enanos y bosques encantados. Y hay historias que, en realidad, hablan de nosotros. En Mi mamá es un enano gruñón, Steve Smallman construye un relato sobre la búsqueda, la familia, los afectos y esa capacidad de asombro que muchas veces perdemos al crecer.
Steve Smallman es uno de los autores e ilustradores británicos más reconocidos de la literatura infantil. Tras más de cuatro décadas dedicadas a crear historias para los más pequeños —y después de conquistar a miles de lectores con títulos como La ovejita que vino a cenar—, vuelve con un álbum ilustrado donde el humor, la ternura y la emoción vuelven a caminar de la mano. En esta conversación hablamos del poder de los cuentos, de la importancia de dejar que los niños descubran las cosas por sí mismos y de esos encuentros inesperados que, sin hacer ruido, pueden cambiar una vida para siempre.
Cuando buscamos un tesoro y encontramos aquello que realmente necesitábamos
P.— El enano cree que sale en busca de oro, pero termina encontrando algo muy distinto. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo que realmente necesitamos?
R.— Creo que todos intentamos engañarnos un poco. Pensamos que debemos ser como los demás y que, una vez elegimos una manera de ser, esa será para siempre. Pero casi nunca ocurre así. Muchas veces creemos que buscamos una cosa y acabamos encontrando otra que termina cambiándonos la vida.
P.— ¿Las mejores sorpresas llegan precisamente cuando dejamos de perseguirlas?
R.— Sí, completamente. Me gusta que mis personajes crean que van en una dirección y, sin darse cuenta, acaben encontrándose a sí mismos.
La infancia tiene una mirada que los adultos nunca deberíamos perder
P.— La relación entre ese enano gruñón y la pequeña dragona resulta entrañable desde el primer momento. ¿Qué querías despertar con ese encuentro?
R.— Me encanta juntar personajes muy cascarrabias con otros llenos de inocencia. Esa mezcla funciona muy bien porque la mirada limpia de los más pequeños acaba transformando a quienes ya habían perdido la ilusión. Esa idea nació, en parte, gracias a mis nietos. Ellos me han enseñado a volver a mirar el mundo con ojos nuevos.
P.— ¿Y qué opinan ellos de tus cuentos?
R.— Los leen y opinan sin ningún problema. Uno de mis nietos incluso me critica las historias y me dice lo que habría cambiado. Yo siempre les escucho… aunque luego no siempre les haga caso. (Ríe.)
P.— La infancia tiene una capacidad de asombro que los adultos vamos perdiendo con el tiempo. ¿Crees que deberíamos esforzarnos por conservarla?
R.— Sin duda. Cuando crecemos, las preocupaciones nos invaden y dejamos de sorprendernos. Yo sigo disfrutando chapoteando en un charco o buscando cangrejos entre las rocas. Creo que esa capacidad de maravillarse nunca debería desaparecer.
La familia no siempre es donde nacemos, sino donde aprendemos a sentirnos en casa
P.— Hay algo que me emociona especialmente de esta historia. La dragoncita tiene muy claro qué busca: quiere encontrar a su madre. Sin embargo, el enano cree que persigue un tesoro y ni siquiera sabe qué necesita realmente. Me da la sensación de que ahí también hablas de nosotros, de cómo muchas veces los adultos dejamos de preguntarnos qué es lo que de verdad nos hace felices.
R.— Exacto. El enano está obsesionado consigo mismo y con encontrar oro. Cree que ese es el tesoro que necesita, pero acaba descubriendo otro mucho más importante: el afecto. Eso es lo que realmente transforma su vida.
P.— Hay un momento muy bonito cuando la dragoncita lo abraza por primera vez. Es un gesto muy sencillo, pero cambia completamente la historia. ¿Qué tiene un abrazo para convertirse casi en un acto de magia?
R.— Si eres un enano muy gruñón, nadie suele abrazarte. De hecho, a él nunca le habían abrazado. A mí me encantan los abrazos. Creo que abrazar a alguien a quien quieres, o sentirte abrazado por una persona que te quiere, tiene algo profundamente mágico. Cuando nunca has vivido algo así, ese descubrimiento puede cambiarte por completo.
Los errores también pueden llevarnos al lugar correcto
P.— La dragoncita se equivoca. Cree haber encontrado a su madre y, sin embargo, ese error termina cambiando la vida de los dos. Mientras leía el cuento pensaba que muchas veces los grandes cambios llegan precisamente así, a través de una equivocación. ¿También querías hablar de eso?
R.— Sí. En muchas de mis historias intento que los niños descubran las cosas por sí mismos. No creo que haya que decirles lo que tienen que pensar. Si consigues que sientan la emoción y comprendan lo que viven los personajes, ellos llegarán solos a sus propias conclusiones.
P.— Hay otra idea que atraviesa toda la historia y que me parece muy bonita. La dragoncita busca una familia y acaba encontrándola donde menos lo esperaba. Al final, ¿la familia es algo que heredamos o algo que vamos construyendo a lo largo de la vida?
R.— Creo que pueden ser las dos cosas. Con los años he aprendido que la familia no siempre es la que comparte tu sangre. La familia es ese lugar donde te sientes en casa, donde encuentras un abrazo y sabes que perteneces. Por eso la dragoncita está tan abierta a descubrir quién puede formar parte de su vida.
P.— Mientras te escuchaba pensaba que las personas que más nos cambian la vida casi nunca estaban en nuestros planes. Llegan por casualidad y, sin darnos cuenta, terminan ocupando un lugar importante. ¿También querías reivindicar esos encuentros inesperados?
R.— Sí. Creo que crecemos cuando permanecemos abiertos a conocer personas nuevas, ideas diferentes y experiencias que no esperábamos vivir. Todo eso nos cambia y nos hace mejores.
Los dragones siguen despertando nuestra imaginación
P.— Los dragones nunca pasan de moda. Da igual la edad del lector: siguen fascinándonos. ¿Qué tienen estos personajes para despertar tanta imaginación? ¿Y por qué elegiste precisamente una pequeña dragona para contar esta historia?
R.— Creo que los dragones tienen algo irresistible. Son fuertes, mágicos, heroicos, majestuosos… Nos sentimos atraídos por ellos. Pero me apetecía darles la vuelta y convertir esa imagen poderosa en una dragoncita pequeña, vulnerable y entrañable. Es, de alguna manera, lo mejor de los dos mundos. Además, me encanta dibujar dragones.
P.— En el cuento conviven la ternura y el conflicto. Hay momentos de peligro, pero nunca dejan de transmitir seguridad. ¿Es importante mantener ese equilibrio cuando escribes para niños?
R.— Muchísimo. Toda historia necesita dificultades y momentos de tensión, pero el niño nunca debe sentir miedo de verdad. Puede haber un pequeño escalofrío, una emoción que le haga contener la respiración, pero siempre debe sentirse seguro. Ese equilibrio es fundamental.
P.— Mientras leía el cuento pensaba que los niños y los adultos no lo leen de la misma manera. Los pequeños viven la aventura y, sin embargo, los mayores encontramos otros significados. ¿También escribes pensando en quienes compartirán la lectura con ellos?
R.— Sí. Creo que los adultos descubren cosas que los niños todavía no ven, y eso me gusta mucho. También intento introducir pequeños guiños para ellos, porque muchas veces son quienes leen el cuento en voz alta. Si el adulto también disfruta, la experiencia termina siendo mucho más bonita para ambos.
Cuando las ilustraciones también cuentan la historia
P.— En tu caso, escribir e ilustrar parecen formar parte del mismo proceso creativo. ¿Dónde nace primero una historia: en las palabras o en el dibujo?
R.— En mi cuaderno de bocetos. Antes de escribir fui ilustrador durante muchos años y sigo empezando igual. Primero dibujo a los personajes, juego con sus expresiones y con la manera en que se miran. Poco a poco ellos mismos empiezan a contarme la historia y, a partir de ahí, aparece el texto.
P.— Mientras me enseñabas ese cuaderno pensaba que una ilustración puede emocionar tanto como una frase. ¿Sientes que una imagen también puede contar una historia por sí sola?
R.— A veces sí. Hay ilustraciones capaces de narrar un cuento entero. Pero creo que los mejores álbumes ilustrados son aquellos en los que texto e imagen se necesitan mutuamente. Uno completa al otro.
P.— Hay lectores que vuelven una y otra vez a las ilustraciones porque siempre encuentran un detalle nuevo. ¿Has escondido pequeños guiños en este libro para quienes miran con atención?
R.— Muchísimos. Me gusta dar vida al bosque: los árboles tienen rostro, aparecen pequeñas criaturas escondidas, detalles que quizá pasen desapercibidos la primera vez. La idea es que cada nueva lectura permita descubrir algo diferente.
Los cuentos que nunca dejan de descubrirse
P.— Mientras hablábamos de las ilustraciones pensaba en algo que todos hemos vivido alguna vez. Hay niños que piden el mismo cuento una noche tras otra y nunca parecen cansarse de él. ¿Qué tiene una buena historia para seguir emocionando incluso cuando ya conocemos el final?
R.— Ojalá supiera la respuesta exacta. Creo que el humor tiene mucho que ver. También la conexión emocional con los personajes. Los niños disfrutan de la sorpresa, pero también de volver a encontrar aquello que ya conocen. Incluso cuando saben lo que va a pasar al pasar la página, vuelven a vivir esa emoción una y otra vez.
P.— A medida que avanzaba la conversación tenía la sensación de que este cuento habla de dragones, de enanos y de aventuras, pero, en el fondo, está hablando de algo mucho más cercano a todos nosotros. Si tuvieras que resumir el corazón de esta historia en una sola palabra, ¿cuál sería?
R.— Una sola palabra… qué difícil. (Ríe.) Diría que amor. La dragoncita cree que está buscando a su madre y el enano ni siquiera sabe que necesita cariño. Cuando por fin lo encuentra, descubre el verdadero tesoro de la historia.
Hay cuentos que se leen en unos minutos y, sin embargo, permanecen mucho más tiempo con nosotros. Quizá porque, como ocurre en esta historia, a veces los mayores tesoros aparecen cuando dejamos de buscarlos.
CINCO REFLEXIONES QUE DEJA ESTA CONVERSACIÓN
1. Los mayores tesoros rara vez son los que salimos a buscar.
A veces creemos perseguir un objetivo y terminamos descubriendo aquello que realmente necesitábamos: el afecto, la compañía o el amor.
2. La familia también puede elegirse.
Los lazos más importantes no siempre nacen de la sangre, sino de las personas con las que aprendemos a sentirnos en casa.
3. Los niños no necesitan respuestas cerradas.
Los cuentos pueden emocionar, plantear preguntas y dejar que cada lector encuentre sus propias respuestas.
4. La imaginación también educa.
La fantasía no sirve para escapar de la realidad, sino para comprender mejor las emociones, los miedos y los vínculos que forman parte de ella.
5. Los álbumes ilustrados también hablan a los adultos.
Las mejores historias infantiles son aquellas que consiguen emocionar a quienes las leen y a quienes las comparten.
¿QUÉ ENCONTRARÁS EN MI MAMÁ ES UN ENANO GRUÑÓN?
- Una historia que demuestra que los mayores tesoros suelen aparecer cuando dejamos de buscarlos.
- Un álbum ilustrado donde el humor y la ternura conviven con una profunda carga emocional.
- Una reflexión sobre la familia, los afectos y los encuentros que cambian una vida.
- Ilustraciones llenas de pequeños detalles que invitan a descubrir algo nuevo en cada lectura.
- Un libro pensado para compartir entre niños y adultos.

LO QUE MUCHOS LECTORES QUIEREN SABER SOBRE MI MAMÁ ES UN ENANO GRUÑÓN
¿Es un libro solo para niños?
No. Aunque está dirigido al público infantil, la historia aborda temas universales como la familia, el amor, los afectos y la búsqueda de nuestro lugar en el mundo, lo que también conecta con los lectores adultos.
¿Qué valores transmite?
La importancia del cariño, la empatía, la amistad, la aceptación y la idea de que la familia puede construirse desde el afecto y no solo desde los lazos de sangre.
¿Qué hace especial este álbum ilustrado?
El equilibrio entre texto e ilustración. Ambos se complementan para contar una historia que invita a detenerse, observar y descubrir nuevos detalles en cada lectura.
¿Por qué también emociona a los adultos?
Porque habla de sentimientos universales y recuerda que la capacidad de querer, sorprenderse y dejarse transformar por los demás no pertenece solo a la infancia.
FICHA DEL LIBRO
Título: Mi mamá es un enano gruñón
Autor e ilustrador: Steve Smallman
Editorial: Beascoa
Género: Álbum ilustrado.
Temas: Familia, afectos, humor, imaginación, amistad, literatura infantil.
¿Para quién es este libro?
Para niños que disfrutan de los álbumes ilustrados llenos de humor y aventura, y para adultos que buscan historias capaces de abrir conversaciones sobre la familia, el cariño y la importancia de mirar el mundo con curiosidad.
