Hay historias que obligan a mirar hacia atrás para comprender quiénes somos. Historias atravesadas por la memoria, los silencios y las huellas que dejan los afectos más complejos. En ese territorio se adentra Isolda Patrón Costas en La Vergüenza es Azul, una novela de gran intensidad psicológica que le ha valido el premio Ateneo Ciudad de Valladolid 2026.
La trama arranca con la muerte de Shirati, la fría líder de una secta; un detonante que obliga a la protagonista, Clara, a regresar del extranjero y enfrentarse de nuevo al pasado y a la relación con su madre, Adela. Más allá de la secta en sí, lo que la novela pone en marcha son los mecanismos de manipulación dentro de la familia, el conflicto entre la versión de la madre y la de la hija, y el tabú que aún rodea a los desequilibrios mentales en nuestra sociedad.
En esta conversación, la autora explica cómo funciona el juego de la memoria, el peso de la herencia emocional en el linaje femenino y por qué la distancia física no resuelve nada si uno no aprende, primero, a convivir con su propia historia.
P.– Enhorabuena por el premio Ateneo Ciudad de Valladolid 2026. Me gustaría saber qué impacto supuso en ti, qué se removió por dentro, al enterarte de que ganabas este galardón.
R.– Para mí fue una sorpresa total. Me pilló en mitad de la preparación de un rodaje en el que ahora estoy inmersa, por lo que no estaba reunida con nadie. Me llamó el alcalde de Valladolid en directo, junto con el jurado y la prensa, y pasé un momento intentando asimilar qué estaba pasando. La verdad es que no me lo podía creer; fue una felicidad inmensa. En ese instante me dije: realmente los sueños son posibles, se puede soñar. Sentí que se aunaban mis dos grandes amores: el cine y la literatura. No alcanzo a expresar el nivel de felicidad que me causó.
P.– Por lo tanto, Valladolid pasará a formar parte de las ciudades con algo especial para ti, lógicamente.
R.– Muy especial. Además, Valladolid acogió con mucho cariño mi primera novela desde el principio. Hubo una librería bastante emblemática allí que, tristemente, hoy ya no existe, El Rincón de Morla. Así que sí, Valladolid tiene un sentido muy especial para mí.
P.– La novela arranca con una muerte, pero en realidad lo que pone la historia en marcha es todo lo que esa muerte devuelve al presente. ¿Por qué elegiste esa idea a la hora de empezar?
R.– En realidad, a mí me gustan mucho las novelas con un detonante fuerte. En este caso, tenía claro que ese personaje que muere, Shirati, iba a ser el núcleo de la historia, el centro de ese triángulo que se forma entre ella, la madre y la hija. Era un personaje clave, y empezar con esa muerte y con lo que representa emocionalmente tanto para la madre como para la hija dejaba claro, ya en las primeras escenas, que había un nivel de conflicto grande. Creía que era importante empezar así.

P.– Has hablado de Shirati. Está en el centro de la historia, pero, sin embargo, nunca termina de atrapar del todo al lector. Es como escurridiza.
R.– Porque mi intención era plantear un personaje escurridizo, huidizo, que casi se puede llegar a desdibujar. Incluso su descripción física tiene que ver con la confusión y con esa manipulación que ella, como líder de una secta, pretende ejercer. Es un personaje que, depende de cómo se le mire, puede ser de una forma u otra. Era lo que yo quería expresar: que no era una verdad fija, sino que era cambiante.
P.– Podríamos decir que es un personaje símbolo o una fuerza de influencia.
R.– Exacto, sí. Y quería mucha frialdad en ese personaje también, por eso pienso que es normal que el lector tampoco sienta ningún tipo de afecto hacia él.
P.– ¿Dirías que, más que mostrar la secta, te interesaban más los mecanismos que llegan a hacerla posible?
R.– Claro, no me interesaba hacer una historia sobre una secta, ni poner el foco en la secta en sí, ni convertir la novela en un thriller o en algo que pudiera tener un toque efectista. Siempre quise ser bastante sutil porque el foco no es lo que realmente ocurría en la secta, sino lo que ese entorno nos dice de los mecanismos de poder, de las relaciones tóxicas y de cómo se establecen vínculos por una herida que uno lleva, por miedo, etcétera. Me interesaba más el foco en cómo se ejercen ciertas influencias, que pueden ser de una madre a una hija, que en la secta en sí.
P.– La relación entre Clara y su madre sostiene prácticamente la novela. ¿Qué querías explorar de este vínculo, al que además sitúas geográficamente a mucha distancia en un principio?
R.– Esa pulsión que hay entre una madre y una hija es el vínculo más fuerte que podemos tener, es lo que te trae a la vida. También hay un tema que permea por toda la novela, que es la identidad, la búsqueda de quién es uno, qué es la verdad y cómo uno va armando su relato. Esto tiene que ver con la manipulación: cómo la madre monta un relato según su conveniencia y cómo la hija tiene que deconstruir y reconstruir continuamente ese relato.
Para mí los lugares geográficos tienen mucha importancia, pueden marcar y ejercen como un símbolo potente. En el caso de Granada, y sobre todo del Albaicín, creo que es un lugar que se presta mucho para la trama. Es un barrio que está en alto, aislado del resto de la ciudad moderna y con muchos recovecos. Mientras escribía, establecía un paralelismo entre los recovecos de la mente y el barrio del Albaicín, con sus claroscuros. Hay toda una referencia también a la luz y la oscuridad: Clara es un personaje que busca claridad en su vida. Y la distancia es esa separación física que la hija tuvo que buscar para apartarse de la madre y encontrar su propio relato y su propia identidad.
P.– Digamos que la vuelta de Clara lo que hace es obligar a mirarse en el pasado. ¿Hasta qué punto recuerdan la misma historia?
R.– Ese juego de la memoria a mí me interesaba, igual que el juego con lo normativo o lo normal y lo que se aleja de la normalidad. También los límites de la cordura, porque se habla del tema de la locura. En nuestra sociedad muchas veces los desequilibrios mentales no necesariamente están diagnosticados, y hay un tabú para hablar claramente de ello que pueden dañar mucho a la persona en sí y a su entorno.
P.– ¿Te parece que seguimos teniendo ese tema un poco atascado?
R.– Yo creo que sí. Creo que hay muchos temas tabú. El tema de la familia creo que sigue siéndolo: las relaciones familiares o cómo establecer relaciones sanas. Y el tema de la enfermedad mental, porque solo hablar de enfermedad mental tiene una connotación muy negativa. Estamos rodeados, sobre todo hoy en día, de gente que tiene muchísimas dolencias, ya sea en forma de depresión o de cualquier tipo de patología, y realmente hay como un pesar en la persona en el momento en que lo expresa. Sigo sintiendo que hay tabú.
P.– Hay hijos que pasan años intentando alejarse de aquello que les marcó y descubren que la distancia no resuelve nada. Es una de las ideas que querías explorar a través de Clara.
R.– Sí. Yo creo que todos los personajes, pero principalmente tanto Adela, que es la madre, como Clara, tienen una herida. La forma de resolver esa herida es lo que va a definir tu camino y el resultado de quién eres. Al pasado y a tu historia hay que abrazarlos, no hay que mirar hacia otra parte. A veces lo más fácil es tomar una distancia, pero no puedes huir de él. Solamente cuando aprendes a asimilar y absorber lo que ha sido tu vida, puedes convivir mejor con ella.

P.– ¿Tú crees que heredamos algo más que genética?
R.– Sí, creo que hay una herencia emocional a lo largo de todos los árboles genealógicos. Y principalmente creo que este libro, de una forma inconsciente, lejos de lo que a veces me pregunta la gente de si tuve un problema con mi madre, es un homenaje a las mujeres, a todo el linaje femenino de mi familia.
P.– Hay un tema muy importante en esta novela que es la manipulación, sobre todo bajo la influencia de Shirati. Esa necesidad de pertenecer, a mí me sugiere una pregunta muy potente: ¿hasta qué punto o qué estás dispuesta a permitirte perder bajo esa manipulación para pertenecer a algo?
R.– El ser humano no puede sobrevivir en soledad, y lo más importante es el sentido de pertenencia. Por eso es tan importante el sentirse querido y afectado. Realmente solo cuando uno aprende a sentirse primero afectado por uno mismo, a amarse a sí mismo y a establecer una relación sana con uno mismo, puede establecer relaciones armónicas.
Cuando eso no es así y cuando hay una herida muy grande… porque en Adela hay una herida muy grande. Yo no concibo a ningún personaje como bueno ni como malo. De hecho, Geraldine Chaplin hizo unas declaraciones cuando leyó la novela diciendo que ella se quedaba con esa madre que puede sorprender. A mí no me sorprende porque, aunque yo no soy madre, sí soy hija, pero ella es madre y ha sido hija, y puede sentirse identificada con las carencias, las heridas, la dificultad de ser madre o lo errática que una puede haber llegado a ser.
La manipulación muchas veces se ejerce de forma inconsciente y como una forma de establecer relaciones porque no has aprendido otra, porque has aprendido a relacionarte desde el poder o desde la dominación. Creo que en el caso de Adela es así. Y Clara se resiste siempre a aceptar que su madre no la quiere o que actúa de esa forma de un modo deliberado; es una forma de sobrevivir.
P.–¿Te interesaba escribir sobre el miedo o sobre la forma en que aprenderemos a convivir con él?
R.– Creo que hay dos pulsiones muy grandes en el ser humano, que son el amor y el miedo. El miedo no necesariamente es algo negativo; muchas veces puede ser lo que te motive a accionar o a moverte para algo que, en definitiva, puede tener un resultado positivo para ti. Pero sí es cierto que en toda relación no armónica siempre hay un miedo detrás, y la única forma de disolverlo es cuando uno vence ese miedo. Cuando uno actúa en base a ataque y defensa, al final acaba estableciéndose una guerra. Siempre es mejor actuar desde el amor, en definitiva. Por lo tanto, no se trata de vencer al miedo, sino de aprender a convivir con él.
P.– ¿Qué hay de la vergüenza? Aunque no está explícito en la novela, está.
R.– Yo no me di cuenta hasta que releí el manuscrito por enésima vez buscando un título para la novela, y ahí me di cuenta de que la vergüenza la recorría toda. Pensé que en el título tenía que estar. Me preguntan por qué el título de La Vergüenza es Azul. Creía que era importante que hubiera una referencia al color porque Clara pinta, y hacer a Clara pintora es porque ella necesita pintar; la pintura es una búsqueda.
Uno puede construir el relato a través de la palabra, de la imagen o de la pintura. Y azul porque está asociado a estar triste, blue en inglés. También es un canto que está asociado con toda una población que sufrió una serie de hechos traumáticos, y de ahí sale el blues. Hay una nostalgia que te lleva al pasado, así que creía que era un título que podía ir bien.
P.– ¿Cuánto de lo que somos nos pertenece, Isolda?
R.– Creo que de lo que se trata en la vida es de aprender a hacer propio aquello que somos. Por eso me he dado cuenta de forma inconsciente de que la identidad y su búsqueda están en esta novela, igual que estaban en mi otra novela. La identidad a todos los niveles es una búsqueda constante y no es algo estático; se va haciendo y rehaciendo a medida que uno va andando el camino.
P.– Puede ser el motor para movernos, esa identidad que a lo mejor ya tenemos pero seguimos buscando.
R.– Sí, para mí la vida es una constante búsqueda, es un ir descubriendo y descubriéndose. Es una pregunta constante de cuál es tu lugar en el mundo y cómo habitarlo.

P.– ¿Qué encuentras en la literatura que no encuentras en la imagen?
R.– La literatura me da una libertad tremenda para explorar y para construir mundos nuevos a través de la palabra, que es una forma muy distinta a la imagen. Con la palabra intento construir imágenes, y eso me da una libertad tremenda porque esas imágenes que construyo son las que habitan en mí.
Como cuando te preguntan qué has soñado y no lo sabes explicar porque escapa a lo que puedas traducir a una imagen real. Creo que la palabra puede otorgarte esa libertad de construir desde un lugar muy diferente a lo que encuentras en la realidad, y puedes indagar también en las emociones, en los pensamientos, en lo intangible.
P.– Te iba a decir que la imagen produce esas emociones, pero es verdad que no te puedes recrear en ellas: o las captas como espectador o te las has perdido.
R.– Es una forma muy distinta. Es como la música, que produce un tipo de emoción. O la poesía, que para mí es lo que más se asemeja a la imagen porque la metáfora es imagen pura, e impacta de una forma muy distinta a la narrativa o la lógica de la palabra. A mí me gusta usar la palabra para construir imágenes propias.
P.– ¿Has escrito esta novela durante un tiempo continuado o has tenido que parar, seguir y volver?
R.– Hasta ahora mis dos novelas han salido siempre en el momento en el que he sentido que una historia empezaba a habitarme, no he podido parar de escribirla.
P.– Cuando terminas la novela afloran muchas cosas y dices: «Por fin ya está todo aquí». Pero hay cosas que posiblemente quieras dejar atrás. No sé si te ha ocurrido.
R.– Siempre que uno escribe algo, incluso un relato corto, necesitas ese tiempo de reposo y de distancia. La novela la terminé de escribir hace un tiempo y ahora la estoy revisitando; la percepción que tengo de ella es muy distinta a la intensidad de cuando la escribía, porque cuando escribo me dejo invadir por la historia y por los personajes.
No soy una escritora que planifica antes una estructura y luego escribe; a mí me van apareciendo los personajes. Siempre parto de una imagen o de una sensación, y a partir de ahí arranco. A veces esa imagen da pie para construir una escena y eso va haciendo que aparezcan los personajes, que empiezan a crecer en mí. Es un proceso bastante intenso, muy fuerte.
P.– Dirías ya para terminar… que para que exista una reconciliación hay que perder el miedo a la vergüenza?
R.– ¿Perder el miedo a la vergüenza? Uf… se me han puesto los vellos de punta con esta pregunta. Sí. La vergüenza para mí es una forma de miedo, y para que exista reconciliación creo que solamente se consigue abriendo el corazón, y eso es desde el amor.
P.– Y fuera vergüenzas, miedos, herencias, distancias. ¿Tú crees que lo has conseguido?
R.– Yo creo que sí.
