La Historia está llena de personajes que desempeñaron un papel decisivo y, sin embargo, apenas dejaron rastro en la memoria colectiva. Sobre esa idea se construye La teniente de ayas, la nueva novela de Olga Luján. Fruto de un trabajo de investigación en los archivos del Palacio Real, la obra recupera un episodio poco conocido de la España del siglo XIX y nos acerca a quienes vivieron junto al poder desde un discreto segundo plano. Hoy conversamos con su autora sobre esa mirada a la Historia y sobre el proceso de documentación que ha dado forma a la novela.
La mujer que la Historia decidió olvidar
P.– Todo parte de la figura de Francisca Tacón. ¿Quién fue y por qué merecía protagonizar una novela?
R.– Es una mujer maravillosa que cautiva a quien pasa por su lado. Es muy desconocida, nadie habló de ella y, sin embargo, estuvo en primera línea de los reinados y del gobierno de España durante el siglo XIX. Pero siempre desde el lado invisible, ese del que nadie se da cuenta, porque era la persona encargada de supervisar el trabajo de ayas y maestros que educaban y cuidaban a los hijos de los reyes. Además, era la única que despachaba con la reina cualquier asunto delicado.
P.– ¿Qué suponía ejercer una responsabilidad como la de una teniente de ayas?
R.– Una de una responsabilidad tremenda, porque la dedicación era de veinticuatro horas al día. De hecho, las ayas convivían prácticamente en las habitaciones contiguas a las de los infantes. Si uno de los hijos de la reina tenía fiebre, quien permanecía a su lado era el aya que lo cuidaba y también la teniente de ayas. Doña Francisca estaba ahí. Era un trabajo que exigía dedicación, responsabilidad y, sobre todo, lealtad. Había que tener un sentido del honor muy alto para llevarlo a buen fin.
Cuando la investigación convierte un hallazgo en una novela
P.– La novela comienza con un hallazgo que cambia el rumbo de la historia. ¿Por qué decidiste que el lector entrara en la narración a través de ese momento?
R.– A la hora de escribir creo que es mucho mejor empezar en el clima de la historia; es un recurso literario. Podría haber comenzado por el principio de la vida de cada uno y continuar desde ahí, pero me apetecía dejar un poquito la miel en los labios y mostrar la esencia del libro, que es esa lealtad inquebrantable. A veces el corazón manda mucho y ella se ve en la tesitura de decidir qué hacer en ese primer capítulo. Ahí empieza la historia.
P.– A lo largo de la novela, muchos personajes guardan silencio convencidos de que están protegiendo a alguien. ¿Qué te interesaba explorar en esa frontera entre la lealtad y el engaño?
R.– Esa protección tiene un hilo tan fino y una frontera tan estrecha que, cuando decides proteger a alguien, estás dispuesto a cualquier cosa. Te da exactamente igual lo que pase por encima y el engaño acaba formando parte de ese camino. No vas a decir: «Yo protejo, pero aquí hay un engaño y no puedo hacerlo». Haces cualquier cosa por proteger.
P.– Los secretos también ocupan un lugar importante en la novela. ¿Crees que hay secretos capaces de sobrevivir a quienes los guardan?
R.– Soy de la opinión de que, si quieres que un secreto siga siéndolo, no se lo cuentes absolutamente a nadie. Cuando heredas ese secreto de alguien muy cercano, te conviertes en el custodio de la lealtad que esa persona ha depositado en ti.
P.– La lealtad es uno de los grandes temas de la novela. ¿Hubo alguna decisión de doña Francisca que te planteara un conflicto como escritora?
R.– Hay que tener muy claro que esta historia es real. La encontré en los archivos del Palacio Real de Madrid a través de las cartas de doña Francisca. Antes no había teléfono, así que la única manera de conocer su vida era a través de esa correspondencia. Ella decía en sus escritos: «Yo no soy quién para juzgar a una reina o a un rey». Creo que yo tampoco soy quién para juzgarla a ella. Es verdad que hay una parte de ficción construida a partir de breves referencias que hace a un niño o a un ahijado, pero, en lo que respecta a ella y a su forma de ser, yo no podía juzgarla; tenía que contar cómo era.
Vivir junto al poder sin formar parte de él
P.– Francisca Tacón desempeñó un papel fundamental dentro de la Corte y, sin embargo, apenas ha trascendido. ¿Por qué crees que ha permanecido tan olvidada?
R.– Porque no se habla de ninguna teniente de ayas. La anterior a ella también fue una figura muy importante: fue la teniente de ayas de Isabel II y de su hermana María Luisa, y llegó a proteger con su propia vida la habitación de las dos niñas para evitar que las secuestraran. Tiene una historia fascinante y, sin embargo, apenas se conoce más allá de alguna anécdota.
Había tenientes de ayas en todas las cortes europeas, pero nadie se ha ocupado de ellas, cuando eran las personas en las que la reina depositaba toda su confianza para la educación del futuro rey. Quizá prestamos más atención a los monarcas, a las grandes gestas y a los episodios más conocidos de la Historia. Yo llegué a Francisca por casualidad, mientras buscaba documentación sobre Alfonso XII. De pronto vi que él había nombrado a una señora «Abuela Aya», algo completamente insólito.
P.– Alfonso XII llegó incluso a llamarla «Abuela Aya». ¿Qué significaba realmente ese nombramiento?
R.– Significaba entrar, de alguna manera, en la familia real, sin necesidad de matrimonio ni de lazos de sangre. Eres una persona ajena a la familia y, de pronto, tu puesto queda blindado y se convierte en vitalicio. Alfonso XII viene a decirle: «Tú no te vas a ir. Habrá otras tenientes de ayas, pero tú seguirás siendo la Abuela Aya».
¿Hasta qué punto nuestro origen condiciona el destino?
P.– En la novela el origen marca profundamente el destino de los personajes. ¿Crees que es posible escapar del lugar en el que uno nace o siempre acaba condicionándonos?
R.– Creo que no podemos escapar ni de nuestro tiempo ni de nuestro destino, pero sí podemos modificarlo a través de nuestras decisiones. Si esas decisiones son acertadas, nuestro camino puede ser mejor; cuando son equivocadas solemos decir que la vida nos ha tratado mal, cuando, en realidad, quizá haya sido consecuencia de nuestras propias elecciones.
Siempre me ha gustado una frase de mi cosecha: «Cada uno es fruto de la cuna en la que nace». Es mucho más difícil avanzar si has nacido en una chabola que si has nacido en la casa real o si eres hijo de un gran literato que puede ir orientándote.
P.– ¿Destino o azar?
R.– Creo firmemente en el destino. El azar, en realidad, es muchas veces el fruto de nuestras decisiones, aunque nosotros lo llamemos azar.
La otra cara de la España del siglo XIX
P.– Francisca y Tomás representan dos formas muy distintas de vivir la España del siglo XIX. ¿Qué te permitía explorar ese contraste?
R.– Doña Francisca, a través de sus cartas, me permitía mostrar el Palacio Real y cómo era la habitación de la reina en cada momento, porque los monarcas iban modificándola con el tiempo. Pero también quería reflejar el siglo XIX más allá de la imagen romántica de los vestidos de crinolina, los bailes o las veladas literarias.
El siglo XIX también eran los caminos, los bandoleros, la miseria y un gobierno corrupto que obligaba al pueblo a buscarse la vida. Me interesaba reflejar esa España humilde donde había personas buenas y malas, porque ser pobre o rico no determina la bondad de nadie.
P.–Frente a los grandes salones del poder, también está la vida de quienes sostienen ese mundo desde el anonimato. ¿Qué descubriste al hacer convivir esos dos mundos?
R.– Es apasionante. Los grandes salones, donde se decide el destino de un país, son también un nido de intrigas, conspiraciones e intereses. Otra cuestión es si a quien gobierna le preocupa más su propio beneficio o el de su pueblo.
Alfonso XII murió demasiado pronto; que podría haber sido un buen rey. Tenía defectos y virtudes, pero había recibido una sólida formación militar en Inglaterra y Francia. Sin embargo, Isabel II llegó a decirle a Galdós: «Nadie me enseñó a ser reina», y tenía razón. Además, su madre, que ejerció la regencia, estuvo implicada en numerosos casos de corrupción, incluso relacionados con el tráfico de esclavos. Al final, la manera de gobernar depende siempre de las características de cada persona.
El equilibrio entre el rigor histórico y la ficción
P.– Una de las cosas que más llama la atención de la novela es cómo cuestiona algunas imágenes muy asentadas del pasado. ¿Te interesa especialmente desmontar esos relatos que hemos dado por ciertos?
R.– Es lo que más me gusta de la historia: desmontar todo aquello que hemos creído. Por ejemplo, las películas nos pintan la historia de amor de Alfonso XII y María de las Mercedes, pero, en realidad, aquello fue una estrategia política muy bien pensada. Cuando ella muere con dieciocho años, Alfonso XII se retira al Palacio de La Granja a llorar por su mujer a finales de junio. Sin embargo, en agosto ya va a visitarle Elena Sanz, su amante oficial, con la que tuvo dos hijos, y en septiembre regresan juntos a Madrid y él le pone un piso. El amor que nos contaron tampoco era para tanto. Esas son las cosas que me gusta desmontar, igual que las historias de Francisco de Asís o de Isabel II.
P.– A lo largo de tu obra siempre aparecen personajes que habían quedado al margen de la Historia. ¿Es ahí, en lo olvidado, donde sientes que están las mejores historias?
R.– Lo que se esconde es lo que más me interesa, porque eso no se olvida. En cuanto cuentas algo que estaba escondido, ya no lo olvida nadie. Puede que no te acuerdes de la teniente de ayas, pero te vas a acordar siempre de que lo de Alfonso XII fue una estrategia política.
P.– La novela parte de una investigación muy sólida, pero llega un momento en el que la documentación ya no puede responder a todas las preguntas. ¿Cómo fue cruzar esa frontera entre la Historia y la ficción? ¿Qué sentías que aún le faltaba a Francisca para convertirse en un personaje de novela?
R.– Me faltó haberla conocido. Si pudiera hablar con personajes del pasado, hablaría con Galdós y con doña Francisca, por separado.
La novela está dividida en un cincuenta por ciento para doña Francisca y otro cincuenta por ciento para Tomás. Pero Tomás tampoco es un personaje completamente inventado. Está construido a partir de historias reales de bandoleros. Leí varios ensayos sobre bandolerismo y fui incorporando anécdotas que me parecían interesantes.
Terminé la investigación de doña Francisca cuando ya no encontré más datos. En sus últimos años apenas hay registros: seguía en Palacio, cuidando de los niños, pero ya sin el poder de decisión que había tenido antes. En sus cartas hace pequeñas referencias a Tomás y a una tristeza que la acompaña. Quise imaginar que ese reencuentro al final de su vida le devolvía cierta paz.
P.– Si hoy pudieras sentarte frente a Francisca Tacón, sin protocolos, sin testigos y sin prisa, ¿qué sería lo primero que le preguntarías?
R.– Le preguntaría: «¿Fuiste feliz realmente con las decisiones que tomaste?».

Escribir para devolver la voz a los olvidados
P.– Tanto Francisca como Tomás acaban adaptándose a las circunstancias que les toca vivir. ¿Crees que esa capacidad de adaptación es una de las grandes fortalezas del ser humano?
R.– Nos adaptamos porque no nos queda otra. La evolución no favorece al más fuerte, sino al que mejor se adapta. Ella se tuvo que adaptar, Tomás también, y nosotros hacemos exactamente lo mismo con lo que nos toca vivir. Lo importante es que seguimos teniendo la posibilidad de tomar decisiones para seguir adelante. Si uno no se adapta, no sigue.
Todos tenemos un hándicap que superar. Algunas personas llevan esa carga en silencio, pero sufren igual.
P.– Mientras los lectores descubren La teniente de ayas, tú ya tienes otra novela terminada. ¿Te cuesta cerrar un libro o, cuando llega a las librerías, ya estás pensando en la siguiente historia?
R.– La siguiente ya está terminada. Entre que firmas el contrato con la editorial y se publica el libro pasa aproximadamente un año y medio, así que aproveché ese tiempo para escribir otra novela que ya tenía empezada. Y ahora mismo ya estoy documentándome para una cuarta.
P.– Escribir también significa investigar, imaginar, promocionar el libro y encontrarte con los lectores. De todas esas etapas, ¿con cuál disfrutas más?
R.– Disfruto muchísimo con todas. La documentación la vivo intensamente cada vez que descubro algo que permanecía oculto. Escribir e imaginarte en la piel de otra persona es maravilloso. Y luego llega la promoción, las entrevistas o el encuentro con los lectores, que también es una experiencia muy enriquecedora.
Cuando escribo soy muy egoísta. No pienso en el lector, solo pienso en lo que yo estoy disfrutando mientras escribo. Después, afortunadamente, coincidimos.
P.– Para terminar. La novela histórica vive un momento de gran diversidad y convive con géneros como el thriller, la novela negra o el romance. ¿Cómo ves el momento que atraviesa y qué crees que sigue aportando a los lectores?
R.– La novela histórica se ha abierto a muchas vertientes: romántica, negra, thriller… Pero todas nacen de la novela histórica pura. Hay gente a la que le interesa cómo llegó Colón a América. A mí me interesa mucho más el grumete que iba a su lado. Siempre prefiero a los desconocidos.
Creo que la novela histórica goza de muy buena salud y todavía tiene mucho que aportar. Tenemos autores extraordinarios, aunque para mí el mejor sigue siendo Galdós. Él no escribía novela histórica propiamente dicha, sino la novela de su tiempo, que hoy ya forma parte de la Historia.
La Historia hay que cuidarla, porque si no la conocemos, no sabremos cómo actuar. Y, aun así, probablemente volveremos a repetir muchos de los mismos errores.
¿Qué encontrarás en La teniente de ayas?
- Una novela inspirada en la figura real de Francisca Tacón, una mujer olvidada por la Historia que desempeñó un papel clave en la educación de la familia real española.
- Una cuidada recreación de la vida en el Palacio Real durante el siglo XIX, fruto de un exhaustivo trabajo de documentación.
- Una historia donde la lealtad, los secretos y el sentido del deber pesan más que el poder o los títulos.
- Un recorrido por la otra cara de la Historia: la de quienes vivieron junto a los grandes protagonistas sin ocupar nunca el primer plano.
- Una reflexión sobre cómo las decisiones individuales pueden cambiar un destino y sobre la importancia de rescatar del olvido a quienes también construyeron la Historia.
Lo que muchos lectores quieren saber sobre La teniente de ayas
¿Quién fue Francisca Tacón?
Francisca Tacón fue la teniente de ayas de la familia real española durante el siglo XIX. Supervisaba la educación y el cuidado de los hijos de los reyes y llegó a convertirse en una de las personas de mayor confianza dentro de Palacio, aunque su nombre apenas trascendió en la Historia.
¿La novela está basada en hechos reales?
Sí. Olga Luján construye la historia a partir de una exhaustiva investigación en los archivos del Palacio Real. La novela se apoya en hechos y personajes reales, completando con ficción aquellos espacios donde la documentación ya no ofrece respuestas.
¿Qué temas aborda La teniente de ayas?
La novela reflexiona sobre la lealtad, el deber, los secretos, el poder, la educación de los futuros monarcas y el papel de todas esas personas que sostuvieron la Historia desde un discreto segundo plano.
¿Qué diferencia a esta novela de otras novelas históricas?
Su mirada. En lugar de centrarse en reyes o grandes acontecimientos, recupera la historia de una mujer casi desconocida y demuestra que la Historia también la escribieron quienes permanecieron en la sombra.
¿Qué encontrarás en este libro?
- La historia de una mujer real que desempeñó un papel esencial en la Corte española del siglo XIX.
- Una novela construida a partir de una sólida investigación histórica.
- Secretos, lealtades y decisiones capaces de cambiar el destino de quienes rodeaban a la familia real.
- Una recreación del Palacio Real y de la España del siglo XIX más allá de los grandes acontecimientos.
- Una invitación a descubrir a quienes la Historia dejó en el olvido.
Ficha del libro
Título: La teniente de ayas
Autora: Olga Luján
Editorial: Poseidón
Género: Novela histórica.
Ambientación: España del siglo XIX. Palacio Real de Madrid.
Temas principales: Lealtad, secretos, poder, memoria histórica, Francisca Tacón, educación de la familia real, personajes olvidados.
¿Para quién es este libro?
Para lectores de novela histórica que disfrutan descubriendo personajes reales poco conocidos y de historias donde el rigor documental convive con una narración emocionante.
¿Qué historia olvidada te gustaría que la literatura rescatara del silencio?
